ADA Y RAÚL

Por: Matilde Salas Servando

16 de Marzo de 2018

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Por: Matilde Salas Servando

La vida de Ada Kourí Barreto está muy ligada a la de Raúl Roa García desde que a inicios de la tercera década del siglo XX se unieron por los lazos del amor, cuando ella aún cursaba estudios de bachillerato y él era un destacado miembro de la Generación del 30, junto a Pablo de la Torriente Brau y Rafael Trejo, entre otros.

Nacida en el seno de una familia de profesionales, era la primogénita de los siete hijos del reconocido médico santiaguero de origen libanés Juan B. Kourí, quien se instaló con su familia en la capital cubana, en busca de nuevos horizontes.

Entonces regía los destinos de Cuba el tirano Gerardo Machado (1925-1933) y los vandálicos hechos ocurridos fueron el caldo de cultivo para que los alumnos universitarios efectuaran manifestaciones de protesta contra el régimen e iniciaran los preparativos para el Segundo Congreso Nacional de Estudiantes, que sería la continuación histórica del realizado en 1923, bajo la dirección de Julio Antonio Mella.

Sobre el tema dio detalles el doctor Raúl Roa, cuando recordó que “en octubre de 1933, un grupo de muchachas y muchachos de los distintos centros docentes y de todas las ideologías, los que, después de un cambio de impresiones caldeado de cordialidad y entusiasmo, se integraron en el Comité Gestor del Segundo Congreso Nacional de Estudiantes”, compuesto por 31 miembros, y ahí estaba la nota femenina, dada por Ada Kourí junto a Carmen Castro Porta, Delia Echeverría Acosta, Calixta Guiteras y Silvia Shelton.

Si se analiza la época en que ocurrieron esos hechos, se aprecia la amplia representación femenina en el Comité Gestor, a lo que también Roa se refirió cuando dijo: “La mujer ya va percatándose de que el papel de jarrón en la vida es tan inútil como imbécil. Este grupo de compañeras, sin olvidar sus atributos peculiares, sin perder su sello propio, conservando toda su feminidad, viene a esta faena a aportar su capacidad, su entusiasmo, su inquietud espiritual y no a exhibirse como muñecas de cera. Para estas compañeras pasó ya la época en que ser bonita era para la mujer todo en el mundo () A la estéril contemplación ha sucedido la militancia apasionada y creadora”.

El cónclave estudiantil no llegó a celebrarse, pero en la conciencia de los jóvenes que participaron en su organización quedó sembrada la semilla que iba a florecer vigorosa en su vida futura.

El estado de cosas que predominaba en el país hizo que Raúl tuviera que irse al exilio después de guardar prisión, pero otra vez el amor triunfó y después de casarse con Ada por poder, en mayo de 1935, ambos se reunieron en Nueva York.

¡ELLA PARIRÁ EN CUBA, CARAJO!

Así respondió Raúl Roa a las palabras de su amigo Pablo de la Torriente, cuando este, refiriéndose al inminente término del embarazo de Ada le decía que la prole que esperaba debía nacer en Cuba. La respuesta del padre no se hizo esperar y con su lenguaje enfático solo respondió:

¡Ella parirá en Cuba, carajo!

En una carta fechada el 10 de julio 1936, que Roa dirigió al viejo Pablo, decía eufórico:

Salgo de mi prolongado silencio, y te grito en pleno rostro: ¡ya parió la gorda Ada! ¡Ya cantaron los pajaritos y florecieron los rosales! ¡Ya soy padre! ¡El más frenético, jubiloso y desconcertado de todos los padres! () Nació de noche, entre sombras, pero irradiando luz. ¿No se incubó en el vientre de la gorda Ada, que es todo luz?

Un mes después, el 9 de agosto, hizo otra carta al querido amigo en la que de nuevo se refiere al hijo, que aún no conocía y dice: “Tengo algo en Cuba palpitación oscura y levísimaque me impele violentamente al retorno. Siento la inquietud devoradora del hombre que ignora la prolongación amorosa de sí mismo”.

Años después, Ada sería una reconocida profesional, graduada de doctora en Medicina en 1942, cuando fue primer expediente de su promoción, por lo que se ganó la posibilidad de hacer el período del internado en el Hospital General Calixto García, de la capital, donde se especializó en Clínica. Continuó estudios superiores que le permitieron especializarse en diabetología y cardiología, pero mantenía viva la chispa revolucionaria, encendida en la década de los años 30, cuando integraba el Comité Gestor del Congreso Estudiantil.

Ada salió junto a su esposo e hijo hacia el exilio en México. Acerca de esa etapa brindó un testimonio en el que expresó: “… estábamos en México, en esa época ‘la región más transparente del aire’, con sus volcanes de nevadas cúspides, visibles desde cualquier parte de la ciudad, y tan impresionantes siempre. Adquirí magnífica preparación en el Instituto de Cardiología de México, dado el programa de estudio y trabajo, la calidad de los profesores, de los jefes de servicios y de los laboratorios donde realizábamos las prácticas. Entré como ‘ayudante voluntaria’”

Más adelante señaló: “Además del personal mexicano, el Instituto tenía becados provenientes de países latinoamericanos: brasileños, venezolanos, colombianos, chilenos, argentinos, peruanos; dos cubanos, un dominicano y un haitiano () Un día, coincidí en el ascensor con un joven argentino. Ambos íbamos al tercer piso, donde trabajábamos. Él, en el Departamento de Inmunología y Alergia; yo, en el de Hemodinámica. Me preguntó si era la esposa de Raúl Roa, a quien conocía por sus escritos, o tal vez por amigos comunes. Averigüé que había llegado de Guatemala hacía poco, tras el derrocamiento de Arbenz por la CIA. Le vi en otra ocasión y conocí a su esposa y a su hijita recién nacida. De regreso a Cuba volví a saber de él. Era ya entonces nuestro inolvidable Che.

Ada y Raúl regresaron a Cuba en mayo de 1955, cuando se decretó la amnistía para los asaltantes a los cuarteles Moncada y Carlos Manuel de Céspedes, que guardaban prisión desde entonces.

En 1957 se acrecentó la represión policial en La Habana, tras el asalto al Palacio Presidencial y la toma de la emisora Radio Reloj. Juan Nuiry Sánchez, uno de los jóvenes participantes en ese heroico hecho junto a José Antonio Echeverría, trajo al presente sus recuerdos al destacar: “De Ada puedo decir muchas cosas que la retratan de cuerpo entero, entre ellas, su firme posición revolucionaria, luego de las acciones del 13 de marzo”.

Luego añadióA pesar de la dura situación imperante en la capital cubana, días después ella salió sola en su auto y me recogió en la casa donde estaba clandestino, para trasladarme hasta la sede de la embajada de México, en la que me habían gestionado el asilo político en ese país. Por el arrojo, valentía y decisión demostrada por Ada en esos momentos, este hecho siempre ha estado presente en mi memoria”.

El ejemplo de científico consagrado del doctor Juan B Kourí Esmeja influyó en la vocación que Ada sentía por las ciencias, como ella contó al cabo de varias décadas de ejercicio de la Medicina: “Desde pequeña, quería ser médica. Sin duda, mi padre tuvo mucho que ver, pues siempre nos hablaba de sus pacientes, de los casos graves, de las operaciones laboriosas y de la misión del médico en la sociedad. Él amaba su profesión y la ejercía como un sacerdocio. Le habría encantado que todos los hijos fueran médicos”.

La Habana siempre amada, donde ella nació el 28 de mayo de 1917, fue su añoranza permanente en cualquier parte del mundo y así lo demostró cuando recordaba años después: “Una costumbre que, durante muchos años, mantuvimos Raúl y yo fue caminar a lo largo del Malecón, bordeando el muro, en la semioscuridad de la noche, la luna rielando en el mar, (y) la gente disfrutando del fresco, sentada en el muro”.

Durante mucho tiempo la familia de Ada, integrada por el matrimonio Kourí-Barreto y su descendencia, vivió en la calle Perseverancia número 10, en el municipio capitalino de Centro Habana, un sitio que ella describió como una “callecita de unas cuantas cuadras, entre Neptuno y Malecón… que en aquellos tiempos era limpia, cuidada y habitada generalmente por profesionales universitarios, maestros, periodistas, empleados”.

 

 

 

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