¡Salud, camarada!… —Y el saludo del pequeño compañero era jovial y al mismo tiempo estaba lleno de simpatía.

Pero es que era nada menos que el camarada Pedro, que acababa de cumplir su condena en la cárcel, porque lo habían agarrado en una agitación por el campo, organizando a los trabajadores de los ingenios. Su palabra era violenta y ruda. Y su cuello fuerte, poderosos sus puños y audaz y hasta insolente su mirada. Era un agitador. Uno de los mejores agitadores del Partido. Y el joven camarada Miguel Ángel, miembro de la Liga, lo conocía mucho ya de nombre y era para él una satisfacción personal, con un poquito de orgullo, el saludarlo y andar con él por la calle.

Con su palabra precipitada y vehemente, el camarada Pedro se puso a hablar:

Está estupenda la mañana. Hay un sol que de veras parece especial para hoy… Y hoy es Jueves Santo, ¿no sabes?… Si, hombre, sí… Si por eso andan tantas mujeres endomingadas por la calle, porque van a la iglesia…

Miguel Ángel hizo un gesto un poco despreciativo y se alegró de poder decir con énfasis:

Pues a mí nada de eso me importa… Un Jueves Santo es lo mismo que cualquier otro… Eso es cosa de los curas…

El camarada Pedro lo miró cara a cara, y le dijo, casi con fiereza, con su impulsividad natural:

¡Muchacho, no hables por boca de ganso!… Eso será cosa de los curas, porque nosotros se lo hemos dejado a los curas… Pero el Jesucristo ese fue un tipo formidable, un revolucionario de veras… Estos bribones son los que lo han falsificado por todos lados… Acabo de leer en la prisión unos libros de Barbusse sobre él y lo coloca en su lugar… Fue un agitador, un revolucionario de veras ese Jesucristo… Y Barbusse sabe lo que dice… Ese sí que no habla por boca de ganso, porque estudia a fondo…

Bueno —replicó Miguel Ángel—, ¿entonces por qué no se le coge de bandera sí fue tan tremendo agitador?…

¡Ah!… eso, vete tú a saber… Barbusse no dice nada de eso… Pero yo creo que debe ser porque fue un agitador de otro tiempo y de otra revolución. Algo así debe ser. Pero de todas maneras fue un revolucionario, un hombre de acción; un hombre que murió por la «causa de la justicia universal», como dijo no sé quién; por echar este mundo «a rodar hacia adelante», como dijo otro… Además, en todo caso, si no se hace agitación con su nombre, eso, en último caso, será culpa de los intelectuales del Partido que no aclaran bien lo que él fue… Pero yo te aseguro que es un tipo que me interesa. Es formidable, hombre, formidable. Debía ser un hombre fuerte como un toro, una especie de Julio Antonio Mella, de grande, con una voz poderosa como un tren, y un pecho como un tambor para darse trompadas en él con las palabras y las acusaciones violentas… Sí, porque esos cabrones lo han falsificado hasta tal punto, que hasta lo pintan como si fuera un pobrecito tuberculoso, flaco, con las costillas fuera y los músculos caídos… ¡Mentira, compañero!… Yo te aseguro que para haberse puesto frente a los romanos soberbios y, sobre todo, a aquella piara hipócrita de explotadores judíos, el hombre tenía que ser algo muy serio… Si no, fíjate cómo no han podido quitar de su historia el incidente ese de cuando entró a fuetazos en el templo y botó de allí a los mercaderes… ¿Qué crees tú que fue eso en realidad?… Un mitin, hombre, una demostración de calle brutal, encabezada por él en Jerusalén, a pesar de los romanos y de su ejército insolente y cruel…

Cálmate, Pedro, cálmate —le aconsejó el joven compañero, porque el militante rojo, vehemente y apasionado como siempre, en realidad estaba dando un mitin en mitad de la calle, y muchas de las mujeres y los hombres que pasaban para la iglesia se paraban a su lado, atraídos por el fuego de su personalidad.

Los dos compañeros cogieron entonces calle abajo y se perdieron.

Mira —dijo Pedro, me has dado una idea. Voy a proponer en mi célula que se discutan estas cosas; que se aclaren y, si es posible, que se tome este día como de agitación… Tiene la ventaja de que no hay trabajo.

Ten van a tomar por loco… ¿A quién se le ocurre eso?…

No digas boberías. A nadie se le ocurre nada hasta que a alguien se le ocurre algo. Eso es todo…

Sí, pero date cuenta de que ese Jesucristo es, después de todo, un tipo en que se apoya la burguesía para muchas de sus mentiras, según he oído…

Pues, precisamente por eso. ¿Para qué estamos nosotros?… ¿Acaso nuestro fin no es destronar la burguesía, desenmascarar sus embustes y patrañas?… Además, es una injusticia que un hombre semejante a ese permanezca por más tiempo desconocido. Hay que arrebatárselo. Te lo digo. Mira, era un hombre tal, según he leído, que el mismo Lenin lo hubiera metido en el Partido… ¡Estáte seguro de eso!…

Bueno, allá tú…

Y cuando el diálogo terminaba e iba a derivar hacia la organización de los sindicatos, los dos compañeros se encontraron en la plazoleta colonial, frente a la imponente, pétrea y centenaria Catedral.

El sol batía de frente y las piedras viejas se bañaban en el oro de la mañana. Los gorriones saltaban por las hiedras verdecidas y los helechos que los siglos habían hecho brotar de entre los muros. De lo alto, como si fuera un símbolo, se lanzó un gorrión con una ramita en el pico, trazó un arco geométrico en el espacio azul y penetró por la puerta enorme, por donde la multitud entraba en silencio, sin duda en busca de su nido en el interior del «templo de Dios»…

Los dos compañeros se quedaron un rato callados. Había asombrosas mujeres. Pedro, por fin, dijo:

Miguel Ángel, estoy pensando una cosa.

¿Qué?…

Mira, aunque falsamente, aquí es donde únicamente se rinde hoy homenaje a aquel luchador caído. Nosotros honramos la memoria de los mártires de Chicago, el primero de mayo; y la de Julio Antonio, el diez de enero, y veinte más, pero no tenemos ningún día para este… Y, total, este luchó contra el imperialismo romano y la alta burguesía hebrea y su casta sacerdotal que se aliaron para matarlo… Francamente, eso es una injusticia… Yo creo que debemos entrar, ¿qué te parece?…

¡No, qué va!… ¿Cómo vamos a entrar, camarada?… Una cosa es hablar, pero otra es hacer. Estará bien eso en los libros, pero la verdad, yo no sé… Me parece que hasta nos pueden llevar hasta la Comisión de Control… Yo siempre he oído decir que la Iglesia es uno de los pilares de la burguesía… Acuérdate que Marx dijo que era «el opio de los pueblos»… ¿Cómo vamos a entrar, camarada?…

Mira, muchacho, no me violentes. Todas esas son pendejadas, puras pendejadas… Pensando así no se va a ninguna parte. Una cosa es hablar y otra hacer. Nosotros estamos para hacer lo que hablamos. Y si no, el mundo queda parado. Eso es todo. Si Lenin no hace lo que piensa, todavía estaría el zar fueteando mujiks… Esa que tú dices sí es una máxima burguesa, puramente burguesa: «Una cosa es hablar y otra hacer»… ¡Claro, como que es lo que les con-viene a ellos!.. Por eso es que te dejan publicar tanto libro rojo; porque se encargan de regar antes «que una cosa es hablar y otra hacer»… Pero conmigo no va eso. Ya yo he aprendido mi poco de dialéctica y tengo la espalda muy llena de planazos de la Guardia Rural por hacer lo que pienso. Y mira, ¡qué cojones!, ni una palabra más. Si tú no entras, yo entro. La Comisión de

Control no me va a castigar sin oírme y sin comprender razones. Además, sólo vamos a entrar aquí para aprender cómo engañan al pueblo estos cabrones, para denunciarlos mejor, entonces…

Y Pedro se puso a convencer a Miguel Ángel, con todo su fuego, de que lo acompañara «allá dentro»; que había oído decir que era el día del «Sermón de la montaña», que era el más famoso discurso de Jesucristo, y que era la costumbre reproducirlo ese día y comentarlo.

Por fin, Miguel Ángel entró.

Cien mil abejas zumbaban debajo de la bóveda inmensa. La Catedral entera hacía:

m m m m m m m m m m m m m m m m m m m m m m

De pronto, una campanilla como de mantecadero sonó dos o tres veces. Pedro miró a ver por dónde estaba el mantecadero, para comprar helados, porque hacía mucho calor. Pero no era el vendedor, sino el Arzobispo o no se quién el que la tocaba, allá en el altar, y hacía dos o tres ceremonias ridículas de arrodillarse y levantarse; y otro tipo, un fiñe, le levantaba la falda por detrás, lo que era algo obsceno inclusive… Pedro hizo un gesto de desagrado y le dijo a Miguel Ángel: «No me gusta esto. Es ridículo. Y mira la cara que tiene ese Jesucristo. Hasta miedo parece que tiene… Hay que quitarles a los curas este compañero. ¡Y pronto!»…

Antes de que lo mandaran a callar, un gran silencio general le dio el aviso. Estaba justamente al lado del púlpito. El arzobispo, famoso orador sagrado, subió con trabajo su redonda [mutilado].

¡Va disfrazado!, dijo Pedro.

Y el sermón del Jueves Santo, sobre la palabra inmortal de Jesús al bajar de la montaña, dio comienzo.

El camarada Pedro se puso intranquilo.

El Arzobispo, con su voz gangosa, hablaba de la humildad cristiana; de la resignación de los espíritus valerosos; de la esperanza en Dios, siempre justiciero… Se refirió a las palabras del Maestro sublime, llenas de ternura y de amor hacia la humanidad entera. Y le dijo a los pobres: «¡Bienaventurados vosotros, porque serán saciados!… ¡Bienaventurados vosotros, porque vuestro será el reino de los cielos!»… Y luego se dirigió a los ricos, y con voz hipócrita tronó: «¡Ay de vosotros, ricos, porque ya tenéis recibido vuestro consuelo, porque ya tendréis hambre!»…

Como un trueno estalló bajo las bóvedas un grito furioso: «¡Mentira, mentira, bribón!»…

Y Pedro, sin poder contenerse, con el asombro de todos, hasta del mismo Miguel Ángel, subió al púlpito, le dio un violento empellón al Arzobispo, cubierto de palidez, y su voz poderosa, voz de torrente hirviendo, bulló como el agua de la catarata, bajos las bóvedas inmensas cubiertas de santos enmascarados como para un baile de carnaval.

Dominando los segundos de estupefacción general, por tanta audacia, Pedro grito:

¡Miente este viejo bribón!… Esas no son las palabras de Jesús. Jesús fue un hombre, un luchador. Un hombre entero, no un tipo castrado y miserable, arrastrado como una culebra, conforme con todo… Miente este viejo… ¿Cómo se atreve el hipócrita —y lo miró con sus ojos terribles y furiosos— a amenazar con cataclismos a los ricos, si él mismo es un rico, un hombre de tripa llena, que tiene automóvil y palacio donde vivir?… Y ustedes, hombres y mujeres pobres, gentes de mi clase, no se dejen dormir más por la mentira y la esperanza. No hay esperanza, hay lucha. Nada más que lucha hay en el mundo. Y no hay reino de los cielos. Eso es mentira. Hay reino de la tierra. Ese sí que lo hay, y para que no se lo arrebaten, la burguesía ladrona, usurpadora de él, ha inventado el otro, el que no existe, para dormirnos a los pobres… ¡A conquistar el reino de la tierra, pobres del mundo, todos unidos, como lo pidió Carlos Marx y lo consiguió Lenin!…

El respeto sagrado y milenario que siempre inspiró el Jueves Santo, quedó roto al rodar por la nave románica el nombre, rojo como una bandera roja, de Lenin…

Pero Pedro, a pesar de sus brazos hercúleos, fue arrojado del púlpito, magullado, bastoneado y roto el cráneo de luchador…

En el calabozo de la estación de policía, a Miguel Ángel, que también había sido apaleado al dar un viva iracundo a Vladimir Ilich, entusiasmado por la fogosa y ardiente palabra de su compañero, le decía Pedro, cubierto de heridas y vendajes, y alegre como un muchacho…

¡Oye, ese sí que fue un sermón de la montaña!… Te aseguro que el verdadero discurso de Jesucristo fue así más o menos… Así es como hay que empezar a reconquistar a ese compañero que se ha robado esa gente…

Y que te tiraron del púlpito como si fuera a un barranco…

No importa. Ya algún día lo tiraremos a ellos… Y, por lo pronto, mucha gente allí ya se enteró de quién fue de veras Jesús…

Y los dos camaradas, discípulos de Lenin, soltaron una carcajada sana, sin heridas, que pasó por entre los barrotes de la reja como un pájaro que fuera a hacer su nido al viento libre de la mañana…

El sargento de carpeta dijo, moviendo la cabeza con desaliento:

¡Esa gente es terrible!… ¡No tienen remedio!…

Nuevas propuestas

Custom Field Manager Powered By : XYZScripts.com