CENTRO CULTURAL PABLO DE LA TORRIENTE BRAU

COMBATES URBANOS. OJEADA HISTÓRICA (II)

Por: Leonardo Depestre

15 de Noviembre de 2021

Por Leonardo Depestre Catony

 —- 1933 será un año por siempre recordado en la historia de Cuba. Gerardo Machado cayó del poder, le sucedió el 4 de septiembre un golpe de Estado militar, se produjo el combate del Hotel Nacional… pero las armas de fuego de grueso calibre no se habían enfriado aún y en la madrugada del 8 de noviembre se escuchó nuevamente el tableteo de ametralladoras y el ruido  de los morteros.

El alzamiento contrarrevolucionario que tuvo lugar en esa fecha estuvo organizado por el Partido ABC, al cual se sumaron altos oficiales destituidos y fuerzas de derecha que contaban con el apoyo de la embajada norteamericana.

Grupos sediciosos se alzaron nuevamente, asumieron el control de varios cuarteles, el cuerpo de aviación se sublevó, bombardearon el domicilio de Batista y lo mismo intentaron hacer en el Palacio Presidencial pero las ametralladoras de Palacio los hicieron huir. Los francotiradores sembraron el terror, tomaron el Castillo de Atarés y la jefatura de la Policía Nacional.

El dominio de los sediciosos duró poco, el propio Antonio Guiteras dirigió las tropas del gobierno, apoyados por estudiantes y trabajadores armados, y a partir del mediodía se inició la ofensiva final para el desalojo de los sublevados, quienes concentraron su resistencia en el Castillo de Atarés, bajo el mando del autotitulado coronel Blas Hernández. Se trataba este de un caudillo de origen campesino, con cierto arrastre y liderazgo, bravo pero de escasa cultura y carente de una ideología definida, quien había combatido a Machado, aceptado la Mediación del embajador norteamericano, sostenido conversaciones con Batista y cambiado más de una vez de orientación política.

Con las luces del día 9 de noviembre los sitiadores se desplegaron en las faldas de Atarés, provistos de cañones, morteros y el apoyo de los cruceros Cuba y Patria en posición de bombardear. Lo que allí ocurrió se suele denominar como “masacre de Atarés”, ya no combate.

Los ocupantes se rindieron en la tarde. Como cifra oficial se dio el número de 150 muertos y 200 heridos, aunque los testigos y otras fuentes afirmaron que la realidad arrojó números muy superiores de muertos y heridos dada la gran concentración de hombres refugiados en el castillo. Se contabilizaron cientos de prisioneros. A Blas Hernández lo hicieron prisionero ya herido y a continuación —lo supondrá el lector— lo ultimaron fríamente, práctica que se utilizó con otros prisioneros y fue abiertamente denunciada por la prensa.

—- Tic tac, tic tac, Radio Reloj  informando. En estos momentos tiene lugar  en la barriada de Orfila, municipio de Marianao, un intenso tiroteo…  Fue el 15 de septiembre de 1947 y la emisora Radio Reloj, recién creada el 1ro de julio de aquel año, daba la primicia en vivo a sus oyentes.

Durante el gobierno del doctor Ramón Grau San Martín (1944 – 1948) floreció en Cuba el pandillerismo o pistolerismo, que tenía a algunos de sus mas “distinguidos“ representantes posicionados dentro de la policía del mismísimo gobierno. Fue una época en que el  ciudadano de a pie podía ser tomado por sorpresa en medio de una refriega callejera y “vivir” así  la peligrosa trama  de alguna de las películas de gánsteres de Hollywood entonces tan en boga.

Aquel 15 de septiembre se enfrentaron a tiros dos pandillas. Una, la liderada por Mario Salabarría (nada menos que comandante y jefe del Servicio de Inteligencia de Actividades Enemigas) y la otra por Emilio Tro (integrante del ejército norteamericano durante la Segunda Guerra Mundial y a su regreso a Cuba designado director de la Academia de la Policía y de la Unión Insurreccional Revolucionaria -UIR).  Pero sucede que Tro se había negado a subordinarse a Salabarría. Una y otra pandilla rivales contaba con sus seguidores, armados todos.

El día en cuestión Salabarría supo que Emilio Tro estaba reunido con varios de sus amigos para un almuerzo en la vivienda  de la calle 8 esquina a D del reparto Orfila, residencia de Antonio Morín Dopico, jefe de la policía del municipio de Marianao. En la tarde las huestes de Salabarría pasaron en dos vehículos y rociaron de tiros la vivienda de Dopico,  A continuación la rodearon (alrededor de 200 hombres), en tanto arreciaban el ataque con fusiles, ametralladoras y bombas lacrimógenas. La atmósfera de batalla campal se completó  con tanques provenientes del Campamento de Columbia (hoy Ciudad Libertad).

Al cabo de tres horas de balacera, la vivienda de Dopico mostraba centenares de impactos de bala, ventanas y cristales rotos, y humo procedente del interior. Algunos de los sitiados salieron desarmados, con los brazos en alto —la esposa de Morín Dopico entre ellos—  pero fueron baleados. Se contabilizaron seis muertos entre los agredidos (incluido un fotógrafo de prensa), también heridos y muertos entre los atacantes. Por último la intervención de miembros del Ejército detuvo el desigual combate, que la prensa y la oposición calificaron de masacre, como lo registra la historia.

Uno de los crímenes más repugnantes de la fuerza policial batistiana, es la masacre de diez revolucionarios –algunos de ellos sobrevivientes del asalto al cuartel Goicuría, en abril de 1956- asilados en la Embajada de Haití en La Habana.

El hecho ocurrió el 29 de octubre de 1956 y fue la represalia —ejecutada sin simulación alguna, bárbaramente— por la ejecución del coronel  Antonio Blanco Rico,  máximo responsable del Servicio de Inteligencia Militar (SIM) en el cabaret Montmartre, el 26 de octubre anterior. El ajusticiamiento había corrido a cargo de un comando del Directorio Revolucionario (lo cual era sabido), pero no impidió que la venganza se practicara sobre otros revolucionarios que nada tuvieron que ver.

A partir del mediodía del 29, el área de la Embajada de Haití comenzó a llenarse de carros patrulleros, con policías provistos de armas largas y ametralladoras. No importaba que se tratara de una sede diplomática y que a los ocupantes los amparara el derecho de asilo. Ordenaron evacuar a los empleados y arremetieron en el interior, con el brigadier Rafael Salas Cañizares, jefe de la Policía Nacional, al frente. Asesinaron a los cuatro jóvenes que se habían refugiado en el garaje, y después arremetieron contra los restantes, dentro del edificio. Solo uno de ellos estaba armado, Secundino Martínez, El guajiro, quien ya baleado y desde el piso ripostó el fuego e hirió de muerte a Salas Cañizares, a quien el proyectil le penetró por el abdomen, en un área desprotegida  por el chaleco antibalas.

La propaganda oficial alegó que habían acudido a petición de los diplomáticos haitianos, pero el segundo secretario de la embajada declaró en conferencia de prensa que “la embajada fue violada por la policía. La situación de los refugiados en ella era muy clara. Seis contaban ya con el salvoconducto de las autoridades cubanas. Los otros cuatro estaban con aprobación nuestra… Era como si estuvieran en Haití”, en tanto el embajador esclareció que “no es cierto, como se ha dicho, que en esta residencia hubiera un campamento de armas. Tampoco es verdad que se llamara a la policía”. (Continuará)

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