Cesar Vallejo
España, aparta de mí este cáliz
Niños del mundo.
si cae España –digo, es decir-
si cae
del cielo abajo su antebrazo que asen.
en cabestro. dos láminas terrestres;
niños. ¡que edad la de las sienes cóncavas!
¡que temprano en el sol lo que os decía!
¡que pronto en vuestro pecho el ruido
anciano!
¡que viejo vuestro 2 en el cuaderno!
¡Niños del mundo.
esta la madre
España con su vientre a cuestas;
esta nuestra maestra con sus férulas,
esta madre y maestra,
cruz y madera,
porque os dio la altura,
vértigo y división y suma, niños;
esta con ella, padres procesales!
Si cae –digo, es un decir- si cae
España, de la tierra para abajo,
niños, ¡como vais a cesar de crecer!
¡cómo va a castigar el año al mes!
¡cómo van a quedarse en diez los
dientes!
en palote el diptóngo, la medalla en
llanto!
¡Cómo va el corderillo a continuar
atado por la pata al gran tintero!
¡Cómo vais a bajar las gradas del
alfabeto
hasta la letra en que nació la
pena!
Niños,
hijos de los guerreros
entre tanto,
bajad la voz, que España está ahora
mismo repartiendo
la energía entre el
reino animal,
las florecillas, los cometas y los
hombres,
¡Bajad la voz, que está
con su
rigor, que es grande, sin saber
qué
hacer, y está en su mano
La calavera
hablando y habla y habla,
La calavera, aquella de la trenza,
La calavera, aquella de la vida!
¡Bajad la voz os digo;
bajad la
voz, el canto de las silabas, el llanto
de la materia y el rumor menor de las
pirámides, y aún
el de las sienes que
andan con dos piedras!
¡Bajad el aliento, y si
el antebrazo
baja,
si las férulas suenan, si es la noche
si el cielo cabe en dos limbos terrestres,
si hay ruido en el sonido de las
puertas,
si tardo,
si no ves a nadie, si os
asustan
los lápices sin puntas; si la
madre
España cae –digo, es un decir-
salid, niños del mundo; id a buscarla..!
* Del libro España, aparta de mi
este cáliz, España, Ediciones del
Ejercito del Este, 1939.
Pablo Neruda
España en el corazón
Preguntareis: Y donde están las lilas?
Y la metafísica cubierta de amapolas?
Y la lluvia que a menudo golpea
sus palabras llenándolas
De agujeros y pájaros?
Yo vivía en un barrio
de Madrid, con campanas
con relojes, con arboles.
Desde allí se veía
el rostro seco de Castilla
como un océano de cuero.
Mi casa era llamada
la casa de las flores, porque por todas
partes
estallaban geranios: era
una bella casa
con perros y chiquillos.
Raúl, te acuerdas?
Te acuerdas, Rafael?
Federico, te acuerdas
debajo de la tierra,
te acuerdas de mi casa con balcones en donde
la luz de junio ahogaba flores en tu boca?
Hermano, hermano!
Todo
eran grandes voces, sal de mercaderías,
aglomeraciones de pan palpitante,
mercados de mi barrio de Arguelles con su
estatua
como un tintero pálido entre las merluzas
el aceite llega a las cucharas,
un profundo latido
de pies y manos llenaba las calles,
metros, litros, esencia
aguda de la vida,
pescados hacinados,
contextura de techos con sol frio en el cual
la flecha se fatiga,
delirante marfil fino de las patatas,
tomates repetidos hasta el mar
Y una mañana todo estaba ardiendo,
y una mañana las hogueras
salían de la tierra
devorando seres,
y desde entonces fuego,
pólvora desde entonces,
y desde entonces sangre.
Bandidos con aviones y con moros,
bandidos con sortijas y duquesas
bandidos con frailes negros bendiciendo
venían por el cielo a matar niños,
y por la calle la sangre de los niños
corría simplemente, como sangre de niños.
Chacales que el chacal rechazaría,
Piedras que el cardo seco mordería
escupiendo,
víboras que las víboras odiarían!
Frente a vosotros he visto la sangre
de España levantarse
para ahogaros en una sola ola
de orgullo y de cuchillos!
Generales
traidores:
mirad mi casa muerta,
mirad España rota:
pero de cada casa rota sale metal ardiendo
en vez de flores,
pero de cada hueco de España
sale España,
pero de cada niño muerto sale un fusil con
ojos,
pero de cada crimen nacen balas
que os hallaran un día el sitio
del corazón
Preguntareis porque su poesía
no nos habla del sueno, de las hojas,
de los grandes volcanes de su país natal?
Venid a ver la sangre por las calles,
venid a ver
la sangre por las calles,
venid a ver la sangre
por las calles!
* Del libro España en el
corazón. Himno a las glorias en guerra
(1936-1937), Santiago de Chile, Ercilla,
1937.
Octavio Paz
Oda a España
Si. Los hechos hablan.
calladamente hablan
los duros hechos de esta guerra.
Este cielo nocturno,
eléctrico, pesado,
que nos hunde los hombros
en su jadeo callado de amenaza;
el abandono de esta casa,
por la que corre el aire ciego
y habita la parálisis;
la soledad insomne;
el rumor de las voces en tinieblas;
este muerto que grita en cada esquina,
que vigila la angustia y la renueva;
este silencio desgarrado y negro
y estos duros ojos impasibles,
que esperan ya a la muerte,
son testimonio vivo. Hablan.
Los duros hechos de esta guerra,
el aire que respiran sus soldados;
la tierra que los pide
y los devuelve en flores, rocas,
en olivares, frutos, agua suelta;
la luz que los señala;
todo lo que otros días le diera vida
y lo que construyeron
con manos candorosas y viriles;
todo lo que otros días los hizo humanos,
vastos como los ríos,
como el aceite tiernos,
sobrios, terrenos, vegetales,
hoy habla y es testimonio, lengua.
España, toda España,
su dulce superficie y sus raíces,
sus raíces humana, maternales
su verde piel de labrador marino,
sus anchas manos puras,
España, toda España,
en su silencio habla.
Los hechos hablan, si.
Pero también las voces.
Estas pobres palabras desarmadas,
estas palabras frías, ensombrecidas
Se que soy joven
y que mis ojos no han visto todavía
mas que la triste piel del hombre
encadenado;
pero yo quiero, amigos, camaradas,
que mis palabras jóvenes, mis ojos y mis
manos,
la sangre que provoca tumultos en mis venas,
hablen tan vivamente
como estos hechos duros y gloriosos,
con las palabras diarias del soldado,
con el clamor oculto de los campos,
con las mismas palabras de la noche
cruzada de disparos y de aviones,
con el incendio seco de las casas,
la lentitud del humo que las deja
y el doloroso gesto de los puños.
Cerca del mar que alzaba, tibiamente,
blandas espumas, sonidos inocentes
y un rumor infantil
de agua femenina,
vi jóvenes obreros en marcha hacia la
muerte,
¡Que duro encuentro el de su joven sangre,
en los abismos ciegos
de la muerte y el odio
con la presencia horrenda de la vida
ganada a muerte, fuego y heroísmo!
Cerca del mar antiguo,
en las ciudades agiles
pobladas de naranjos,
en las llanuras de lentos olivares,
en los cálidos sitios
en donde se agrupaban la ternura,
he visto alzarse voces, hombres, vidas
en decisivos gestos combatientes,
arrasando lagrimas inútiles
y la piedad cobarde y turbia;
en sus pechos la muerte resonante
tocaba tan jubilosa, desesperadamente,
que se diría la voz del viento,
el invencible son del mar a solas
o el golpe solitario de la sangre,
mezclando su oleaje
la vida aniquilada y la victoria
Estas palabras mías son de testimonios
de la fraternidad del suelo y sus varones
no es el amor tan solo el que nos junta,
ni el que mueve mi boca, camaradas;
no es el amor el que hace arder todas las
lenguas
con una sola luz terrible;
no es el amor, ni el odio, ni la muerte
lo que nos ata a todos vastamente.
La dignidad. El hombre:
la sangre, el llanto, la alegría;
la antigua voz humana,
voz de muerte, de nacimiento y lecho,
profunda voz congregadora,
nos descubre los rostros, las entrañas,
las manos constructoras,
nos ata, nos convoca,
nos recoge y nombre camaradas
No es el amor, no, no es.
Mas tu clamor, oh, Tierra,
trabajadora espana,
universal tierra española,
conmueve mis raíces,
la tierra elemental que me sostiene,
y tu invasora voz penetra mi garganta
y tu aliento recóndito mis huesos.
No es el amor, no, no es.
Mas tu clamor conmueve nudos obscuros de mi
sangre,
en donde Adán renace,
los lazos terrenales que nos atan,
inexorablemente,
al hombre y a lo que suena y edifica.
Los hechos hablan, si.
Las casas y los hombres y los campos.
Estas palabras mías sean testimonios
de la muerte y el odio:
sean testimonios vivos de la muerte,
también del mar que junta jóvenes,
de las plazas solemnes
y apretadas de puños y banderas;
sean testimonios, cauce
de la profunda voz que nos congrega
para la luz, la vida y la victoria.
* Del libro Bajo tu clara sombra
y otros poemas sobre España, Valencia,
Ediciones Españolas, 1937.
Nicolás Guillen
La voz esperanzada
Una canción alegre flota en la lejanía.
¡Ardiendo, España, estas! Ardiendo
con largas uñas rojas encendidas;
a balas matricidas
pecho, bronce oponiendo,
y en ojo, boca, carne de traidores hundiendo
las rojas uñas largas encendidas.
Alta, de bajo viernes,
a raíces volcánicas sujeta;
lentos, azules cables con que tu voz
sostienes,
tu voz de abajo, fuerte, de pastor y poeta.
Tus ráfagas, tus truenos, tus violentas
gargantas se aglomeran en la oreja del
mundo;
con pétreo musculo violentas
el candado que cierra las cosechas del
mundo.
Sales de ti; levantas
la voz, y te levantas
sangrienta, desangrada, enloquecida,
y sobre todo la extensión enloquecida
más pura te levantas, te levantas!
Viéndote estoy las venas
vaciarse, España, y siempre volver a quedar
llenas;
tus heridos risueños,
tus muertos, sepultados en parcelas de
sueños;
tus duros batallones,
hechos cantineros, muleros y peones.
Yo.
hijo de América.
hijo de ti y de África;
esclavo ayer de mayorales blancos dueños de
látigos coléricos;
hoy esclavos de rojos yanquis azucareros y
voraces;
yo, chapoteando en la oscura sangre en que
me mojan mis Antillas;
ahogado en el humo agriverde de los
cañaverales;
sepultado en el fango de las cárceles;
cercado día y noche por insaciables
bayonetas;
perdido en la floresta ululantes de las
islas crucificadas en la cruz del trópico;
yo. Hijo de América,
corro hacia ti, muero por ti.
Yo, que amo la libertada con sencillez,
como se ama a un niño, al sol, o al árbol
plantado frente a nuestra casa;
que tengo la voz coronada de ásperas selvas
milenarias,
y el corazón trepidante de tambores,
y los ojos perdidos en el horizonte,
y los dientes blancos, fuertes y sencillos
para tronchar raíces
y morder frutos elementales;
y los labios carnosos y ardorosos
para beber el agua de los ríos que me vieron
nacer;
y húmedo el torso por el sudor salado y
fuerte
de los jadeantes cargadores de los muelles,
los picapedreros en las carreteras,
los plantadores de café y los presos que
trabajan desoladamente,
inútilmente, en los presidios solo porque
han querido dejar de ser fantasmas;
yo os grito con voz de hombre libre que os
acompañare, camaradas;
que iré marcando el paso con vosotros,
simple y alegre,
puro, tranquilo y fuerte,
con mi cabeza crespa y mi cuerpo moreno,
para cambiar unidos las cintas trepidantes
de vuestras ametralladoras,
y para arrastrarme con el aliento
suspendido,
allí, junto a vosotros,
allí, donde ahora estáis, donde estaremos,
fabricando bajo un cielo ardoroso agujereado
por la metralla,
otra vida sencilla y ancha,
limpia, sencilla y ancha,
alta, limpia, sencilla y ancha,
sonora de nuestra voz inevitable.
Con vosotros, brazos conquistadores
ayer, y hoy ímpetu para desbaratar
fronteras;
manos para agarrar estrellas
resplandecientes y remotas,
para unir en un mazo las islas del Mar del
Sur y las islas del Mar Caribe;
para mezclar en una sola pasta hirviente la
roca y el agua de todos los océanos;
para pasear en alto, dorada por el sol de
todos los amaneceres,
para pasear en alto, alimentada por el sol
de todos los meridianos;
para pasear en alto, goteando sangre del
ecuador y de los polos;
para pasear en alto como una lengua que no
calla, que nunca callará,
para pasear en alto la bárbara, severa,
roja, inmisericorde,
calculosa, tempestuosa, ruidosa,
para pasear en alto la llama niveladora y
segadora de la Revolución!
¡Con vosotros, mulero, cantinero!
¡Contigo, si, minero!
¡Con vosotros, andando,
disparado, matando!
¡Eh, mulero, minero, cantinero,
juntos aquí, cantando!
(UNA CANCION EN CORO)
Todo el camino sabemos;
están los rifles engrasados;
están los brazos preparados;
¡Marchemos!
¡Nada importa morir al cabo,
pues morir no es tan gran suceso;
muchísimo peor que eso
es estar vivo y ser esclavo!
¡Hay quien muere sobre su lecho,
doce meses agonizando,
y otros hay que mueren cantando
con diez balazos sobre el pecho!
Todos, el camino sabemos;
están los rifles engrasados;
están los brazos avisados:
¡Marchemos!
Así hemos de ir andando,
severamente andando, andando, envueltos en
el día
que nace. Nuestros recios zapatos, resonando
dirán al bosque trémulo: “!Es que el futuro
pasa!”
nos perdemos a lo lejos… Se borrara la
oscura masa
de hombres, pero en el horizonte, todavía,
como en un sueño, se nos oirá la entera voz
vibrando:
…El camino sabemos…
…Los rifles engrasados…
…Están los brazos avisados…
Y la canción alegre flotara como una nube
sobre la roja lejanía.
* Del libro España: poema en
cuatro angustias y una esperanza,
Valencia, Ediciones Españolas, 1937.
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