CENTRO CULTURAL PABLO DE LA TORRIENTE BRAU

CENTRO PABLO: UN LIBRO, DOS VOLÚMENES, UN HOMENAJE Y UNA PASIÓN QUE NO ENVEJECE

Por: Xenia Reloba

15 de Febrero de 2017

“Vive todo el riesgo

que la suerte te dará,

no envejezcas tu pasión jamás.

Y nunca te calles nada,

que es tu gente la que está

desafiando esta realidad”.

Hoy para mañana, Santiago Feliú

El 12 de febrero de 2014 había amanecido, ordinario y ligeramente fresco. Salté de la cama a mis primeras rutinas, como de costumbre. A las 6:30 sintonicé la televisión. Segundos más, segundos menos, el tema “Esta mañana” llegaba justo a ayudarme a estirar cada músculo. Me proveía –y ahora que no lo escucho cada día se me presenta esta verdad de manera más elocuente– el impulso necesario para soltar las sábanas y vivir. Me fui al gimnasio, donde ya circulaba subrepticio, desinformado y desinformante, el rumor. Casi a punto de empezar la secuencia de ejercicios, uno de los entrenadores me espetó: “¿Viste como se murió ese tipo, el de la canción de Buenos Días?”, pero no lo tomé en serio. Pensé, ¿qué sabe él? Pero era cierto, y me fui inmediatamente a casa. En la sala, mi madre veía la pantalla del televisor ojiabierta, incrédula. Levanté el teléfono y llamé a mi amiga Darsi Fernández. Lo que hubiera ocurrido con Santiago Feliú, ella lo sabía. Del otro lado de la línea, antes de que formulara la pregunta, me encontré con una escueta y rota afirmación: “Sí, querida”. En el televisor, cerrando la noticia, sonaba “Búscame (sobrevolando un sueño)”. Recuerdo un silencio, una tristeza, un inexplicable sentimiento de pérdida personal. Santi no era mi amigo, pero llevaba años diciéndome cosas. Coleccioné sus discos, seleccioné entre sus temas aquellos que en una suerte de loop escuchaba una y otra vez, indistintamente: cuando necesitaba levantarme, si sentía ira o hastío, si alguna vieja y muy íntima frustración insistía en volver. “Búscame (sobrevolando un sueño)” era uno de esos temas. Las casualidades no existen.

El día que Víctor Casaus me pidió que reemprendiera el camino de esta compilación, que se inició mucho tiempo antes, cuando sacamos a la luz aquella colección que abarca los conciertos celebrados en el Centro entre 1998 y 2007, tuve las mismas dudas que la primera vez. Nos esperaba un trabajo colosal y las fuerzas ya no son las mismas. En el proceso algunas cosas se fueron definiendo con toda la claridad que caracteriza la relación de trabajo que hemos sostenido desde 2003 Víctor, el Centro y yo: era imprescindible una colaboración en la búsqueda de la información que sirvió de base a este segundo volumen. La persona ideal fue la periodista Celia Medina Llanusa. Además, precisaba mucho apoyo de cada uno de los trabajadores del Centro en la recopilación de fotos y otras referencias. Dentro de esta última imperiosa necesidad quiero subrayar el cómodo diálogo con Jaime Canfux, que ha sido un discreto cómplice al pasarme todas las grabaciones realizadas en directo en el Patio de las yagrumas, probablemente la más compleja, pero también más segura forma de constatar cómo sucedieron las cosas. Finalmente, necesité refuerzos y vinieron a salvarme, por una parte, Yoel Manuel Lugones Vázquez, tan metódico y preciso, como siempre, en su labor de emplane; y por otra, Isamary Aldama Pando, quien trabaja desde hace un tiempo como Editora Jefa en el Centro y que aportó la serenidad y la conciencia necesarias, en los momentos más apremiantes, para completar la exhaustiva revisión que ameritan dos volúmenes como estos.

También se fueron aclarando algunas decisiones. En el primer volumen habíamos escogido fragmentos de canciones de Silvio Rodríguez que nos servirían como pretexto para encabezar cada capítulo. Sigo pensando que mucho de lo que ha dejado escrito este gran trovador, además de su intrínseco valor poético, nos sigue hablando de una manera nada tangencial sobre nuestra compleja y discutible realidad. Podíamos haber escogido entre tantas buenas letras suyas algunas más que acompañaran los capítulos del segundo volumen. Pienso que Silvio nos hubiera perdonado –si le importara, claro– el uso y abuso de este recurso, pero tanto Víctor como yo quisimos hacer un homenaje a Santi. Fue una decisión muy personal. Entiendo que lo que Santi nos dice a Víctor y a mí no encuentra necesariamente eco en las mayorías. Sus letras son probablemente las más herméticas de cuantas han producido los cantautores de su generación. Sin embargo, su significación, que no se debe –y sería injusto pensar que así es– a su temprana muerte, justificaba con creces la elección. Por otra parte, alguna ventaja debe tener haberme metido de cabeza –¡y por segunda vez!– en este trabajo medio titánico y un poco ingrato de compilar siete años más A guitarra limpia.
El segundo volumen es fiel a su precedente tanto en la estructura interna de sus capítulos como en el ordenamiento general de sus contenidos. Sin embargo, difiere de aquel libro inicial en la naturaleza de los textos con los que se completa la información relacionada con los conciertos. Si en el primer volumen fueron considerados anexos o complementarios, en esta ocasión son esenciales para entender la evolución de un espacio que comenzó teniendo lugar sobre todo hacia el interior del Centro, y que con los años ha recorrido diversas latitudes dentro y fuera de Cuba, promoviendo generaciones más o menos conocidas de cantautores, a contrapelo de una tendencia que –al menos en el territorio nacional– continúa privilegiando solo a unos pocos.

Lo que me lleva al punto esencial de esta presentación: el Centro, y esos 20 años de bregar contracorriente. Esa obsesión por los temas difíciles, poco conocidos o soslayados por otros. Esa capacidad de retomar caminos abandonados, batallas perdidas –o casi– y hacerlos su camino, su batalla. Son 20 años haciendo y guardando, creando espacios y entregándolos a quien esté dispuesto a recibirlos. Gracias al impetuoso hacer de unos pocos, el Centro nos ha regalado una amplia producción de libros, conciertos, exposiciones, concursos, opciones… y muchas otras cosas materiales o no. Nos ha invitado a trabajar mucho, a construir tanto como podamos, a crear un acervo que se multiplica en un montón de papelones y papelitos, catálogos, publicaciones ocasionales o periódicas, digitales o impresas, grandes o chiquitas, modestas o ambiciosas. Ha fundado una memoria donde cabe lo mucho y lo poco. Estos libros son quizá una de las más claras evidencias de ese empeño. Por sus más de 500 páginas (si sumamos los dos volúmenes, más de 1000) y sus exhaustivos índices pasan, sin prejuicios, lo humano y lo divino de nuestra canción de autor.

Si están todos reunidos ahí se debe a esas dos virtudes del Centro y sus gestores, conducidos por Víctor Casaus y María Santucho: el afán inclusivo y la vocación memoriosa. Virtudes que aprovecho esta ocasión –como todas las que se me presenten– para celebrar en sus 20, en sus muchos, en todos los años de gran trabajo por la Cultura cubana del Centro Pablo.

Muchas gracias.

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