CENTRO CULTURAL PABLO DE LA TORRIENTE BRAU

Barcos de papel surcan los mares de la historia

Por: Isamary Aldama

1 de de 1970

Por Leonardo Depestre

Uno de los mayores retos para quien escribe es imponerse sobre el tiempo, perdurar. Es tan difícil de lograr que muchos grandes escritores lo han conseguido… solo póstumamente. Y con los grandes periodistas sucede lo mismo, pero con una desventaja adicional: en tanto los libros de esos autores ilustres se editan y reeditan y venden, la suerte de los trabajos recogidos en periódicos y revistas no es la misma. ¡Cuántas colecciones de publicaciones periodistas no se han perdido! ¡Cuántos, en casa, no tenemos una excelente biblioteca, pero no conservamos los periódicos y revistas! Entonces, para que un periodista siga vivo en la memoria, es necesaria, mucho más que la loa y la adjetivación acerca de su calidad e inmanencia, la presencia de sus textos, recopilados, de manera que puedan ser leídos y analizados por quienes ahora los “descubren”. Para los cubanos actuales, Carlos Lechuga (1918-2009) queda en la memoria como un insigne representante del servicio diplomático, pero tal vez pocos conocen (salvo los que suelen hurgar en hemerotecas) que se trató también de un gran periodista, de los que se adentran en los problemas, arriesgan con sus criterios, conspiran por convicción y en ocasiones hasta ponen en juego sus vidas.
Barcos de papel, recién salido de la imprenta, colección de artículos de Carlos Lechuga publicados entre 1941 y 2002, es el resultado de un empeño mancomunado. En primer lugar de su hija Lillian y ahí, pegadito, de Ediciones La Memoria del Centro Cultural Pablo de la Torriente Brau, que lo pone en manos de los lectores.
Antes de entrar en materia, a saber, la lectura de los artículos seleccionados de Carlos Lechuga, el lector deberá detenerse en el prólogo de Raúl Roa Kourí (por cierto, ameno y elegante) y en las palabras de la hija del autor, que lo hace mediante una reveladora entrevista. Solo después de adentrarnos en el quehacer intelectual y ciudadano de Carlos Lechuga, de enterarnos de cómo fueron sus inicios en el periodismo, de su presencia sostenida en el periódico El Mundo y en el semanario Bohemia, de su oposición desde el mismo golpe de Estado de 1952 al régimen de Fulgencio Batista, de su participación en la organi-zación de la huelga de abril de 1958 y, a partir de 1959, de su incorporación al servicio diplomático en cargos que le permitieron ser portavoz de los nuevos rumbos de la política revolucionaria, en particular por su condición de representante del Gobierno cubano —por ejemplo, fue el último embajador de Cuba ante la Organización de Estados Americanos (OEA) y representante ante la Organización de Naciones Unidas (ONU) durante la Crisis de Octubre—, estaremos en condiciones de apreciar debidamente la labor de quien fue mucho más que un testigo de hechos poco conocidos de las relaciones entre Cuba y Estados Unidos.
Sin embargo, a pesar de sus numerosas ocupaciones, Carlos Lechuga jamás dejó de ejercer el periodismo, una profesión de la cual afirmó que “como espejo de la realidad no tiene sustituto […]. Guarda relación con la historia, porque es parte de ella, aunque no es la historia misma porque le falta perspectiva. Creo que el periodismo para cumplir su función a cabalidad tiene que seguir la marcha de la historia. De no ser así, sirve solamente los intereses de sectores estrechos, contrarios a los intereses de las mayorías”.
La selección de los textos de Carlos Lechuga reunidos en Barcos de papel revela la vastedad y hondura de sus intereses ciudadanos, va desde lo aparentemente pueril (como el peso adulterado del pan) hasta las armas atómicas, sin excluir sucesos que han pasado a ser parte del anecdotario de todos los tiempos, como el “misterioso” robo del brillante del Capitolio. Al igual que Terencio, pero contextualizado, pudo afirmar: Nada cubano me es ajeno.
En la edición del 3 de enero de 1953 —recuérdese que 1952 fue el año del marzato de Batista— el periodista Carlos Lechuga publicaba en el diario El Mundo este comentario premonitorio:

La postración en que ha caído nuestra política —y la política en el sentido amplio, en la dirección fecunda, en los modos de resolver a fondo los problemas cubanos— engendrará, sin duda, una saludable reacción contra los hombres y las organizaciones que son responsables de ella, por un motivo o por otro.

Un pueblo como el nuestro, que durante siglos de penuria y frente a los mayores obstáculos, ha levantado una nación próspera, alegre, rica y trabajadora, no quedará estático contemplando su propio suicidio.

Por esa razón decimos que, a pesar de los presagios dolorosos que nos muestran las circunstancias, el cubano no ha perdido las esperanzas de seguir su ascendente curso histórico.

Barcos de papel se puede leer de principio a fin (esto sería preferible para seguir el curso de una época), pero tiene también el mérito de que se puede abrir el libro y comenzar a leer cualquiera de sus artículos, por supuesto para después seguir.
Aunque el periodista y diplomático revolucionario publicó otros libros en vida (Itinerario de una farsa, 1991, que fue Premio de la Crítica, y En el ojo de la tormenta, 1995), sus Barcos de papel, entre mares de tinta de imprenta, dan la medida del gran capitán que de niño un día quiso ser, y que consiguió ser… en el complicado océano de las relaciones entre las naciones.
 

 

Prensa

COMENTARIOS