| Eliseo Diego: Mirar a Eliseo | ||||
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Es fácil decir cosas bellas, cosas maravillosas, cosas extraordinarias
sobre Eliseo Diego: basta ceder a la casi insoportable tentación de
citarlo, de recitarlo: vamos a comentar algún descubrimiento que hicimos
a la luz de su palabra, y notamos de pronto que el poeta lo explica
en otro sitio, inmejorablemente.
Eliseo creó, como sin querer, una pícara summa vital, hecha de fragmentos como mandalas: ese es nuestro gozoso estupor (asombro, diría él) continuo. "Como el paisaje reflejado en una gota de agua". Qué gracia recibida y aceptada, incluso con su carga de tristeza y de paciente horror, la de esta obra-hombre cuyas piezas encajan, parece que por milagro, en un rompecabezas que no acaba ni empieza. No son muchos siquiera los grandes poetas que han verificado esta difícil cópula. Paradoja feliz de la infancia es encontrar maravilla en la realidad y realidad en la maravilla. Paradoja de su vida entera. y es preciso que alguien, alguno entre nosotros, venga y diga: este año hace cincuenta que se publicó En la Calzada de Jesús del Monte, primera cuenta de su rosario poético. Que es un pretexto tan bueno como cualquier otro para recordar y celebrar la estancia entre nosotros del Maestro Eliseo Diego. Juego, misterio, números, emblemas, figuras, tiempo, patria, polvo: nombres, amados del poeta por sí mismos y por su imagen, las cosas. Amados los dos órdenes con tal amante empeño, que no alcanzó su vida a acariciarlos como hubiera querido. Y hoy lo hacemos nosotros por él -magia- a través de sus libros, su memoria. Eliseo es de esos raros seres de los que podemos decir: me ama, aunque no me conoció nunca. Justo es retribuirle un fragmento minúsculo de todo ese cariño, deuda gustosa como la que se adquiere con el Padre. Hoy estamos mirando al Eliseo privado y público , en otro pequeño rompecabezas donde los espacios vacíos también cuentan. Igual que en sus poemas. Quizás no habría compartido nuestra angustia porque en el generoso archivo de los Diego no hallamos nada que ilustrara tal época o tal sitio o tal importante amistad. Él nos enseñó que no es bueno decirlo todo, "si lo decimos todo, ¿qué queda por decir?" En el juego de espejos del lenguaje, la muerte es un sueño o un vuelo, la noche es la vejez, el viento es el espíritu. Así arden las palabras y el discurso se vuelve poema, el poema poesía, la poesía sustancia, nueva carne. Y aquí está el poeta, tal como prometió: Porque yo también volveré, volveré a mi ciudad vigilante. César Pérez / Abel Casaus |
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