FERIA DEL LIBRO 2018

DOMINGO 4LUNES 5 MIERCOLES 7JUEVES 8
Programa

 

 

 

Homenaje a Juan Padrón.

Presentación de Elpidio Valdés. Los inicios y Verdugos.

Presentadores: Laidi Fernández de Juan y Jorge Oliver

Lugar: Sala Nicolás Guillén

Hora: 10 am

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Reseña
Elpidio Valdés

Elpidio Valdés. Los inicios

Autor: Juan Padrón

Colección: Homenajes

Este libro reúne las primeras cuatro historietas de Elpidio Valdés. Son, si se quiere, su acta de nacimiento ante los ojos de los lectores y las lectoras —de entonces y de ahora—, pero no son el acta de nacimiento de su creador, que también estamos homenajeando aquí.

Se trata, qué duda cabe, de un homenaje dúplex.

Homenaje a Padroncito —también llamado padre de Elpidio Valdés— por su aporte extraordinario y sostenido a la cultura cubana.

Homenaje a Elpidio Valdés —también llamado hijo pródigo de Juan Padrón— porque ha enriquecido el conocimiento, la imaginación y las vidas de cuatro generaciones de cubanos y cubanas.

Elpidio es un ícono de nuestra cultura. No abundan los personajes, historias o acciones que puedan merecer ese honroso calificativo. Y lo es porque su creador encontró las maneras formidables de unir los valores de la historia de la patria a las posibilidades comunicadoras de la cultura popular, incorporando nuestra manera de ser como pueblo, nuestro humor, nuestros rasgos esenciales a ese universo visual y, luego, audiovisual. Elpidio no es un héroe acartonado, ideologizante, previsible y —por ello— aburrido: es la imagen humana y risueña del pueblo que libró treinta años de guerras contra el colonialismo español, cargando al machete contra las fuerzas enemigas que se esforzaban en convertir a los mambises en puré de talco y recibían esta respuesta del coronel Valdés: ¡Eso habría que verlo, compay!

Verdugos

Ediciones La Memoria pone otra vez en manos de los lectores las historietas de Juan Padrón. En esta ocasión, la serie humorística Verdugos, ahora en colores. Estas historias protagonizadas por verdugos, carceleros y prisioneros harán reír a todos.

 

Juan Padrón (Central Carolina, Matanzas, Cuba, 1947)

En 1963 comenzó su colaboración en publicaciones como Mella y Pionero, y luego en los suplementos humorísticos de Juventud Rebelde, donde realizó series como Vampiros, Verdugos, Piojos, Abecilandia, Zoo-ilógico, Comejenes, Cerbatanas… Su personaje de Elpidio Valdés, coronel del Ejército Libertador, ha acompañado a cuatro  generaciones de cubanos desde su creación en 1970. Desde 1974 ha realizado más de 60 cortos, dos series para televisión y cinco largometrajes de animación en el Instituto Cubano del Arte e Industria Cinematográficos. En 1985, su filme ¡Vampiros en La Habana! se convirtió en película de culto en toda América Latina y España, y es parte de la colección de cine del MoMa de Nueva York. Trabajó también con el dibujante argentino Quino en la creación de los filmes Quinoscopios y Mafalda y sus amigos. Entre los innumerables premios recibidos, destacan la medalla Alejo Carpentier, la orden Félix Varela de primer grado, el Premio Nacional de Humor y el Premio Nacional de Cine.

Prólogo
Elpidio Valdés

 

ELOGIO Y MEMORIA DE PADRONCITO VALDÉS

No se va a poner bravo con esa combinación de nombre y apellido que he puesto aquí arriba en el prólogo de este libro. Porque Padroncito (Juan Padrón) y Elpidio Valdés comparten una misma identidad artística, cultural, tienen similares sentidos del humor, han sido audaces y creativos y patriotas. “No es lo mismo, pero es igual”, como diría el trovador.

Para nosotros, persistentes admiradores de ambos, es una alegría poner  las palabritas que siguen –a nombre del Centro Pablo– en el comienzo de este libro, Elpidio Valdés. Los inicios, que está publicando, a ritmo de campaña insurrecta, Ediciones La Memoria. Estará listo, en las manos de lectores y lectoras, en la clausura de la presente Feria del Libro, en Santiago de Cuba, el 15 de abril de este mismísimo año.

Y se trata, qué duda cabe, de un homenaje dúplex.

Homenaje a Padroncito –también llamado padre de Elpidio Valdés– por su aporte extraordinario y sostenido a la cultura cubana.

Homenaje a Elpidio Valdés –también llamado hijo pródigo de Juan Padrón– porque ha enriquecido el conocimiento, la imaginación y las vidas de cuatro generaciones de cubanos y cubanas.

Elpidio es un ícono de nuestra cultura. No abundan los personajes, historias o acciones que puedan merecer ese honroso calificativo. Y lo es porque su creador encontró las maneras formidables de unir los valores de la historia de la patria a las posibilidades comunicadoras de la cultura popular, incorporando nuestra manera de ser como pueblo, nuestro humor, nuestros rasgos esenciales a ese universo visual y, luego, audiovisual. Elpidio no es un héroe acartonado, ideologizante, previsible y –por ello– aburrido: es la imagen humana y risueña del pueblo que libró treinta años de guerras contra el colonialismo español, cargando al machete contra las fuerzas enemigas que se esforzaban en convertir a los mambises en puré de talco y recibían esta respuesta del coronel Valdés: ¡Eso habría que verlo, compay!

Junto a Elpidio aparecieron, de la mano de Padroncito, los personajes llamados secundarios que desde cada ángulo y cada perspectiva conforman el universo de esas historietas que luego pasaron a ser dibujos animados –y ambos a su vez pasaron al imaginario popular de la Nación para quedarse, para completar nuestras vidas con sus peripecias, su humor y su lenguaje popular: con sus vidas. Por allí –por aquí– pasan entonces María Silvia, la novia y luego esposa de Elpidio; Palmiche, “un caballo de guerra”, más humano que muchos humanos guerreros; Pepito, niño, soldado mambí y corneta de las tropas; Eutelia, la niña ayudante de María Silvia; y, en el bando contrario, entre otros: el general Resóplez, enemigo mayor de Elpidio; Media Cara, capitán de la contraguerrilla o el coronel Cetáceo, sobrino de Resóplez y prometido de María Silvia hasta que ella se convierte en insurrecta.

Este libro reúne las primeras cuatro historietas de Elpidio Valdés. Son, si se quiere, su acta de nacimiento ante los ojos de los lectores y las lectoras –de entonces y de ahora–, pero no son el acta de nacimiento de su creador, que también estamos homenajeando aquí.

Esa historia –la de Juan Padrón, la de Padroncito– comienza antes, en la modesta sede de la revista Mella, en la calle Desagüe, donde el futuro papá de Elpidio dibujó junto al maestro Virgilio Martínez y a otro ávido discípulo llamado Silvio Rodríguez sus primeras historietas y donde comenzó a imaginar seguramente otros personajes que, poco después, enriquecerían su universo artístico y humorístico, como los vampiros y verdugos que combinarían humor, horror y amor (al oficio de la imaginación desbordada) de una manera deslumbrante y novedosa.

Ese amplio universo creativo aparecerá reunido, con carácter antológico, en otro libro que ya prepara Padroncito para ser publicado por Ediciones La Memoria y presentado por el Centro Pablo en la Feria del Libro del próximo año.

Ahora, por lo pronto, disfrutemos y felicitemos esta iniciativa que nos permite compartir elogios merecidos y despertar memorias queridas.

¡A la orden, coronel Valdés! Siempre contigo, Padroncito.

Víctor Casaus

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Verdugos

Verdugos

En 1967 comencé a trabajar en el periódico Juventud Rebelde, para el suplemento de humor El Sable, que dirigía José Luis Posada. Mi plaza era de dibujante humorista (así se designaba en aquella época a los caricaturistas y debe ser porque a los burócratas les sonaba más elegante). Dibujantes humoristas que conocí entonces fueron Manuel, Lazo, Luis Ruiz, Aldo Roig, Virgilio Martínez, Torres, Carlucho, Janer y otros que iban y venían. La redacción era un banquete para los jóvenes dibujantes: teníamos escritores como Héctor Zumbado, Blasito, Jané o Évora Tamayo. Además, el gallego Posada era un maestro de la pluma, el pincel, los lápices litográficos, y lo que le pusieran. Hacía excelentes trabajos entintando con pedazos de bambú y hasta con pinceles de pelos retorcidos. Nos hacía querer realizar los mejores dibujos del mundo.

Posada gustaba del humor negro y se entusiasmó con los primeros chistes de Verdugos. Me enseñó caricaturas de ese estilo de humor realizadas por Charles Addams en el New Yorker, que luego yo quería imitar, usando medios tonos, pincel seco y otras técnicas que me salían bastante mal, la verdad.

Tiempo después, desapareció El Sable, con su buena impresión en rotograbado; se convirtió en La Chicharra y más tarde en DDT. La impresión de La Chicharra era precaria y la onda, para lograr calidad, era dibujar con líneas gruesas. Cero pincel seco.

Por entonces vivía en una casa de huéspedes en El Vedado, en una torre con salida a la azotea y que a mí se me antojaba de aspecto medieval. Las vigas del techo estaban llenas de comején. Había nidos de gorriones en el techo de tejas y salamandras transparentes por las paredes que se comían los comejenes. En la noche, si uno apagaba las luces, había murciélagos que cruzaban de un lado a otro de la torre por las ventanas. Los murciélagos inspiraban chistes de vampiros; los comejenes, los chistes de comejenes. Algunas esquinas y vigas de la torre, y pabellones que recordaba de mi servicio militar en El Morro, están en muchos dibujos de Verdugos. Debo muchas ideas a esa torre.

Junto a la serie Vampiros, hice una buena tanda de verdugos y sus prisioneros. Unos cien cartones, como se llamaba a los chistes de un cuadro. La agencia Prensa Latina comenzó a venderlos a varias publicaciones de América Latina en Perú, México, Colombia, Venezuela y Ecuador.

En 1970 se dejaron de publicar, pues se consideró que el humor negro no era deseable en una publicación para jóvenes. Diez años después, realicé versiones de algunos Verdugos para la serie animada Filminutos y, a finales de los 80, la selección de chistes que integran este libro para la Editorial Pablo de la Torriente, de la UPEC. Nadie dijo nada del humor negro, aunque ustedes verán que, en general, es gris claro.

Esta es una nueva edición, en colores, y espero que la disfruten. Yo me divertí como un bobo dibujándolos.

Juan Padrón,

junio de 2017

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Progama

Julio Antonio Mella. Textos escogidos. Compilación de Julio César Guanche.

Presentadores: Julio César Guanche, Ana Cairo y Rosario Alfonso Parodi

Lugar: Casa del Alba

Hora: 3 pm

Trovador: Carlos Fidel Taboada

 

 

 

 

Reseña

Julio Antonio Mella. Textos escogidos

Compilación de Julio César Guanche

Colección: Homenajes

Es esta una amplia y exhaustiva selección de la obra de Julio Antonio Mella, agrupada por temáticas, lo que facilita al lector común, no especializado, conocer sus ideas acerca de temas políticos, filosóficos, sociales y también de su vida privada. Se nos propone aquí una nueva lectura de Mella a la luz de la necesidad de repensar las esencias del socialismo en el siglo XXI, con la intención de colocar su figura entre la de los más lúcidos y originales pensadores del marxismo latinoamericano.

Félix Julio Alfonso

Esta recopilación que ahora nos presenta Julio César Guanche nos ofrece la voz de Mella, lo que Mella escribió para dejar; su herencia deliberada, sus papeles y su palabra siempre sobre la marcha; lo que íntimamente confesó en un diario, una carta, la conversación veloz con un repórter, sus ideas para Alma Mater, Juventud, El Machete, El Cubano Libre o Tren Blindado, todo lo que fundó para decir, todo lo que dijo para fundar.

Desde las noches de la primavera del 20, nos entrega su soledad, su deseo de huir de un entorno cubano de opresión sentimental, su encuentro con México, sus dolores románticos, su pluma de viajero, su pensamiento —que él dice le arde—, sus pasiones metafísicas y, también, las livianas, su choque en una estación con los vestigios de una revolución que se mueve como en una diligencia, que ha derribado puentes, puentes quemados, veinte caballos muertos, su carne corrompida, negra de zopilotes.

Sin paradas triviales, una vida se agolpa en este libro, también un tiempo extraordinario, en que Mella admira los sucesos de la verdadera revolución bolchevique, no sus yerros, no sus desviaciones, sino las enseñanzas que proveyó para romper con los determinismos y para asentar en el centro de la obra el concepto de praxis; un tiempo de proezas en que formula su idea de la revolución en Cuba, que hará de los oprimidos sus propios liberadores, que combinará orgánicamente, si es que desea triunfar, la gesta de liberación nacional y el nuevo ideal y proyecto socialistas.

Rosario Alfonso Parodi

Prólogo

¿Dónde está Julio Antonio Mella?

A Fernando Martínez Heredia,
maestro martiano, marxista,
mariateguista y mellista

 

La Manzana de Gómez en La Habana Vieja, arrebatada por la Revolución a los hoy olvidados Gómez Mena, ha sido rebautizada como la Manzana de un tal Mr. Kempinski, brand new name. En aquel lugar se hallaba un busto de Julio Antonio Mella en un pedestal alto. Un busto cardinal, ubicado en el centro de los caminos, que ha sido arrancado (retirado se dice), como indudable anacronismo para los novedosos fines del escenario.

Nadie conoce si los Kempinski pidieron a su contraparte cubana sacarles de allí semejante objeto-sujeto, ¿pero quién es este…? y cómo explicarles, o es un acto vergonzante del tipo ¿cómo hacer convivir cara a cara a Julio Antonio Mella con las vitrinas Armani, Canon y Gucci? Lo que todo el mundo sabe es que Mella «se puso» muy inoportuno, y que Mella… ya no está allí.

Es quizá, para unos, la imagen de un tipo de radicalismo que ya no nos podemos permitir; para otros, los progresos del capitalismo, franqueando barreras de ideales para irrumpir con éxito y concretar determinados planes.

Para todos, Mella sigue siendo muy subversivo porque es el padre trasgresor de una revolución que hizo obsoletos, o por lo menos muy mal vistos, los verbos mandatorios de subordinar, dominar, discriminar.

Mella fue bandera y fuente para una revolución a la que le enseñó: sé muy diferente, haz todo lo que te han dicho inadmisible, rompe con los esquemas, empodera a los que nunca han tenido nada, y no solo sobrevivirás, sino que las teorías tendrán que ponerse a tu altura y no tú a la altura de las teorías.

Pero que nadie subestime las formas de inhabilitar los símbolos, de bajarles intensidad, de llegar a hacerlos extemporáneos, obsoletos; tampoco se piense que esas formas vienen únicamente de muy lejos. El destino del símbolo Mella es un ejemplo claro y un ejemplo clave.

Algunos desde dentro han intentado reducirlo al líder de los estudiantes, fundador de la FEU y el Partido Comunista, amante atormentado de Tina Modotti, del que conservamos una imagen de brazos cruzados. Lo han transformado en silueta de identidad partidista, en slogans y frases hechas al uso de tal o más cual necesidad.

Del lado contrario, desde fuera, beneficiados por los largos silencios de la Revolución sobre episodios de su pasado, han pervivido los más interesados reduccionismos y las más inmorales falsedades. Se han regodeado sobre un Mella defenestrado, recalcando las lamentables denostaciones de su minúsculo y dependiente Partido cuando lo llamó líder extraviado, renegado comunista o hábil simulador.

El odio y el oportunismo también han ubicado en Moscú el plan de asesinarle, prácticamente exonerando al sangriento Gerardo Machado y repartiendo el crimen a partes iguales sobre la supuesta tríada cómplice, Partido Comunista Cubano, Internacional Comunista y Vittorio Vidali, el tenebroso y controvertido comandante Carlos en la guerra de España.

Pero las tendencias, interesadas todas, dejan siempre fuera del tablero de discusión la obra del revolucionario, cómo se produce su formación, qué defiende, por qué y cuándo lo hace, cómo interactúa, convive, defiende o combate su presente, qué y quiénes integran y aportan a su sistema de valores. Esos reduccionismos, sus reajustes y fragmentaciones de la historia, nos colocan también ante cuestiones como ¿qué fines tienen y a quiénes sirven los paradigmas? La importancia de esta compilación está en ponernos en contacto directo con Julio Antonio Mella para hacerle esas y otras variadas preguntas.

Por eso este libro comienza con los sueños atormentados de un muchacho, deseando abarcar el mundo, y termina con las palabras del militante profesional que trató de cambiar su tiempo y de varias formas hizo que los cubanos dieran el gran paso de las nuevas revoluciones, un paso en firme con nuevos e insospechados horizontes para la rebeldía.

Este libro busca mostrar el desarrollo tortuoso, pero siempre ascendente, que percibió en la vida de Mella la extraordinaria Christine Hatzky, cuyo Julio Antonio Mella. Una biografía es imprescindible leer, y atesorar, porque nos muestra el crecimiento, más que la simple conversión de un romántico revoltoso en un político revolucionario.

Pero esta recopilación que ahora nos presenta Julio César Guanche nos ofrece la voz de Mella, lo que Mella escribió para dejar; su herencia deliberada, sus papeles y su palabra siempre sobre la marcha; lo que íntimamente confesó en un diario, una carta, la conversación veloz con un repórter, sus ideas para Alma Mater, Juventud, El Machete, El Cubano Libre o Tren Blindado, todo lo que fundó para decir, todo lo que dijo para fundar.

Desde las noches de la primavera del 20, nos entrega su soledad, su deseo de huir de un entorno cubano de opresión sentimental, su encuentro con México, sus dolores románticos, su pluma de viajero, su pensamiento —que él dice le arde—, sus pasiones metafísicas y, también, las livianas, su choque en una estación con los vestigios de una revolución que se mueve como en una diligencia, que ha derribado puentes, puentes quemados, veinte caballos muertos, su carne corrompida, negra de zopilotes.

Sin paradas triviales, una vida se agolpa en este libro, también un tiempo extraordinario, en que Mella admira los sucesos de la verdadera revolución bolchevique, no sus yerros, no sus desviaciones, sino las enseñanzas que proveyó para romper con los determinismos y para asentar en el centro de la obra el concepto de praxis; un tiempo de proezas en que formula su idea de la revolución en Cuba, que hará de los oprimidos sus propios liberadores, que combinará orgánicamente, si es que desea triunfar, la gesta de liberación nacional y el nuevo ideal y proyecto socialistas.

Este libro reafirma que Mella, pese a sus errores, sus dogmatismos, sus ingenuidades, propias del comienzo de todo, fue indudablemente un visionario.

Mella se definió a sí mismo como un hereje y gustaba de su leyenda. Su carisma, su capacidad como orador y como divulgador, su belleza y su pasión contribuyeron a fomentarla, pero nunca hubo vanidad en él, si no, no se hubiese entregado de la forma en que lo hizo.

Solo llegó a vivir 26 años y fundó el Partido Comunista de Cuba con 22. Triunfó y fracasó muchas veces, pero la única angustia que le quemaba era la de hacer, y con ella atizó el fuego de numerosas voluntades.

Algunos de los mejores convivieron en la lucha junto a él. Fue aliado del admirable Carlos Baliño, hermano y confidente de Villena; compañero de Gabriel Barceló, tan destacado y tan olvidado como su otro camarada Leonardo Fernández Sánchez; fue colaborador del internacionalista Carlos Aponte y amigo íntimo de Diego Rivera.

Sandalio Junco fue uno de los mejores oradores en su despedida de duelo y el periodista Carleston Beals tuvo el honor de hacer guardia junto a su cama de muerto; a su lado lloró amargamente. Y Guiteras no hubiese sido Guiteras sin el ejemplo de su admirado maestro, por quien inclusive leyó Diez días que estremecieron al mundo.

Fue Mella, sin dudas, un hombre fascinante, pero este libro no se vale de la apología para reafirmarlo, se vale de su palabra. En ella se respira el oxígeno vigorizante de su consecuencia, tan admirable como su consistencia.

En este libro Mella termina diciéndote, lector: hazte revolucionario. Hazte revolucionario en el momento actual, en que todo se difumina, en que se relativizan la mayoría de las creencias previas, florecen o se reafirman muchísimas tensiones y contradicciones, conviven el autoritarismo y las suspicacias, crece el ansia de vida cotidiana, de des-tras-cen-den-ta-li-zar-nos y ser prácticos, y si es posible pragmáticos.

En este momento, el mayor valor, la lucidez mayor de este libro reside en su constante alerta: para los cubanos y los latinoamericanos es esencial ser antimperialistas, pero ese antimperialismo solo es viable, solo es realista si también se es anticapitalista. Este libro nos devuelve a Mella como el abrazo de un compañero de luchas.

En la confrontación que se nos avecina, no podemos permitir que los textos de Mella apenas se conozcan, que no estén en nuestras escuelas y que sean patrimonio de élites informadas que exhiben sus conocimientos como un lujo.

Si no hacemos todo lo posible por formarnos cada vez mejor, todos y no solo unos cuantos, por indagar cada vez más, por enfrentar las debilidades en la formación teórica y el desconocimiento de nuestra historia, nuestra ignorancia se volverá contra nosotros, favorecerá la conservatización de la sociedad y sin percatarnos, o percatándonos muy tarde, dará todo el poder a los que reivindican como un valor per se y muy fundamental el de que algo sea bello, como la manzana de Mr. Kempinski, sin importar bello para quién y, sobre todo, bello con excepción de quién.

Te digo, amigo lector, encuéntrate con Mella, léelo mucho y léelo bien. Ubica su pensamiento en el lugar fundamental que tiene, puesto que las marcas en el suelo de La Manzana son un aviso para volver a delimitar el mapa de la cultura revolucionaria a la que pertenecemos, para no consentirle a nadie que la secuestre, la desfigure o la haga retroceder.

#Retornar al Inicio ¿Dónde está Julio Antonio Mella?

Progamas

Barcos de papel

Barcos de papel. Autor: Carlos Lechuga.

Presentador: Raúl Roa Kourí

Lugar: Casa del Alba

Hora: 10 amTrovador: Rey Montalvo

Hungría 1956

 

Hungría 1956. Historia de una insurrección. Autor: Fernando Barral.

Presentador: Manolo Pérez

Lugar: Casa del Alba

Hora: 10 am

Trovador: Rey Montalvo

 

El tiempo que nos tocó vivir

El tiempo que nos tocó vivir. Autor: Jorge C. Oliva.

Presentador: Eduardo Torres Cueva

Lugar: Casa del Alba

Hora: 10 am

Trovador: Rey Montalvo

 

 

La Habana de Pablo

 

La Habana de Pablo. Autor: Leonardo Depestre.

Presentador: Pedro Pablo Rodríguez

Lugar: Centro de Estudios Martianos

Hora: 3 pm

Trovador: Carlos Fidel Taboada

 

 

 

 

Reseña
Barcos de papel

Barcos de papel

Autor: Carlos Lechuga

Colección Coloquios y testimonios

Carlos Lechuga pertenece a esa estirpe de hombres en los que el pensar y el hacer son inseparables. Así lo evidencia esta compilación que muestra gran parte de la obra del periodista y diplomático cubano.

En los textos que aquí aparecen, redactados entre 1941 y 2002, se advierte el reportero comprometido, que en diversas publicaciones, así como en la radio y la televisión prerrevolucionarias, alertaba las fisuras manifiestas en aquella sociedad cuyos fundamentos éticos estaban en crisis. Por otra parte, en los escritos posteriores a 1959 recogidos aquí, el entonces diplomático ofrece un valioso testimonio acerca de los notables cambios ocurridos en Cuba y la nueva situación internacional.

Tanto en unos como en otros se conjugan la sagacidad y entrega de aquel que un día soñó con la navegación y terminó, según sus propias palabras, “tripulando barcos de papel en mares de tinta”.

Hungría 1956

Hungría 1956: historia de una insurrección

Autor: Fernando Barral

Colección Realengo

En este libro, Fernando Barral se propone rescatar la memoria de los primeros años del proceso de uno de los países europeos que quedó del lado de la Unión Soviética después de la Segunda Guerra Mundial, etapa que fue condensada en un evento sometido al escándalo y al olvido: Hungría 1956.

No conforme con brindar un testimonio de sus vivencias en Hungría, Barral emprendió una búsqueda de fuentes diversas, y el resultado es una combinación muy atrayente que reúne la narración de los recuerdos de un joven refugiado extranjero —comunista, pero procedente de las antípodas—, quien comparte su vida con el pueblo húngaro y resulta testigo de aquel suceso.

Hungría 1956: historia de una insurrección constituye una fuente valiosa para la memoria histórica de las luchas de los pueblos, y una obra de testimonio e historia de gran calidad y lectura amena.

El tiempo que nos tocó vivir

El tiempo que nos tocó vivir

Autor: Jorge C. Oliva

Colección Coloquios y testimonios

Aquí se cuenta la historia de un grupo de amigos del barrio La Punta, en La Habana, desde la década del 50 hasta los 90 del siglo pasado, narrada por uno de sus miembros. El protagonista, Joaquín Ortega, un muchacho a punto de entrar en la Universidad, se ve dividido entre los amigos, sus amores y la lucha contra el régimen de Batista; su vida evoluciona en paralelo con la historia de la Revolución, en la que el pueblo se ve involucrado desde los comienzos. Con Joaquín se recorre nuestra historia reciente desde el mismo golpe de Estado, ya que, junto a sus asuntos personales, describe los eventos nacionales e internacionales que vivieron y que influyeron en sus vidas, para bien o para mal.

Esta obra es el testimonio histórico de una generación que luchó por la Revolución

Cubana, narrada con una atrapante polifonía de voces que se entretejen en dos tiempos: el primero, “el tiempo de crecer y de morir”, abarca siete días durante la dictadura de Batista, y el segundo, “el tiempo de luchar y de vencer”, doce meses durante los primeros 30 años de la Revolución Cubana.

La descripción de los ambientes donde se desarrollan los hechos nos pinta con maestría el escenario de una época y de unos personajes que persiguieron sueños, sufrieron desengaños, pero nunca perdieron la esperanza.

La Habana de Pablo

La Habana de Pablo

Autor: Leonardo Depestre Catony

Colección Majadahonda

Con este título Ediciones La Memoria se suma a las celebraciones por cumplirse en 2019 el quinto centenario de la ciudad, la misma que entre las décadas del 20 y el 30 del siglo pasado sirviera de escenario al destacado revolucionario e intelectual cubano Pablo de la Torriente Brau. Gracias a la fotografía, elemento con una importante presencia en esta propuesta, será posible ofrecer una imagen de esa Habana, y recorrerla en sus acontecimientos más importantes, aquellos que entonces fueron noticia y seguramente Pablo leyó, si es que no participó directamente en ellos.

Considérese este libro como el diario ilustrado de los tiempos de Pablo, a quien nada cubano le fue ajeno. Aquí se habla de todo lo que interesó y ocupó a Pablo: el acontecer social, político y estudiantil, la enseñanza y la educación, la historia de Cuba, las artes, los deportes, el desarrollo de las ciencias…, además de sus relaciones con eminentes personalidades de la cultura nacional. El lector lo comprobará en sus anotaciones, unas veces breves, otras una sencilla cita, cuando no un pasaje entresacado de un texto mayor, que acompañan a cada una de las fotografías que hoy vuelven a publicarse para ilustrar una época. La inclusión de páginas dedicadas a reflejar la moda, el humor, las condiciones de vida del habanero y, en general, del cubano, hasta los medicamentos en venta, el mobiliario y lo que hoy llamamos efectos electrodomésticos, ambientan la lectura y enriquecen la visualidad.

Prólogo
Barcos de papel

NAVEGAR CON LECHUGA

Una mañana de abril de 1952, semanas después del golpe de Estado orquestado por Fulgencio Batista el 10 de marzo de ese año, sonó el timbre de nuestro apartamento. Como mi habitación estaba frente a la puerta fui a ver quién era: a través del «espía» vi a un hombre alto, de grandes espejuelos y bigote bien cortado; vestía guayabera y era a todas luces una «persona decente». Abrí y preguntó: «El doctor Roa está?». «¿De parte?» –inquirí. Respondió presto: «Lechuga». «Un momento». Cerré y fui a ver a mi padre, que escribía en la biblioteca. «Viejo, alguien pregunta por ti y me dijo “lechuga”. ¿Qué debo responder?». Roa, con ojos pícaros y sonrisa burlona, dijo: «No seas comemierda, es Carlos Lechuga. Ábrele».

Evidentemente, yo había creído que se trataba de una contraseña que exigía como respuesta «tomate» u otra verdura y no que fuera el conocido columnista de El Mundo. En algo, sin embargo, no me había equivocado: Lechuga venía a conspirar con Roa contra la tiranía batistiana.

Desde el mismo 10 de marzo, Raúl Roa y otros compañeros
–Carlos Alfaras, Salvador Vilaseca, Ignacio Fiterre, viejos amigos de la lucha contra Machado y la primera dictadura del propio Batista– se reunieron con Aureliano Sánchez Arango, en su casa, y fundaron una organización revolucionaria conocida luego como Triple A. A esta se sumó Carlos Lechuga, ávido de hacer algo contra el oprobioso régimen impuesto a Cuba nuevamente por «el sargento Batista» y el imperialismo yanqui. De ahí su visita a mi padre.

Aunque se conocían de El Mundo y Bohemia, órganos de prensa en los que ambos publicaban –Carlos su columna «Claridades» en el primero y colaboraciones en la sección «En Cuba», de la que fuera cofundador con Enrique de la Osa, en la segunda, aparte de enjundiosos artículos, y Roa casi diariamente en El Mundo y semanalmente en la revista–, se hicieron entrañables amigos en la lucha revolucionaria, seguidores como fueron de Fidel y el Movimiento 26 de Julio y dirigentes de Resistencia Cívica.

Tras el triunfo de la Revolución, Lechuga fue designado embajador en la República de Chile. No tuvo mejor ocurrencia que pedirle a Fidel que yo le acompañara, como segundo de misión. Lechuga sabía que mi padre –recién nombrado ministro de Estado, como se llamaba entonces al de Relaciones Exteriores– no vería bien esta designación, pensando que podría interpretarse como un acto de nepotismo. Pero el Comandante en Jefe estuvo de acuerdo con el embajador y publicó una nota en Revolución, aclarando que en Cuba se había liquidado también el nepotismo y que los nombramientos se hacían ateniéndose a los méritos de la persona y no a su parentesco.

Era la primera misión diplomática de Lechuga y, aunque atribuyen a Manuel Márquez Sterling el dictum de que la profesión del periodismo está reñida con la del diplomático, demostró fehacientemente que un periodista brillante como él llevaba dentro un diplomático de primera. Su trabajo en Chile, centrado en la organización de un mitin de solidaridad con Cuba convocado por la Central Única de Trabajadores (CUT) y su dirigente Clotario Blest, en la que hablaría el joven ministro de Educación cubano, Dr. Armando Hart, en presencia del Comandante Raúl Castro y otros dirigentes de la Revolución, y de la participación cubana en la Quinta Reunión de consulta de cancilleres de la Organización de Estados Americanos (OEA), encabezada por el ministro Raúl Roa, fue culminado con todo éxito.

Lechuga se refiere a toda esa etapa, con inconfundible maestría periodística y conocimiento de causa, en su libro Itinerario de una farsa, que desde entonces y para siempre definió a la OEA, según certera frase de Roa, como «ministerio de colonias yanqui». Basta leer las noticias hodiernas sobre las sucias maniobras de su secretario general, el cipayo Luis Almagro, contra la revolución bolivariana de Venezuela, para constatar la denuncia del embajador Lechuga hace más de treinta años.

Hoy reseño en estas líneas un libro de Lechuga que juzgo esencial lectura para todos, jóvenes y menos jóvenes, de nuestro país y de América Latina: Barcos de papel. Se trata de una compilación de su hija Lillian, que también afiló sus armas como periodista en Juventud RebeldeBohemia, ahora en Cubadebate, de trabajos publicados por su padre en El Mundo, Bohemia, Humanismo, Siglo Veinte y otros medios desde los años cuarenta del siglo pasado hasta mucho después del triunfo revolucionario, la derrotada invasión mercenaria por Playa Girón, los días «luminosos y tristes» de la crisis de octubre de 1962, la Sexta Cumbre de los Países No Alineados en La Habana y el antológico, en verdad histórico, discurso de Fidel Castro a nombre de dicho Movimiento en la XXXIV Asamblea General de las Naciones Unidas, en 1978.

En los años ochenta, cuando fui designado viceministro de Relaciones Exteriores para asuntos multilaterales, a mi regreso como embajador ante las Naciones Unidas, tuve la suerte de volver a trabajar con Carlos Lechuga, entonces embajador representante ante los organismos de Naciones Unidas en Ginebra. De 1987 en adelante, presidí la delegación cubana a la Comisión de Derechos Humanos, en la austera ciudad de Calvino; el jefe de nuestra misión, Lechuga, fue un extraordinario colaborador, más bien consejero, que con su larga experiencia nos ayudó a librar batallas inolvidables contra el imperio, que pretendía convertir la Comisión en instrumento para sentar a Cuba en el banquillo de los acusados. En todas las ocasiones, independientemente de que pudieran a veces doblegar la voluntad de pequeñas naciones miembros, obligándolas a votar por sus textos contra Cuba, los Estados Unidos y sus representantes fueron desenmascarados, resultando ellos los reos.

La amistad de mi padre con Carlos Lechuga continuó, después del deceso de Roa, en la nuestra, que se hizo más honda tras mi matrimonio con su nieta, Lili, unigénita de Lillian. Siempre que regresábamos a Cuba, luego de encabezar nuestras misiones diplomáticas en la UNESCO, Francia y la Santa Sede, nos reuníamos en su casa, la nuestra o la terraza de Lillian con amigos de siempre y hablábamos «a calzón quitado», de lo divino y lo humano. Así fue hasta que nos dejó, habiendo ya cumplido 90, enhiesto y alto como las palmas que tanto amaba.

Lechuga, a quien siempre caracterizó su buen humor, escribió alguna vez que hubiera querido ser marino, más que eso, capitán de navío, navegando procelosos mares y que, en cambio, la vida le había deparado hacerlo «tripulando barcos de papel en mares de tinta». Y, si bien es cierto que Lechuga no tuvo a su disposición barcos de la envergadura del Queen Mary, ni siquiera del Mariana de Sandokan, sí navegamos juntos en su barca Arianne, desde la cual buceamos unos erizos bastante diferentes de los chilenos y de los bretones, pero igualmente sápidos, frente a las costas habaneras, saliendo por la desembocadura del río Almendares. Carlos llevaba su blanca barba hemingweyana y su gorra de capitán de alta mar.

Les invito ahora a navegar con Lechuga en sus barcos de papel. ¡Buen viaje!

Raúl Roa Kourí

La Habana, 3 de mayo de 2017

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Hungría 1956

Mientras tantas personas apenas viven una vida, algunas viven varias. Es el caso de Fernando Barral, el autor de este libro. Nació en Madrid en 1928, hijo de un escultor famoso, hombre de izquierda que participó en el asalto del pueblo al cuartel de la Montaña, capitán de milicias caído en diciembre de 1936. Niño refugiado en Argelia en 1939, al que su mamá lleva por fin a Argentina, donde vive sus segundos once años; joven comunista, preso político y deportado por “indeseable” a Hungría, donde estudia medicina, se casa, aprende húngaro y vive otros once años. Un amigo de sus años argentinos, Ernesto Guevara, se entera de su paradero y le reclama que venga a Cuba. Llega en 1961 y se incorpora de lleno a la Revolución, ahora para toda la vida. El siquiatra y sociólogo Barral es uno de esos sabios que son muy poco conocidos, pero hace dos años se presentó a los lectores con un libro apasionante: Mis vidas sucesivas. Recuerdos y destino de un niño de la guerra.

Ahora Barral nos trae otro empeño: rescatar la memoria de la primera etapa del proceso de uno de los países europeos –cada uno tan específico– que quedó del lado de la Unión Soviética después de la Segunda Guerra Mundial, etapa que fue condensada en un evento sometido sucesivamente al escándalo y al olvido: Hungría 1956.

Para ser preciso, más de un olvido. En cuanto terminó la fase que siguió a los sucesos de 1956, el partido comunista y el gobierno que rigieron a Hungría implementaron una política que necesitaba ese olvido, y lo mantuvieron durante los treinta años siguientes. La URSS del XX Congreso del PCUS, del “deshielo” y del CAME, tenía una gran necesidad de que todos olvidaran aquellos hechos, y para los partidos que seguían su conducción a lo largo del mundo, la Hungría de 1956 era un tema de acusaciones, malestar y argumentos principistas, que era preferible olvidar. Fue entonces uno más de esos temas que parecían no haber existido. Aunque los imperialistas de Estados Unidos y Europa habían instigado y ayudado a la causa del anticomunismo en Hungría, y sintieron alegría durante el apogeo de la crisis húngara, frente a la decisión y la acción militar de la URSS se atuvieron al statu quo de la posguerra. Puestos entre la geopolítica y la actitud de “traidores” ante los reaccionarios, necesitaron reducir el provecho que le podían sacar en su propaganda de “guerra fría”, y someterlo pronto al olvido. Por otra parte, el eje de las confrontaciones revolucionarias se estaba trasladando al llamado Tercer Mundo y haciéndose muy agudo, lo que dejó en un lugar muy secundario los asuntos de las llamadas democracias populares de Europa.

En los últimos veinte años ha regido otro olvido más general: el que pretende que todas las experiencias anticapitalistas del siglo xx fueron intrínsecamente perversas o, en el mejor caso, erróneas. El objetivo principal de esta empresa, que está muy bien organizada, se ha ido trasladando del olvido de datos o recuerdos a la eliminación del pasado, a que las mayorías no tengan que olvidar, porque no han llegado a saber nada. La expresión “Hungría 1956” no debe producirles efecto alguno. Pero los que en Cuba defendemos la necesidad de que triunfe el socialismo, y los millones de latinoamericanos que se han puesto en marcha, comprendemos que es indispensable rescatar la memoria de todas las experiencias e ideas anticapitalistas y socialistas, como parte de esos empeños. Estamos obligados a sacar las cuentas de nuestras historias, a aprovechar las lecciones que nos brindan todas ellas, a heredar las glorias, los sacrificios, las derrotas, las victorias, los males, las tradiciones y los saberes de las revoluciones, y abolir la dominación espuria, las mezquindades y las mentiras en nuestro campo, porque el socialismo que necesitamos no puede ser primitivo ni pequeño.

Este libro muestra de manera muy clara que ningún proceso social es simple, que la dicotomía blanco-negro no permite comprender las actuaciones de los seres humanos y que el análisis social no puede ser sustituido por calificativos que operen como insultos o elogios. Dentro de esos parámetros indispensables, nos presenta los cambios sociales, las formas políticas y la sobredeterminación por otro país que sucedieron durante el ensayo de socialismo en la Hungría de los años cuarenta y cincuenta. Veinticinco años de dictadura y fascismo, y siglos de explotación y opresión, debían ser barridos y borrados en pocos años, pero los métodos al alcance de los dirigentes estaban viciados por su adscripción a la URSS de aquellos años, por lo que eran sumamente autoritarios y llegaban a apelar a crímenes contra sus propios compañeros. En la práctica ejercieron el poder como grupos, y como tales contendieron, no se labraron una legitimidad propia y dependieron de las decisiones del gobierno soviético.

Es muy improbable que la conciencia política predominante en el pueblo húngaro en la inmediata posguerra fuera proclive al socialismo. La correlación de fuerzas dada por la presencia soviética fue lo decisivo, pero los procesos políticos y sociales que son presentados en este libro implicaron una modificación progresiva a favor de la asunción del socialismo, y las vivencias del autor muestran aspectos realmente positivos de la vida bajo el nuevo régimen. Sin embargo, mi impresión es que el pueblo era objeto, y no sujeto del proceso, y en los once años transcurridos entre la liberación y la reforma agraria de la primavera de 1945 y la tragedia del otoño de 1956 vivió la formación, la consolidación y el deterioro de ese nuevo régimen, pero sin ser movilizado políticamente y sin posibilidad de participar efectivamente en sus estrategias y sus decisiones. Las imposiciones ideológicas despreciaron o subestimaron al nacionalismo, que a la hora de la crisis pudo ser contrapuesto al socialismo.

En 1953-1956, la URSS vivía el inicio de cambios notables en su forma de gobierno, y eso afectaba sus decisiones respecto a los dirigentes y las políticas en los países de su campo. Esto influyó mucho en los acontecimientos de 1956. Pero en Polonia, después del trágico incidente de Poznan en junio de 1956, se introdujeron cambios en un ambiente pacífico. Las causas de la evolución y el desenlace tan sangriento de la crisis en Hungría hay que buscarlas en el país mismo, y no en sus condicionamientos.

En vez de conformarse con brindarnos un testimonio de sus vivencias de Hungría, Fernando Barral emprendió una búsqueda de fuentes muy diversas, como puede apreciarse en la bibliografía, y el resultado es una combinación muy atrayente que reúne la narración de los recuerdos de un joven refugiado extranjero –comunista, pero procedente de las antípodas– que comparte su vida con este pueblo y resulta testigo del evento histórico, con una enumeración de hechos que arrojan luz sobre el proceso histórico y estimulan a conocer más acerca de él. Con ponderación, el autor incluye valoraciones suyas.

Barral nos aporta con este libro una fuente muy valiosa para la memoria histórica de las luchas de los pueblos, y una obra de testimonio e historia de gran calidad y lectura amena.

Fernando Martínez Heredia

Ediciones La Memoria, Centro Cultural Pablo de la Torriente Brau, La Habana, 2010.

Quedan de guardia los materiales que deben encontrar los curiosos y los interesados. Llenos de lugares comunes o mejor elaborados, su finalidad es influir o reforzar el desprecio al socialismo, o desinformar. Naturalmente, una minoría de especialistas maneja los hechos y las valoraciones diferentes que existen sobre aquellos eventos. En otro plano, un ejemplo de aproximación a aquel proceso histórico desde una militancia política puede leerse en Eva Lang: “La contrarrevolución de 1956 en Hungría y la actual propaganda anticomunista”, en Revista Comunista Internacional, edición española, no. 2, Madrid, diciembre de 2011, pp. 57-66.

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El tiempo que nos tocó vivir

Me encontraba en España en los meses otoñales de 1998. Participaba en el Simposio Internacional de la Masonería Española. La tarde de mi llegada conversaba con el fraterno amigo y colega, organizador del evento, José Antonio Ferrer Benimeli. Siempre interesado en Cuba, comenzó a hablarme de un libro que acababa de publicarse. Su título: El tiempo que nos tocó vivir. Le intrigaba el nombre, no conocido, de Jorge C. Oliva Espinosa, que aparecía como seudónimo del autor; según el texto, este ocultaba el de «un héroe ya fallecido de la Revolución Cubana que había dejado a su hijo aquella obra autobiográfica para que se publicara después de su muerte». A ello se añadía la lectura propagandística del texto. Era el testimonio del fracaso de los ideales de una generación que los encarnó. De inmediato le solicité a Ferrer que me consiguiera el libro, no que me lo prestara, pues quería conservarlo, previa lectura crítica, para incluirlo en mi colección de obras relacionadas con la Revolución Cubana. Al día siguiente tuve el libro en mis manos. El fraterno amigo me aclaraba que en la librería se había agotado pero que tenían un ejemplar en reserva, y fue el que le vendieron en consideración a su persona (siempre he tenido la duda de si el ejemplar que me entregó era el suyo).

Libro en mano, cada vez que podía escapar a las interesantes sesiones del evento y, sobre todo, por las noches, lo leía atrapado por su contenido y narrativa. Se trataba de una novela que se adentraba, jugando con el tiempo, en personajes y situaciones que eran relatadas o colocadas por su autor como piezas de un mosaico humano de figuras de ficción que, sin embargo, caracterizaron la época. La coherencia estaba dada por la intencionalidad del autor y a través de un personaje de ficción que parecía encarnar una composición intencional de quienes vieron y actuaron en la vida social, política e intelectual de las distintas etapas por las que transcurrió el proceso revolucionario. A través de distintas situaciones era evidente que fue construido con el propósito de crear un personaje que se presenta como rebelde, crítico, a veces inadaptado, a veces violento, pero como un alter ego de la época. La despedida de Ferrer no pudo ser otra, la novela El tiempo que nos tocó vivir. En mi comentario le expresé que, si bien el libro, con ciertas inexactitudes, reproducía numerosos acontecimientos de la historia de la Revolución Cubana, algunos con imprecisiones, era una visión intencionada del proceso, individual, por lo que contenía contradicciones generadas por el propio sentido de la novela. Mi interés había aumentado: ¿Quién era el verdadero autor de la obra? ¿Por qué un seudónimo que no parecía ser tal? ¿Dónde se encontraba el autor? ¿Por qué se publicaba en España sin ser conocida en Cuba?

Al regresar a Cuba traté de despejar estas interrogantes. Ciertas pistas estaban ya en la obra. No tenía dudas de la veracidad de algunos contenidos, sobre todo los vinculados con un tiempo histórico universitario que yo también había vivido. Supe que Jorge C. Oliva Espinosa era un ser real, lo que presuponía —no un inventado seudónimo—, que había sido profesor en la CUJAE y que se encontraba en Cuba. Nos comunicamos por teléfono y la vida me deparó la sorpresa de conocernos una tarde en el Centro de Investigaciones Marinas de la Universidad de La Habana. Nuestras esposas eran profesoras del mismo. Nos apartamos e iniciamos una conversación que no podría decir cuánto duró, porque en estos casos el tiempo no es implacable, es apacible, y no trascurre hasta que alguien, con buen tino, nos indica que estamos en un mundo de horas, minutos y segundos. Me dijo Oliva que, efectivamente, el libro se iba a publicar en Cuba; le di mi opinión: debía estar en manos de los jóvenes cubanos y de todos aquellos para quienes esa historia, casi desconocida a pesar de que aún vibraba entre nosotros, tenía sentido. Lo que pienso que es interesante en la misma es que no está escrita en términos abstractos, conformada solo por los actos heroicos. La obra se adentra en el relato de los hechos del acontecer diario —los que no son noticia, los que no están en los periódicos—, que constituyen la parte humana e individual de esa historia, el «espíritu de una época» y, a la vez, la individualidad espiritual que le dio vida.

Oliva, ante mis preguntas, me contó la triste historia de cómo su novela había sido publicada sin su consentimiento; cómo un entrañable alumno, que residía en la Argentina, había manipulado su nombre, publicado la obra y traicionado su confianza. Su dolor era evidente. No era un hombre deprimido. Su entusiasmo estaba en que la novela se iba a publicar en Cuba. Me habló de sus proyectos. Salió a relucir la toma de La Habana por los ingleses en 1762. ¿Sería bueno novelarla? Me comprometí con Oliva  en escribir este prólogo cómplice y crítico. Sin embargo, la negra y juguetona muerte le impidió al autor el disfrute de ver la edición cubana de su novela.

Lo primero que destaco es el título de la novela, El tiempo que nos tocó vivir. No es un singular personal, «el que me tocó», sino un plural generacional, «el que nos tocó». Como su contenido cubre una amplia época, la de gestación, construcción, desarrollo y período especial de la Revolución, su tiempo histórico coincide con el mío. Fue, también, el de mis vivencias, el de mi edad de crecer, sufrir, amar, reflexionar. Desde esa experiencia la lectura no era distanciada y con los fríos instrumentos del crítico literario. Más que todo fue un diálogo con el autor, ausente de mitologías, leyendas, esquemas e influencias políticas, con p minúscula. La novela tenía, para mí, el raro encanto de releer esa histórica desde los acontecimientos que tuvieron como escenario y protagonistas a hombres y situaciones que no forman parte de la Gran Novela de la Historia, la que heredan, en textos notables, los lectores de la historia. Por el contrario, es la historia de personas que no quedan en los textos de historia. Esta obra no es un rosario de documentos y análisis históricos. No es un tratado de historia; es una novela. Y ello es su ventaja. La imaginación como completitud de la realidad; la subjetividad recreadora de lo real; la historia como la veo, la imagino y la recreo. Mi yo en el nosotros. Modelarlo todo desde mi modelo.  Pensar pero sobre todo soñar, imaginar. Ficción más allá de los límites entendibles de la realidad.

A veces me detuve en determinados pasajes de la obra. Debo ser sincero. Perteneciendo al mismo espacio histórico, mi observatorio era distinto al del autor, lo que entraña convergencias y divergencias. No hay duda de que la novela reproduce situaciones de la complejidad cotidiana de los años de evolución de la Revolución. Más de una persona con características de algunos personajes, las conocí; de otras no tengo referencias. Los personajes aquí presentados pueden tener diversos nombres, reales o imaginados; pero la ficción, la recreación, en manos del autor, con plena libertad, trazan, en algunos casos, los rasgos de negatividad o los rasgos positivos que van desde el héroe al antihéroe; del héroe que fue al desertor de hoy; del que pudo ser y no fue; desde el soñador al oportunista.

Uno de los rasgos que caracteriza a El tiempo que nos tocó vivir es el de colocar como experiencias personales de su protagonista situaciones históricas. Estas pueden ser las de acontecimientos nacionales de extraordinaria significación en la historia de Cuba; pero en las cuales Joaquín Ortega interpreta, analiza, califica, desde su cosmovisión, esos hechos. Son las valoraciones de una personalidad construida a partir de elementos conformadores de un revolucionario crítico, inadaptado y, a la vez, fiel a sus orígenes y proyectado como consecuente en un presente cambiante y no siempre con los aciertos con que debía construirse una sociedad desde los sueños revolucionarios, desde el prólogo hasta el epílogo, que más que el epílogo de un sueño, es el epílogo de un tiempo, el que le tocó vivir. Quizás no muera el sueño, lo que termina es un tiempo histórico, el que le tocó vivir; quizás todo empieza de nuevo desde el mismo sueño. De lo contrario, ¿qué sentido tendría un libro como este? Es ayudar a parir nuestros hijos; decirles cómo fueron las cosas, nuestra experiencia. Advertirles de las complejas situaciones que se presentan en toda sociedad, muy particularmente en la nuestra.

Junto a los grandes acontecimientos de la historia, enlazados por el personaje de Joaquín Ortega, están aquellos que se viven cotidianamente y que inciden en la formación, madurez y visión de quien los vive. Los mismos aparecen como experiencias personales del protagonista. Sin embargo, quien vivió su tiempo, sabe que muchas formaban parte de aquellos tiempos. Situaciones tópicas pueden no haber sido tan específicas. De un modo u otro fueron bastante comunes. Lo que hace a la Revolución Cubana un proceso complejo en el cual participan muy variadas personas, algunas con intereses ocultos y un lenguaje y apariencia de acuerdo con las intencionalidades del proceso; y otras que sienten que la vitalidad misma de la vida estaba en ser consecuentes con las ideas iniciales de la Revolución. Las complejidades y dificultades también pasan por las convicciones y acciones personales. Pero todos coinciden en el mismo tiempo, y actúan al mismo tiempo; es un gran tormenta en la que siempre habrá vencedores y vencidos. El vencido siempre despierta simpatías; al vencedor se le atribuirán virtudes y grandes defectos; oportunistas y revolucionarios, vencedores y vencidos, conforman partes esenciales de un proceso que no es precisamente idílico. Por ser real no es químicamente puro. A cada cual le toca juzgar desde sus experiencias y sus vivencias. Esta obra, novelando un tiempo histórico, es, también, un juicio, desde lo particular, de aquella vorágine de sueños y violaciones. Un concepto se acuñó en la época, la doble moral. Tipificó a una clase de individuo que supo subir siempre a la superficie de las olas; sabía lo que tenía que decir y ocultaba lo que sabía que iba a hacer. Mas por ellos, los cuidadosos, no se puede juzgar la época histórica en la que cientos y miles de hombres enarbolaron la lucha social en Cuba, y fuera de ella, por la reivindicación de la condición humana, justo allí donde era vulnerada. De una forma u otra, fueron tiempos de gloria inolvidables, salvo que intencionalmente se quieran borrar de la memoria. Debatir sobre la época, en el mundo real en el que acontecían los hechos, siempre permitirá más de una visión. Esta, la aquí contenida, es una de ellas.

Una obra como esta requiere de un lector avispado y crítico. En este tipo de novela, donde imaginación y realidad se combinan en la letra misma de un texto, el lector juega un papel importante. Jean Paul Sartre, en ¿Qué es la literatura?, sostiene que las palabras son balas. Depende de quién empuña el arma, y de su puntería, la dirección y la certeza del disparo. Por ello, el filósofo francés afirmaba que la obra literaria empezaba cuando su autor la concebía, pero no concluía hasta que su lector llegaba al punto final. Este lector es un individuo específico que en la soledad de la lectura construye su propia imagen de la novela y del contenido de la novela. Es un proceso absolutamente personal. El tiempo que nos tocó vivir es, para mí, la incitación a revisitar una época apasionante; pero es también la invitación a construir, desde otras individualidades, otras visiones de tan complejo, único y extraordinario proceso revolucionario. Es pensar en la singularidad de nuestras propias construcciones. Es retomar el encuentro con las raíces profundas de la sensibilidad y la cultura cubanas.

Disfruté la novela; reactivé vasos comunicantes y torrentes de recuerdos e ideas. Me confronté con el autor. Leer el libro no es otra cosa que un reto a la búsqueda, que está en la relatividad de la cultura y del espíritu humano.

Eduardo Torres-Cuevas

17 de agosto de 2017

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La Habana de Pablo

La fotografía familiar

y la de prensa

La Habana de Pablo, la de los años veinte
y primera mitad de los treinta, pudiera parecernos a la luz de estos tiempos una ciudad “extraña”. Si bien la mayoría de sus edificaciones emblemáticas ya existían, o se erigían entonces, el modo de vestir de sus
vecinos y de los cuerpos uniformados, los medios de transporte, el ritmo de la vida, la distribución de los núcleos poblacionales, y también los ruidos y silencios, han cambiado bastante. La capital no albergaba, numéricamente, ni siquiera la mitad de sus moradores de hoy.

Pero ofrecer una imagen de aquella Habana es aún posible, en buena medida gracias a la
fotografía, compañera inseparable del repor-
taje. En este libro nos anima adentrar al lector en La Habana de Pablo de la Torriente Brau −que es también la de varios coetáneos de él pertenecientes a una generación gloriosa−, y para ello es necesario visualizarla, recorrerla en sus acontecimientos políticos, culturales y sociales, aquellos que entonces fueron noticia y seguramente Pablo leyó… cuando no participó directamente de ellos. De ahí la importancia extraordinaria que la fotografía adquiere en estas páginas.

Aquí encontrará las fotos familiares y las de prensa. Las primeras es probable que hayan sido tomadas con las populares y económicas cámaras Kodak, que tanto se vendieron y acompañaban a la familia en todas sus celebraciones, viajes y excursiones, e hicieron de la fotografía un hobby capaz de retener para el recuerdo los instantes felices. Por eso son hoy parte de la memoria. No tienen el encuadre perfecto, ni están siempre correctamente enfocadas, a veces se tornan borrosas y entre ellas debemos buscar los rostros conocidos. No obstante, son insustituibles.

Existen numerosas fotografías de Pablo así tomadas, hoy nítidas al aplicarles la tecnología que ha de preservarlas. Ellas nos dan su perfil, sus labios, su mirada, su estatura y estructura física, su modo de vestir. Casi nos hablan. De aquellas que nos muestran a Pablo solo o en grupos humanos incluimos varias, en especial las que tienen a La Habana como testigo de su andar, de los lugares en que se detuvo. Son fotos de aficionado, dirán los especialistas, y además bastante conocidas, pero vienen al caso por el propósito que nos ocupa.

Compartimos la opinión del especialista Jorge R. Bermúdez cuando afirma que “la mayor parte de estas fotos son estáticas, frontales, hechas por manos amigas, o algún que otro fotógrafo de ocasión. Sin embargo, el interés que les asiste como imágenes está aportado por el goce de vivir que anima a los que se hacen retratar, vitales, esperanzados, plenos de juventud. Los contextos y locaciones, sin ser del todo escogidos, en cierto número de fotos contribuyen a levantar o ennoblecer la imagen, según el caso”.

Están además las fotografías de la prensa, presentes ya en las revistas desde finales del siglo xix cubano, como apoyatura visual de la información. Las publicadas en las revistas ilustradas muchas veces resultan de mayor interés, por su material fotográfico y los dibujos −testimonio de una época−, que los propios textos a los cuales calzan, de cuyo contenido se puede o no discrepar.

La guerra por la independencia de Cuba, en particular la retomada en 1895, y la subsiguiente guerra hispano-cubano-norteamericana, a partir de 1898, hoy podemos visualizarlas gracias al testimonio legado por las instantáneas.

Cuba disfrutaba de una diversidad de publicaciones (diarios, revistas, magazines…) que dan la medida de cuán avanzado era el desarrollo de las formas de impresión… y también de su calidad. Por el tiempo transcurrido y la pérdida de tantos archivos fotográficos (entonces se utilizaba la técnica de los negativos, cuya conservación requiere de ciertas condiciones de temperatura y de baja humedad), pudiera pensarse que esa parte de la memoria visual está en vías de desaparecer. Por fortuna no necesariamente es así, porque aquellas publicaciones, en especial los semanarios y los mensuarios, así como los suplementos de los diarios, imprimían con tal calidad de papel y nitidez que todavía permiten recuperar, con suficiente resolución, rostros y sucesos. Aquellas publicaciones encierran páginas y páginas de actualidad nacional e internacional en que la fotografía se acompaña de una nota o pie breve, sin otro texto. Es la irrupción de la fotografía como protagonista de una historia, como columna vertebral de la información, suficiente por sí misma.

Esto, sin referirnos a las cubiertas o portadas, que en colorido, ingeniosidad y diseño ofrecen motivos para un estudio crítico especializado a la luz de nuestros días. Lamentablemente no sucede así con la prensa diaria, impresa en papel económico y de menor gramaje; ahí las fotografías quedaban más borrosas y oscurecidas… aunque algo es identificable.

La fotografía de la prensa cubana, en blanco y negro, ilustra acerca de la profesionalidad de quienes ejercieron el oficio. Social, Bohemia y Carteles, sin contar a la decimonónica El Fígaro, que ha visto pasar sus mejores momentos, además de los suplementos semanales de algunos diarios, aportan la mayor parte del material fotográfico que reproducen estas páginas. Reportero y fotógrafo conforman el dúo de la información. En cuanto a la fotografía, es intensa, digamos que sangrienta, dolorosa, cuando así lo requiere, y, por tanto, puede herir la sensibilidad del lector, pero resulta importante como documento testifical, acusador, vívido.

La publicidad comercial, a la cual se incorpora la fotografía como elemento del diseño, recortada, trabajada, difuminada, según sea el caso, es otro de los espacios donde gana fuerza la imagen sacada por el lente. Son tiempos en que la fotografía asume un rol perdurable en la memoria del lector.

La historia de Cuba entre 1902 y 1960 puede recorrerse a través de la imagen fotográfica de la prensa, a la cual se suma el guiño satírico crítico de la caricatura, ácida y penetrante, siempre inteligente, representada por excelentes artistas. Es necesario ir pensando ya en escribir el estudio que merece la fotografía en la prensa cubana, con particular destaque en los fotógrafos, aquellos que sufrieron golpizas de la policía, censura y tuvieron que aceptar impávidos (¡qué remedio!) la destrucción de sus cámaras cuando la imagen guardada era demasiado acusadora, como para confirmar que una imagen vale más que mil palabras.

Por razones de espacio −algo tan importante y costoso en la prensa− la fotografía y el diseño corren aparejados en la página impresa. A veces las fotos aparecen superpuestas parcialmente, o inclinadas, o en formato oval, y los pies informativos aprovechan los espacios en blanco, como muestra de una inteligente utilización del área de la hoja.

Pablo aquilata el quehacer de sus compañeros fotógrafos. A Enrique Kiko Figarola y Generoso Funcasta, fotógrafos de Ahora,
les escribe desde Nueva York, el 10 de mayo de 1935, a raíz de las muertes heroicas, dos días antes, de Antonio Guiteras y Carlos Aponte, en El Morrillo:

Hoy por la noche han publicado unas fotografías maravillosas del fusilamiento de Castillo Puentes. Quisiera que, tanto de estas, como de las demás fotografías del terror que se vayan publicando, me conserven copia para, si algún día puedo volver vivo, poder realizar el trabajo que tanto empeño tenía en hacer sobre el terror en Cuba. De las que Uds. no saquen, pueden guardarme el recorte del periódico en donde salga, con especificación del mismo y la fecha. Kiko, que es tan ordenado, puede ir haciendo esto con facilidad.

Otras referencias a Kiko y a Funcasta, siempre afectuosas, encontramos en la corres-
pondencia de Pablo desde el exilio en Norteamérica. Y he aquí una anécdota que transcurre en La Habana: llegan al diario tres fotógrafos y preguntan por Funcasta, compañero de Pablo y de José Zacarías
Tallet. Como Funcasta no está, se sientan a esperarlo. Lo sucedido después lo narra
Tallet, el poeta rumbero en el decir afectuoso de Pablo:

En la redacción se encontraba trabajando en su máquina de escribir Pablo de la Torriente Brau, y cerca de su mesa fue que se quedaron aquellos tres fotógrafos.

Pero Funcasta no llegaba y comenzaron a impacientarse los fotógrafos. No se sabe por qué causa, entre ellos −en alta voz− empezaron
a lanzar improperios vejaminosos contra nuestro compañero Funcasta. Y Pablo, en un santiamén, se levantó de su puesto y arremetió él solo contra los tres tipos aquellos ¡a piñazo limpio!, y los dejó a los tres muy mal parados, casi que pudiéramos decir que quedaron molidos por los certeros puñetazos de quien, años más tarde, muriera valientemente combatiendo el franquismo −fascismo a la española.

Quienes estaban presentes en el periódico aquel día quedaron anonadados de la forma tan rápida en que reaccionó Pablo, cuando saltó sobre esos tres, y lo único que les dijo
−a la vez que les daba los primeros golpes− fue:

−Oigan, Funcasta no está aquí… ¡pero aquí estoy yo!

En el mismo momento en que aquellos tres se largaban de Ahora, Pablo recogió su silla, volvió a sentarse frente a su máquina y continuó trabajando.

Se comprenderá mejor cuánto apreció Pablo a sus fotógrafos −no solo su profesionalidad, también su valor personal−, por este fragmento de su artículo “El soldado desconocido de la fotografía de González Rubiera”:

Pero, en realidad, la policía, aunque sin saberlo, tenía toda la razón al atacar a Funcasta, porque fue este, en unión de Kiko Figarola
−otro de nuestros actuales fotógrafos− quien, utilizando los propios talleres de
El Heraldo de Cuba, había impreso las postales de Alpízar, cuando el asesinato de este… No estaban pues tan lejos de la verdad, cuando lo consideraban como enemigo…

Amante de la cinematografía, o sea, de la imagen en movimiento, Pablo valoró igualmente el aporte de la instantánea fija como material artístico y familiar, histórico y documental.

La Habana ha sido, y es, una ciudad fotogénica que todos gustan de guardar en la memoria. También lo han probado ser sus pobladores, locaciones, sucesos, aun los muchos de carácter dramático captados por el lente. Pablo mismo no fue menos agraciado en este sentido, y aunque su iconografía no es todo lo abundante que quisiéramos, nos lo muestra en diversos momentos de su vida capitalina.

Una aclaración es necesaria: La Habana de Pablo es toda La Habana. Él se interesó en todo: en las artes (escribió o reseñó acontecimientos de pintura, escultura, teatro, música, ballet, literatura…); en los deportes (no solo el fútbol rugby, también el beisbol, el atletismo, el ajedrez, los estadios, las estadísticas…); en la enseñanza y la educación (de los niños y de los reclusos); en la historia de Cuba, en el acontecer social, político y estudiantil (muy activos), en el estado de las instituciones de salud, en la utilización del presupuesto, en el desarrollo de las ciencias… Pero Pablo no solo se inte-
resa
(eso lo hacen muchas personas desde el seno hogareño, pasivamente): Pablo emite criterios, sin temor, porque “pienso que solo no se equivoca el que no labora, el que no lucha”. Y La Habana de Pablo que, repetimos, es toda, incluye sus relaciones con
personalidades que lo son de la cultura nacional, mayores que él, entre ellas los doctores Fernando Ortiz, Emilio Roig de Leuch- senring y José María Chacón y Calvo.

¿Es posible apresar gráficamente esa Habana en un libro? Aun cuando no lo sea del todo, al menos se intenta.

Considérese este libro como el diario ilustrado de los tiempos de Pablo. A él, nada cubano le fue ajeno. El lector lo comprobará en sus anotaciones, unas veces breves, otras una sencilla cita, cuando no
un pasaje entresacado de un texto mayor, que acompañan cada una de las fotogra-
fías que hoy vuelven a publicarse para ilustrar una época. La inclusión de páginas dedicadas a reflejar la moda, el humor, las condiciones de vida del habanero y del cubano en general, hasta los medicamentos en venta, el mobiliario y los que hoy llamamos efectos electrodomésticos, ambientan la lectura y enriquecen la visualidad.

El censo de población de 1919 arroja unos dos millones 900 habitantes en Cuba.

Jorge R. Bermúdez: Diario de una imagen. Pablo de la Torriente Brau, p. 33.

Cartas cruzadas, t. I, p. 78.

 Fernando Carr Parúas: Cosas jocosas en poesía y prosa de la vida de José Z. Tallet, p. 246.

 Ahora, 27 de mayo de 1934, magazine dominical, p. 1.

Carta a Raúl Roa desde Nueva York, 15 de enero de 1936, Cartas cruzadas, t. II, p. 30.

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Progama

Silvio, que levante la mano la guitarra. Autores: Luis Rogelio Nogueras y Víctor Casaus.

Presentador: Víctor Casaus

Hora: 1 pm

Trovadores: Lien y Rey, Noslen G. Porrúa, Carlos Fidel Taboada

Lugar: Sala Nicolás Guillén

 

Reseña

Silvio: que levante la mano la guitarra

Autores: Luis Rogelio Nogueras y Víctor Casaus

Colección: A guitarra limpia

 

Este libro es un regalo compartido. Por una parte, es una fiesta para los silviófilos y trovadictos que han acompañado sus canciones, en algunos casos durante décadas, disfrutando, reflexionando, sufriendo, aprendiendo, amando o maldiciendo con la ayuda de aquel texto memorable o de la melodía de aquella canción que de pronto ya pertenece a nuestra vida, lo que no es poco decir.

Víctor Casaus

 

Tuve la suerte de ser atendido, más que ignorado, por mis contemporáneos, a pesar de la cantidad de papeletas de olvido que le suele tocar a mi estirpe.

Y tuve la suerte de nacer doce años antes de que un rabo de nube descendiera al país que me tocara, en otra insondable rueda de la fortuna. Tuve también la suerte de que no me tragaran las contradicciones que todas mis suertes anteriores me obsequiaron. Y la suerte, además, de que prevaleciera el compromiso con la vida sobre la autocompasión. La suerte de que cada golpe de soga fuera hilando un tejido resistente, pero no invencible, todo lo expuesto que lo humano precisa. Eso es la suerte madre de mis suertes: la de no haber extraviado entre hados pasajeros la memoria de ser afortunado, la dura y necesaria suerte del párpado abierto y el corazón en carne viva.

Silvio Rodríguez

Prólogo

Celebro que ocurra esta nueva edición de Que levante la mano la guitarra, libro escrito por dos amigos muy queridos, con mi total complicidad. Conservo presentes aquellos días de la década de los 70, cuando lo empezamos en el apartamento de 23 y 24.

Teníamos como antecedente el libro con el que Eduardo Castañeda, en 1969, había querido inaugurar la colección Pluma en ristre.

Recuerdo haber revisado las pruebas de galera del volumen, que sobre todo incluía textos, y al final llevaba un disco con cuatro canciones (que llegó a imprimirse). Pero la temprana muerte de nuestro compañero también se llevó sus ideas.

Me parece que cuando empezamos a trabajar en Que levante la mano… yo acababa de regresar de la República Popular de Angola. En aquella segunda mitad de los 70 empecé a viajar con cierta asiduidad. Esto fue demorando el trabajo en el libro, sobre todo respecto a la larga entrevista: yo iba contestando preguntas y cuando regresaba de un viaje habían aparecido más. Si mal no recuerdo, lo dimos por terminado en 1979, pero, como hubo que esperar por la edición, dio tiempo a incluir temas compuestos en 1980, e incluso en 1981.

De todo lo que se ha escrito sobre mi trabajo, Que levante la mano la guitarra es sin dudas lo más entrañable. Lo hicimos a seis manos tres amigos. Uno de ellos, el poeta Luis Rogelio Nogueras, se nos fue a los 40. El otro poeta, Víctor Casaus, es quien impulsa esta reedición. Se trata de un libro concebido en tiempos difíciles, complejos, hermosos, en una Cuba que intentaba acercarse a su propio ideal. Mucho de aquel país está en las manos del lector, en asuntos que —si miro en torno— parecen intemporales.

El nombre sucede después de una pregunta en un aula de niños. Presumir que una guitarra alza la mano para responder, solo es confesar que el testimonio de la vida cabe en los instrumentos que la cuentan, llámense música, cine, pintura, danza, poesía.

Silvio Rodríguez Domínguez

 

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