1927

Por: Alina López Hernández

11 de Abril de 2018

Por: Alina B. López Hernández

Existen años cruciales cuyo estudio permite comprender mejor el desarrollo de acontecimientos posteriores. Son etapas de rupturas y continuidades, decadencia y génesis, traiciones y fidelidades, olvidos y descubrimientos.

Un año emerge con esas características al concluir los primeros veinticinco tras el nacimiento de la república: 1927. El agotamiento de un modelo de país que era lo menos parecido a un país modelo, hizo impostergable una cadena de transformaciones que se evidenciaron en las estructuras políticas, las ideologías, la cultura y el arte.

En 1927 el monopolio político del mambisado entra en una crisis definitiva. Gerardo Machado se encargó de sepultarlo con el anuncio de la prórroga de los poderes ejecutivo y legislativo, que daba la espalda a la Constitución de 1901. Se iniciaba así una etapa de inestabilidad política que derivaría en una abierta confrontación desde 1929 y en un proceso revolucionario que, aun sin lograr sus objetivos más ambiciosos –sustraer a Cuba de la subalternidad en que la mantenía su relación con EE.UU.–, abriría un período del que brotarían una nueva constitución, nuevos actores políticos y organizaciones, una sociedad civil más comprometida con el país, y transformaciones en el perfil cultural y simbólico de la nación.

Considero asimismo a 1927 como una etapa de cambios en el contexto intelectual que permite el desarrollo de ideas antimperialistas. Ello se manifiesta en los siguientes elementos:

  • Difusión de estudios que demostraban la penetración económica de Estados Unidos en Cuba y Latinoamérica

En este sentido debe destacarse la labor de la Institución Hispano-Cubana de Cultura, fundada en 1926 por Fernando Ortiz con los objetivos de incrementar las relaciones culturales entre Cuba y España, sostener cátedras y difundir la cultura y el pensamiento contemporáneos. Dicha institución propició en 1927 la organización de un ciclo de conferencias impartidas por especialistas cubanos y españoles, entre los que se contaron Ramiro Guerra,1 y los intelectuales hispanos Luis Araquistaín y Fernando de los Ríos.2 Estas actividades contribuyeron a generar, aunque con limitaciones, una postura crítica con elementos suficientes para ir transitando hacia un antimperialismo que puso su énfasis en el elemento económico como esencial para analizar el fenómeno de la dependencia. El interés por estos aspectos se demuestra con la lectura de las directrices y artículos sobre el tema en las revistas Social y de Avance.3

  • Manifiesto antimperialista del grupo Minorista

En mayo de 1927, motivados por la polémica suscitada alrededor del libro Biología de la democracia, de Alberto Lamar Schweyer,4 los minoristas firman un Manifiesto en el que se autocalificaban como un grupo intelectual antimperialista y reclamaban la independencia económica de Cuba frente a Estados Unidos, la revisión de los valores falsos y gastados; un arte vernáculo, y en general nuevo en sus diversas manifestaciones; y la introducción de las últimas doctrinas, teóricas y prácticas, artísticas y científicas.5

  • Recepción del pensamiento político antimperialista de José Martí

Hay un evidente cambio de actitud en la recepción de Martí por la joven intelectualidad cubana. El viraje del pensamiento martiano hacia posiciones más radicales que le permiten superar su liberalismo inicial, estuvo marcado, en lo fundamental, por el énfasis que pone en la forma de propiedad de la tierra como razón del desequilibrio social. Esto se relaciona con los estudios que sobre el crecimiento acelerado de los latifundios en manos de compañías norteamericanas se dan a conocer en esta etapa. De esta forma, se comienza a rescatar el ideario antimperialista del apóstol que no había sido profundizado hasta el momento.

Todos estos elementos se articulan para propiciar una visión muy crítica de los intelectuales sobre el tema. Ello fue potenciado también por la política agresiva de Estados Unidos en Nicaragua, Haití y Santo Domingo y, como contraste, por la política nacionalista del gobierno mejicano en esa etapa.

El ámbito de la cultura también sufre variaciones sustantivas. En la gestación de la república, lo cubano se ligaba indisolublemente al mundo hispánico. Los aportes africanos eran percibidos como incómodas consecuencias del sistema esclavista que habría que tolerar hasta que la educación lograra depurarlas. El universo simbólico del negro, sus creencias religiosas, manifestaciones danzarias y musicales, eran consideradas bárbaras, primitivas.

En 1927 surge Revista de Avance, portadora de los presupuestos estéticos vanguardistas que defendieron las ideas de una cultura popular y vernácula. Una revisión de la misma permite comprobar la existencia de numerosos trabajos de crítica dedicados a la autenticidad del arte y la raíz popular en la cultura. Tal actitud contribuyó a que se fundamentara en Cuba una teoría etnológica que rompería con los referentes teóricos de las escuelas europeas a partir de reconocer el aporte africano, su presencia y vitalidad en la cultura cubana, en lo que sin lugar a dudas fue esencial Fernando Ortiz.

De manera general, en las artes plásticas la ruptura se manifestó tanto en las técnicas utilizadas, que se alejaron del academicismo, como en los temas, que reflejan motivos muy cubanos y mestizos, de los que estuvo llena la obra de Víctor Manuel, el cual se inspiró en escenas campesinas, a veces vinculadas con temas mitológicos. “El rapto de las mulatas” o “Gitana tropical”, son obras de aquella etapa.

La Exposición de Arte Nuevo de 1927, integrada por 130 obras, fue organizada por Revista de Avance del 7 al 31 de mayo. Era una especie de desafío al salón oficial de pintura académica generada en San Alejandro. Una breve nota aparecida en  el no. 8 de la revista da fe de la clausura de esta exposición, y evalúa su saldo y trascendencia: “Ha quedado en el ambiente una gran resonancia. Murmullos —pocos— de aprobación, voces agrias de anatema, rezongos sordos de indignación burguesa… Pero entre esta pluralidad sonora, se percibe distintamente la tónica buscada: inquietud”.

Inquietud y cambios, algunos todavía no tan perceptibles en 1927, pero que en él tuvieron su origen. Año crucial cuyo estudio permite comprender mejor el desarrollo de acontecimientos posteriores.

1 “Azúcar y Población en las Antillas”, conferencia impartida por Ramiro Guerra y publicada después, demostró estadísticamente el nivel que había alcanzado la penetración norteamericana en suelo cubano. Sobre ella comentaba Revista de Avance: “el Doctor Guerra, con los datos precisos, nos dijo que once compañías extranjeras poseían la mitad de la tierra laborable de Cuba”, (“Directrices”, Revista de Avance, año I, t II, no. 16, 30 de noviembre de 1927, p. 87).

2 Visitan Cuba en 1927 y se relacionan estrechamente con el Grupo Minorista, según Social eran “hombres de izquierdas y liberales”. (Social, febrero de 1927, p. 14.) // Fernando de los Ríos había publicado Aspectos humanistas del socialismo”. Luis Araquistain, que había escrito El peligro yanqui y Polémica de la guerra, fue muy conocido en Cuba por su libro La agonía antillana. El imperialismo yanqui en el mar Caribe, de 1928 // A pesar de su errada apreciación del fenómeno imperialista y las connotaciones claramente racistas de sus ideas, ellas tuvieron gran influencia en esta etapa. (Ver: L. Araquistain: “La Cuba de hoy y de mañana”, en Social, mayo de 1928, pp. 40- 68 y 69).

3 Ver: Revista de Avance, “Directrices”, año I, t I, no. 16, 30 de noviembre de 1927, pp. 87-88 [Comentario sobre el libro de Luis Araquistain]// Manuel Ugarte: “Manifiesto a la Juventud Latinoamericana”, en: Social, mayo de 1927, pp. 19-78-81//Luis Araquistain: “Una escuela para inmigrantes ricos”, en: Revista de Avance, año I, no. 1, 15 de marzo de 1927, pp. 4-5//.

4 Alina López: “Moviendo la izquierda desde la derecha. El pensamiento conservador de Alberto Lamar Schweyer”, en Segundas lecturas: intelectualidad, política y cultura en la república burguesa (ensayos), Ediciones Matanzas, 2013 y 2015.

5 Ana Cairo Ballester: El Grupo minorista y su tiempo, La Habana, Editorial de Ciencias Sociales, 1979, p. 118.

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