CONVERSANDO EN TIEMPOS DE…

Por: Estrella Diaz

17 de Noviembre de 2020

“EN MI FAMILIA SIEMPRE HUBO UN SITIO PARA LA FE…”

 Por Estrella Díaz

Retrato:Osaín Alvarez

 Tania Cordero es periodista, editora, gestora de eventos académicos y culturales y en lo personal, además de colega, una gran amiga. No recuerdo bien cuando “tropezamos” por primera vez, pero seguramente fue en el elevador del edificio de Radio Progreso donde convivían, amigablemente, tres emisoras: la ya mencionada, CMBF, Radio Musical Nacional, y Radio Habana Cuba. Ambas nos formamos en la radio y como reporteras compartimos muchas, ¡muchísimas! coberturas periodísticas relacionadas, siempre, con el sector de la cultura desde mediados de los ochenta.

Fui testigo: vi nacer y crecer el intenso amor entre Tania y Amado del Pino, también periodista y dramaturgo; ambos formaron un dueto sólido, fuerte, monolítico y, a la vez, diverso: ella siempre analítica, previsora, muy dulce, pero extremadamente firme y él desmesurado, ingenioso y sagaz en sus juicios y criterios. Los dos, también, trabajaron con el Centro Cultural Pablo de la Torriente Brau en varios proyectos, entre ellos, la organización de una Jornada Hernandiana, evento de carácter académico que, con gran rigor, se efectuó en la Sala Majadahonda de la institución y que convocó a destacados especialistas quienes, desde distintas perspectivas, se refirieron a la vida y la obra del poeta español Miguel Hernández. Amado, a solicitud y petición amorosa del Centro Pablo, escribió la obra Reino Dividido para la Compañía Argos Teatro, que fantaseaba en torno a las relaciones –ficcionadas- que tuvieron en un momento Miguel Hernández y Pablo de la Torriente Brau. Con todos estos antecedentes le envié a Tania, vía correo y enlazando La Habana con Madrid, las siguientes interrogantes.

Sé que Amadito dejó casi terminado algún que otro texto, ¿es así?, ¿cuál será el futuro de esos escritos?, ¿hay alguna sorpresa desde la dramaturgia?

Amado trabajó hasta que fue consciente. Recuperar la dramaturgia -encima con el éxito que la retomó en 2000- le confirmó que esa era no solo una aspiración desde niño, sino el propósito de su vida. Así que leía, pensaba y hablaba teatro todo el tiempo. Su carácter, ingenioso y jovial, no permitía que eso se viviera de esta forma categórica que yo lo digo, pero era así. Dos días antes de irse me hizo grabarle unos audios con el argumento que estaba preparando, de manera que pudiera terminarlo Jorge Ferrera, actor y gran director de una compañía profesional y humana, inestimable para nosotros dos.

Jorge también dirigió en Madrid dos lecturas dramatizadas de Fabricante de bodas, un texto para un elenco mixto de intérpretes cubanos y españoles con la aspiración de estrenarlo en ambos países, siempre con Jorge en la dirección. Luego, escribió uno de los tres unipersonales que conforman el espectáculo creado para el actor español y buen amigo José María Pertusa. Quería escribir otro para la excelente actriz cubana Amanda Cepero, pero no le dio tiempo. Todos estos textos esperan por mejores días para subir a escena, pero subirán. Él decía que era un autor privilegiado porque todo lo que escribió se estrenó y publicó, así que estos textos epílogos de su creación, seguro correrán la misma suerte.

Hay un guion para un largometraje del que estaba expectante, con un argumento muy atractivo e interesante, que también se está moviendo. En 2018 se publicó su Teatro Escogido que estaba trabajando con la Editorial Verbum y quedó hermoso. Y seguimos organizando un concurso de dramaturgia con su nombre que está por convocarse. Además, cerca de su Tamarindo natal, Teatro Primero retoma El zapato sucio, con Oliver de Jesús al frente. Es el tipo de sorpresas que él disfrutaba y una de las maneras esenciales en que entendía la existencia de su teatro y la del Teatro en general: dialogando continuamente en la escena, de ser posible con públicos y entornos diversos.

Resides desde hace un tiempo en España, país afectado tremendamente por la pandemia. En lo personal, ¿cómo has ido llevando estos angustiosos meses?

Lo que más recuerdo del inicio de la pandemia es la impotencia de no poder hacer casi nada. Que se cebara con las residencias de ancianos, el Palacio de Hielo reconvertido en morgue, constatar el daño que las reducciones de presupuesto habían hecho a la sanidad pública, especialmente en Madrid, las peleas políticas…

Y también, sobre todo, la gente volcada desde sus propios recursos, ayudando a los sanitarios y a los empleados de servicios esenciales que trabajaban cuidando de los demás. Esa parte fue dura y hermosa. Las calles espectrales… Te latía el corazón cuando por casualidad te cruzabas con otro como tú, que iba al supermercado o a la farmacia. Las videollamadas con los amigos para “vernos y tomar una copa juntos”. Todo el mundo en los balcones o ventanas cantando Resistiré, a las ocho de la tarde, al tiempo que comprobabas que los vecinos seguían bien. Los niños entendieron el confinamiento a la primera, y creo que han sido los que mejor se han portado hasta hoy.

Los españoles son –mayoritariamente- solidarios y no pararon las iniciativas. Los directos por las redes se convirtieron en aliento y desataron el humor -que siempre alivia- y la creatividad. Los actores, músicos, profesionales de diversos sectores compartieron sus conocimientos y muchas empresas ofrecieron sus servicios o productos a los necesitados, bien por falta de recursos o porque su tiempo era para curar, no para cocinar o hacer compras. Yo, por ejemplo, estuve escribiendo emails a enfermos que no tenían familiares hasta finales de mayo. Desde los hospitales pasaban las direcciones por la tele o redes sociales para que esas personas, que no podían comunicarse con el exterior, recibieran nuestros mensajes. Solo respondió uno, pero lo seguí haciendo hasta que empezaron a bajar los casos y llegó la desescalada.

¿Cuál ha sido tu refugio mayor en este tiempo de necesario aislamiento físico y social?

Me ha acompañado la Biblia. Soy de una de esas generaciones que creció de espaldas a la fe (fíjate que no digo religión, sino fe). No era bien vista y sí bastante proscrita, pero en mi familia siempre hubo un sitio para la fe. Cuando recibimos el brutal diagnóstico de Amado, la fe nos sostuvo. Primero, aceptamos a Cristo en nuestras vidas y luego, como otro de los tantos planes que teníamos pendientes, empezamos a leer la Biblia, yo más que él, pero ambos con agrado. En los últimos años sin él, he vivido con mucha tristeza, he conocido la depresión más profunda y he perdido la paz interior que te permite respirar y más, adentrarte en la ficción y disfrutarla. La he ido recuperando con las Escrituras. Con ellas se ve y se vive distinto este alumbrón que es el paso por este mundo. Ahora, a la revisión de la prensa diaria (cita obligada por deformación profesional), voy incorporando otras lecturas y lentamente mi ánimo recupera el gusto por la ficción.

No soy serie-adicta, pero me han atrapado dos o tres de ellas en este tiempo. Me gustan sobre todo las que sostienen un guion sólido, como Barón Noir, o se adentran en las sórdidas motivaciones de los humanos (Big littles lies), con buenas actuaciones además.

Y especialmente este año ha sido un año de reciclaje y formación profesional. Desde hace más de una década, el periodismo no ha parado de cambiar de formatos, en cuanto a interconectividad y la interacción. Yo, que en España hago menos periodismo y me he consolidado en la Gestión Académica y Cultural, me encuentro ante una realidad sostenidamente demandante, que no solo reclama tu experiencia, capacidad resolutiva y eficacia, sino también las llamadas soft skills, esas habilidades blandas o sociales que parecían innecesarias. Es un reto que me gusta y cada día veo cómo todo lo aprendido en Cuba, en Suiza y aquí me aporta: desde las humildes dotes de edición, branded content y redacción (para muchos millennials son su caballo de Troya), la capacidad de negociación y liderazgo, el rigor sin atajos, los idiomas, hasta las herramientas del Marketing digital o para la búsqueda de patrocinios o financiación. Y lo mejor, siempre queda un espacio para que subas ese escalón que ni te habías planteado, que es lo más estimulante.

Trabajo en un proyecto para llevar la idea de la interculturalidad del siglo XXI -en los más diversos ámbitos- a niños de Primaria. Me parece útil y necesario que tengan desde esa edad -que fija conocimientos y valores-, además de la instrucción clásica, las destrezas que les valdrán para su tiempo, a través del aprendizaje, la creatividad y el juego cotidianos. He elaborado -con el incentivo y la confianza de buenas hermanas y amigos- el Plan de Negocios y empiezo a dar los primeros pasos. Siempre he puesto en marcha ilusiones y desafíos de creadores e instituciones. Creo que estoy lista para que arranque este y que sea el más personal, aunque tome su tiempo.

Cuando la ciencia venza la pandemia y ya el miedo y los riesgos dejen de ser una realidad, ¿qué es lo primero que harás?

De las cosas que he aprendido en los últimos años, el “no hacer planes quinquenales” (como exageraba Amado cuando hablaba de mi capacidad de previsión) es de lo que más me complace. Cuando deje de haber riesgos, lo que sí es seguro es que me encontraré con muchos familiares y amigos. Paso lista con frecuencia para saber de los más cercanos. Ya sabes que estamos por medio mundo todos, pero disfruto cuidando los afectos. Son muy importante para mí. Luego, está el mejor plan, vivir y reparar todo lo que se pueda.

¿Cómo crees que será el mundo después del Coronavirus?, ¿qué lección de vida crees que nos deja este tiempo duro que aún vivimos, y que ha tenido un impacto desde el punto de vista económico y psicológico en todo el mundo? 

Si el ser humano fuera un animal pensante -lo es biológicamente, pero me refiero en lo cívico-, te diría que el mundo podría poner el contador a cero y empezar de nuevo desde lo mejor de cada uno. Pero no me parece que vaya a ser así. Mucha gente no quiere pensar, no quiere agobiarse, no quiere mirar al otro, reconocerlo e intentar entenderlo, no quiere entregarse ni reciclarse ni cuestionarse nada. Mucha gente quiere quejarse sin proponer alternativas, “lo mío y ahora”, “vivir la vida” y, para lo demás, “no es mi problema”, “virgencita, virgencita que me quede como estoy”, como dicen por aquí. Eso hace más difícil el trabajo de la otra parte que apuesta por la sensatez, la inteligencia, el respeto, la libertad, la inclusión, la prosperidad, el equilibrio, que llegue un poco de alegría a cada puerta en forma de pan, de pescado o de la vara para pescar; que se propone metas y las consigue trabajando como hormiguita o de un tirón; que disfruta conociendo lo diferente, aprendiendo y aportando.

He visto mucho de los dos perfiles. La lección de vida que, humildemente y no soy nada original, me deja a mí esta pandemia es que -después del desconcierto y las emociones iniciales- solo se puede soñar desde esa pequeña parcela en la que puedes incidir. Me interesa horadar en ese sentido, evitando la vanidad, poniendo ganas. Y aspirar a que siempre seamos más.

 

 

 

 

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