ALIRIO, MANTILLA Y LA POSTERIDAD

Por: ambrosio fornet

16 de Julio de 2018

Por : Ambrosio Fornet

Lo bueno que tienen ciertas preguntas es que lo incitan a uno a hacerse otras. Un día me llaman de la Casa de las Américas y me dicen que Alirio Díaz quería hablar conmigo. ¿Don Alirio Díaz, el famoso guitarrista venezolano? ¿Conmigo? Por supuesto que corrí a ver lo que deseaba –o más bien debiera decir, en qué podía servirlo—, aunque no dejaba de pensar que se trataba de un error, porque ¿en qué podían coincidir los intereses del gran músico con los míos? Y resultó ser que sí, que coincidían en un punto muy sensible relacionado con libros entrañables, aquéllos en los que él había aprendido a leer. Pero, claro, él no había dicho que quería hablar conmigo, sino con alguien familiarizado con el tema de los autores cubanos del siglo diecinueve, y le dijeron que yo era la persona indicada para despejar sus dudas.

Resulta que en uno de sus viajes por Europa había encontrado en una tienda de antigüedades o en una librería de viejo de Viena o de Venecia, no recuerdo bien, ejemplares de algunos libros del pedagogo cubano Luis Felipe Mantilla. Habían sido publicados en los años sesenta del siglo diecinueve, en los Estados Unidos, en ediciones destinadas a los niños de habla española. Eran lecturas de las que Don Alirio guardaba gratísimos recuerdos porque lo acompañaron a lo largo de su niñez. Y ahora quería saber qué influencia había tenido el autor en la docencia cubana y qué alcance habían tenido sus libros en nuestras escuelas. No tuve más remedio que bajar la cabeza, apenado: ¿influencia? Ninguna. ¿Alcance? Limitadísimo.

Fallecido en Nueva York, en 1878, Mantilla se había radicado allí dieciséis años antes y sólo había influido en nuestra docencia a través de aquellos colegios privados que utilizaban esporádicamente sus libros de lectura y sus textos de enseñanza bilingüe. Y ante esta escueta realidad y el desconcierto de don Alirio, se me ocurrió pensar qué sería de nuestra memoria histórica si un fuego apocalíptico sólo hubiera dejado, como testimonios de nuestra existencia sobre la Tierra, trozos chamuscados de aquellas páginas del Diccionario de Calcagno, por ejemplo, en las que se menciona a Mantilla y a Martí. El Diccionario apareció el mismo año de la muerte de Mantilla y en la misma imprenta neoyorquina donde se publicaría póstumamente, en 1879, su Gramática infantil para los niños de América. Se hace allí de él una sentida evocación; Mantilla fue, se afirma, “un escritor distinguido” y su vida –según el obituario aparecido en la Revista de Cuba– “un continuo apostolado”. Se trataba, en suma, de un “obrero infatigable” que “consagró todas sus fuerzas y toda su inteligencia al bien de sus semejantes por medio de la enseñanza oral y de sus obras didácticas.” A Martí, en cambio, se le dedica un juicio esquivo basado en su trayectoria docente y periodística, y en el hecho de que sea un buen escritor aunque suela practicar un “estilo ampuloso que a menudo lo hace incomprensible”.

Claro que esta historia –la del lugar que ocupan ciertos personajes en la memoria de sus conciudadanos—no podía darse por terminada cuando apareció el Diccionario de Calcagno; pero me he quedado pensando que a lo mejor debí de habérsela contado a Don Alirio, como una curiosidad.

COMENTARIOS

Nuevas propuestas