95. del Verso a la Canción: Comité Central
Diego Gutiérrez
Junio de 2008

Palabras

DIEGO GUTIÉRREZ | DEL VERSO A LA CANCIÓN: COMITÉ CENTRAL Sábado 28 de junio de 2008 Con los cristales misteriosos de su voz Que la voz de Diego Gutiérrez nos recuerda las vibraciones del cristal, es lo que asombra a Waldo Leyva. Que en su obra se reconstruye renovadoramente toda una tradición, es lo que aplaude Silvia Padrón Jomet. Que hay en sus letras abundantes referencias literarias y fértil hambre de universalidad, es lo que ha descubierto Alexis Castañeda. Que Diego trae, para el bolero y otros géneros, toda una bocanada de aire fresco, es lo que afirma Pedro de la Hoz. Que hay en él una personalidad artística tan propia que lo distingue rápidamente de sus contemporáneos, es lo que elogia Joaquín Borges Triana. Que en sus canciones la melancolía se codea con el desenfado, es lo que apunta Humberto Manduley. Que su total condición den autodidacta, en lugar de limitaciones, le ha traído brillantes intuiciones, es lo que admira Alain Garrido. Que Dios Padre, para no hacerlo perfecto, nos lo ha mandado industrialista, es lo que le reprocha Víctor Mesa. Que ya Diego Gutiérrez ha arribado a un momento de plena y «noqueadora» madurez, es lo que va a demostrarnos su concierto. Este gran lírico –quien en su próxima reencarnación va a devenir filósofo, escritor o jardinero central– vuelve a ser hoy compositor apegado a la rítmica cubana, padre de líneas melódicas fluidas y de salidas armónicas no convencionales; vuelve a ser guitarrista de acordes abiertos o invertidos y cantante de agudos sorprendentes, aunque, por un momento, dejará a un lado uno de sus grandes dones, pues el autor de letras de alto vuelo cederá paso a otra aventura. Desde que Amaury Gutiérrez musicalizó mágicamente un poema de Jorge Ángel Hernández, no ha cesado entre los trovadores de Villa Clara el afán por descubrir y revelar esa música oculta en la entraña misma de mucha poesía escrita por aquí (acaso prueba contundente de que nuestros movimientos trovadoresco y poético son o dos caras de una misma moneda o dos monedas de una misma cara); pero ningún juglar de la comarca había llegado al punto de concebir, con musicalizaciones de poemas, el proyecto de todo un disco, y de ganar con él toda una beca, y de llenar con él casi un concierto. Claro que temas conocidos como «El cinematógrafo», «Sabor salado» y «Fin de la historia» volverán a sonar –con el eficaz acompañamiento de la banda sin nombre que ha secundado al artista en su viaje del pop al rock y viceversa–; pero como columna vertebral del concierto se erigirán diez temas a guitarra limpia, diez textos arduamente musicalizados, diez espléndidos gestos de amistad. Y ya verán ustedes cómo sus «compañeros poetas, teniendo en cuenta los últimos sucesos», comprenderán que un día, sin sospecharlo, habían escrito una canción, un son o un guaguancó. Grato suceso este de que ni un solo verso suene ajeno, ninguna solución musical caiga al vacío, ningún poeta resulte traicionado. Así Feijoo seguirá hablándonos de todo lo perdido, con la metáfora de un país remoto; y en los recuerdos de Galindo el circo de la infancia nos llenará otra vez de piedad por el trapecista. Y en el pecho cantado por Arístides han de brotar, con Diego, idénticas vicarias. Y la tenue muchacha evocada por Alpidio conservará la magia con que había sido salvada en estrofas de fino intimismo, y acaso el mismo rostro ingenuo de esa novia primera que el trovador raptó, que «se llevó» de entre los versos de un tal Yamil Díaz. Diego Gutiérrez ha redoblado el encanto con que el amor sigue siendo esa cosa dramáticamente esplendorosa que brilló siempre en los poemas de Sigfredo; ha logrado que silbe más alto el maniquí de Pedro Llanes; se ha hermanado en el hambre de luz con Castañeda; ha evocado a la muerte con olor a whisky de la que antes hablara Frank Abel; nos ha devuelto esa voz de Penélope, que suena en la canción como la voz de Edelmis, la de la Angustia y la de Diego. Porque Diego Gutiérrez –gran lector de poesía– supo llegar en cada caso por el camino más directo al tono, a la atmósfera, a la esencia, a la médula del poema; pero no con ropajes camaleónicos; no resignándose a ritmos prestados, sentimientos prestados, filosofías prestadas. Es aquí, más que antes, «demasiado Diego». Tal vez, después de este concierto, no podrá seguir más a la sombra cierto «poeta sin guitarra» que alguna vez ganó concursos literarios, que alguna vez publicó en boletines de provincias, que solo escribe una canción si antes llega la música, porque si el texto viene antes, se empeña siempre en quedarse poema y nada menos que poema. Ya en su disco anterior los versos antológicos de «Mando a distancia» dieron una señal de ese otro milagro. Tal vez después de este concierto, trazará planes para sus próximas reencarnaciones; pero hoy –con los cristales misteriosos de su voz– Diego Gutiérrez cumple la promesa de retornar al Centro Pablo; de navegar al centro de la poesía, de enaltecer el centro de la Isla; de regresarnos al centro de la vida; de golpear en el centro de la diana. YAMIL DÍAZ GÓMEZ Santa Clara, 22 de junio de 2008

Currículum

Currículum

LETRAS

SON DE LA NADA Siempre supe que yo vine de un país lejano. Lejano lejano Lejano y lejano. Lejano. Con bellas noches y árboles padres y días, amigos, voces. Lejano, no tan lejano. ¿Qué saber tuve, tengo del país maravilloso de donde vine? Nunca lo supe. Nunca lo supe, nunca. Nunca lo supe, ni lo sabré. Nada de él: nada nada de su color nada de su olor nada de su imagen nada. Pero soy de ese país, de ese país y solo de ese país lejano lejano y lejano. Lejano. Lejano. SAMUEL FEIJOO

Audio

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