CENTRO CULTURAL PABLO DE LA TORRIENTE BRAU

CONTAR EL LIBRO, OTRA VEZ

Por: Ambrosio Fornet

25 de Diciembre de 2020

CONTAR EL LIBRO, OTRA VEZ

Por Ambrosio Fornet

Suele decirse que el mejor amigo del hombre es el perro; yo digo que el mejor amigo del niño es el libro.  El libro de cuentos, se entiende, o al menos, escrito como se escriben los cuentos para niños. Fue lo que hizo –con la ayuda de su mujer– el autor ucraniano Ilya Marshak (1896-1953), más conocido por su seudónimo de  M. Ilin. El manualito La historia del libro le dio fama  en todas las escuelas de la antigua Unión Soviética. Muy pronto, Ilin lanzó otro best seller de similar orientación: Cómo el hombre se hizo gigante. Su talento literario se sostenía, curiosamente, en una formación científica; se había graduado de físico-matemático en la Universidad Estatal de San Petersburgo.

En Cuba, en los remotos tiempos de los años sesenta y setenta del pasado siglo, se hicieron dos ediciones de la Historia del libro, que tuve el privilegio de prologar, como editor que era del Instituto Cubano del Libro. Hojeando ese prólogo –a petición de dos jóvenes editores argentinos, amigos del cantautor Santiago Feliú–, me satisfizo ver que Cecilia Guerra, la diseñadora de aquella edición, se atuvo a mis comentarios sobre el vínculo que se establecía entre el texto y los dibujos, una relación tan estrecha que por momentos los dibujos pasaban a ser textos, y viceversa. Literalmente. Un ejemplo: le digo eso mismo al hipotético lector (le pregunto si quiere ver con sus propios ojos cómo se representa lo que digo), y  la diseñadora intercala la ilustración correspondiente.

Pero, en fin, como yo mismo me apodero sin reservas del método ilinesco y además lo encuentro familiar –por mi relación con la obra del pedagogo Herminio Almendros, con quien trabajé durante mucho tiempo–, me parece lógico no citar mi prólogo a pedacitos, sino hacerlo in extenso.  “Por increíble que te parezca –empiezo diciendo-, el profesor Ilin no inventó nada de lo que cuenta aquí. Cuando leas que hace muchísimos años hubo libros de piedra y de arcilla, quizás te pongas a pensar: “¿Pero esto es verdad? Porque parece una cosa fantástica”. Y sin embargo, no lo es. Lo que ocurre es que, con el paso del tiempo, el libro fue cambiando y cambiando, y cambió tanto que los libros que tú conoces –como éste que tienes en las manos– son muy distintos de los que usaban las personas de otros países y otras épocas”. Y por ahí seguía. Lo único que faltaba era que de las páginas del libro saltara un caramelo. Y que lo hiciera con un salto tan descomunal que cayera en la gran imprenta de un país desarrollado, en pleno siglo diecinueve.

¡Qué sorpresa se llevarían los impresores de nuestros pequeños talleres! ¿Qué pensarían de los hombres encaramados como enanitos en tan extraña maquinaria? Esa maquinaria era una rotativa, el aparato en el que se imprimían los grandes periódicos de la época. Era capaz de imprimir millares de ejemplares en pocas horas. Y allí, en los talleres de imprenta, no tardaron en aparecer los linotipos, aparatos semejantes a una máquina de escribir (con un teclado parecido al de una computadora), donde se componían los textos en barritas de plomo; esas barritas, humedecidas con tinta, eran las que después permitían grabar en el papel.

Años después me vi obligado a añadirle a esta historia unas reflexiones sobre los peligros que acechaban el vínculo de la lectura con los nuevos medios de comunicación. En nuestro país, el cine había llegado a fines del siglo XIX, la radio en 1922, el cine sonoro para las películas nacionales en 1937, la televisión en 1950… Todas esas innovaciones estimulaban la tendencia al consumo pasivo. Se podía llegar a conocer tanto los personajes como el argumento del Quijote o de Cecilia Valdés sin haber visto nunca una página de los libros. Así, que cuando vi a uno de mis nietos embobecido, con la cabeza hundida en su celular (o móvil), empecé a hacerme peguntas… Hasta entonces yo no tenía ni la menor idea de que existiera aquel curioso artefacto. Era una tablita de metal o de plástico que funcionaba como una pantallita y podía ser manipulada fácilmente colocando o deslizando la yema de los dedos sobre la superficie. Desde ese mirador, uno podía presenciar el desfile de un mundo de imágenes que habían sido hábilmente pescadas en las profundidades de Internet. Podrá parecer mentira, pero hubo un momento en que me sentí amenazado, como lector, por aquella intromisión. Todo cambió de signo cuando vi que mi nieto, con el simple roce de la yema del pulgar, hacía desfilar ante mis ojos ciudades y desiertos, galerías de arte, imágenes de Chichen Itzá y del Taj Majal, los más curiosos ejemplares de la fauna africana… Y con semejante enciclopedia en la palma de la mano –aquí es adonde quería llegar–  accedía a una biblioteca de largos anaqueles de donde podía tomar libros, ediciones digitales de obras literarias de todos los tiempos.[1] Tuve que pensarlo dos veces.

¿La cosa era así? Entonces lo que se imponía era cortar por lo sano. Dejar atrás los prejuicios e ir a la concreta preguntándole a mi nieto, cuando volviera a verlo sumido en las profundidades de la pantallita: “¿Qué estás leyendo?” Eso era lo que importaba. Si daba la casualidad de que fuera un libro –no sería la primera vez–, que fuera El principito o los Versos sencillos, Platero y yo o La montaña mágica, digital o no, proyectado mediante pantallitas o no, todo eso era algo secundario. Lo importante es que ese libro valiera la pena y él estuviera leyéndolo. Que se hubiera habituado a establecer ese vínculo con el resto del mundo, con la cultura de otros países y otras épocas. Lo importante era eso.

[1] Los famosos e-books. En el espacio librero de las metrópolis causó sorpresa la agresiva participación de Amazon en el mercado de los e-books y en la promoción comercial de algunas librerías tradicionales.

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