CENTRO CULTURAL PABLO DE LA TORRIENTE BRAU

COMBATES URBANOS. OJEADA HISTÓRICA (I)

Por: Leonardo Depestre

8 de Noviembre de 2021

Por Leonardo Depestre Catony

Imaginar una ciudad de La Habana sometida al fuego de disparos de fusiles reales, ametralladoras y la presencia de tanques de asalto nos resulta hoy bastante difícil. ¡Es cosa de películas!, bien pudiéramos afirmar. Recordar, o al menos intentar recordar, los combates que han tenido por escenario la ciudad de La Habana constituye un reto a la memoria. Y sin embargo los ha habido, sangrientos, de fuerte impacto no solo entre los residentes de la capital.

Resulta de interés volver sobre estos hechos porque a veces la condición de ciudad capital y bastión del poder puede conducir a la errónea apreciación de que todo en ella está “en orden” y “reina la armonía”.

Nos limitaremos solo a los combates urbanos ocurridos en el siglo XX y dentro de los límites de  la geografía habanera. Aun así recordaremos que durante la Guerra del 95, los combates no llegaron a la capital, aunque en diciembre de 1896 el coronel Néstor Aranguren entró con sus huestes mambisas hasta la calle Palo Blanco (hoy Aranguren) en la antigua Villa de Pepe Antonio, a saber, Guanabacoa.

La utilización de la palabra “combate” entraña algunas especificidades. Es necesario haya existido un intercambio intenso de disparos entre dos bandos, derramamiento de sangre y una connotación pública que lo haga de repercusión nacional, tal vez hasta internacional.

—- Arturo del Pino es un héroe olvidado. Alcanzó el grado de capitán del Ejército Libertador en las filas del Generalísimo Máximo Gómez, durante la contienda del 95. En la república perteneció al Ejército Nacional y después se retiró, dedicándose a la actividad comercial.

En el decenio del 20 adquirió una fábrica de medias situada en Manuel Pruna y Trespalacios, en el barrio de Luyanó. Se incorporó a la oposición contra el gobierno de Gerardo  Machado. La crisis económica de 1929, amén de la  represión machadista, aceleraron la precaria situación económica de Del Pino, quien hipotecó su taller para destinar el dinero a la adquisición de armas y pertrechos, y a la preparación de una acción que derrocaría a Machado. Traicionado por uno de sus hombres, el 9 de agosto de 1931 la policía pretendió efectuar un registro en su vivienda. Del Pino los rechazó y el tiroteo se generalizó. Un pelotón del Ejército y otras fuerzas de la Policía llegaron de refuerzo hasta reunirse allí una cifra de más de 300 uniformados con ametralladoras emplazadas. Arturo del Pino y su compañero de ideales, el español Felipe Cabezas, combatieron en condiciones desiguales hasta la muerte. El hoy olvidado ex capitán Arturo del Pino, de 53 años, merece una más justa recordación.

—- El Hotel Nacional se inauguró a finales de 1930. De entonces acá numerosos hoteles han sido construidos, unos cuantos de ellos categoría cinco estrellas, modernos, lujosos,  arquitectónicamente bellos… pero ninguno ha pretendido ocupar el sitial del Nacional como centro  insignia de la hotelería cubana y sede de importantes eventos.   Por ello nos resulta tan difícil imaginar que en la ya un tanto lejana fecha del 2 de octubre de 1931 sufriera los embates de una artillería (morterazos incluidos) que puso en peligro su sólida estructura y se escuchó con espanto en la ciudad completa.

Los tiempos post Machado (quien fue arrojado del poder el 12 de agosto de 1933) ni remotamente consiguieron estabilizar el orden político y social de la nación. Tampoco trajeron la tranquilidad ciudadana ni la ansiada bonanza e independencia económica. Se “fue” Machado y “llegó” Batista.

Previamente desalojado de sus huéspedes y convertido en refugio de la alta oficialidad desplazada por el movimiento del 4 de septiembre liderado por Batista, aquel 2 de octubre el Hotel Nacional vivió su más dolorosa jornada.

El presidente Ramón Grau San Martín, de cuyo gabinete formaba parte Antonio Guiteras en condición de secretario de Gobernación, había dado orden de desalojar a los oficiales del Hotel Nacional con las fuerzas y medios que fueran necesarios, y en la madrugada citada el coronel Fulgencio Batista, nuevo hombre fuerte del Ejército Nacional y de Cuba toda, ordenaba romper fuego contra los sediciosos. Puede llamar la atención del lector el apoyo de Guiteras y otras fuerzas estudiantiles al Ejército, explicable por razón de que dicha oficialidad era una elite que gozaba de privilegios y por otra razón más importante aún: entonces Batista era considerado por muchos como líder de un movimiento revolucionario de clases y soldados, y muy pocos podían intuir sus secretas ambiciones.

Varios miles de soldados del Ejército rodearon el lugar. Cerca de las seis de la mañana los soldados rompieron fuego contra el hotel desde todas las posiciones. Los oficiales —unos pocos cientos— no contaban con muchos fusiles pero sí con buenos tiradores que desde sus posiciones causaban bajas entre los atacantes, por lo que el Ejército tuvo necesidad de emplazar un cañón en la calle 21, incorporar refuerzos y hasta el crucero Patria se situó frente al hotel para bombardearlo, aunque sin llegar a causarle daños.

Sobre las diez de la mañana los proyectiles de un cañón de 75 mm impactaban ya sobre las paredes del Nacional, en tanto baterías más distantes, emplazadas por el área de la Universidad y la calle Calzada también lo hacían, cambiando el panorama para los oficiales atrincherados. Al cabo de unas once horas de combate, los sitiados salieron desarmados en pequeños grupos para ser tomados prisioneros, lo cual no los libró de que un cierto número de ellos fueran baleados a mansalva. Parecía pues, cerrado el bélico incidente. (Continuará)

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