| Reinerio Tamayo: El Edén se esconde en el Paraíso | ||||
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Sólo
basta una primera impresión para identificarnos con el mundo de Reinerio
Tamayo, en principio porque esas imágenes acuden a un sistema pictórico
de reconocida visualidad en la historia del arte. Esta pintura participa
de ese espíritu apropiador y deconstructor de una parte del arte cubano
actual, sólo que en el caso de este autor esas modulaciones y esos
diálogos están perfectamente integrados a una estética incorporativa
que disuelve todas las influencias, los calcos y los estilos para
fundar una perspectiva propia, en la cual ya no es visible ninguna
marca de escuela o tradición, sino la personalidad del artista. En
ese tipo de arte conviven, sin desangramiento, la pintura clásica
europea -española en particular-, las vanguardias, el pop, el comic,
el grabado japonés y hasta la rica tradición de la marquilla en el
habano, en un juego simbiótico en el cual se anulan las épocas, los
estilos y aún los semas originales para ofrecernos, efectivamente,
una fiesta de la imaginación y una interpretación muy precisa del
mundo cubano y de la vida contemporánea.
El edén se esconde en el paraíso identifica dos grupos de temas que han sido una constante en la obra de Tamayo y que ahora se amplifican en una especie de clamor. El artista ve el caos del mundo de hoy y lo asocia al éxito escandaloso de la mercancía, a esa nueva religión que puede denominarse como el monoteísmo del dinero. Es tan visible en uno de sus cuadros que aparece como una parodia de 2001: odisea del espacio, el film de Stanley Kubrick que logró en su día la más perfecta síntesis de la evolución humana en un solo plano magistral, ese plano alude a ese primate transformado en mercader, que abandona el conocimiento astral y los valores de la cultura para lanzarse a la captura del dólar. Otro tanto acontece, aunque sin esa evidencia, en El arca de Duchamp, en ese cielo posterior al desastre cuya coloración rojiza nos recuerda el paso del ciclón, y que contiene en un urinario a esas especies mutantes que van a formar un nuevo universo, salvadas en el espíritu burlesco del pintor. La destrucción es tan clara que encima, el chimpancé, ya piensa como hombre mientras se fuma un tabaco. El cuadro es una advertencia, en un fino tramado artístico, de a dónde puede conducir ese caos en el orden ecológico, social, humano. La realidad cubana actual también participa de esa condición, sólo que en un espíritu más risueño. Una de las obras que mejor la expresa es Negro sobre negro, el ciclista del bicitaxi ya convertido en una máquina, cargando el peso de un absurdo y la vaciedad de un rectángulo que ni siquiera entiende dado en una analogía con el célebre cuadro de Malevich, Negro sobre blanco. La precisión, la austeridad del dibujo suprematista contrasta con la ironía de ese cuadro al aire que puede recortarse también sobre una línea de puntos. De esa manera tan audaz, como en un comic, Tamayo enfrenta en el malecón habanero a dos fuerzas pujantes: el poder colonial y el pasado histórico, y esa multitud que pelea entre sí para obtener lo más criollo de la cocina cubana, que no es plátano maduro frito, sino la sartén por el mango. La sexualidad y la mirada de género -en este caso del género masculino-también pelean contra el desorden y la codicia en esas majas alucinantes de Adios a las armas y Desnudo con escolta, y en esa broma descomunal que es La máquina de Oriente Tamayo logra subvertir símbolos tan dramáticos y universales como la pintura de Goya y el refinado exotismo japonés. Tamayo puede jugar con estos emblemas porque es, ante todo, un extraordinario pintor y dibujante. Esta exposición vuelve a situarlo en el cenit de su calidad y demuestra que con el desenfado, la broma, el humor, también puede dramatizarse el mundo. Leticia Cordero Vega |
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