CENTRO CULTURAL PABLO DE LA TORRIENTE BRAU

BREVES ACORDES DE COLOR Y LÍNEA PARA UNA CULTURA: ¡A GUITARRA LIMPIA!

Por: Centro Pablo

21 de Octubre de 2021

Por Nairda Campadela

Si de un instrumento el cubano ha sabido hacer brotar lágrimas, mariposas y flores es sin lugar a dudas de la guitarra. A pesar de la lejanía del lugar de origen, aquí cuajó como muy pocos y se creció en posibilidades de ritmos, fomentando una música que llegaría a todo rincón del mundo: sones y trovas, desde la tradicional hasta la novísima; una devolución cultural en esa profunda y objetiva retórica ortiziana de “toma y daca”. La guitarra no ha dejado de ser un instrumento predilecto, que no pierde la magia en esos jóvenes conquistadores con manos ágiles y el deseo de amar, que aún viven el sueño romántico de nuestros antecesores de crispar la cuerda para lograr alguna sonrisa, un coro, o aquellos ojos perdidos y titilantes persiguiendo el abstracto colorido de las notas.

Y si un espacio ha construido imaginarios y poesía alrededor de este instrumento es el Centro Cultural Pablo de la Torriente Brau, dedicado, entre sus muchas tareas, a nuclear y reconocer a todos esos jóvenes y personas todas que se dirigieron a la guitarra para no dar abasto de ritmos, de melodías destinadas a la protesta, a enamorar, a cantarles de la más sencilla de las maneras a los pedacitos más estrechos del alma. En 2019 se cumplieron veinte años de uno de sus eventos más populares y queridos: A guitarra limpia; y en esa sintonía siempre manifiesta entre sus artes, se convocó una exposición de carteles para que fueran ahora los diseñadores y diseñadoras quienes hicieran su interpretación de acordes en líneas y colores. Todo lo que no deja explicitado un retoque suave de guitarra, quedó dicho por esa nómina de cartelistas que le otorgaron un homenaje de ensueño no solo al evento, sino que, desde el aniversario del evento, le propusieron diversísimas formas y miradas a la guitarra.

Los carteles narraron desde la poesía, algunos bajo procesos metonímicos como el de Laura Bárbara, donde el clavijero es lo necesario y, a su vez, es empleado como micrófono de esa boca abierta y emocionada; o el de Rubén Curbelo, donde un collage sustituye al brazo de la guitarra por el faro del Morro, para ser tocado de modo exigente y ágil. Otros como el cartel de Alejandro Reyes y el de Roberto Valdés, solo pretenden la magia. Por eso en el uno, bien modesto y elegante, la guitarra se funde en la arena y por sobre su cajón vuelan mariposas, esos habitantes de poesía calmada que saben reconocer la sencillez en lo bello; y en el otro, es necesaria solo la construcción geométrica para simular un brazo de guitarra, ahora jarrón de flores silvestres, ingenuas margaritas que nacen de las cuerdas, tan tensas antes de ser tocadas.

Muchos utilizaron el mensaje obligatorio del concurso para construir la guitarra, instrumento tan reconocible por sus curvas sensuales coronadas por el brazo rígido. Estos carteles tienen el fondo blanco, porque para expresar solo basta la sensualidad de lo ondulado, que refuerza el valor expresivo de la tipografía, cursiva y fina como en el de Dariel Rey, o alargada y pesada en el de Antonio García que, además, rejuega con estrellas y colores -azul y rojo- para imbricar en el cuerpo al texto y a la bandera nacional en un solo ente identitariamente reconocible.

Pero la sencillez y la elegancia alcanzan un punto máximo en el cartel de Annelis Noriega. Este cartel, ganador del Segundo Lugar del concurso, es el único de la selección que prescinde por completo del instrumento y quizás el más expresivo y contundente, en contraposición a su parquedad. Blanco limpio de fondo y sumamente gestual ese trazo que conforma casi un veinte, pero que no exige ni obliga a tanta imaginación, porque casi en el centro y como único elemento a color, en llamativo rojo pasión, sensualidad, protesta, aparece el texto afín al concurso.

Annelis no rebusca la solución a su mensaje, si bien ambos (solución visual y concepto) exigen una atención mayor, una lectura concienzuda, resultando un contraste extremo con la totalidad del resto de carteles, que acuden a lo evidente, a la relación inmediata con el objeto. En esta solución visual, el gesto, esa onda de sonido está en directa interrelación con el electrocardiograma, una relación intrínseca, tanto como los sentimientos que motiva el toque de guitarra certero. La pasión funge como lugar común tanto desde el guitarrista como desde el público, instrumento y corazón, emisor y receptor de un sentimiento.

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