Tomado de Cartas y crónicas de España, Ediciones LA MEMORIA, Centro Cultural Pablo de la Torriente Brau, 2002.

Un muchacho argentino de veinte años, Ramón Volado, de cuyas aventuras en la guerra haré un relato, me contó en Barcelona —a donde había regresado para hacer la convalecencia de unas heridas de metralla que recibió en el frente de Aragón, en Tardienta— cómo fue la muerte heroica de Cabré, el ídolo del pueblo catalán.

«Almudévar estaba bajo el cañoneo. En esto aparecieron en el cielo, muy alto, tres aviones de bombardeo y un aparato de caza de los facciosos. Te confieso que intranquiliza un poco la presencia de los aviones cuando no hay uno nuestro. Pero pronto reconocimos que se elevaba el avión de Cabré, un «caza» que ya nos era familiar y que nos inspiraba toda confianza.»

Yo le interrogué si iba solo y me contestó: «Sí, solo.»

«Era un valiente. Ya los facciosos lo conocían y le tenían terror. Se elevó en círculos muy rápidos y enseguida los aviones enemigos se dedicaron a atacarlo. La pelea era muy desigual, pero Cabré era un demonio. Se lanzó contra un bombardeador y lo ametralló, pero entonces desde abajo mismo, se lanzó atacando hacia arriba. Esta vez un bombardeador cayó dando tumbos y se estrelló.

»Pero Cabré no perdió tiempo. Huyéndole al caza enemigo, al que no podía hacer frente, porque su propósito era derribar los aparatos de bombardeo, se lanzó contra otro y a la segunda ametrallada lo derribó desde encima…

»Pero no podía ser. El caza faccioso lo atacó de cerca, aprovechando que no le podía hacer frente, y parece que lo hirió de muerte. Entonces vimos algo terrible. El aparato de Cabré dio una vuelta rara. Pero enseguida tomó control y como una bala, ya incendiado, se lanzó contra su perseguidor y chocó con él en el aire. Los dos cayeron con unos silbidos espantosos… Cayeron en la filas contrarias. No pudimos recuperar su cadáver. Era un héroe… El otro avión huyó sin atreverse a atacar. Cabré, solo, se había cargado tres aparatos.»

Este relato impresionante, y el que me hizo Pedro Ribes, un miliciano chofer, que peleó en Barcelona y tomó parte en varias acciones durante los días 19 y 20, de cómo se había portado la aviación en el bombardeo de los cuarteles rebeldes de la ciudad; así como también la narración que me hicieron los muchachos mexicanos que vinieron en el «Magallanes», de los dos bombardeos que sufrió este buque, me abrieron la curiosidad por saber cuál era, realmente, el papel que estaba jugando la aviación en la guerra civil, y cuáles eran las características de esta lucha por ambas partes.

Para ello intenté ver al teniente coronel Sandino, ministro de Defensa de la Generalidad de Cataluña, y jefe, cuando la sublevación, de la Tercera Escuadra Aérea, radicada en Barcelona, que tan activa parte tomó en el aplastamiento de la sublevación.

Vi al teniente coronel Sandino cuando venía de un entierro de cuatro obreros muertos por la explosión de una granada.

Estaba cansado por la larga caminata bajo el sol. Entró a su despacho escoltado por dos guardias armados de manometralladoras. Dos jóvenes. Llevaba puesto un sweater, de cuero de color tabaco, y la gorra con las insignias del cuerpo de aviación. De estatura regular, fuerte complexión, ojos claros y pelo que le blanquea, su aspecto, a pesar de ser inconfundiblemente militar, es agradable.

No he ido a verlo sin enterarme antes de cuál ha sido su participación en el movimiento.

El teniente coronel Sandino estuvo complicado, en 1930, en el movimiento del Aeródromo de Cuatro Vientos contra la dictadura de Primo de Rivera. Formó parte del Comité Central Revolucionario por la República, junto con Largo Caballero, Indalecio Prieto y otros. Cuando el movimiento de Asturias, en 1934, tomó notoriedad, porque como jefe de la aviación en Barcelona se negó a bombardear el edificio de la Generalidad —verdadera joya de la arquitectura gótica—, donde se habían atrincherado los revolucionarios catalanes. El movimiento fue fácilmente sofocado entonces en la capital catalana, como se sabe, y el teniente coronel Felipe Díaz Sandino fue sometido a Consejo de Guerra. En él se defendió con habilidad, alegando que técnicamente era absurdo el ordenar el bombardeo de un edificio tan estrechamente rodeado por otros habitados por el pueblo. Aunque no se le condenó, quedó sin mando, que no volvió a tener sino cuando el triunfo del Frente Popular, en las elecciones de febrero de este año. Hoy, como consecuencia de su lealtad a la República y a la causa del pueblo, ha sido designado Ministro de Defensa de la Generalidad, siendo el responsable de la marcha de la guerra en Cataluña.

No tuve, pues, inconveniente alguno en abordarlo sin vacilaciones.

Cuando le pregunté a qué atribuía el hecho de la fidelidad de buena parte del cuerpo de aviación, me respondió, muy militarmente, que ellos estaban sujetos por un compromiso de lealtad a la República, y que todo lo que habían hecho era cumplir con ese compromiso. Me dijo:

Sólo hemos cumplido con nuestra palabra. Los demás han faltado a ella.

Su opinión sobre la formación de las milicias populares y su verdadero papel en la guerra, es la de que ese cuerpo había sido la consecuencia natural y espontánea del entusiasmo popular. Reconoce que aún es necesario dotarlas de una mayor organización, pero que esto se está obteniendo con rapidez. A su juicio, el mando militar único al que ya se va de manera efectiva, resolverá las pequeñas deficiencias que aún quedan. «Por lo demás —me dice—, no nos ha hecho falta en lo absoluto organizar el servicio militar obligatorio. Sí lo quisiéramos o necesitáramos, podríamos hacer una leva de medio millón, de un millón de hombres, para ir al frente.

Pero yo he ido a verle para interrogarle de modo especial sobre el papel de la aviación en la guerra y le pregunto. El teniente coronel Sandino afirma:

El papel de la aviación en la guerra es fundamental. Su importancia es creciente. Y su efecto moral terrible. Yo, que hice la guerra de África, se lo puedo asegurar. Las tropas nunca están tranquilas si no tienen un aparato en el aire.

Y, volviendo a los comienzos de la lucha en España y al esfuerzo que han tenido que realizar sus hombres, el teniente coronel Sandino, me cuenta:

Hemos tenido que vencer grandes dificultades. Al principio contábamos con pocos aparatos. Sólo con tres aquí en Barcelona. Pero nos incautamos de todos los aviones comerciales y los habilitamos para la guerra. Ya hoy hemos mejorado bastante. Y nuestros hombres han sido unos titanes. Yo mismo no puedo calcular hasta qué límites ha llegado su resistencia y su heroísmo. Al principio, apenas dábamos abasto. Hoy, ya las tropas se sienten tranquilas porque siempre tienen en el aire aparatos. Nuestros hombres se multiplican.

Y la sequedad militar se le funde a Sandino, en su entusiasmo al calificar de titanes a sus hombres de combate.

Yo aprovecho la oportunidad para preguntarle cómo se desenvuelven en el aire los pilotos leales españoles, ante el ataque de los aviadores expertos, alemanes e italianos, con que cuentan los rebeldes de Franco y Mola.

La risa despreciativa con que el Ministro de la Guerra de Cataluña acogió mi pregunta, fue más insultante para los rebeldes que sus propias palabras.

Pero si no son expertos —me dijo—. Son sólo unos mercenarios cobardes, que sólo saben huir. Se salvan porque sus aparatos son más modernos que los nuestros y porque escapan apenas nos divisan. De rareza presentan batalla. Sólo atacan por sorpresa. Su misión es destruir pueblos indefensos, donde sólo hay mujeres, niños y viejos. Y aun así, bombardean desde muy alto siempre… Son sólo unos mercenarios cobardes. No puede ser —comentó Sandino, como hablando consigo mismo—. No puede pelear lo mismo el que lo hace por un ideal que el que lo hace por una paga. Ellos cobran por bombardear pueblos aislados. Pero se niegan a enfrentarse en el aire —aun en situaciones ventajosas, de número y de aparatos— con nuestros hombres.

Mire —me dice—, lo que pasó una vez en el frente de Huesca, ha sido grotesco. Se dio el caso de aparecerse una flotilla entera de ellos, compuesta de catorce aparatos nuevos, relucientes, y apenas se han elevado al aire los dos aviones de caza que allí teníamos, han desistido de pelear. Se dividieron enseguida en dos alas y se vio, por cada lado, a siete aviones poderosos huyendo delante de un pequeño aparato de caza, que no les pudo dar alcance por ser menos veloz.

El teniente coronel Sandino me habla entonces de sus hombres. Me recuerda a Cabré, cuya heroica muerte es el orgullo de la aviación leal. Y me habla también del comandante Reyes, muy enérgico y activo, lleno de entusiasmo; y de Erguido, a quien las tropas llaman ya el Diablo Rojo, que ha derribado varios aviones enemigos. De todos me habla con profunda satisfacción. «No tienen reposo», repite. «Siempre están en el aire.»

Pero muy pronto la aviación leal española contará con elementos sobrados, porque, según me informa, ya hay varias academias preparando a los nuevos pilotos, hambrientos de gloria.

Y yo pude presenciar, mientras esperaba la llegada del coronel Sandino, cómo, efectivamente, el entusiasmo por alistarse en la flota aérea es incontenible. Vi llegar a tres niños a pedir al Secretario de Sandino que los inscribiesen en un curso. Y vi llegar a un hombre, herido, vendado aún, que dijo:

Bueno, en cuanto funcione una academia aquí, en Barcelona, inscribidme a mí, que me gusta eso de la aviación.

Y salió cojeando, apoyado en un rústico bastón.

Madrid, 28-9-936

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