CHICOLA, UN EJERCICIO DE PERIODISMO DE INVESTIGACIÓN

Por: Leonardo Depestre

21 de Mayo de 2018

Por: Leonardo Depestre Catony

Chicola es un punto perdido de la geografía avileña. Y lo de perdido no es metafórico, es tan exacto como que casi nadie conoce el lugar fuera de los vecinos y quienes lo visitan. Se trata de un canal próximo a la zona de Realengo de Sabanalamar, a escasos kilómetros de Cayo Pájaro, La Estrella y Punta Gorda, lugares tampoco muy conocidos. A unos ocho kilómetros al este está la Isla de Turiguanó, y a unos diez al sureste la Laguna de la Leche, ambos sitios mucho mejor conocidos, por lo que pueden servirle de referencia.

De manera que cuando Pablo de la Torriente Brau emprendió recorrido hacia Chicola no lo llevaba en absoluto la motivación de hacer turismo, sino la de indagar, adentrarse en el enmarañado contexto de un negocio de los tiempos de Machado que olía a contubernio, expoliación y aguas negras por los cuatro costados. Pero el periodismo de Pablo era así, como él, curioso y revelador, antirrutinario, entresacador de verdades ocultas y por supuesto, riesgoso.

Una serie de cuatro reportajes publicó Pablo en el periódico Ahora los días 7, 9,11 y 12 de diciembre de 1934. La tituló Chicola, con esa única palabra, suficiente para que el sarpullido se le alborotara a más de un político importante.

A la descripción vívida del lugar, de su situación geográfica, dimensiones, y estado de abandono, suma Pablo el proceso de investigación en torno a la fraudulenta manera como el presidente Gerardo Machado virtualmente “regaló” a la familia Falla Gutiérrez los privilegios de explotación de esta área, con los beneficios que ello les conferiría en detrimento de otros propietarios, vecinos, pobladores y trabajadores. Sin embargo, lo que más escandaliza a Pablo es que tales privilegios continuaran y prevalecieran a más de un año de la caída del gobierno de Machado, que lo hicieran al amparo de quienes lo sucedieron y con ello daban continuidad al mismo estado de corrupción y violación de derechos antes imperante.

Chicola” es un ejemplo de cómo Pablo asume el periodismo: no le arredran la incomodidad ni los mosquitos, tampoco dejar la ciudad y adentrarse en un entorno que pudiera tornársele hostil: se traslada al lugar, lo recorre, vive junto a los que allí malviven, pero sobre todo deshace trampas, deshace secreteos y entrega nombres y apellidos, algunos de los cuales se corresponden con los de poderosas familias cubanas. Y todo lo anterior lo consigue el periodista con una narrativa vigorosa, convincente, que no deja en el lector margen alguno a la incredulidad y le arrastra a buscar en la edición siguiente la continuidad de un episodio caracterizado por su realismo. Téngase una muestra:

Para conocer cuánto significa de privilegio y de robo a la república Chicola, se debe hacer, aunque sea a la ligera, un recordatorio de lo que significa un subpuerto en un país tan rico en puertos verdaderos.

Un subpuerto no es otra cosa que un embarcadero situado en la soledad de la costa —ninguno acaso tan solitario como Chicola— enclavado en terrenos particulares y “construido” con el propósito prácticamente exclusivo de dar a estos particulares una oportunidad excepcional para exportar sus productos en condiciones privilegiadas. Esto es en sí un subpuerto. Pero esto, a su vez, entraña una serie de circunstancias dignas de ser conocidas.

Por lo pronto, no son ferrocarriles públicos, sino particulares, los que realizan el transporte de mercancías a estos embarcaderos; y estos ferrocarriles son servidos por un personal explotado al máximo (recuérdese que los subpuertos pertenecen a los latifundios azucareros, en donde el obrero es considerado siempre como una caña más para el trapiche de la explotación) y que además, no disfruta del retiro ferroviario. A esto hay que añadir que el personal empleado pertenece a esa población flotante de los ingenios, que no arraiga, que mucha es extranjera y cuyos salarios —si algo les queda— sale de Cuba, con detrimento de la economía nacional.

En qué terminó la denuncia queda en suspense. Probablemente se diluyó con un poco de sal y agua en el cocido. Después, Chicola dejó de ser noticia.

Ahora, y con un poco de humor, parafraseamos a nuestro novelista mayor, Alejo Carpentier, quien un día escribió: “conocemos el nombre de Prades gracias a Pablo Casals”, pues en esa villa catalana en territorio francés estableció el insigne músico su residencia después de emigrar de España por su apoyo a la República. Y hoy, sin ambages, podemos afirmar que recordamos el subpuerto de Chicola por la denunciante serie de reportajes que Pablo de la Torriente Brau dedicó a ese pequeño paraje de la geografía cubana.

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