CENTRO CULTURAL PABLO DE LA TORRIENTE BRAU

Limpieza de escritorio

Ariel Barreiros

Octubre de 2011

Palabras

El guardavías de tu corazón

Quien guste de artificios o música con aspavientos no es este su día –ni siquiera un respiro tendrá el temporal de poses, ritmos (¿ruidos?) mecánicos, frases hechas (ofensivas o amelcochadas), que padecemos a diario por la contaminación sonora medioambiental. Más bien lo que quiero expresar es el reverso: quien sienta la necesidad de llevar la poesía a cada paso para desentrañar los insondables misterios de su tiempo; quien sienta la imperiosa necesidad de apreciar el arte, descubriendo, creando, en interacción espiritual con otro ser que se le entrega; quien se alimenta de sufrir y soñar, vibran- do ante la ofrenda sagrada que coloca en el umbral de su alma un creador; en fin, quien guste del arte de trovar en su expresión más auténtica, este es su día, pues Ariel Barreiros lleva la canción hasta su médula expresiva.

Ariel, el relojero de un apacible rincón de la Isla: Aguada de Pasajeros. Como emanado del oficio, escudriña con su mirada cada pieza de una mujer, de su entorno, del universo; retoca y ajusta con espíritu dador cada mínimo hallazgo, los anima con la voz, que no necesita más que sencillez, y entonces –estremecido-estremeciendo– surge el ángel que sobrevuela por entre los acordes de su guitarra. Cuando nos damos cuenta, miramos el otrora desecho reloj de nuestras almas y está en punto, ya es la hora exacta de poetizar.

Ariel y su trovar es lo mismo coherente, sutil, enamorado de todo y de todos; imposible no reciprocarle, más si su abrazo llega con la guitarra y la voz apacible, sentimos que nos toca un mensaje de muy lejos. Sin sobresaltos, Ariel Barreiros nos rapta de canción en canción. Bastaría mencionar tres de sus piezas:

«Niña», que a pesar de la poca (o sea, ninguna) difusión empinan como ecos los jóvenes con sus guitarras, como el símbolo del amor de la niñez:

Niña sin ti no sé cuántas palomas van siete por tres palomas «Quinto Regimiento» épico, en que los cuentos de su abuelo sirven de pretexto para hacernos testigos de una batalla colosal por la libertad plena del hombre, aquella Guerra Civil Española, que sigue siendo voz de la poesía humana y advertencia de los horrores de la injusticia, la ambición la guerra:

Dice mi abuelo ayer que él estuvo en la bomba, en el muerto, en Madrid, en el pan para tres, y la luna, [y la luna, y la luna y en el pobre cobarde y en la puta más fiel…

Pero no se detiene en el ayer y lanza preguntas para sí, para los de hoy:

y yo la cancioncita leve, el corazón sin ganas de bajar a ver, ¿qué nos pasó en las manos que no atinan?

¿qué nos pasó en los ojos que no ven? «La canción del guardavías», ante ella cabe parafrasear a Silvio Rodríguez con aquello de quién fuera tu trovador… es

una de esas canciones que se saborean desde ese dolorcito sabroso por la mujer que no se tiene y nos nubla plenamente la vida:

Cómo me salvo de ti si el viento no se vira, si la ciudad no ayuda con tu olor, si ya es noviembre en toda la ventana y yo llegando tarde al desamor, si a mí me dio por ser tu cáliz y tu país… tu bolero, tu salmo, tu equipaje, si a mí me dio por ti desnuda hasta la miel y a ti por lejos, lejos, imbesable.

Yo soy el guardavías de tu corazón, yo soy el hombrecito de nada, yo soy el preso bueno que se acostumbró y estoy desempleado de tu espalda.

No sé si estarán estas canciones, antológicas ya –aunque desconocidas para las mayorías– en lo que trae a este con- cierto; si viene con nuevas o viejas que nunca llegaron hasta mí, hasta ti; en todo caso será un encuentro marcado en nuestras vidas, pues Ariel Barreiros no puede pasar sin armarnos un divino desastre, ese revolcarnos la razón y los sentimientos con la intensidad de quien se juega la vida en todo lo que canta; desconozco el programa que tiene, pero tengo la seguridad de que tras estas canciones –las que sean– seremos todos mejores amantes.

FIDEL DÍAZ

LETRAS

EL CENTINELA DE POMPEYA

 

A cualquiera que esté donde quiere estar

Ahora mismo eres solo el centinela, tu trabajo es tener una lanza

y velar cierta puerta, te pagan por reconocer,

la tenue diferencia que hay, entre un puñal y un lirio, te pagan nada más

que por permanecer ahí, de pie,

sin pestañear,

mirando hacia el olvido.

Quién quita

que tengas pensado morirte de amor o de rabia o de viejo o de frío;

quién quita que tengas un perro, una novia, una flauta,

una fiesta que hacerle al dolor tú tranquilo soldado de Dios, o soldado de Roma,

o tan solo soldado de tu corazón, tú tranquilo.

Que cuando vuelvas a poder mirar, se habrá asentado el polvo

y cuando el polvo sea solo asunto de tu fe te habrán corrido el mundo

y cuando empieces a entenderlo más o menos bien,

dentro de dos minutos, todo será cuestión

de responderle al tiempo sus dos mil inocentes

y largas preguntas, pero en fin;

ahora mismo eres solo el centinela,

no naciste poeta, ni esclavo, ni loco, ni César así que no van a poderte acusar de traidor, ni de mártir

así que no tienes por qué comprender la razón

de por qué es que te quedas así que ya sabes.

Que cuando vuelvas a poder mirar, se habrá asentado el polvo…

pero en fin.

Ahora mismo eres solo el centinela

y no tienes más nada importante que hacer además de tu oficio.

ARIEL BARREIROS

Audio

COMENTARIOS

Novedades Ediciones La Memoria

Elpidio4
Elpidio3
Elpidio2
Elpidio1
pág-2
Elpidio-Valdés-sus-inicios