Este ensayo epistolar fue enviado por Pablo de la Torriente Brau a Raúl Roa desde Nueva York el 13 de junio de 1936. No se publicó hasta 1968. En esta edición (LA MEMORIA, 2001) se retoman las notas aclaratorias aparecidas al pie en la mencionada edición.

Nueva York, 13, 6, 1936

Querido Raúl:

Ayer te mandé el mamotreto histórico. Hoy creo que esto va a resultar otro mamotreto pero algebraico. Verás. Especulando, especulando, ayer descubrí la íntima conexión del álgebra con la política. Porque si no hay duda que la política es problema, el álgebra es la ciencia encargada de resolver todos los problemas generales de la cantidad. De ahí me vino a la imaginación eso que considero íntima conexión entre ambas. No vayas a pensar que estoy loco o más bromista que otros días. Es un asunto serio. Revisando en mi imaginación todo el complicado panorama político cubano de hoy —que tanto varía de aquí a mañana— y en el cual hay tantas cosas por resolver y aun por plantear; y existe tal enorme confusión de factores y tanta posibilidad contradictoria de resultados, como una cosa natural me vino el recuerdo de cuando yo estudiaba álgebra en el Instituto de Santiago, donde el padre de Marcio1 me puso El Cometa, porque de tarde en tarde aparecía en la clase, resolvía brillantemente algunas ecuaciones o factores, y desaparecía sin dejar otro rastro que el de la absoluta seguridad de encontrarme jugando a la pelota en el Malecón. Hoy, estoy absolutamente seguro de que mi camino verdadero, a pesar de mis suspensos y mis aprobados miserables, estaba por ahí, por el álgebra, la geometría, toda esa ciencia matemática, llena de especulación, descubrimiento, imaginación y grandeza. El día menos pensado me pongo a estudiar todo eso y aunque sea a los ochenta años oirás hablar de tremendos descubrimientos.

Pero bien, creo que te iba a hablar de política, de política cubana. Fíjate qué panorama: por un lado las contradicciones del imperialismo yanqui, que en el caso de Cuba quisiera esclavitud sin más, pero que tiene pendientes sus elecciones reeleccionales y una serie de medidas de altísima y habilidosísima demagogia con respecto a toda la América Latina; de otro lado, las contradicciones internas de la propia política local de Cuba, con Miguel Mariano2 y su cohorte y Batista y su ganga, cada uno por sí comido de recelos hacia su propio aparato, y que pretenden desplazarse mutuamente, poniendo en juego los más desaforados recursos y las maniobras más sutiles; y, aún por otro lado, las contradicciones del campo revolucionario, claramente dividido, no ya sólo en su ideología profunda, sino en sus tácticas, en la secreta ambición de diferentes procedimientos; consciente por un lado e inconsciente por otro de su impotencia para acciones inmediatas. Todas estas fuerzas zigzagueantes en dirección y de potencia variable a cada momento, inciden o tratan de incidir sobre un solo plano, sobre una misma cantidad, el pueblo de Cuba, unidad permanente, única unidad permanente de todo el grupo, la que, sin embargo, será cantidad negativa o positiva, y en diverso grado, según sea el resultado de ese nuevo lugar común, tan en boga ahora y tan matemático: según sea el resultado de «la correlación de las fuerzas». Creo que te voy aclarando ya —y no con tanta dificultad como creía— mi símil algebraico. Porque no hay duda de que todas esas fuerzas son ciertas y no hay duda de que todas convergen a la solución. El que sólo vea una no podrá ver el final. Ni tampoco quien vea dos, o aun las tres, y no obtenga la mejor información cabal sobre sus posibilidades o fuerzas en cada momento. Por todo ello, es que el problema de Cuba es tan difícil, tan complicado, de resultados tan difusamente vaticinables. Y ¿cómo tratar de ver todo esto de golpe? Te aseguro que no hay más camino que el del álgebra. Probablemente tú debes haber sido un pésimo alumno de esta ciencia, la más poética de todas. Yo hace tiempo que soy incapaz de resolver una miserable ecuación de segundo grado. Pero para siempre se me quedó impresa aquella formidable maravilla, mucho más grandiosa y perdurable, que toda esta complicada armazón de cables y vigas de acero de los puentes y rascacielos de Nueva York, que se llaman los sistemas de ecuaciones. Te aseguro que sólo por un planteamiento justo, correcto y dinámico, a través de un sistema de ecuaciones (ecuaciones políticas) podría llegarse a descubrir, con mayor o menor exactitud, la resultante final, la última incógnita del problema cubano. Yo recuerdo que en álgebra, los sistemas de ecuaciones se resolvían atendiendo a distintos métodos, tales como los de sustitución, eliminación, Kramer, Besú (ya ni sé si así se escribía) y alguno otro que he olvidado. En política, en el caso de Cuba, no hay más que dos métodos en realidad, aunque tengan muchas variantes: el de la reacción y el de la revolución. Y las variantes ocurren precisamente, porque, como en los sistemas complicados de ecuaciones, en los cuales ocurre que cada ecuación tiene varias incógnitas, y aunque estas son de primer, de segundo, tercer, etc., grados, así también en el campo político, los dos métodos de soluciones del sistema, se tropiezan a cada rato —y de fijo en Cuba y mucho más ahora— con sistemas complicadísimos, en los cuales cada ecuación llega a tener tantas incógnitas y de tan diverso grado, que estas suelen recorrer la escala que va desde un problema profundo y formal de ideología al capricho personal de determinado cabrón o no de famoso imbécil. Dime tú ahora si mi símil algebraico no es perfecto. Porque, inclusive, para añadir más datos, existen también en esto de los sistemas de ecuaciones políticas, las posibilidades de resultados positivos o negativos; las ecuaciones indiferentes: las cantidades imaginarias y hasta los resultados en función de cero y de infinito. Todo existe aquí. Pura álgebra es toda nuestra política. Este símil es muy superior al ya desgastado —inclusive por mí— del ajedrez. El ajedrez es una cosa sencillísima al lado del álgebra, y por tanto, al lado de nuestras ecuaciones políticas. Bien, espero que te habré convencido de la evidente bondad de mi especulación matemática. Pero no hay ni álgebra ni política sin resultados, cualesquiera que estos sean. Por eso procede que plantee ahora, con vista a mi sistema de ecuaciones políticas, el panorama de Cuba.

Yo veo todo lo siguiente: los tres sistemas de ecuaciones de que ya te hablé: el del imperialismo yanqui, el de la política criolla y el de la revolución. Sin duda que podría involucrarse aquí, y relacionarse con los otros tres, un sistema más: el de la política internacional. Acaso alguno otro. Pero yo no pretendo realmente, en una carta, llegar a reales soluciones, sino más bien, dar crédito a mi hallazgo algebraico; hacer el elogio de él y levantar entusiasmos por sus posibilidades, sobre todo para los especuladores de mayor conocimiento de cada uno de los factores en «correlación».

Usando, más o menos, el sistema de eliminación, procede el que vayamos despejando cada uno de los sistemas, sin olvidar, desde luego, cuando al caso venga, su función con respecto a uno de los otros.

Primer sistema: Imperialismo yanqui: Ecuaciones planteadas: por lo pronto, dos evidentes, cada una con sus respectivas incógnitas: 1ª política general de América Latina y política especial con Cuba. En realidad, como tal vez los otros, este sistema, es un sistema de sistemas. Si no, aquí están todas estas otras ecuaciones, correspondientes a otro grupo: 1ª. Lucha del imperialismo yanqui contra sus actuales representantes. 2ª.—Política general de Roosevelt. 3ª.—Política de Roosevelt ante la campaña electoral. Y en otro sistema: 1ª. Política de la Secretaría de Estado americana (Welles) y 2ª. Política de la Embajada yanqui en Cuba (Caffery). Y aun otro sistema, aunque a tratar sin excesivo énfasis, con vistas a sus posibilidades inmediatas, que en cuanto a las futuras este sistema sin duda será poderoso, complicado y difícil: luchas contra el imperialismo en la América Latina, con su serie ya numerosa de ecuaciones. Confiéseme ahora, que sólo una ciencia como el álgebra es capaz de poner en orden, camino a la solución, con serena frialdad, todo este vértigo de incógnitas. (Y, entre paréntesis, mientras te escribo todo esto, tenemos pendiente la solución de otra incógnita más fácil, consistente en darle una entrada de patadas a Maximiliano Smith.3 Pedrito4 está a la busca de los distintos «datos». [Lugar, hora, aspecto físico —porque hasta esto lo ignoramos—] para plantear la ecuación. Tropezamos con el inconveniente del tiempo, mas mañana es domingo y aunque tenemos party, procuramos hacer el mejor esfuerzo.) Yo te aseguro, después de haber descubierto mi planteamiento algebraico de los problemas políticos, que no creo, como decíamos antes, que los viejos Marx y Lenin sufrieran muchas contrariedades al estudiar nuestros asuntos políticos. Sin duda, ellos eran estupendos matemáticos. Bien, pues vamos al planteamiento y solución de cada una de todas esas incógnitas.

Como que no se trata de un ensayo, sino de una carta, aunque parece que va a resultar extensa de más, podemos admitir, sin discusión general, algo así como postulados básicos para apoyar en ellos las soluciones de las dos primeras ecuaciones primeras, a saber: la política del imperialismo en la América Latina y en Cuba. Estos postulados pueden ser: 1ª. El imperialismo yanqui tiene hoy una línea de amplia demagogia oportunista en la América Latina y procura afianzarse más por medios comerciales, podemos llamarles, y diplomáticos, que por medios de fuerza directa, sacando en toda ocasión buen provecho y propaganda de sus abstenciones militares. 2ª. En el caso de Cuba, sigue similares líneas directrices, pero temeroso y escarmentado después del 4 de septiembre, procede con lentitud y cautela; resiste sin reaccionar los ataques que se le hacen a su sistema. En cierto sentido, parece como que marcha, no delante de los acontecimientos, sino detrás o al lado, atento a los cambios para cambiar, receloso de un paso en falso o de una «traición». Y ahora viene el estudio esquemático de todas las otras ecuaciones planteadas.

En la lucha del imperialismo yanqui contra sus actuales representantes (Política de Roosevelt: New Deal) sucede esto:

Roosevelt no ha dejado en ningún momento, de ser un intérprete fiel del imperialismo. Pero ha sido un intérprete inteligente. Ha tenido sentido dialéctico y ha pretendido, en cierto modo, modificar los métodos matrices y consagrados. Esto ha puesto en alarma a toda la vieja y feroz maquinaria. Hoy chirría por cambiarlo. Y Roosevelt lucha por sostenerse, precisamente porque es un imperialista; su lucha confunde como podría confundir un hermano que golpeara a otro hasta desvanecerlo… pero para salvarlo de la muerte, Roosevelt trata de resolver el problema de la crisis económica de su país, es decir, todos los problemas. Para ello, ha realizado una serie de intentos encuadrados, más o menos, dentro del New Deal. Dentro de los Estados Unidos cierta demagogia popular, reales intentos por disminuir el desempleo y una suerte de prácticas y procedimientos, con vistas a mejorar la situación total. Para ello, precisamente para que los manufactureros, los trusts, las grandes empresas alcanzaran de nuevo sus grandes dividendos de antes, les pidió un poco de sacrificio provisional. Estas, como el avaricioso que por no desprenderse de una moneda no corre el riesgo de ganar cien, le han enseñado los dientes.

Ante esta actitud él, su política, porque sin duda representa un nuevo modo de ver las soluciones del imperialismo, se ha convencido de que tiene que tundir a su «hermano» para salvarle la vida, y, seguro de su método, cada vez más liberal, más honesto, más popular, más «revolucionario». «Su hermano» cada día se le vuelve más enemigo.

Desde luego, «su hermano» es un perfecto estúpido, un borracho imbecilizado por las orgías del antiguo esplendor. «Su hermano», puede llamarse Hearst. En cuanto al exterior, particularmente con respecto a la América Latina, Roosevelt ha seguido el camino del mismo pensamiento fundamental: la mejoría económica. Si disminuyendo el desempleo en los Estados Unidos habrían de aumentar el movimiento comercial e industrial, mejorando la condición de los países de la América Latina, estos serían mejores compradores y productores para la América yanqui. En consecuencia, mayor bienestar para esta. En este sentido, tranquilidad política es una meta. Mas tranquilidad política significa en la América Latina el forzar el desarrollo histórico, precipitarlo.

Ello quiere decir artificio. Y el artífice por excelencia es el diplomático. Es el animal conocido que más se parece al castor y al topo: bajo tierra hace túneles, fabrica barreras, rebalsa corrientes, desvía torrentes. Es sin duda, un animal peligroso. Roosevelt lo ha utilizado con maestría. Su política con la América Latina ha sido un trabajo intenso de diplomacia elegante. Ha rehuido la fuerza directa. Esto, como un principio. Este hecho, esta posición, le ha conquistado el odio a muerte de «su hermano», porque este, como el hombre cobarde que remata al vencido, por miedo a una reacción posterior, tiembla ante el peligro de tales métodos de mejorar la condición humana de «pueblos inferiores». Ellos quieren clavar la historia y Roosevelt piensa que hay que correr con ella; si acaso ponérsele delante y sacarla de la pista, atrayéndola a otros rumbos, o metiéndola en un soportable círculo sin salida. Roosevelt quiere seguir explotando a la América Latina todo cuanto sea posible. En esto están de acuerdo. Mas ellos, «sus hermanos», prefieren no dar tregua. Si fuera posible, volverían a la «trata de indios». Por eso luchan por quitarlo, porque no es el amo que harta, hasta matarlo si es preciso, al perro hambriento; que lo pone, cuando menos, cebado, estúpido, inútil, de tanta grasa «próspera», sino el amo astuto que alimenta científicamente a su perro, porque ya está un poco viejo y no le conviene digestiones pesadas y peligrosas; él es el amo que le prolonga, con ayuda de la ciencia, la vida a la vieja bestia feroz. Pero en esta la voracidad se hizo instinto con la frecuencia y hoy odia al amo que le raciona las víctimas. Y, por eso lucha por arrojarlo, por cambiarlo. Y, si logra ponerse otro amo, aunque estalle, volverá a ser voraz y terrible. Acaso llegue, como esos tipos de viejos crueles que hay en la historia, a exacerbar sus antiguos vicios, y en su agonía sea más feroz que nunca.

Bien, sin darme cuenta —matemático sin entrenamiento ya—, he mezclado dos ecuaciones y he hecho el análisis de la política de Roosevelt y el de las luchas del imperialismo contra él, su más inteligente representativo. En el fondo, así es como hay que ir resolviendo estos sistemas de ecuaciones, siempre uno en función del otro, si no no hay solución. Y ahora estudiaré otra ecuación importantísima para nosotros de este sistema: la política de Roosevelt durante el período electoral presente. Ya hay hechos claros para una especulación sólida. Este año la campaña electoral va a ser ruda, hasta asquerosa, podemos decir. El discurso de Hoover en la Convención de Cleveland fue calificado, por la naturaleza de sus ataques a Roosevelt y al New Deal, de «un golpe bajo», y un «Dirty speach», por el New York Post. Quiere decir que no habrá escrúpulos. Los republicanos se han hecho de una poderosa maquinaria de propaganda centralizada en Hearst, gran controlador de periódicos, revistas, estaciones de radio y empresas de cine; además, una sólida estructura económica respaldada por millonarios, banqueros, industriales, explotadores de altura en general. Y sin escrúpulos y con dinero se puede hacer mucho. No hay que hacerse ilusiones: la batalla va a ser violenta y difícil. Si triunfan los republicanos, Batista, si quiere puede proclamarse emperador. O Papa. O Rey de Reyes. Hasta León de Judea, o sea de Cubanacán. Este es un lado de la ecuación. El otro es Roosevelt frente a esa banda. Por lo pronto, ya Roosevelt está recorriendo los estados y presentándose ante grandes auditorios. Sus recursos, frente al enemigo, son también potentes y convincentes. En el orden personal, orador transparente y persuasivo; simpatía humana evidente, hoja política honesta; historial de cuatro años de esfuerzos por mejorar la situación; lucha contra el desempleo; relief; pago a los bonistas, etc.; sin dejar de contar los ataques de Hoover de quien pudiera decirse parodiando a no sé quién, que pudiera llamársele «el bien odiado». En el orden público estratégico general, pues lo apoya el tener el poder, la maquinaria gubernamental; una también poderosa fuerza de propaganda democrática; y los ataques de Hearst; y el recuerdo de que los bancos no quebraron como bajo Hoover; y su política de alejamiento de los problemas europeos y asiáticos, captación un poco forzada del sentimiento antiguerrero de este pueblo. En fin, no está desarmado. Y, hoy por hoy, todavía conserva el ejército de la popularidad. Con estas armas va a trabajar; a pelear. Durante todo este período, el más intenso, acaso decisivo del período de Miguel Mariano —es lógico pensar que su política con respecto a Cuba, será más cauta aún que hasta ahora, pues los enemigos están alertas al más mínimo desliz. Y el desliz de Cuba puede ser en extremo visible y peligroso. Hasta sus propios órganos han atacado ya la situación de Cuba y la política seguida con ella. En consecuencia, la demagogia roosveltiana debe perfumarse más aún (no debe olvidarse que Roosevelt quiere decir campo de rosas, en holandés… sufre con mis conocimientos lingüísticos) y que tratará, como uno de esos hábiles transformistas, de enseñar al público la mano limpia, aunque detrás, maravillosamente engarzada, conserve la baraja del truco. Y no hay que hacerse ilusiones, porque la baraja no la soltará de ninguna manera. Estará aunque no se vea. Es un caso de «no estoy, luego existo». Mas con todo, siempre la mucha habilidad disimula la fuerza. Tendrá que ser menos fuerte. Sus métodos tendrán que ser menos fuertes. Si le fuera posible, en nuestro caso concreto, él quitaría a Batista, inclusive lo castigaría. Y, en todo su alcance, Miguel Mariano tendría su apoyo para robustecer su posición en Cuba: un glorioso retorno a la constitucionalidad y la civilidad; una deuda más con la «generosa nación de Washington»… Mas si esto no es posible —y esto lo resolverá de acuerdo con las otras ecuaciones— tratará de evitar todo brote revolucionario; tratará de que haya equilibrio de impotencias y mantendrá a Miguel Mariano frente a Batista en tanto que un movimiento popular no se haga en extremo peligroso, en cuyo caso intentará soldarlos, aunque sea a la manera como tiran de un arado con bueyes que no hacen buena yunta, pero que con todo tiran. (Además, estas yuntas, bajo el aguijón tiran bien de todos modos.) En fin, hará maravillas por ganar tiempo. Su problema es el del jugador que está convencido de que no podrá ganar brillantemente una partida y todos sus esfuerzos se concentran en obtener unas «tablas» laboriosas. Para Roosevelt, durante este período, unas «tablas», en Cuba equivalen a una victoria. Ya después de electo, las manos le quedarán más libres y podrá hacer sus juegos «sucios», como cuando el ilusionista trabaja ante un público que no ha pagado y que no exigirá demasiado. Sin embargo, en líneas generales, puede asegurarse que siempre será un ilusionista del nuevo imperialismo yanqui, porque es el resultado de nuevos problemas y nuevas necesidades que necesitan nuevas soluciones, nuevos rumbos. Es decir, los mismos, sembrando árboles nuevos en el camino y cambiando el paisaje un poco a lo Carlos Miguel de Céspedes.5 Con todo, en este juego de ecuaciones, aunque las cantidades que entran en esta tienen condiciones de elasticidad notables podemos considerar el despeje de su incógnita como más bien favorable a nosotros, dentro de ambiciones limitadas, ausn dentro de este período electoral de Roosevelt.

El segundo sistema ecuacional de este grupo, comprende las dos ecuaciones de la política de la Cancillería (Welles) y de la Embajada (Caffery). Vamos a analizarlas con estricta serenidad. La primera, desde luego, ha quedado más o menos analizada al hacer el examen de la política de Roosevelt. Sin embargo, hay que insistir sobre este hecho. Los «hermanos» de Roosevelt, que hoy batallan por cambiarlo, en último caso se pondrían de acuerdo con él en los asuntos exteriores. Su irreconciliabilidad donde es infranqueable es en los propios Estados Unidos. En lo exterior, el imperialismo yanqui, aunque de vez en cuando con sus arrebatos histéricos violentos (México, Nicaragua, Cuba, Haití, Santo Domingo, etc.) siempre ha usado más o menos careta y su penetración comercial básica no es nueva, ni tampoco su diplomacia. La diferencia está hoy en que antes atacaba y hoy se defiende. Ayer engañaba para meter el puñal, hoy para dejarlo dentro o, cuando más, para retirarlo sin que se sienta. Y si hoy tiene que ser más hábil, acaso no sea tanto porque sea más débil, sino porque la víctima es más fuerte, y es en este sentido que resulta más débil, y, por lo tanto, más hábil; sus pasos tienen que ser más silenciosos porque la víctima no está dormida y ya «todo el vecindario» sabe que anda un ladrón por las casas. Antes había quien atribuía los robos a los «espíritus». Y hasta quien le echaba las culpas a la propia familia, truco que ya hoy no vale, pues se ha desacreditado totalmente aquel sistema de cataplasmas pregonado como fundamental, de la «virtud doméstica», «la abulia nativa», «la tara racial» y toda esa serie de pendejadas, tenidas como causario inatacable, como artículos de fe. Mas con todo esto, con el hecho cierto de que republicanos y demócratas, por igual, han alardeado mucho sobre «libertad» en América Latina, y han esgrimido las «deudas de gratitud» con la poca elegancia con que un individuo podría pregonar todo lo que le ha arrebatado a otro, aprovechando su miseria ocasional; con toda la habilidad y astucia diplomática desarrollada por igual en América Latina; por republicanos y demócratas, hay un hecho cierto a considerar: el partido republicano de hoy, en los Estados Unidos, con toda su pregonada americanidad, que se manifiesta en todo lo exterior por un deseo furioso, agresivo, insultante casi de estúpido chauvinismo, de xenofobia desesperada, de alardes grotescos y ridículos de aislamiento internacional, en el fondo —y sus mismas manifestaciones lo denuncian— trata de incorporarse, con mucha más intención que el demócrata, a la corriente política universal. El partido republicano americano está asimilando procedimientos «europeos» bien conocidos; se está orientando —y es cosa ya vieja— hacia el fascismo. Lucha con dos inconvenientes: el relativo bienestar económico y la no muy profunda nacionalidad de esta nación, hecha a remiendos, equilibrada sobre el canto de un dólar. Mas es cierto, sin dudas, que el partido de Jefferson —hoy Jefferson defendería a Caffery de Cuba— se inclina a dar la batalla en otra forma que como la plantea Roosevelt, cuya política a pesar de la firmeza de su carácter e ideas, tiene esa aparente indecisión del hombre que se decide a ir río abajo, siguiendo el curso natural, sin arriesgarse a «cortar por el monte», por temor a perderse en la gran selva llena de sorpresas y peligros. El partido republicano, desde el poder, pondría inmediato freno a las concesiones rooselveltianas, y en el caso de Cuba, su problema exterior más agudo, utilizaría por igual la mano militar de Batista —o cualquier otro de turno entonces— con lo cual siempre sería «problema de allá ellos», y el dogal económico de las tarifas proteccionistas. Pero en el caso actual, siguiendo la línea general de la política de Roosevelt durante el período electoral, su cancillería extremaría su atención a nuestro problema. Aquí entra enseguida en consideración uno de esos factores, de esas «incógnitas» individuales de la ecuación: Sumner Welles. Sumner Welles es el gran fracasado de la estrategia diplomática norteamericana en Cuba. Su carrera política, en una «gráfica», mostraría aquí una caída casi vertical. No ha levantado su crédito desde entonces. A pesar de estar en la Secretaría. Su vencedor fue el sargento Batista (claro que este no fue su verdadero vencedor). En maniobras y manejos y hasta en alardes, y aun hasta en elegancia, lo ha derrotado un miserable sargento taquígrafo, con un poco de susto y de audacia. No hay duda de que en el orden personal Welles propiciaría una caída de Batista. Y nosotros sabemos que ha oído con complacencia la proposición. Mas con todo, es diplomático y está empeñado en levantar su reputación. Él no puede jugar a una cuestión personal un problema de categoría. Y menos en estos momentos. Si las circunstancias lo exigen, apoyará a su enemigo, porque en ese caso su enemigo es su defensa. Aun, si las circunstancias no son claramente favorables, seguirá apoyando a su enemigo. Mas, si hay coyunturas, las aprovechará, como quien va a un desquite secretamente deseado, y sobre todo, porque el triunfo sería magnífico para la política que representa. En efecto, de acuerdo con otra incógnita despejada, resulta cierto y claro que al imperialismo le convendría el desplazamiento de Batista siempre que fuese sustituible por individuo sujeto a «control remoto» y con determinadas garantías de estabilidad y poder. Grau San Martín debe ser un sueño dorado de Welles, si lo pudiese convencer sobre cierto número de «detalles». Aun Miguel Mariano no es mal candidato si lo hace triunfar sobre Batista con alguna resonancia; si la caída del enemigo tiene algún estruendo. En fin, como hombre de la línea de Roosevelt, sigue la corriente del río; no le gusta la boga a remonta, «ni el cortar por el monte»; busca los remansos y va siempre alerta explorando; en el caso de Cuba, debe tener un complejo que pudiera llamarse el «complejo de alarma»; es como un boxeador que ha sido derrotado por un adversario inferior por medio de un «lucky punch», un golpe de suerte, y en la pelea de revancha, prefiere que esta sea larga, y aun ganar por puntos, a exponerse a un nuevo nocaut. Su incógnita, al despejarla dentro de la ecuación, puede considerarse también de signo positivo, para lo inmediato, que es lo único que interesa por ahora. En cuanto a la otra ecuación del sistema, la de la política de la Embajada en Cuba (Caffery) su solución no debe ser difícil para nosotros, a menos que seamos ciegos o totalmente brutos. Caffery (y la Embajada es el Embajador, a menos que lo cambien) es como uno de esos perros de presa, criados para que no dañen, pero que no pueden dejar de mostrar sus instintos. Una de las formas de su mariconería se trasluce en su gusto por la sangre. Si hay ancestro, este, por maricón y por sanguinario, viene de Nerón mismo. Si la política de Roosevelt decide tomar otro camino en Cuba, cambiará a Caffery. Mientras Caffery esté en Cuba, puede considerarse que la Cancillería yanqui sigue en observación, sin decidir nada. Es un buen síntoma que se hable ya de su traslado. Caffery ha venido ya aquí y se ha instruido. En estos días puede aclararse su incógnita personal dentro de la ecuación. Mas, desde luego, un cambio de Caffery puede ser también sólo un «fake», un engaño, una prueba, todo dentro del plan de observación de la corriente, de la Cancillería. No debe decir demasiado para nosotros el cambio de

Embajador, salvo que las circunstancias sean muy claras. Todo esto, desde luego, en una visión general de la ecuación, que con respecto a lo inmediato, no se puede olvidar —función de otro sistema ecuacional— el efecto psicológico que produciría en Cuba, la retirada de Caffery, considerado nacionalmente como soporte de Batista y el alentador de Pedraza.6 Y, aunque sea de otro sistema, en función de este cabe decir aquí, que, sin duda, Miguel Mariano aprovecharía la coyuntura para ganar apoyo popular y tal vez hasta para tener sus pequeños gestos de audacia, como de prueba. A este cambio —también en función de otro sistema ecuacional distinto— debe inmediatamente responderse con una profunda e intensa campaña de movilización popular, aunque de objetivos inmediatos y posibles, y, aún, que estén dentro de los planes demagógicos de los otros dos sistemas.

Con respecto al tercer sistema de ecuaciones, de este primer grupo correspondiente a las que nos plantea el imperialismo yanqui, esto es, el grupo, el sistema de ecuaciones ofrecido por las luchas contra el imperialismo en la América Latina, podemos desarrollar más o menos, la incógnita de sus fuerzas así: de un lado, el empuje natural, real, cierto, positivo, podemos llamarle, resultante de los esfuerzos de cada país por su liberación, con su obligada, aunque aún frágil concatenación interamericana, y, de otro lado, las maniobras del imperialismo por encubrir sus intenciones y sus esfuerzos, lo que también viene a ser, en cierto sentido, cantidad positiva. El imperialismo yanqui, como resultado de la política roosveltiana, ha acrecentado su material de «escena». A las Conferencias Panamericanas (y no debemos olvidar que la proximidad de ellas en Montevideo fue buena parte a impedir el desembarco en Cuba en el 1933) ha agregado, «la política del buen vecino», la «no intervención», los «tratados de reciprocidad comercial», la «carretera panamericana», las «conferencias de Buenos Aires» y, por último, cierta campaña clara por eso que llaman la «Liga de las Naciones Americanas», intento más de desplazamiento inglés de la América Latina. Todo esto, que sin duda les representa mucho y a nosotros nos cuesta más, por contradicciones evidentes, en momentos como los que pueden presentarse en Cuba, aparecen como más bien favorables. Por otra parte, enlazada su actuación en Cuba, fatalmente, a su política general en Hispanoamérica, la repercusión de su actitud en Cuba sería vasta y peligrosa. Porque ya en toda América Latina hay movimientos, más o menos poderosos contra el yanqui, que van desde el enfoque social hasta el nacionalista, movimientos que se robustecerían de manera poderosa en la defensa de las luchas de Cuba y en el desenmascaramiento de los manejos del imperialismo, y los cuales tendrían importancia mayor o menor, en proporción directa de los intereses yanquis en cada país respectivo, y del empuje revolucionario nacional donde se produjeran. Aún debe añadirse al respecto algo, y es el creciente conocimiento de los problemas de la América Latina en los propios Estados Unidos, la movilización ascendente de los partidos revolucionarios, aunque esta sea lenta, y el mayor interés de las colonias de emigrados por los problemas de sus respectivos países. Todo este último aspecto es el más débil, pero con todo, cierto y creciente. Por todo ello, este sistema de ecuaciones, a pesar de que no hay duda de que el movimiento de opresión es rudo y de cierta consistencia en varios países de la América Latina (Cuba, Brasil, Paraguay, Nicaragua, Santo Domingo, etc.), la realidad es que la incógnita que pueda ofrecer este sistema, en general, debe considerarse como positiva en la resolución final.

En resumen, la solución de este sistema del imperialismo yanqui, en relación a nosotros puede considerarse así, con vistas a que favorezca un mejoramiento relativo y ocasional en Cuba, y un desplazamiento, también relativo y tal vez también ocasional, de la dictadura militar de Batista, etc. Tres partes: 1ª. Como bastante favorable dentro del período electoral norteamericano; 2da. Como no tan favorable una vez electo Roosevelt; 3ª. Como posiblemente funesto si triunfan los republicanos. Las conclusiones parecen demasiado naturales y claras. Pero es porque he llegado a ellas, no por imaginación, ni intución, ni ningún otro «milagro», sino sencillamente, «matemática y patéticamente», como diría Carlos Aponte,7 por la bondad de mi método algebraico. Que es lo que me propongo demostrarte con todo este mamotreto interminable. Pero has estado fatal, porque hoy es sábado, llueve, y tengo ganas de escribir. Por eso te esperan aún más extensos análisis de ecuaciones políticas.

Segundo sistema: El segundo sistema de ecuaciones que aparece en todo el complejo pizarrón político de Cuba es el que se refiere a las contradicciones del mundo politiquero criollo. La incógnita individual tiene aquí mayor importancia que en el primero. En este sistema hay tres ecuaciones fundamentales, las que podemos denominar: 1ª. Miguel Mariano Gómez; 2ª. Batista y 3ª. Movimiento popular.

Miguel Mariano Gómez merece la pena, sobre todo hoy, de un análisis menos violento que el que le hice a través de aquel «El muñeco de turno». Vamos a reconocer realidades y ambiciones. Por lo pronto, es un político de carrera. Desde los 25 años está en la política. Debemos reconocerle experiencia. Por otro lado, ha sido revolucionario. Digo, eso que suele llamarse en Cuba «revolucionario», y que es algo impreciso y en evolución, inesperada por sorprendente como un renacuajo. Bien, mas con todo, conocimiento del campo revolucionario, de los hombres revolucionarios. Además, hombre con un historial gobernante, con algunos signos positivos, que se hacen más y mayores por el contraste de tanto signo negativo. Es como las palmas, que lucen más altas en los cañaverales que en una arboleda de mangos coposos. (Y, nada, me acordé de Punta Brava.) Aunque parezca que no tiene importancia ya, todavía es hijo de José Miguel Gómez y de América Arias; por tanto, herencia de aliento, de hálito popular. Además, joven, rico, con posibilidades de ser presidente otra vez. En la revolución no hizo nada y hasta se le acusa con derecho de haber sido pendejo e incapaz. Aquí hay que hacer enseguida una distinción: en la revolución, con cojones, no hubo más que los que se los ganaron en ella y los que en ella los perdieron gloriosamente: los obreros, los estudiantes y el viejo Peraza8 y algunos hombres de Gibara y algunos alzados de valor; es decir, repito, los que los ganaron y perdieron en ella. Todos los que tenían «cojones» antes de la revolución, casi sin excepción, los dejaron en casa al irse a ella, según parece. Y ni Mendieta,9 gran paladín de la fuga de Caicaje, ni Menocal,10 el come cañones de Victoria de las Tunas, se desprestigiaron más de la cuenta con aquella rendición de Río Verde, que debe haber matado de risa a Bayardo y a García de Paredes, allá en su tranquilo retiro de ultratumba. Miguel Mariano, en todo caso, no se rindió más que a Carlos Miguel. Y si Pino11 murió por su culpa, por sus bluffs, centenares murieron por culpa de los otros. Parece, pues, que la derrota nunca es muy definitiva, si, además, no la acompaña la muerte. Porque no hay duda que tanto Menocal como Mendieta, resucitaron y hasta «valerosamente» después de Río Verde. Todo esto, y desde luego algo más también, como factor personal. Que en el orden político, hay consideraciones importantes. Por lo pronto, en primer lugar, Miguel Mariano es Presidente constitucional como producto de una laboriosa y pujada maniobra del imperialismo que tardó casi tres años en conseguir tal resultado. No procede hacer mucho énfasis en todo lo que esto costó, porque el imperialismo es como esos jóvenes imbéciles, ricos por herencia, que cuando hay que malgastar, malgastan lo de otro: la sangre regada fue cubana: la riqueza perdida, cubana. Todo lo que se derrochó en esos tres años fue cubano. Lo único americano, posiblemente, fueron los dos o tres frascos de aspirinas que tuvo que consumir Sumner Welles para hacer el desalojo de sus dolores de cabeza ante dos o tres reveses inesperados. Pero sí hay que considerar, a través de todo esto, que el imperialismo obra de acuerdo con un plan y que Miguel Mariano es el resultado de ese plan. Ahora bien, dentro de ciertos límites, dentro de ese plan, sobra Batista. Desde luego, sobra, de ser posible la realización del plan. Aquí vemos ya, algebraicamente, cómo este sistema está íntimamente en función del anterior. La habilidad de la incógnita personal que es Miguel Mariano, puede adelantar o retrasar el proceso de todo ese andamiaje. Enseguida, por supuesto, hay que pasar a analizar este punto de la incógnita: ¿Cuál puede ser la posición de Miguel Mariano ante ese plan? Vamos, provisionalmente, por la vía de la exploración, a no concederle demasiada inteligencia a Miguel Mariano, ni mucha astucia, ni mucha ambición. Esto, a pesar del hecho de que ha sabido ir esquivando situaciones difíciles, primero, bajo la sombra del padre y, después, por propia cuenta, hasta llegar a ser un hombre nacional. Desde luego, ha tenido oportunidades y buenos maestros. Y no ha tenido mucho apuro, aunque se adivina que hace tiempo tiene fijada su meta en la Presidencia de la República. Admitido lo anterior sobre sus capacidades, hay lo siguiente: Miguel Mariano llega a la presidencia de la República, en las peores condiciones políticas, económicas y revolucionarias de toda su historia. Si se le reconoce cierta prudencia que ha tenido, y no mucha audacia, que le ha faltado, y no grandes apuros por llegar, y ha aceptado ahora, es porque vio posibilidades en ello. Y como hemos admitido que no tiene gran inteligencia, estas posibilidades las vio a través de promesas reales y de categoría. Esto es una confirmación del plan imperialista. Si, por el contrario, se le supone inteligencia y audacia, es que vio todo el problema y su gravedad, y se dispuso, a virtud de esas cualidades, a dar la batalla por sí mismo, en cuyo caso, se le tiene frente a Batista también. Y, por tanto, en ánimo de ponerse en contacto amigable con los enemigos de Batista, por aquello árabe de que «el enemigo de mi enemigo es mi amigo». El «enemigo» de Batista, naturalmente, es el pueblo de Cuba y su representación aquí, más o menos directa, dentro de este sistema, es la ecuación llamada «movimiento popular». Además, por este camino la incógnita Miguel Mariano Gómez entra en función, y con signo positivo, con el tercer sistema de ecuaciones que analizaré último, la revolución, de la misma manera que entra en función, también con signo positivo, aunque más variable, con el primer grupo, el del imperialismo yanqui. Aún queda, sin embargo, algo por analizar, plantear y resolver. Aunque en Cuba el Presidente es algo así como bueyes de cabestro que por donde van va el ganado, aunque en él haya toros bravíos, la realidad es que la responsabilidad que como cabestro tiene sobre su ganado político, le obligará muchas veces a obedecer anhelos generales, a interpretarlos, aunque pasen como suyos. Porque la masa siempre es poderosa, aunque esta sea un ganado político o una piara hozante como esta de Miguel Mariano. Y el ganado de Miguel Mariano quiere pasto; su piara quiere ceba. ¡Y la única yerba la tiene toda, o casi toda, el establo de las mulas!… (Recuerda que, con álgebra y todo, uno de mis fuertes es la zoología…) Por lo tanto, hay que repartir un poco de esa abundancia, porque si no, fatalmente, en la primera estampida el ganado se desperdigará y la piara se volverá cimarrona, sin control, y además, agresiva. Naturalmente, las mulas defenderán a patadas —a coces, diría Jorge Mañach— su ración. Esta parte parece totalmente clara. Aun teniendo en cuenta las divisiones del Congreso y la fragmentación de ambiciones de los partidos. De esa yerba de Columbia todos estarán de acuerdo en comer, y por el camino que sea. Inclusive, desde luego, por el de la traición al cabestro, esto es, a Miguel Mariano. Por lo tanto, hay que admitir que el aparato civil tiene cierta unidad de criterio frente al militar. Por estas razones y por su interés en buscar apoyo popular y hasta cierto roce hipocritón con la revolución por aquello de que «nadie sabe el día de mañana…» todos están de acuerdo en rebajar el poder militar, dentro de un círculo razonable, es decir, no demasiado, pero sí lo suficiente como para que haya reparto. No hay que olvidar que esto del «reparto» tiene en Cuba la fuerza tradicional de la Nochebuena: es algo anhelado siempre y glorioso y ahora, después de tantos años, es como el ansia nerviosa de una novia que se puso vieja, histérica y puta y que brama ya porque le llegue la hora del desvirgamiento. Muchos de estos nuevos padres de la patria han temblado ante la idea de tener que morir honrados, por falta de oportunidad. Y hay que calcular lo que para toda esta gente significa comer ancho, robar, aunque sea planear los robos, y, de contra, la ñapa, «tumbar a Batista», lo que no pudo hacer la revolución, dirán muchos. Todo esto, pues, es positivo en función de Miguel Mariano y en función del movimiento popular y negativo en función de Batista. Este, desde luego, se defenderá, se defiende, y aun, astuto si no valiente, atacará, como siempre, utilizando a otro. Porque este hombre, de niño, sin duda que lo primero que aprendió fue la fábula del gato que le sacaba las castañas del fuego al mono. Hasta ahora él hace de mono y Pedraza de gato. Supongamos que Batista, utilizando ciertos elementos, de ese famoso golpe de que se habla y quite a Miguel Mariano. ¿Quitaría a todo el Congreso? Peligroso asunto. Además de que, de acuerdo con el resultado de todas las ecuaciones del sistema del imperialismo yanqui, el momento no es bueno para él en todo eso. Si su golpe es sólo contra Miguel Mariano y pone a la famosa «mula dócil», entonces, dentro del orden económico el aspecto apenas varía y a esta, como cabestro, el ganado se le iría de rochela en breve término; no habría ni la más mínima careta de cuanto planeó el imperialismo y, por tanto, el descrédito de toda la maniobra robustecería enormemente, de ser aprovechado, el campo de la revolución; y si ese golpe suprime aun el Congreso, daña los intereses de los dirigentes de todos los partidos y frustra las esperanzas de sus adláteres y «correligionarios», entonces, más aún, la revolución tendría una oportunidad formidable de ganar en profundidad y en fuerzas. No hay duda, la incógnita aquí se despeja con claridad. Tal golpe no será más que una cosa más o menos desesperada; en todo caso, un paso atrás en el curso de las maniobras del imperialismo, primer dirigente de todo el sistema general de ecuaciones que estoy discutiendo. Por tanto, el análisis de la incógnita Miguel Mariano Gómez, aun en el caso de un acuerdo con Batista, que no se haría sin concesiones —es decir, una coyuntura a ganar— y que de hacerse incondicional y descaradamente, representaría un caso más de fracaso de los planes imperialistas y de nutrición para las filas revolucionarias, se despeja como una cantidad positiva en lo inmediato, y ello debe traducirse en lucha por una amnistía amplia, ciertas libertades, autonomía universitaria, etc. En todo esto, como es natural, habrá triunfo para Miguel Mariano, es decir, nuevo y poderoso enemigo para la revolución. Mas la revolución habrá dado un paso adelante.

La segunda ecuación de este sistema es Batista. No hay que hacer mucho análisis personal de la «incógnita». Es una «incógnita» como la de Haile Selassie en Londres. Yo he hecho dos o tres artículos sobre él. De todo ello se le podía sacar un nombrete como este: «El Coronel tira la piedra y esconde la mano». No se conoce la historia heroica de ningún taquígrafo profesional. A lo mejor se podría escribir un ensayo sobre esto. Pero no debe olvidarse que la taquigrafía es una de las artes en que hace más falta una rápida y potente imaginación. Si le negamos eso que se llama el valor personal, no le podremos negar a Batista otras condiciones de líder: tiene imaginación de taquígrafo, es decir, descifra con rapidez un signo confuso, un párrafo sin sentido —valga una situación difícil; sabe apoyarse en reglas generales; tiene, por otro lado, condiciones de demagogo; es orador y proyectista; conoce el secreto de la sonrisa y del brazo en alto; construye, roba y se pule. Desde otro ángulo, sin duda es inteligente y astuto; probablemente, tiene complejo de superioridad con respecto a sus otros coroneles y con respecto a los revolucionarios que ha tratado. En caso de una revolución, si le dan tiempo, pertenece a los que tendrían preparado el avión para huir. Si él fuera el Presidente, casi con seguridad que triunfaría sobre Miguel Mariano, de ser este el jefe del Ejército; por lo menos, con más facilidad, con menos esfuerzos de los que este desarrollará para desplazarlo a él. Mas la posición es a la inversa y dará que hacer, sin duda. Porque, además, se apoya en realidades, en hechos concretos. Sin duda que este taquígrafo sabe algo de álgebra. Él se apoya, principalmente, en las contradicciones del imperialismo. A su calor se ha hecho grande, y, en cierto sentido, lo explota, como puede explotar un hijo corrompido los vicios de un padre disoluto. El padre quisiera desheredar al hijo, desde luego, pero este le recuerda ciertos secretos de familia que conoce demasiado bien. Además, le informa que su nueva querida no es mejor que la otra; que su nuevo alcahuete puede comprometerlo más que él. Y él confía en que el viejo vacilará. De sus vacilaciones ha sacado siempre provecho Batista, tanto cuando se le puso enfrente como cuando entró a su servicio, al darse cuenta del peligro que corría de llegar a ser héroe nacional. Siempre Batista ha explotado al imperialismo. Es uno de los servidores que mejor tiene que pagar este en América. Por otro lado, Batista, quiera que no, se tiene que apoyar también en quien lo apoya a él: su aparato militar, ganga con derecho al crimen, aterradora y aterrada ella misma. Sin duda que no se le escapan sus propias contradicciones, forjadas al calor de todo este aparato que habrá servido para mantenerlo, pero también para alejarlo. Él, hoy por hoy, debe estar seguro de que lo único capaz de tumbarlo de su altura es su propio pedestal cuando este decida ponerse a la altura del pueblo. Y creo que tiene razón. Batista debe tener terror a su ejército. Por él dará la batalla, es decir [bien, ya es domingo y llueve como en Compostela —según Pérez Lugín—], obligado por lo que pudiéramos llamar la superestructura de su ejército; por todos aquellos que forman la «aristocracia» del establo. En este sentido, la actitud de Batista podría traducirse en una escena de Charles Chaplin. Por ejemplo: un hombre corre a toda velocidad delante de un grupo que inútilmente quiere alcanzarlo, gracias a los grandes esfuerzos que aquel hace. El público aplaude porque piensa que se trata de un vencedor, pero en realidad sólo es un hombre que huye del grupo y, por eso, lo encabeza en la pista. Dentro del tubo de Newton, en el vacío perfecto, él caería al mismo tiempo que todos (caso de una etapa poderosa de la revolución); mas, en la actualidad él cae primero, de acuerdo con la ley de gravedad política; parece que viene delante, pero en realidad es el primero que se precipita. Esto lo sabe y, al defenderse, tratará de echar peso sobre otro para que sea este quien se precipite antes, por lo menos en lo que encuentra un gancho o un paracaídas que le permita demorar su aterrizaje forzoso. Más que contra el pueblo de Cuba, hoy desarmado y desorganizado, y, además, con ciertas esperanzas, Batista lucha contra su propia maquinaria. Por eso, es que busca apoyo popular y, por eso, la defiende, aunque sea esto paradójico. Su situación es difícil, sin duda, mas no hay que olvidar que acaso sea el hombre de mayor habilidad política que existe en la actualidad en Cuba; que sabe resolver problemas; que, al confrontar sus fuerzas, no pierde de vista las del contrario. En una palabra, Batista sabe su poco de álgebra. Por eso, si ve sus peligros, no deja de estudiar sus posibilidades de triunfo, basadas, principalmente, en las contradicciones del imperialismo; en los factores positivos de su ejército; en la frágil estructura marianista y en el desorden de la revolución. Las contradicciones del imperialismo, en general, no le son hoy muy favorables, pero tampoco se vuelven radicalmente contra él: por lo tanto, oportunidades de solución. En los factores positivos de su ejército, encuentra ciertos factores de disciplina lograda ya, ambición de conservar los privilegios conseguidos y un equilibrio en la dirección, basado precisamente en Pedraza, que, a lo mejor, de veras, es su enemigo. En efecto. Nadie sino Pedraza podría, hoy por hoy, darle «el golpe» a Batista. Aunque estúpido y brutal, Pedraza ha comprendido que no le ha llegado la hora y que no será hora hasta que le falte a Batista el apoyo del Embajador. Mas el Embajador no quitaría nunca a Batista para darle entrada a Pedraza. Antes de hacer aquello, de darle tiempo, propiciaría la desaparición de este del tablero. Y como los demás no tienen, ni personalidad unos, ni oportunidad por alejamiento otros, Pedraza es el eje —inmóvil— de esta situación. Por ejemplo, asesinado Pedraza, el paisaje cambiaría rápidamente, sobre todo de existir aún en Cuba movimiento popular creciente y lucha de Miguel Mariano por el control. En este caso, el coronel Francisco Tabernilla, oficial de carrera, clubman, y, por añadidura, jefe de La Cabaña, sería un magnífico rival peligroso, si se le dice algo en inglés. Porque, además, no tiene encima manchas de sangre y el argumento lo haría rápidamente popular. Sin duda porque ve todo esto, Batista no ha eliminado a Pedraza. Lo odia y le teme, pero tiene que mantenerlo, porque su desaparición le representa la suya o, cuando menos, un considerable debilitamiento de su posición. Además, lo necesita para los momentos graves en que, con algunas excepciones, los otros tal vez lo dejarían solo. Este equilibrio en la dirección que puede considerarse lo suficientemente estable mientras no haya una situación revolucionaria creciente y poderosa, es uno de los puntos positivos de la defensa de Batista. Él sospechará que a Miguel Mariano y a la revolución se les ha ocurrido ya el trabajo de zapa, pero piensa, y tal vez con razón, que este trabajo tienen que hacerlo más bien por la base y no por la altura que está comprometida. Por lo tanto, deduce que el trabajo, aunque sea efectivo, será largo y dará tiempo a tomar nuevas posiciones. En cuanto un cambio en la política de la Embajada ocurra, se pondrá instantáneamente más alerta, y este factor hoy positivo se debilitará en sus cálculos. Desde luego, como la incógnita personal es importante en esta ecuación, vamos a suponer que Pedraza, justamente atemorizado sobre la marcha de los acontecimientos, que se confabulan contra él con fuerza mayor que contra Batista, sin duda ninguna, arrastrado por un temor disfrazado de audacia, le da «el golpe» a Batista y lo derriba o la asesina. A los efectos del despeje de la ecuación del ejército dentro del sistema ecuacional de la política criolla, esto sería, desde nuestro punto de vista, una solución positiva en todos sentidos, menos, naturalmente, en el de las consecuencias inmediatas, posiblemente sangrientas. Porque, las contradicciones del imperialismo se acentuarían contra él más que contra Batista; porque el ejército se fragmentaría con mucha mayor facilidad y sería más asequible a la conspiración, ya que nadie pudo suceder a Alejandro, ni Perdicas ni Ptolomeo, es decir, ni Pedraza ni Benítez,12 y Batista, como aquel, podría decir que sus funerales serán sangrientos; porque por último, la conciencia revolucionaria del pueblo se pondría más alerta y hasta porque los partidos politiqueros de la situación marianista se le pondrían en contra, con mayor o menor fuerza. Es decir, que en función de todas las otras ecuaciones, este despeje por eliminación de la incógnita de Pedraza es favorable. Lo probable será, si hay un cambio en la política de la Embajada, que Pedraza caiga y que Batista entre en concesiones, con vistas —hombre siempre alerta— a socavar las fuerzas del enemigo o a preparar el vuelo. Posiblemente, como esos campeones derrotados que hacen su «come on back» a base de que el nuevo campeón es un negro (Estados Unidos), Batista, para tomar de nuevo posiciones favorables, para ponerse a la ofensiva y dejar la defensiva, se apoyará, en las demandas ante su «manager» (el imperialismo) en los progresos alarmantes que vaya haciendo la revolución, y, más aún, en las imprudencias que esta cometa. Una insurrección prematura, por ejemplo. Con respecto a su actitud frente a la frágil maquinaria marianista —otra de las incógnitas—, Batista luchará por mantener posiciones dentro de ella. Él no ayudó a crearla para que fuera su enemiga, y, aunque hoy comprende que no puede ser su amiga, no forzará la fricción sino en caso muy favorable para él. El «ejército» de Miguel Mariano no tiene ni la unidad ni los recursos que el suyo, por lo menos en un examen superficial, pero, en cambio, acaso tiene muchas más posibilidades. Dentro de estas posibilidades no desdeñaría de entrar él. Por eso, cuando llegue el momento, estaría muy dispuesto a cambiar la hostilidad en pacto. Mas no sólo va a ceder él, sino que va a ganarse un apoyo más o menos velado dentro de esa maquinaria marianista, por sectores del Congreso y de los partidos politiqueros. Lo último que haría Batista sería el darle «el golpe» al sistema de Miguel Mariano. Procurará ganarle batallas sin hacer mucho alarde de las victorias, porque es enemigo de quien quisiera ser amigo. Porque recuerda que su posición con respecto al imperialismo y sus contradicciones, se reforzarían totalmente casi, si fuese posible esa alianza. Por tanto, él ganará tiempo, en espera de que los adelantados del movimiento popular y de la revolución hagan que Miguel Mariano coja miedo. Si se mantiene hasta allá, está salvado, piensa él. Con relación al movimiento popular y al desorden de la revolución, con toda claridad debe ver peligros y posibilidades. Si estuviera en una posición más estable, probablemente propiciaría ciertas imprudencias populares para que su «manager» se diera cuenta con rapidez de todos los peligros. Mas como no está en esa situación, vigilará el movimiento y hará esfuerzos por desviarlo. Posiblemente, de su nuevo viaje por la Isla traerá nuevos planes. Debe, aparte de otras razones, haberlo planeado con la intención con que se manda a la vanguardia a tomar informes sobre el enemigo. Este viaje debe mostrarle con claridad que no ha habido un cambio popular notable. Tenemos que esperar que no haya más entusiasmo que el artificial, en todas las recepciones. Y, aun en las caras que vea, notará más que nada, una interrogación. Muchos irán a verlo como quien va a ver un enigma, a descifrar algo. ¿Qué irá a hacer ahora este hombre? Se preguntarán muchos de los que vayan a contemplarlo. Y los ojos que preguntan se conocen bien. A su regreso él debe traer nuevos planes con respecto al movimiento popular. De todos modos, se da cuenta de su formidable peligro; peligro si lo reprime antes de tiempo y peligro si lo reprime tarde. Él tiene que estar como el cocinero que vigila «el punto», pendiente de que no «se cuaje» la masa «porque se le echa a perder el pastel» y desacreditado ante «la casa» y el «patrón», perderá «el empleo». Y sabe que este «pastel» es más difícil que todos los otros, porque en él entran una casi inconmensurable cantidad de ingredientes, cada uno en proporción distinta y con distinta capacidad de resistir el fuego. Mas alerta que nunca, ante el movimiento popular fingirá cierta complacencia y mantendrá a la Embajada en constante tensión sobre sus peligros con el doble propósito de mantener sus conexiones con el imperialismo y anticipar el momento de la represión, es decir, el de su tranquilidad. Por otro lado, las divisiones del campo revolucionario lo calman un poco. Sabe que las masas necesitan cauces, y que, aunque a la larga, de no dárseles, ellas por su cuenta los trazan, esto es siempre a la larga; es decir, que si la cosa va a ser así y la incapacidad es tanta, también se siente un poco tranquilo. Por eso, una de sus fuertes esperanzas es la división y el desconcierto revolucionarios, que no logra darse unidad de criterio y de acción. Sin embargo, comprende que esto, de todas maneras no durará demasiado y que, también «a la larga», la cohesión revolucionaria vendrá, con todo su poder. Mas, habrá ganado tiempo y, posiblemente, para entonces, su situación podrá ser distinta; habrá podido, quizás, acoplarse a la maquinaria marianista y los compromisos del imperialismo a lo mejor no serán tantos. Su problema, pues, es prolongar la desunión revolucionaria. Para ello, bien le viene demorar el regreso de los exiliados, porque, una vez en Cuba, será más fácil llegar a un acuerdo general entre ellos. Su ideal sería que surgiera una división profunda en las filas de la revolución, que la debilitara. También su ideal sería un golpe prematuro, que le diera ocasión a un triunfo fácil y a una movilización general del ejército, con un nuevo incremento de su personalidad triunfal. Mas él no tiene poderes sobre estas posibilidades que quisiera que se presentaran: en este sentido, su único poder consiste en advertir a la Embajada de tales hechos y considerarlos como bastante próximos. En una palabra, «en meter miedo» sobre ellos. Aquí, fatalmente, Batista entra en función del tercer grupo de este sistema de ecuaciones: la revolución. En el orden estrictamente militar, está preparado con sobra para hacerle frente, mas él debe darse cuenta que todo esto es exterior, y que, si no tiene acierto en el «punto», su misma «masa» lo aplastará. En el orden del apoyo popular, sabe también que si la revolución, por su parte, sabe madurar la fruta, tendrá una enorme fuerza de masas, si sabe esperar y vigilar y abonar, su «cosecha» será aplastante. Su trabajo, en este sentido, consistirá en hacer abortar esa «madurez». Para ello «carburo» a los mangos es lo mejor. Carburo quiere decir fuego, llama, por supuesto. Por otro lado, ¿entraría él en tratos con la revolución? ¿Trataría de buscar apoyo en cualquiera de sus fracciones? Francamente, parece improbable, a menos que ocurra una traición desvergonzada, en cuyo caso, aunque sea «a la larga» los factores de la revolución se robustecerán. Aunque rápido, esto merece un examen. Batista sólo tiene en el campo de la «revolución» en Cuba, aparte de la posibilidad marianista —porque Miguel Mariano, como él, es hijo del imperialismo— la del ABC. El ABC es hermano de Batista; pero ellos son Caín y Abel (Abel era un cabrón también, desde luego). Los dos aspiran a la misma comida y al mismo premio. El ABC es aún peor que Batista. (El ABC es Martínez Sáenz aunque algunos se empeñen en lo contrario.13) El ABC odia a Batista porque le quitó la oportunidad de ser más vil que él. Batista odia al ABC porque, para el imperialismo, para «su padre», el ABC, esto es «su hermano», es —sería— aún peor que él, si pudiera utilizarlo. Por eso jamás se pondrán de acuerdo en el fondo. Por eso, Martínez Sáenz intriga con Welles en Washington por desplazar a Batista. Con los otros sectores Batista no tiene oportunidad ninguna, por lo menos hasta que no ocurra algún desenmascaramiento rotundo. Y este no podrá ocurrir, dadas las circunstancias, sino precisamente después que Batista caiga con todo estruendo, y, ya frente a la revolución en marcha, el imperialismo, en busca de un Calles cubano, afile todas sus astucias y derroche todas sus promesas en la busca de un traidor. Lo que no quiere decir que no aproveche con habilidad todas las divisiones y, en apariencias, algunas veces parezca que está aliado a determinado grupo revolucionario, cuando, en realidad, lo que está es frente a otro, parapetándose, al paso, en una trinchera ajena. Esto se aclara más fácilmente por el procedimiento matemático que se llama «por reducción al absurdo», utilizado cuando se quiere llegar a una solución positiva por un camino negativo. Por ejemplo, planteando este problema así: ¿Puede Batista aliarse hoy con el PC? ¿Con Grau y los Auténticos? ¿Con la Joven Cuba? ¿Con IR, PAN, etc.? Por este método se admite que sí, e inmediatamente resalta el absurdo, con lo que ya no hay que demostrar nada. Que es lo que nos proponíamos demostrar, como se dice en matemáticas. Ahora bien, no hay que olvidar que Batista está, en este problema, como en todos, a la caza de coyunturas. Él es el cazador que ha ido a la selva a cazar panteras. Pero lo mismo dispara sobre los venados. Su problema es limpiar el bosque. Y en este sentido, él no olvida que en la revolución, como se verá en el desarrollo de sus ecuaciones, hay dos grupos, los que quieren la unión, el frente único, en cualquiera de sus formas, y los que rechazan ese camino; también, los que quieren aceptar las nuevas condiciones de lucha y los que no las admiten. De estas contradicciones sacará partido y ganará tiempo. Porque siempre su es ganar tiempo, «oír la campana». Si disfrazado, pudiera actuar dentro del campo de la revolución, estaría contra el frente único y contra la aceptación de las luchas por el movimiento popular en Cuba. No hay duda. En el primer caso, porque el enemigo permanecerá débil, desorientado y hasta, en cierto punto, desprestigiado ante las masas; en el segundo caso, porque sabe que la insurrección sin base popular irá al fracaso, y que, además, en cualquiera de sus formas, hoy la puede considerar lejos. Es decir, ganar tiempo, «oye la campana». Para entonces ya habrán cambiado muchas cosas. Inclusive Miguel Mariano y el imperialismo y sus ataduras. En resumen, pues, la «incógnita» de Batista es bien clara aunque sea negra. Signo negativo siempre. Hombre en la encrucijada. Problema vivo. Trinchera movible. Con respecto al imperialismo, inconveniente, pero apoyo hasta ser sustituido; con respecto a Miguel Mariano, si este se solidifica sin su apoyo, desaparición; si lo desplaza, en cualquier forma, baja mayor aún de nivel; con respecto a la revolución, fuerte con «camouflage»; trampa de atrapar tanques… Este hombre es hoy en Cuba la angustia del tiempo. En la imaginación se le ve desesperado, como Wellington gritando «¡Blücher o la noche!» Esto es, la noche de la confusión y el desorden, la desorientación. Sólo en el desorden puede este hombre estar tranquilo; sólo en la desorientación puede encontrar con claridad un rumbo: aumentarla. Es como esos objetos a los que sólo mantiene visible el remolino; sí se precipitan, se hunden; si son arrojados por la periferia, desaparecen en la vastedad ilímite. Necesita el remolino y lo pusieron para que lo detuviera. Es un hombre sin solución. En álgebra debe llamársele una ecuación indeterminada. Lo único cierto es que tiene signo negativo para todos; signo negativo en función de todas. Y si pervive, es porque muchas de las otras ecuaciones también lo tienen, aunque a lo largo de las sustituciones de valores ocasionalmente lo cambien. Batista, cada vez que se cambia un valor en la ecuación, cada vez que se despeja una incógnita, deviene más negativo siempre. Siempre llevará en nuestro proceso el signo de menos. Porque este es el signo de la traición.

El tercer punto, la tercera ecuación de este sistema de la política criolla es el del movimiento popular. Desde luego, no hay que aclarar cuánto está conectado con los anteriores y, sobre todo el último sistema de ecuaciones: la revolución. No obstante, tiene ya sus propias características, sus posibilidades claras. Con respecto a la revolución es, quiera o no quiera esta, su vanguardia poderosa. Con respecto a la situación militar, entraña un poderoso resurgimiento de la lucha contra ella; con respecto a Miguel Mariano, significa hoy una presión y mañana una denuncia; con respecto al imperialismo yanqui, es el gran peligro, el plano sobre el cual inciden sus fuerzas y la de sus aliados; es el plano que se levanta sobre su subnivel forzado. Es un plano que puede convertirse en vertical. En todos sentidos su signo es positivo. Es como un anuncio lumínico rojo en medio de la noche, en la que sólo hay muy pocas luces, y estas de colores indecisos. Con respecto a la revolución, hoy parece conformarse con hacer de vanguardia; pero devendrá, fatalmente, cuerpo principal —o la revolución se volverá signo negativo—. Sus actividades plantean problemas que agudizan todas las contradicciones políticas de Cuba e irritan todas las incógnitas personales. Hoy, el movimiento popular es, no sólo el gran estratega sino el gran Maquiavelo de la revolución. Él pone en pugna al imperialismo y a Batista; a Batista y Miguel Mariano; Pedraza y Batista; fragmenta al Congreso; alienta la revolución. Hoy sólo será signo positivo quien esté con él. Porque él es el único capaz de plantear problemas serios; el único capaz de forzar la situación de Batista y de presionar las acciones de Miguel Mariano: la amnistía, las libertades de palabra, prensa y reunión, la Constituyente son las promesas demagógicas de que se ha agarrado para luchar, como quien finge creer en el valor de un charlatán y lo empuja a realizar todas las hazañas que ha prometido llevar a cabo. En todas estas luchas no hay más que posibilidades de victoria; sobre todo, si se admite, como se despejará más adelante, la verdadera situación de la revolución. Miguel Mariano es el charlatán de café que ha pregonado su valor y que «no cree en guapos». El movimiento popular sabe que no hay tal valor, que está lleno de miedo ante la empresa, pero que es de esos guapos que, en público, sobre todo si la policía está cerca, por no quedar mal y no «perder el cartel», pueden decidirse. Sobre todo, porque después ya no tendrá que pelear más. Lo que es una característica de este tipo de «guapos». Y claro que sí, por fin, «tira la bofetada», el movimiento popular habrá de apoyarlo y aplaudirlo, y fingir que lo ha convencido con su valor… Y en prueba de que está totalmente convencido, le buscará enseguida nueva ocasión de pelea. Hasta que «el guapo» se «le raje». De lo que sí está convencido que fatalmente llegará. Naturalmente, Miguel Mariano, si cede a la presión popular y plantea los problemas, ganará mucho crédito y más aún, si vence. Pero no hay dudas por hoy de que la victoria de Miguel Mariano frente a la situación militar, será una victoria del pueblo, del movimiento popular, aunque sea una victoria parcial sobre sus objetivos finales. Su posición es de objetivos inmediatos: primero frente a la situación militar, al lado de la revolución y de Miguel Mariano —si da la pelea—; después, caso de ser vencedor, al lado de la revolución, frente a Miguel Mariano. Y no hay duda de que, aunque la situación de Miguel Mariano controle una parte del pueblo y que esta sea considerable; y aunque el ejército envuelva otra porción ya menor, la gran mayoría popular está tácitamente con la revolución y lo estará clamorosamente cuando la revolución interprete bien sus impulsos. Con relación al imperialismo yanqui, el movimiento popular tiene ya concepto mucho más claro de sus contradicciones. Cuando un hombre amenaza con tirar y no tira, pierde el respeto. En Cuba el imperialismo yanqui ha amenazado en falso varias veces. No se le «respeta» tanto, aparte, de que se le conoce más, y, por otro lado, puede llegarse a ese caso climáxico por el cual un hombre se dispone a pelear con cualquiera. Es decir, que ya el movimiento popular actúa en Cuba sin una buena parte de aquel lastre penoso y grávido de «la intervención», lo que le da más soltura, más agilidad, más fuerza, y, por tanto, más posibilidades. Por ello, frente a él, habrá que emplear, o nuevos recursos, o la aplicación, hoy, de medidas de ayer, lo que quiere decir, demasiado peligrosas. Queda bien claro, que en función de los tres sistemas ecuacionales, el movimiento popular es positivamente positivo. Por tanto, resta, es menos, quien está contra él; quien no está con él, en consecuencia, muy bien puede estar con los que pueden estar contra él: imperialismo yanqui; Batista y Miguel Mariano (pasado cierto límite).

En resumen, todo este segundo sistema de ecuaciones que he llamado «de la política criolla», un poco caprichosamente, muestra un entrecruzamiento de signos: Batista, menos; Miguel Mariano, más-menos; y movimiento popular, más. No puede emplearse, para llegar a una solución final y correcta, el procedimiento algebraico de la fusión de signos, porque para ello habría que hacer un análisis más profundo y extenso de cada ecuación, descomponiéndola en todos sus valores. Más por más es más y más por menos es menos, pero hay que averiguar el número de signos dentro de cada ecuación. No obstante, de una vista general se ve que Miguel Mariano con sus signos, que podemos llamar «indiferentes» —más menos— puede ser considerado la clave de esta solución. Si se tiene en cuenta, como se ha tenido, la dimensión tiempo, en la primera fase podemos aceptar que su actuación tendrá signo positivo, estará al lado del movimiento popular positivo; en la segunda fase, al crecer este signo más de la cuenta, el suyo será negativo. En lo inmediato, pues, la solución es favorable dentro de este sistema y, con respecto a lo futuro, cualquiera que sea su posición, nosotros estaremos más fuertes, sin discusión ninguna. En conexión, en función con el primer sistema, o sea el del imperialismo yanqui, llegamos a igual solución: favorable en la fase electoral de Roosevelt; una incógnita después, mas que no debe considerarse demasiado pesimista si los republicanos, derrotados, erizan sus enconos y obligan a Roosevelt a usar mucha prudencia, es decir, poca fuerza.

Tercer sistema: Campo revolucionario. Entro en el análisis de este terreno algebraico, convencido completamente de la bondad del sistema analítico. Por tanto, sin vacilaciones. Por lo pronto, hay que reconocer dos ecuaciones fundamentales, que, más o menos, tienen distinta formulación.

Más o menos son estas: la revolución que está por el frente único y la que está contra él; la que está por el regreso a Cuba para incorporarse al movimiento popular y encabezarlo, y la que está por quedarse en el exilio; la que está por un concepto dialéctico de la revolución y la que se conforma con el asalto insurreccional sin preparación. En el fondo, una serie de variantes de dos ecuaciones claras: la de los que están en la revolución con un honrado, limpio, claro, consciente concepto del grado alcanzado por nuestras luchas contra el imperialismo, sin más ambición personal que la del triunfo de tales ideas y de tales conquistas, y la de los que están o por el atraso mental, o por ignorancia histórica o por mala fe política, o por ambición personal de poder inmediato, inclinados a métodos desacordes con la realidad, en función del pueblo, de su porvenir y su bienestar. Más claro aún: los que están de acuerdo en una revolución para Cuba, en marcha hacia el socialismo, cumpliendo sus etapas naturales, y los que, aunque no lo digan, odian esta solución, y, urgidos por los hechos, apelan a métodos que todo lo retrasan y todo lo confunden. Como no pueden expresar el fondo de sus pensamientos antisocialistas y antiobreros; como, inclusive, tienen hoy que tener un lenguaje parecido y promesas semejantes casi a las de los del primer grupo, estos se ven forzados a contradecirse con actitudes lamentables. Y estas son las ecuaciones fundamentales, con todas sus variantes. En ellas por paradoja estupenda, se encuentran casos particulares, «incógnitas» personales, de individuos que pertenecen a una serie, dentro de ciertos límites, y a otras también dentro de ciertos límites; quienes quieren honradamente el frente único, pero están en contra de las luchas populares de preparación insurreccional; quienes no tienen ambición personal ninguna y están contra el frente único como solución; quienes están por una lucha antimperialista a fondo y están en contra de la evolución socialista de la revolución. En fin, una serie de complicaciones sorprendentes y hasta regocijadas, y que provienen, en su gran mayoría, de una ignorancia persistente, pudiera decirse, de una ignorancia aferrada a sí misma, con miedo a dejar de ser ignorancia. Mas esto no hay que tratarlo. En Cuba todos somos «líderes», en principio. Y desde el principio también. Por eso no tiene demasiada importancia el despeje de la incógnita de tanto «líder». Dentro de poco, en Cuba habrá más «líderes», que «masa». Esto es un reflejo de todo. Acuérdate que hemos conocido muchos más generales, jefes y oficiales del Ejército Libertador, que soldados; y el actual ejército de Cuba, en proporción, tiene más oficialidad que ninguno otro del mundo. Es decir, más «líderes». Por eso es un axioma, o, por lo menos un postulado, que, mientras no se demuestre lo contrario, todos somos líderes. Inclusive nosotros. Analicemos, pues, las dos ecuaciones fundamentales.

La revolución con proyección hacia el socialismo comprende una serie de grupos que, si ocasionalmente son los menos numerosos, están destinados, de manera absoluta, a ser los de filas más nutridas. Porque el pueblo va hacia el socialismo, es decir, hacia donde van ellos. No hay que señalar los grupos por sus nombres; sin embargo, ahí están el Partido Comunista en primer término y los grupos integrados más o menos por estudiantes, profesionales y otros elementos, casi siempre de la pequeña burguesía, conocedores ya del problema de Cuba y de sus únicas soluciones, con cierta concepción general de todos los problemas, cierto desinterés personal inmediato, cierta base programática hacia lo agrario y lo social. Grupos, en fin, de diversa meta, pero de igual rumbo. Sin duda, la identidad del rumbo crea la posibilidad de una unión bastante sincera, mas la diferencia de las metas crea, como se sabe, fricciones que no son muy suaves muchas veces. Por eso, ni en este sentido, ni esta ecuación, puede considerarse plasmada totalmente la unidad revolucionaria. Pero su marcha unida, será sin embargo, relativamente larga. A través de la acción, tanto en sus filas, como en sus zonas de influencia, se hará más clara y precisa la marcha en la revolución con vistas a la socialización de Cuba. Hoy, ante los problemas políticos nacionales, se observa una confluencia casi perfecta de varios de esos grupos más importantes. Todos están por el frente único; todos están por el aprovechamiento de las condiciones actuales, de las contradicciones políticas del imperialismo, Batista y Miguel Mariano; todos están por una revolución de masas, por una insurrección de masas; todos están por una serie de medidas antimperialistas relativamente moderadas; todos están dispuestos al sacrificio de parte de sus programas con tal de obtener la unidad de acción indispensable para el triunfo en esta etapa. Particularmente en este proceso, aunque en definitiva no se acepte la línea de aprovechar el movimiento popular por los otros tienen una real oportunidad de engrosar sus filas y ampliar sus influencias respectivas, tanto en lo ideológico como en lo meramente organizativo. Su fuerza puede considerarse «in crescendo» y aún podrá llegar a ser tal, que podrá influir en la ideología aparente de los grupos de la otra ecuación. La situación social y económica de Cuba favorece naturalmente su política aunque tropiecen con el inconveniente de no tener lo que pudiera llamarse «líderes» nacionales, ya que otra clase de líderes ya sabemos que abundan de sobra. Y esto de los líderes nacionales, sin duda tiene remedio, pero es problema de ocasión. Porque algunos nombres ya los hay: por ejemplo, Marinello y Vergara indiscutiblemente que han alcanzado amplia categoría. Y no hay duda de que si los actuales líderes se sacrifican a conceptos falsos o a presiones interesadas y equivocadas de los comités dirigentes, nuevas figuras nacionales serán creadas alrededor de los justos intérpretes de los anhelos populares. Y esto no quiere decir que los antiguos líderes nacionales desaparezcan, porque en Cuba esta clase de individuos resucitan siempre, son eternos inmortales. Son los «fantasmas» de la historia de Cuba, que aparecen y desaparecen misteriosamente. El caso de Menocal y Mendieta es la prueba. Cuando uno de los «fantasmas» no sale, como Machado, es sólo porque otro compañero le ha robado la «sábana». Por ello, no hay que pensar ni creer en un desplazamiento ilusorio y hasta perjudicial, porque acaso ello produciría la incorporación precoz al campo reaccionario de muchos de sus partidarios y el alejamiento de los problemas políticos de otra parte. Sólo en la lucha, en la participación es como se podrá ir ganando a todo ese grupo —a los que sean capaces de dar el paso— hacia el concepto social y dialéctico, —dinámico— de la revolución. En definitiva, pues, deben considerarse cada día más brillantes las oportunidades de la ecuación revolucionaria, con sentido social de la lucha, en primer lugar, porque su ideología es más clara, más firme su propósito, más frágiles sus contradicciones y, en segundo lugar, su posición es más acorde con la realidad, con la historia, con los deseos populares. Frente a las contradicciones del imperialismo, de la situación marianista y del ejército, su actitud es la más hábil y su fuerza parece ser cada día mayor. Mientras los elementos de esta ecuación más capaces sean en fundirse y en ponerse de acuerdo con la próxima meta, mayor será su empuje y su fuerza real.

La segunda ecuación de este sistema es mucho más complicada, porque su posición es más forzada. Los problemas de la primera, en todo lo interno son relativamente escasos y de menor importancia. En cambio, a este grupo se lo comen, y lo van desintegrando paulatinamente, la amarga naturaleza de todas sus importancias. Sin embargo, están hoy, puede decirse, a la cabeza de la revolución a virtud de una serie de hechos, cuyo análisis pormenorizado no procede aquí, por obvio, pero que giran, en general, alrededor de dos motivos: la personalidad nacional de algunos nombres —acaso de uno sólo— lograda durante el gobierno septembrino, y las posibilidades insurreccionales alentadas al calor del dinero obtenido para la «insurrección». Es una lástima que ya no tenga yo hoy —hoy es lunes y acabo de regresar del trabajo— el mismo entusiasmo analítico del sábado, porque presiento que aquí hay una serie de ecuaciones secundarias y de incógnitas secretas, que pueden escapárseme con facilidad, y que no dejan de tener importancia para el desarrollo de todo el grupo dentro del sistema. Por lo pronto, con relación a un punto fundamental de esta ecuación, o sea, su orientación con respecto a la revolución, para mí, por convicción profunda, íntima, sólo desvirtuable por hechos claros, en que no intervenga —como intervino en su ascenso popular— la obligatoria demagogia a la desesperada, toda esta ecuación hay que suponerla como frente a la otra, en el sentido de que no está por una etapa de la revolución en camino hacia el socialismo; que está, allá en lo profundo y muchas veces hasta en la superficie bien palpable precisamente en contra de ello; en contra, inclusive aun cuando los hechos, el impulso popular, propiciado por favorables circunstancias, la obliguen a encabezarlo y triunfar…; aun en este caso, siempre me parecerá a mí, que por lo menos una parte de este grupo ha ido al triunfo, de la misma manera como en las películas cómicas algunos protagonistas se hacen héroes sin saberlo; aun como algunos caballos de invencible «estamina», como Man O‘War, triunfan a pesar de encontrarse vendido su jinete. Por todo ello, está enfrente de la otra y la mejor solución sería que aquella la fuese absorbiendo en el camino ascendente de la revolución. Mas no hay que hacerse muchas ilusiones, porque, como sabemos, su posición obedece con claridad, también, a un criterio clasista de la lucha. Ellos pertenecen a los que se quedan en la meta cuyo rótulo dice: Cuba para la burguesía cubana, lo que sólo puede leerse, sí, como en los papeles de espionaje, ponemos al fuego —al fuego de la revolución— el lema de amplia vaguedad: Cuba para los cubanos ¿Qué posibilidades tiene toda esta ecuación dentro del sistema general cubano de lucha contra el imperialismo yanqui? Sin duda hoy está enfrente de él, por dos razones, primera, porque él, en su ambición, también la oprime, y, segundo, porque sólo podrá obtener concesiones de él a base de apoyarse en la opinión general, en la fuerza total, popular de lucha, que sí está directa e irreconciliablemente enfrente de aquel. Pero no hay duda de que su meta es la primera. Yendo de La Habana a Santiago, esta ecuación se resuelve en Matanzas… Y, desde luego, como para ir de La Habana a Santiago hay que pasar por Matanzas, pues vamos todos juntos a la comparsa. Y hasta Matanzas tendremos que ser buenos amigos, porque es enojoso y peligroso hacer el viaje juntos con enemigos. Y no hay duda; si el imperialismo tiene que tomar ese tren, preferiría de todas maneras quedarse en Matanzas. Porque él es como esos ricos capturados por los gángsters, que cuando ya no les queda más esperanza que soltar el dinero, procuran obtener alguna rebaja en el rescate, o pactan con ellos a base de dar lo pedido siempre que ellos no lo molesten más a cambio de no delatar él a la policía a sus secuestradores, con lo que queda en advertida amistad. Lo que quiere decir que, como pueda, los delata y los lleva a la silla eléctrica, porque el rico —el imperialismo— no olvida nunca que tiene «el deber» de rescatar lo que le «han robado» «por su libertad». Y para ello, o aprovecha la traición de uno de los «gángsters» —caso muy corriente en América Latina— o la oportunidad favorable de un cambio político general, para recuperar todo lo perdido y, de serle posible, cobrar sus intereses. Y todo este mundo de recelos y traiciones del imperialismo, para aquellos con quienes, de ser un poco menos avaricioso, podrían llegar a ser sus aliados, ha hecho que muchas veces estos se hayan visto precisados a ir más lejos de lo que se proponían. Es decir, a no bajarse en Matanzas y seguir para Oriente… Y es conveniente saber esto, desde luego. Mas hay una cosa cierta, interna en esta ecuación, y que es resultante de la poca claridad de su posición y la falta de esa fe profunda y hasta un poco lírica, que da alientos secretos: esta ecuación es menos fundible en sus componentes que la otra. A diferencia de la otra, tiene la misma meta, pero sus rumbos son distintos y muchas veces contradictorios: son el perro y el gato que van a comer en el mismo plato. No son, como en la otra ecuación, en que el rumbo es el mismo y distintas las metas, donde todos van hacia la misma montaña y unos quedarán en las faldas y otros ascenderán a la cima. Todo el problema entre ellos se reduce a cómo llegar, de la misma manera que en la otra ecuación el problema es, hasta dónde llegar. El que va más lejos que otro, no pierde nada por acompañarlo en su marcha hasta donde aquel vaya. Al contrario, así irá más acompañado. Pero cuando dos van al mismo sitio, y uno tiene máquina y otro caballo; y uno quiere pasar por un lado y otro por uno distinto, difícilmente se ponen de acuerdo. Porque el problema en esta ecuación no es sólo de camino, sino de vehículo también. Y hoy esto está a punto de plantearse con toda claridad. Sin perder de vista los otros puntos, las otras incógnitas, vemos esto, que viene a complicar los resultados de la ecuación: Por lo pronto, hay auténticos y Joven Cuba. Mas, desde luego, se ve que estas ecuaciones han resultado sistemas. Los auténticos hoy tienen dos nombres, dos caminos: Ramón Grau San Martín y la OA. La Joven Cuba casi pudiera decirse que es como una de esas plazoletas de convergencia en las grandes ciudades, de las que salen tantas avenidas, que el que no conoce bien la ciudad no sabrá para dónde ir. Nosotros —por lo menos yo— no conozco bien esa plazoleta que dentro de la revolución es la Joven Cuba. Por ello no me queda más remedio que dividirla en Norte y Sur, Este y Oeste: al Norte están los que quieren el frente único; al Sur, los que no lo quieren, al Este, los que quieren la inmediata insurrección; al Oeste, los que piden la aclaración de todos los problemas, inclusive, y primero, el del dinero. (Y esta sola es una ecuación dificilísima… Sobre todo para los que han manejado ese dinero.) Y dentro de estos puntos cardinales hay tantas desviaciones, que sin duda podrían utilizarse una porción de puntos colaterales para señalar grupos —ecuaciones—; por ejemplo, Habana, México, Torrado, Calixta, Tatica Jordán, Pepe Velázco. 14 Y eso lo que conocemos nosotros. Y no hay duda, cuando una ecuación tiene tanto dato indeterminado, la incógnita, al despejarse, puede dar cero o infinito. Es decir, que no hay solución para ella. No es esto exageración ninguna. Miremos la realidad. La Joven Cuba, como los auténticos, pero más aún que ellos, tiene ante la revolución, y ante el pueblo de Cuba, el gravísimo problema del dinero tomado específicamente para la revolución. Y esta palabra para ellos quería decir únicamente, insurrección. Y en efecto, dinero no han gastado en ninguna otra de las formas y métodos por los cuales hay que conducir a las masas hacia la insurrección. Ahora, ante la nueva situación política en que aparece posible la realización de un movimiento popular ascendente, la Joven Cuba se encuentra con que ese dinero, o una buena parte de él se ha perdido o se ha malgastado. Los rumores son ya francamente acusadores y desmoralizadores. La Joven Cuba, muerto Guiteras, pervivía a base del dinero obtenido. A base de ese dinero, los auténticos han entrado en pacto con ella. El asunto de Laredo, admitiendo, como para nosotros procede y es lo mejor para la seguridad del cálculo, que fue absolutamente limpio, no tiene en buena lógica, solución posible. Porque, si todos esos vagones estaban cargados de armas en cantidad tal como para justificar el dinero en poder de Torrado, resulta ingenuo pensar que el imperialismo yanqui las va a entregar. Y el gobierno de México tampoco se va a arriesgar a una reclamación retrasada e inexplicable, porque de haberlo querido hacer lo hubiera hecho inmediatamente y con todo vigor. Por el contrario, hubo negativas oficiales al respecto. En ese caso, el único camino sería utilizar a los contrarrevolucionarios mexicanos, lo que, aparte su turbiedad, no se conseguiría sin una poderosa «comisión», y, sin el desprestigio inmediato en México de tales revolucionarios y la persecución, por ese gobierno hoy bien estable, de todo embarque para Cuba. El chance de esas armas —de ese dinero— para la revolución de Cuba, es de un diez por ciento, concedido con toda esplendidez. Y, si por el contrario, Torrado en una jugada de desesperación, urgido por el plazo que se le había concedido, ante tener que pegarse un tiro, hizo un camouflage y obtuvo una venta barata, entonces es cierto que el dinero estaba perdido. Y, aunque a los efectos de recuperarlas, los inconvenientes son los mismos que en el primer caso, supóngase obtenidas: entonces, aparte de la pobreza del equipo, la enorme desmoralización producida por el hecho tendría repercusiones tales que acaso ni con su mismo fusilamiento podría obviarse. Es una voz unánime ya que ese dinero costó la vida de Guiteras y Aponte y de otros más, y que no puede perderse sin escarmiento y sanción. En todo caso, ello obligará a una justificación tan amplia y difundida que será casi pública, con todos los peligros que, particularmente para la insurrección, ello encierra. Y quien se ponga a poner obstáculos a esto se verá fatalmente envuelto en la misma neblina de descrédito y condenación. La Joven Cuba, si ha perdido ese dinero y no tiene las armas —cosas ambas verosímilmente posibles dadas todas las circunstancias realmente conocidas—, está, como se dice vulgarmente, en una encrucijada; está, como cuando en un naufragio los botes de salvamento toman rumbos diversos, según a dónde los arrastre la tormenta. Aquí la tormenta es su impotencia para cumplir sus fines. Y, como el hombre desesperado por el pánico, que, al verse sin salvavidas, de un hachazo mata a un compañero para quitarle el que lleva y salvarse él, la Joven Cuba en este sentido, tiene una solución: planear un nuevo secuestro, un nuevo asalto y nutrir sus fondos para seguir lanzando su consigna de insurrección y justificarse la vida. Y habrá matado algo, a un compañero de verás, porque si en estos momentos, un hecho de terror de importancia viene a auxiliar a Batista y Pedraza y a robustecer su posición ante la Embajada y el imperialismo, el prometedor movimiento popular sufrirá un rudo golpe. Mas los crímenes pocas veces quedan sin denuncia y castigo y difícilmente este será una excepción. Porque el primer castigo que tendrán en este momento quienes tal cosa intenten será la repulsa inmediata del pueblo de Cuba y muy probablemente, la denuncia de las organizaciones revolucionarias que tratan de elevar el índice de la lucha popular. Los auténticos también tienen su problema con relación al dinero. Los cientos cincuenta mil pesos del Ayuntamiento —más o menos— han sufrido una merma de tal naturaleza, que, como tal vez sepas ya, la petición de un informe sobre esto —16, 12, 1935— por parte de Llanillo, miembro del CC dio lugar a que se viera precisado a renunciar. Parece no muy lejano de la verdad, que cien mil pesos de esa cantidad se han gastado. ¿Vamos a creer que ha habido tal hermetismo —primero y único en la historia de Cuba— que todo eso se ha gastado en armas y que está allá, esperando la llegada de los héroes? Hay quien sabe un poco de detalles de todo este asunto y se reiría de la suposición. Ajustándonos a la realidad, todo indica que ha habido una administración descuidada. Por consiguiente, investigación, escándalo, denuncia y desmoralización. Y, desde luego, fuerzas reales reducidas. Yo no tengo que dar cuenta de nada de eso, pero sí es una cosa cierta que la razón dada a Llanillo —«que no tenían que dar cuenta porque eso era como si fuera de particulares»— no la va a admitir la masa del Partido, ni menos el pueblo, entre otras cosas, porque ello equivale a hacer bueno el dicho de la prensa reaccionaria calificando de gángsters a los autores. En fin, sin duda, sin duda de ninguna especie, este problema del dinero, en toda la ecuación, va a producir una situación en extremo confusa y dolorosa, en detrimento de ella misma, que ha de contribuir en alto grado a desmoralizarla y debilitarla en todos sentidos. Lo que sería perjudicial para la revolución, desde luego, por lo que, en cierto sentido, también a nosotros debe preocuparnos la mejor solución de este asunto, por esta razón y, además, porque ello debilita el aparato insurreccional que de todas maneras hay que preparar a plazo más o menos largo. Y todo ello no quiere decir que, si por fin se llega a la concertación de criterios comunes, no se exija a todas las partes la declaración formal de las justas fuerzas y los verdaderos elementos que tengan. Aunque sea para cumplir con la indicación popular de que «vamos a andar juntos pero no revueltos», y porque, cuando en una familia hay un ladrón, el resto tiene que ser más honrado que nadie para no parar fácilmente en la cárcel a la menor duda de la policía —la policía: el crédito público. Claro es que todo este problema del dinero gira en la misma órbita que otra de las ecuaciones contradictorias dentro de este sistema: la de la representada por aquellas que ya, sin mayor informe —y, es por eso, desde luego, que no necesitan informes— se pronuncian en contra del aprovechamiento del movimiento popular y se empeñan en dar cranque a la historia como si esta fuera un Ford antiguo, pronunciándose, cerradamente, a pesar del largo y casi grotesco fracaso de un año y más, durante el cual a punto se ha estado de caer en el menocalero procedimiento de anunciar la insurrección a cada paso. Durante el cual, haciendo una maravillosa variante táctica, inclusive se llegó a pensar en sacar a los expedicionarios de Cuba —Santiago— para traerlos de nuevo. Algo así, como uno de esos viajes Nueva York-Habana-Nueva York que organiza aquí la Ward Line… probablemente también, con la obligada visita de los turistas a los bellos «repartos» de La Habana Nueva y a las antiguas fortalezas de La Habana Vieja… Todo este grupo —elementos de la Joven Cuba y de la OA— se aliarán contra la otra corriente, formulada a través de las declaraciones de Grau, aunque con la timidez característica en él, de aceptar la nueva situación y sacar provecho de ella. Sin ambages, dos grupos: al poder por la insurrección y al poder por la elección. Es decir, a Matanzas en máquina o a caballo. Y los de la máquina quieren llegar tan velozmente, que en las curvas de Madruga y La Mocha se van a volcar y allí los van a «madrugar» y a «mochar»… Y aunque esto haya salido una coña de mal género, nosotros sabemos que así será si es que al cabo realizan sus intentos. Porque, además, resulta claro, y tenía que ser dada su posición, que los que están por la insurrección, están por ella cuanto antes: no hay más problemas «ideológicos» que conseguir las armas, los tiros y los barcos. Luego, alguien que sepa poner el timón para Cuba. Y ya está. «Mira, cómo resuena ya…» Después, en su imaginación no ven más que hazañas y el universo entero paralizado escuchando el relato cablegráfico de tales prodigios insignes… Y en medio de todo esto, yo no sé, cómo a alguien no se le ha ocurrido que si todo lo que les hace falta para la revolución son las armas y los barcos y tienen dinero para ello hace año y medio casi, no se compra todo eso, se adquiere, y se hace la revolución, tranquila y fácilmente. Ah, porque, además, esta gente está convencida de que Batista no pelea, el ejército no pelea, la marina no pelea, la policía no pelea. En fin, nadie pelea. Casi que no se explica uno cómo no van hasta sin armas a desalojar a tanto pendejo. Desde luego, dentro de este grupo, hay sus excepciones y no las menos valiosas. Laurent, por ejemplo, yo estoy seguro que se da cuenta —y ya dijo una vez aquí en mi cuarto que creía necesario que todo el que pudiera regresara a trabajar allá— de la realidad tal como es, sin complejo de superioridad negativo, contraproducente y fatal. Con todo, el problema del dinero ofrece, en relación con este grupo lo siguiente: si las aclaraciones arrojan aún una existencia de posibles, serán intransigentes en cuanto a demandar la precipitación de la insurrección y a proclamarla como único medio. Si las investigaciones pregonan el fracaso ajusticiable de la administración de los fondos, los más decididos, los menos desmoralizados por el batacazo, pregonarán la necesidad de obtenerlo de nuevo. No hay vacilación en el despeje de esta incógnita. Los de esta ecuación, aparte de sus problemas individuales, que indiscutiblemente son serios —como los de muchos que nada tienen que ver con los actos de terrorismo, ni los asaltos y secuestros— la falsedad fundamental de su posición ideológica y la pobreza de su meta, disfrazada de fulgurantes promesas, con algo de esos maromeros de circo que ponen más emoción en los preparativos, en la espectacularidad de los trajes, que en la que realmente tiene luego la maroma, van a la extrema retaguardia de la revolución verdadera, por más que pregonen que van a la vanguardia. Y la retaguardia siempre marcha con la impedimenta. Mas, no debemos olvidar, que la revolución, frente a la reacción, debe considerarse efectivamente como un cuerpo de ejército, en el que por igual hay que cuidar la vanguardia, el centro, y la retaguardia, porque los tres son indispensable para la batalla. Este grupo está particularmente influido, en lo psicológico, por el nombre de los héroes y por un deseo magnífico de emularlos. Particularmente entre los elementos más jóvenes esto es cierto. Ello entraña que hay en ellos cualidades de primera calidad, y nosotros no podemos olvidar que a muchos, que en las luchas del Directorio y el Ala Izquierda pensaban de manera semejante a la que hoy sostienen estos, al cabo los convencimos y a muchos modificamos en sus derroteros ideológicos. Por ello, el contacto con esos elementos siempre es justo, con vistas al aclaramiento de su confusión política. Mas, hoy por hoy, no cabe duda que su actitud será hostil hacía la adopción de una línea hábil, de consecuencias beneficiosas. No obstante, puede ser que machacándoles sobre la realidad, si se ponen con claridad las cartas sobre la mesa, como se dice, será posible hacerles admitir por lo menos una cosa; eso que me decía Laurent aquí hace dos o tres meses: el que regresen a Cuba todos los que puedan regresar al calor de la amnistía cuando esta se conceda, lo que entrañará, desde luego, el reconocimiento de la necesidad de organizar y preparar de manera efectiva, y no de «boquilla», qué es lo que, en definitiva, nos proponemos. La otra ecuación dentro de esta ecuación del sistema, o sea, la de los que tanto en el PRC como en la JC si ven con claridad más o menos decidida y valiente la urgencia y necesidad de aprovechar este período de unos cuantos meses —al cabo de los cuales bien pueden variar muchas de las ecuaciones fundamentales como ya se ha dicho— su posición puede analizarse así, salvo, claro está, lo que no conocemos. Por lo pronto, particularmente en la JC, si los comprendidos dentro de este grupo son dirigentes, sin duda que su fuerza moral no será mucha ante los que se pronuncian por la insurrección como única salida, ya que siempre, de la dirección, les ha llegado tal consigna. ¿Qué hacer? Bueno, la posición de la JC es tan enredada y difícil que parece un complicado problema de ajedrez que se le pone a un principiante. Y no estoy muy ajeno a pensar que el misterio profundo de su solución es más o menos como el del huevo de Colón, de puro fácil: no tiene solución. Además, ¿cómo cambiar ahora de golpe, cuando se acaba de crear el Consejo Supremo Revolucionario, nacido del Pacto de México, organismo estricta y especialmente insurreccional? Los miembros de fila, no; ni los que, siendo más o menos dirigentes, han atacado la política de la Organización —que por cierto no son pocos ni malos. La posición de estos no es tan difícil. En realidad es clara. Unos, sin pensarlo mucho, se engrosarán al PRC, otros, tal vez los más, serán partidarios de ir a Cuba, si están fuera, y partidarios de luchar allá de nuevo. Estos serán los supervivientes a los que el naufragio no pudo quitarles el gusto de la emoción de mar —la revolución por más que en lo adelante prefieran, al romántico navío de afilado bauprés, con pomposo mascaron terrible en la proa y velas innumerables llenas de aplausos, pero cuya vida depende no de sí mismo, sino de lo exterior, del viento que sople, el tal vez menos bello pero más seguro y capaz de más largas travesías, barco de acero, negro y sin brillo, pero cuya vida va en sus propias entrañas, y va adelante cuando el viento sopla, mejor, y cuando el viento no sopla, menos; y cuando el viento sopla en contra, menos aún, pero siempre va adelante, porque se alimenta de sí mismo y no de nada ajeno, artificial u ocasional. Toda esta gente habrá aprendido una buena página de la revolución y muchos serán muy buenos. Ahora bien, con respecto al PRC la solución parece más fácil y posible, y a ello ayudará su poco, desde luego, la merma del dinero y la franca aunque cohibida oposición hecha por muchos de los dirigentes al Pacto de México. Por lo pronto, debemos añadir a estas coyunturas favorables el hecho de que, primero la política general del Partido, en muchas ocasiones fundamentales, ha sido la de la participación en las luchas cívicas para llegar al poder por ese camino, y, segundo, que los más destacados dirigentes —Grau— se pronuncian más o menos abiertamente por tal posición siempre que esta sea precedida, como es natural y lo planteamos todos, por una serie de medidas que podemos considerar de garantías y seguridades (amnistía, libertad de prensa, etc.).

Desde luego, el PRC no puede existir sin Grau, sin el Grau de hoy, porque no hay que olvidar que nuestros partidos políticos más o menos —tal vez por profundo conocimiento matemático— obedecen a la mecánica celeste, y todos, como el sistema solar, giran alrededor de un astro, dentro de órbitas más o menos distantes, es decir, más o menos obedientes a su gravedad. Sentado este principio de que el PRC no puede, en las actuales circunstancias, existir sin Grau, no cabe duda de que los esfuerzos se harán en el sentido de atraerlo hacia una u otra órbita. En esta lucha, si se prolonga, y se hace más o menos pública, los tres grupos van a perder —el tercer grupo es Grau. ¿Cuál será la posición de Grau? Él no es hombre de gran carácter, como sabemos, pero sí es hombre, por lo mismo, controlable por influencias que sean constantes. Y como estas influencias ya han comenzado el trabajo acerca de él, y lo han hecho hablar para el público; y como no dejará de ver la realidad; y como está hasta más que consciente de la importancia de su rol; y como tiene la experiencia personal, directa y emotiva de que sólo el calor popular da perfil y relieve a los hombres públicos; y como está en el secreto también de la pobreza y desorganización y posibilidades del aparato insurreccional; y como comienzan a molestarle ciertas pretensiones tomadas alrededor de este aparato; por todo esto, y por razones más sin duda, como la marcha de los hechos le den alguna razón y soporte a sus declaraciones, es casi seguro que mantenga su criterio. Y su criterio decidirá la cuestión. Porque es sabido que en la mecánica celeste, cuando un satélite o planeta se distancia más de lo prudente del astro central radiante, está condenado a vivir en la oscuridad, en una órbita, por lo lejana, inerte, desconocida. Y como este sol está aún brillante y promete «derroches» de fulgor, será muy difícil que su sistema se le desintegre de modo notable. A menos, desde luego, que, por entrar en lo que se llama en astronomía, un «saco de carbón», por aislarse y entrar en la oscuridad voluntaria, dé ocasión a que otros astros vengan a brillar dentro de su antigua órbita. Aquí, el saco de carbón, es alejarse de la vida popular y quedarse a la espera de una insurrección que él mismo considera ya, por hoy, punto menos que hipotética. La incógnita de Grau, con todo y su indecisión personal, parece sin embargo bastante clara. Si las circunstancias lo ayudan un poco, mantendrá sus declaraciones; será partidario de regresar a Cuba; partidario de participar en las luchas cívicas en fase ascendente. Su nombre, ya dentro de Cuba, ajustado a cierto marco, será aprovechable en alto grado, mientras no precipite demasiado los pasos. Porque esta es otra incógnita de esta ecuación. Los que quieren, dentro de esta ecuación, sólo la insurrección, van al poder sin más ni más, sin mayor tramoya. Los que quieren el regreso a Cuba, dentro de este grupo, unos lo quieren para trabajar serenamente por la revolución, siguiendo un camino más o menos leal a sus principios, y otros parecen, por algunos detalles acumulados, dispuestos a tomar atajos. De aquellos otros, de los «insurrectos», unos, desde el poder, anhelarían el desarrollo de la revolución —los que sienten cierto mesianismo heroico—; parece paradójico, mas con ellos, de no ser por las tácticas, nos pondríamos de acuerdo; otros quieren el poder, entre otras cosas, para ametrallarnos a nosotros, porque se dan cuenta de que, llegados a su meta, queremos seguir el viaje. Estos, si fueran capaces de contarse sus íntimos pensamientos, se pondrían de buen acuerdo con el segundo grupo de los que desean el regreso a Cuba. Desde luego, el desarrollo que habría que hacer del sistema de ecuaciones resultantes de tales acuerdos que por medio de los cuales fuéramos a Cuba y comenzáramos a actuar en ella, aparte de ser prematuro e improcedente, por extenso tendría que desecharlo en esta carta, que te quiero terminar ahorita mismo para echártela mañana al irme al trabajo. Una pregunta: ¿afectará el prestigio de Grau el problema del dinero? Es claro que, en su día, la reacción política esgrimirá aviesamente la «anécdota», Mas no creo que le perjudique mucho. Ese problema del dinero sólo tiene tres soluciones: obtener más dinero; fusilar a los culpables, o dejarlos cagados ante el crédito popular. Y siempre habrá manera de reducir los culpables al mínimum. Y si no, ya lo verás. Todo esto, por supuesto, dentro del orden personal, que en el colectivo la pesadumbre es grande sin duda. Hay en todo esto, algunas contradicciones que debo tratar de despejar. ¿El Pacto de México y sus organismos no son contradictorios con la nueva línea, si esta se sigue? ¿El Pacto de México, para estos dos grupos, PRC y JC, no es una trinchera frente a ese otro grupo ya formado en La Habana y tomando vida y fuerza? Vamos a tratar de despejar estas incógnitas. Por lo pronto, debemos admitir, por la misma naturaleza, informe en su base social mezclada y en su ideología vacilante, que es más probable que la nueva línea que siga el PRC será la resultante, la aligación de una serie de concesiones surgidas de la combustión de los dos criterios principales discutidos: es decir, que consistirá en ir y no ir, en ser y no ser, en presionar y aflojar. Les parecerá esto hallazgo maravilloso y hasta lo «descubrirán», sin pensar que los de la otra ecuación, pero con absoluta claridad y conciencia del aprovechamiento dialéctico, es lo que tienen decidido hacer. La diferencia estribará en que para estos es una cosa profunda y de sentido, y para ellos, de superficie y de flote. En nosotros, será nadar, en estos dejarse llevar por la corriente. Traducido en la realidad, esto representa un frente de complacencia a todo; es decir, un intento de tal cosa. Por ello, se accederá a que mucha gente se quede, con el pensamiento secreto de que ya tendrá que ir. Y al admitirse que hay quien se tiene que quedar «para lo de la insurrección», entonces es que surge el Pacto de México, y sus organismos como trinchera frente al bloque de La Habana —le llamo bloque, porque me imagino que así le habrán puesto— ya que, servirá para recordar que las expediciones vendrán de fuera y que habrá que levantarse cuando ellas lleguen; ellas, las que lo dirigirán todo. Y, para ello, tan pronto como las personalidades lleguen a La Habana, se intentará —y el éxito de esto dependerá, estará en razón inversa del tiempo que tarden en tomar la determinación de ir para allá— se intentará, repito, romper ese Bloque y atraer al seno del Pacto de México, a los «hijos pródigos», que han desviado sus pasos del trillo pontificial. Y, de encontrarse sólido todo este aparato, se tratará entonces un nuevo Pacto, quedando siempre pendiente el problema del de México, cuya vida, también, en gran parte, depende de la que pueda mantener la JC. Porque, con un enfermo grave un negocio no es bueno, como no sea para «aprovecharlo». Y con un muerto, sólo para heredarlo. Y la JC para supervivir, tendrá que saltar por encima de su historia insurreccional, sus contradicciones, sus problemas y sus desorganizaciones, y venir a Cuba a competir con enemigos —en el sentido organizativo— que están en mejores condiciones y que no es difícil que la desplacen a posiciones secundarias. Porque la JC sin Guiteras, sin insurrección y sin dinero es bien poca cosa. Sobre todo si en Cuba hay ya un bloque ligado al movimiento popular, por un lado, y por otro Grau, con posibilidades triunfales, más o menos revolucionarias, y más o menos próximas. ¿Hasta dónde el talento de Aureliano 15 podrá poner a flote ese derelicto que se llama la JC? Me da la impresión de que Yeyo ha trabajado en JC más que nunca en su vida. Su responsabilidad y preeminencia han sido mayores también, mas con todo, pienso que son sobrehumanas las tareas a realizar ahí y que, al fin, convencido de que no hay rumbo posible, como haya otro barco que siga la ruta que él quería darle a aquella, saltará a este. Y no hay duda que su experiencia en este año, con ser vieja y madura, habrá ganado mucho en penetración y conocimiento. De todas maneras ¿no lucen el Pacto de México y el Consejo Supremo Revolucionario como postulados casi? Para nosotros, todo lo más, son teoremas, más para otros llegan a la categoría de axiomas. Dejémoslos, pues, en postulados. En este sentido, son trincheras de todo este grupo de ecuaciones; trincheras, como sabemos, construidas de prisa, a la carrera, de noche, como para defenderse a la desesperada y dar tiempo a preparar la retirada. Porque aunque el Pacto tiene todo su tono «a la ofensiva», nosotros sabemos que es una retirada; una retirada al frente único. Y esas trincheras tratarán de defenderlas y solidificarla. Mas, si a Miguel Mariano, un poco lo ayudan los hechos —y él ayudará a los hechos, desde luego— bien puede ser que un día se encuentre con que esas trincheras son como las que guardan destacamentos olvidados, frente a los cuales una vez hubo enemigos, mas ya no quedan, porque el combate se da en otro sector. ¿Que la pelea puede volver a reproducirse aquí? Claro, y entonces harán falta nuevas trincheras, pero lo que es como estas, de frágiles, artificiales, lo mismo que estas se hicieron en una noche, otras se pueden hacer. Es más, habrá que irlas haciendo mejores, con mayor experiencia, a la primera oportunidad. De todos modos, entre el Pacto de México y el Bloque de La Habana, nosotros, siempre con vistas a fundirlos para el logro de la etapa inmediata, debemos estar, por tener más claro concepto de la realidad, al lado de este; precisamente porque pensamos que sólo por el camino que él traza, podremos llegar a la necesidad imperiosa de crear organismos como los que crea fuera de tiempo, por lo menos desproporcionados con la realidad, el Pacto de México. En cuanto a su categoría y altura, no hay duda que el Consejo Supremo Revolucionario, en sus integrantes, está un poco demasiado cerca del nivel general. Esto, en momentos polémicos, difíciles, como este, no es una de sus mayores virtudes sin duda. Tal vez debía haber ahí otros nombres. En este juicio, sin duda, hay algo personal; casi todos los que lo forman son compañeros nuestros, más o menos, y un poco pretenciosamente, los consideramos iguales, y, al ponernos nosotros mismos en relación a la masa, como no nos vemos tan distanciados, creemos que ellos tampoco lo han de estar. Sin embargo, ya hoy somos distintos, sin duda, porque el puesto aumenta la estatura del hombre, que por algo a los reyes los sentaban más altos. Mas, con todo, me sigue pareciendo que hay ahí dos o tres nombres que no dan la talla para la categoría del organismo. Y esto tiene importancia, no sólo con vistas al pueblo, sino al seno mismo de la Organización, de las Organizaciones, mejor dicho, que agitadas por luchas internas, necesitarían mayores personalidades, con más posibilidad de estabilidad allá arriba, ya que los representativos ante el Consejo Supremo Revolucionario, sin una sólida base en sus respectivas organizaciones tendrán que sentirse un poco juguetes de las circunstancias y las luchas de ellas, y no dirigentes de sus planes políticos, sujetos al vaivén de tantas contradicciones.

Me siento un poco cansado y, sobre todo, me ha entrado el miedo de cansarte a ti, aunque eres infatigable lector. Además, este grupo es como una enorme tela de araña, rota por varios lugares y que ha quedado desajustada y por ello es difícil recomponer su estructura; o, mejor aún, como un problema de laberinto, tan enredado, que ofrece a un tiempo muchas salidas falsas. Además, su estructura es tan de superficie, que de todos es el más factible a ser juguete de las circunstancias. Y las circunstancias son ecuaciones sin plantear. En resumen, en función del primer grupo de ecuaciones de este sistema de la revolución, como lo llamé, es decir, en función del grupo revolucionario con proyección hacia el socialismo, con diversas metas, este otro grupo debe considerarse como un signo positivo, más con la inseguridad con que una fosforera mecánica enciende o no, y unas veces nos hace quedar bien y otras mal, en función de las ecuaciones del segundo sistema, al que llamé de las contradicciones de la política criolla, más o menos, con relación a la ecuación del movimiento popular será positivo ante el incremento de este y negativo si la resultante de otras ecuaciones precipitan su ataque y lo debilitan antes de lograr algún desarrollo; frente a Batista, negativo, porque es el obstáculo superficial evidente: el traidor; frente a Miguel Mariano, más-menos, en la medida que este vaya permitiendo el desarrollo de una legalidad con posibilidades electorales. En cuanto a su función con respecto al primer sistema, el del imperialismo yanqui, siempre más-menos, según el desarrollo exterior del curso que tome y de los puntos de arraigue que ofrezca. Siempre, en general, este grupo estará en lo que vengo llamando función exterior, es decir, superficial, sin raíz. Porque no tiene demasiado interés en penetrar; porque el que penetra tarda. Y este grupo tiene cierta prisa.

Ahora, algebraicamente, lo que procede es poner en relación los signos resultantes para las incógnitas de cada sistema. Tengo ganas de dejarte el trabajo. Ya sabes, utilizando algo así parecido a lo que los malos críticos de cine hacen, podemos darle dos estrellas negativas al imperialismo y una —por un período— de doble signo (más-menos). Es decir, casi totalmente negativo. Al sistema segundo, de la política criolla, podemos darle dos estrellas positivas (una de ellas durante cierto tiempo nada más) y otra de rotundo no. Y para el tercer sistema, el de la revolución, podemos, con todo, darle dos estrellas positivas y una con un signo (más-menos) teniendo en cuenta nuestro sentido de proyección al futuro. Ahora tú traduce esta formulación algebraica y ahórrame la exposición.

Sin duda, reconocerás que tiene evidente bondad el método matemático. Si en algunas conclusiones, no soy original ni nuevo, como sean buenas esas aclaraciones, ello es una demostración más de que es magnífico el sistema; si resulta muy largo y complicado, cuando menos no lo es tanto como el involucro de la política nuestra; si las soluciones no son correctas, ello sólo quiere decir que habré planteado mal las ecuaciones o que habré deducido mal las incógnitas y sus signos, o que habré olvidado cantidades, mas no que el procedimiento sea falso. Por último, como no estoy con ustedes y tengo obligación de exponer mi criterio, aquí queda más o menos. Y, además, esta carta tiene un mérito extraordinario: el de que no habrá policía, ni probablemente revolucionario, que sea capaz de leerla. Tiene demasiada extensión para ellos y esto representa mucho tiempo de lectura. Te la termino, ahora, en la madrugada del lunes y cuando salga mañana para el trabajo te la echaré. Tengo otras cosas que decirte, pero lo dejo para otro día. Vengan noticias de Ada, del libro y de la revolución. Teté dice que estoy loco. Pero yo sé que cada día estoy más cuerdo. Y hasta la próxima.

Ah, caramba, se me olvidaba tratarte del cuarto sistema de que te hablé al principio: el de las ecuaciones de la política internacional. Bien, lo dejo a pesar de su importancia. Además, ahora tranquilizado aparentemente Mussolini, y con las izquierdas triunfantes en varias partes, la lucha, aunque cuando estalle será más terrible, de todos modos será más lejana. Con todo, esta carta, por su extensión debe ser una de las más largas que se han escrito en el mundo. Pertenece a la época de Hernando del Pulgar. Y quiero repetirte que es necesario darle crédito a la bondad del sistema de planteamiento algebraico. No importa que me haya equivocado en todo. Yo no trato de predecir, sino de plantear, de relacionar, de darle algún sentido cabal a todo eso de la «correlación de las fuerzas». Y no me negarás que hay poesía, intuición (los factores muchas veces hay que resolverlos por intuición en álgebra), imaginación, especulación en el método, y, desde luego, ciencia, seguridad en los pasos. Bien, como sabía que esta iba a ser una «carta algebraica», saqué copia para Ramiro. 16 Óyeme, en lo de Smith nos ha detenido la consideración de lo que pueda repercutir en Cuba, y, particularmente, en nosotros, que nos pueda impedir ir allá por algún tiempo. ¿Qué piensan ustedes de esto? No le des cuenta de esto a otra gente, por supuesto. Bien, me voy. Mándame la carta de Luis. 17

PABLO

Dime si recibiste el Informe que te mandé hace varios días.

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Notas

1 Marcio Manduley, miembro de la dirección del Ala Izquierda Estudiantil, asesinado en las postrimerías del machadato en una manifestación revolucionaria.

2 Miguel Mariano Gómez, ex alcalde de La Habana; y «caudillo civil» de las timoratas y acomodaticias fuerzas de la oposición burguesa a la dictadura militar de Batista. Destituido posteriormente por este de la Presidencia de la República.

3 Secretario de Gobernación de la dictadura militar de Batista. Tristemente célebre por sus atropellos, persecuciones y vejámenes a los revolucionarios.

4 Pedro Jiménez, miembro de la Organización Revolucionaria Cubana Antimperialista, fundada en Nueva York por Torriente Brau, Raúl Roa, Gustavo Aldereguía y otros exiliados.

5 Secretario de Obras Públicas del dictador Machado, émulo de Caco y precursor de José Manuel Alemán, el más desorejado ladrón del autenticismo.

6 José Eleuterio Pedraza, uno de los más crueles y voraces verdugos de Batista. Fatigó la tortura y el crimen en la jefatura de la policía de La Habana.

7 Revolucionario venezolano ayudante de Sandino, asesinado con Antonio Guiteras en El Morrillo, provincia de Matanzas.

8 Antonio Peraza, general del Ejército Mambí, muerto en combate por la soldadesca machadista.

9 Carlos Mendieta, presidente de la República por la imposición de Batista, popularmente conocido por la Mula Dócil de Columbia.

10 Mario García Menocal, dos veces presidente de la República mediatizada, por obra del componte, el cambiazo y la brava. Uno de los «caudillos» más serviles, despóticos y ladrones del imperialismo yanqui.

11 Arturo del Pino, capitán del Ejército Mambí, famoso por haber resistido solo, durante 24 horas, en una casa del barrio habanero de Luyanó, el concentrado ataque de centenares de soldados y policías de Machado.

12 Manuel Benítez, otro de los titulares generales de Batista, experto en robos, saqueos, abusos y crímenes.

13 Joaquín Martínez Sáenz.

14 Pedro Pablo Torrado, Calixta Guiteras, hermana de Tony, Reinaldo Jordán, José Velázco, miembro del Comité Ejecutivo de Joven Cuba.

15 Aureliano Sánchez Arango.

16 Ramiro Valdés Daussá. Militante destacado del Directorio Estudiantil de 1930 y de Izquierda Revolucionaria, vilmente asesinado el 15 de septiembre de 1940 por pistoleros al servicio de Batista.

17 Seudónimo de Ramiro Valdés Daussá.

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