BRENES MESÉN, MARTÍ Y LA MODERNIDAD

Por: Ambrosio Fornet

22 de Julio de 2019

Por Ambrosio Fornet

Me temo que puedan contarse con los dedos de una mano los críticos de mi generación que hayan leído Las categorías literarias, de Roberto Brenes Mesén –vástago ideológico de Benedetto Croce–, pero no olvido el momento en que me di el lujo de afirmar que yo era uno de ellos…, gracias al hallazgo casual que me llevó, en una librería de la Habana Vieja, a dar con el volumen publicado por el Ministerio de Cultura  de Costa Rica, en 1974,  para conmemorar el centenario del nacimiento del autor. Y ahora allí estaba yo, justamente, invitado a dar una charla sobre el Modernismo y su público en el ciclo de conferencias organizado por la Cátedra Martiana de la Universidad de San José.

Publicado en 1923, Las categorías literarias fue el primer estudio sobre el tema  escrito en Hispanoamérica. Debemos su divulgación a la lúcida impaciencia de Joaquín García Monge –ese ángel tutelar del esforzado gremio de los editores y revisteros latinoamericanos–, pues el manuscrito quedó inconcluso a la muerte del autor. Para mí, su lectura resultó ser una experiencia memorable como ejemplo de amena erudición y  lucidez crítica. Me parecía magnífico que un texto tan riguroso no desdeñara el uso de la ironía y el humor, que ideas tan profundas pudieran expresarse con tanta frescura y desenfado. Uno no puede menos que sonreír, en efecto, cuando  el autor se queja de que la Poética de Aristóteles sea tan aristotélica, o cuando llama “vándalo” al crítico que “mutila” la obra para analizar sus componentes fuera de contexto. Pero lo que más impresiona es el rigor y la coherencia con que defiende, tanto la singularidad de la obra de arte como la amplitud y flexibilidad del ejercicio crítico orientado hacia ella. Aludiendo a la épica, por ejemplo, subraya que los géneros no se definen en función de modelos preexistentes; el Poema del Cid es el Poema del Cid –afirma, con admirable redundancia–, y no un remedo de la Ilíada o la Eneida que permita clasificarlo cómodamente como epopeya. Forma y contenido constituyen una unidad indivisible. “No existe un fondo  diferente de una forma”, dice; “todo cambia cuando la forma cambia”. Y es tan raigal su anti-escolasticismo que, en un texto que ostenta semejante título, se atreve a hacer la  rotunda afirmación de que, en el espacio de los géneros, un concepto como el estudiado carece de sentido. ”La estética no conoce categorías”, dice.

Todo eso está muy bien, dirá el lector, pero ¿qué tiene que ver con el tema de la charla? Tiene que ver porque ese tema, tratado en el espacio de una cátedra martiana, remite directamente al mundo emergente que Martí describió en 1882 para prologar el Poema del Niágara, de  Juan Antonio Pérez Bonalde. En ese prólogo –que hoy se estudia como una declaración programática, el primer manifiesto del Modernismo—Martí empezaba diciendo que ya nadie tenía “su fe segura” porque en tiempos de cambios incesantes no había obra que pudiera considerarse inmutable, ni se podían acometer proyectos como “aquellas dilatadas obras en verso, aquellas celosas imitaciones de gentes latinas” que solían ejecutarse pausadamente en el refugio de los castillos y los monasterios. Aquella “beatífica calma que ponía en el espíritu la certidumbre de que el buen indio amasaba  el pan, y el buen rey daba la ley, y la madre Iglesia abrigo y sepultura”, ya eran cosas del pasado. En otras palabras, se había iniciado el proceso de expansión del capitalismo y, con él, el predominio de los valores del mercado, fenómeno ya caracterizado en el Manifiesto comunista (l848), por dos de sus rasgos dominantes, estrechamente vinculados entre sí: la inseguridad y el cambio incesante. Se rompían de pronto “todas las relaciones sociales estancadas y enmohecidas, con su cortejo de creencias y de ideas admitidas y veneradas durante siglos”, mientras que las nuevas relaciones caducaban aun antes de madurar. En resumen: “Todo lo estamental y estancado se esfuma; todo lo sagrado es profanado”…, o mejor aún –según la conocida  traducción inglesa– “todo lo sólido se desvanece en el aire”.

Hoy esta radiografía intelectual del desconcierto nos suena extrañamente familiar. Siguiendo a Lyotard y Habermas solemos  hablar, como si se tratara de fenómenos recientes, de una modernidad frustrada y de la  crisis de paradigmas, pero una lectura atenta de los textos citados nos hace ver que todo comenzó mucho antes. ¿No había anunciado Zaratustra la muerte de Dios? ¿No había hablado Nietzsche de la mutación de todos los valores? Sea como fuere, lo cierto es que fue una situación semejante la que llevó a Martí a enfrentar con perspectiva crítica la experiencia de la Modernidad y a nosotros a posiciones semejantes, convencidos de que sólo así seríamos capaces de llevar a cabo nuestras aspiraciones humanistas y de renovar y reafirmar nuestra propia identidad.

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