CENTRO CULTURAL PABLO DE LA TORRIENTE BRAU

ADELAIDA DE JUAN Y EL TESTIMONIO DE UNA IMPECABLE TRAYECTORIA REFLEXIVA Y CRÍTICA

Por: Centro Pablo

7 de Febrero de 2017

Un día de su ya lejana infancia, la autora de estas páginas se sorprendió tarareando una canción que había aprendido, sin darse cuenta, de tanto oírla. Fue así como descubrió el misterio de la Memoria, esa forma de apropiación simbólica cuyas frágiles o sólidas conquistas pueden desvanecerse de un día para otro o, por el contrario, durar toda la vida. Es esa extraña propiedad, justamente, la que ahora nos permite asomarnos a esta notable trayectoria intelectual y crítica.

El categórico adverbio con que Adelaida de Juan abre y cierra el volumen —ese desafiante aquí que parece clavado en el título como el asta de una bandera— es, en realidad, un signo equívoco que puede prestarse a error. Cierto que remite en primera instancia a un espacio muy concreto —los trescientos metros del perímetro urbano habanero donde la autora nació y ha vivido siempre— y en segunda instancia al país —un país donde no se vive o se piensa como en tantos otros países—, pero en ambos casos se trata, sobre todo, de núcleos de cultura, espacios en expansión que se dilatan y tienden a abarcar progresivamente el mundo. De ahí que ser de aquí pueda entenderse también como estar aquí; es decir, estar con los pies en la tierra, viviendo críticamente la cultura como experiencia inseparable de la historia y de una renovada visión del futuro, que es precisamente lo que vemos cobrar vida en este libro.

Los años de infancia y adolescencia transcurren para la autora entre campanillazos de tranvías y pregones de vendedores de mangos y de helados Guarina, los sonidos que poblaban cierta zona de El Vedado en épocas en que todavía las pesadillas de la Naturaleza y de la Historia no habían desatado sobre la ciudad el ciclón del 44 ni la matanza de Orfila. La jovencita aprende piano, estudia en el colegio Baldor, se hace maestra de primaria, llega a serlo de secundaria y, como el inglés es su idioma materno, al terminar el bachillerato puede pasar un cursillo en la Universidad de Columbia, en Nueva York, donde descubre su afición a los diccionarios y, en un teatro cercano, a un joven actor desconocido que desde el fondo del escenario no cesa de gritar: “¡Stella! ¡Stella!” (Era Marlon Brando, que debutaba en Un tranvía llamado Deseo).

Pero es el ingreso de la joven a la Universidad, a su regreso a La Habana, lo que marca el inicio de su proceso de maduración intelectual y sentimental. Un día, al escuchar una charla sobre historia del arte, se dice a sí misma que aquello era lo suyo, y otro día se fija, con mal disimulado interés, en un distraído condiscípulo, uno de los pocos varones que había en el aula: “Era alto y flaco, escribía poemas y ensayos y se llamaba Roberto Fernández Retamar”. No se equivocaba. En ambos casos había sabido escoger los que serían, respectivamente, la carrera y el compañero del resto de su vida.

[…]

Viajar acompañada de su esposo, como lo hizo ella en más de una ocasión, ampliaba el alcance de sus contactos, que ya no se limitaban a las artes plásticas —pintores, diseñadores, curadores y críticos—, sino que se ampliaban hacia otras zonas de la actividad intelectual. Así conoció personalmente, y tuvo la oportunidad de cambiar impresiones con ellos, a teóricos de la literatura como Víctor Schlovski, en Moscú, y Edward Said y Gayatri Spivak, en Nueva York. Para el contacto con artistas del gremio, con lectores y colegas, no necesitaba intermediarios, naturalmente, lo que podemos comprobar en estas páginas por las que desfila todo lo que vale y brilla en ese ámbito.

Fue así mientras la autora se mantuvo activa en su profesión y representó en seminarios, exposiciones y congresos, dentro y fuera del país, las corrientes más avanzadas de la crítica en el mundo de las artes plásticas cubanas y latinoamericanas. De hecho, hay un momento en que la memoria personal se vuelve también memoria institucional y comenzamos a asistir, guiados por Adelaida, al proceso de desarrollo de varios espacios culturales fundados por la Revolución: la UNEAC, la Casa de las Américas, las Escuelas Nacionales de Arte… Hay también un momento o, más exactamente, el lapso de un tropezón sombrío —el del quinquenio gris—, en que el Departamento de Historia del Arte de la Universidad de La Habana deja de ser el espacio dinámico y acogedor que había sido hasta entonces y la autora llega incluso a perder asignaturas que ella misma había introducido en el currículo. Un día, al regresar de un viaje a Quito —donde había asistido a una reunión de la UNESCO dedicada al arte latinoamericano—, se vio sorpresivamente acusada de negligencia, nada menos que por el mismísimo presidente del Consejo Nacional de Cultura…, acusación cuya falsedad quedó muy pronto demostrada. Otros momentos dramáticos —como los apagones eléctricos y el éxodo que caracterizaron los inicios de la década del noventa, el llamado Período Especial— fueron matizados por acontecimientos familiares de muy distinto carácter y significación: la aparición de Dolly y otros cuentos africanos, por ejemplo, el pequeño libro donde Laidi —una de las dos niñas de la casa, convertida ya en una mujer hecha y derecha—, daba fe de sus experiencias como médica en Zambia.

[…]

No resisto la tentación de mencionar una disparatada anécdota en que las variantes de la memoria que dominan estas páginas —sentimental, intelectual, estética…— pasan a mostrarse como instrumental, como memoria práctica. Es mediodía, en un restaurancito de Bratislava a donde Adelaida y Flavio Garciandía han ido a parar, muertos de hambre. Pero resulta que el solícito camarero no conoce ninguno de los idiomas que habla Adelaida, y ella, desesperada y a punto de desmayarse, recuerda una escena de El gran dictador en la que Chaplin farfulla, en algo que suena obviamente a alemán, una frase que ella recuerda y decide soltársela al camarero, por si acaso… ¡Bendito Charlot! ¡Bendita memoria! El almuerzo fue opíparo. La frase aludía a un bistec empanizado.

Queda el lector invitado a participar de esta singular aventura. La autora empezó cartografiando un espacio minúsculo y, casi sin darse cuenta, a medida que ese espacio iba dilatándose, se involucraba de modo cada vez más resuelto en este ejercicio de rescate y reflexión que acabó convirtiéndose, a su vez, en el testimonio de una impecable trayectoria reflexiva y crítica. Se trata de un documento que, por su rigor y su alcance, puede considerarse parte de la historia cultural de nuestra época.

(Tomado del prólogo del libro)

 

Ambrosio Fornet

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