CENTRO CULTURAL PABLO DE LA TORRIENTE BRAU

CONVERSANDO EN TIEMPOS DE…

Por: Estrella Diaz

3 de Agosto de 2021

“JUNTOS EN LA DISTANCIA…”

PARTE I

Por Estrella Díaz     

La argentina Alicia Candiani, es una muy consolidada artista visual argentina que, además, ha desarrollado y desarrolla una proyección internacional sumamente intensa y significativa. Es una mujer lúcida y muy abierta a los diálogos. La conocí hace varios años gracias a su cercana relación con el Centro Cultural Pablo de la Torriente Brau. Ahora la contacté -vía correo electrónico- en un momento en que su país enfrenta la segunda ola de la pandemia que, para Argentina, comenzó el 20 de marzo de 2020 y que ahora se prepara para “la segunda ola de la pandemia”.

Aunque nuestro diálogo virtual es ciertamente algo extenso, creo que por la importancia de sus reflexiones es oportuno ofrecérselo a nuestros lectores de manera íntegra.

 En su ponencia titulada Nuevos medios, viejas historias: la presencia de los medios digitales en los circuitos internacionales del arte contemporáneo, presentada durante el X Salón de Arte Digital afirmó: “Hoy en día los medios tecnológicos disponibles para trabajar artísticamente son radicalmente diferentes e infinitamente más sofisticados que los aprovechables 250 años e inclusive 50 años atrás, al punto que la apropiación de estas nuevas tecnologías por parte de los artistas está cambiando la concepción que la cultura occidental tenía sobre la imagen de manera tan radical como lo hizo el desarrollo de la perspectiva polar en el Renacimiento o la aparición de la fotografía a fines del siglo XIX”. Han pasado más de diez años de esa afirmación, ¿ha cambiado de criterio?, ¿es aun hoy mucho mayor el “maridaje” entre tecnología vs arte?

Sí, podría contestarte que hoy la tecnología y el arte están aún más entrelazados que nunca y no solamente en las búsquedas puramente estéticas. Y esto es porque, cuando hablábamos, en el cambio de siglo, de la revolución visual y técnica en el campo del arte por medio de la irrupción de las nuevas tecnologías me refería a una realidad bastante más acotada de la que estamos viviendo actualmente.

Es que en este momento que estamos transitando, “entre” y ligeramente post-pandémico, la tecnología ayudó y está ayudando al mundo a comunicarse, trabajar, protestar, enseñar y aprender. En el campo del arte, los circuitos de arte -las exposiciones, los museos, las bienales, los festivales, los congresos, las conferencias y todo lo que se genera alrededor de ellos- se vieron suspendidos. No fue así para los artistas los que, aún alejados de sus talleres y sin un circuito exterior para apoyarlos, siguieron produciendo. Este “maridaje” es hoy aún más estrecho que en el pasado por muchos motivos.

Cuando los artistas nos acercamos a las nuevas tecnologías, buscábamos otros medios de expresión para darle cabida a nuevos discursos. Ahora, bajo las actuales circunstancias, el panorama se amplia enormemente. La tecnología, en este contexto, ayuda a los artistas a relacionarse, a crear nuevas comunidades intra y trasnacionales, a obtener apoyo de sus pares. También, y no menos importante, a compartir lo producido con un público al que le hubiera sido muy difícil sobrevivir al aislamiento sin el arte, sin los artistas, los que pergeñaron una y mil maneras de acercarse a la gente. Basta recordar, por ejemplo, a los músicos y cantantes españoles interpretando desde sus balcones en el comienzo de la pandemia, o a una compañía de ballet con cada bailarín danzando desde sus hogares, acercando la “función” al público a través de un montaje por medios digitales, las exposiciones virtuales, etc.

Esta fue la cara más visible del uso de la tecnología en estos últimos meses. Sin embargo, para los artistas, ha habido facetas incluso más interesantes. Muchos, alejados del equipamiento de sus espacios de trabajo, que nunca habían considerado producir en otros medios que no fueran los analógicos, han encontrado en la tecnología la posibilidad de producir obras en otros formatos y compartir las mismas con un público ávido de recibir estas nuevas propuestas. Otros, cuya práctica no había salido de un entorno local, a través de la ampliación de las comunicaciones y la familiaridad para conectarse, empezaron a participar en comunidades más amplias, así como en proyectos artísticos internacionales. Todos, las grandes instituciones artísticas, así como las pequeñas organizaciones, supimos que teníamos que empezar a generar contenidos, actividades y asociaciones online. No solamente porque era nuestra única manera de seguir trabajando sino porque sabíamos de la necesidad de apoyarnos unos a otros, creando espacios seguros en los que nos pudiéramos relacionar y crear comunidad.

Como fundadora y directora de Proyecto´ace, el espacio y programa de residencias artísticas que fundé y dirijo desde hace más de 15 años, diseñé, junto con mi equipo, un nuevo programa internacional online que propone un formato de trabajo, producción e investigación en colaboración. Lo bautizamos con un oxímoron: “Juntos a la distancia”, una contradicción que dio lugar a un sentido nuevo de cercanía y trabajo conjunto, aunque, físicamente, estuviéramos alejados.  Este programa nació durante el estricto aislamiento como un refugio para las prácticas artísticas, una residencia híbrida y remota -que busca replantear las residencias en épocas de fronteras cerradas y contacto físico restringido-, apoyando a la comunidad artística y cultural internacional mediante la promoción de proyectos colectivos de investigación y experimentación inter y trans-disciplinarios.

Desde agosto del 2020 el programa fue realizado por mas de 130 artistas de todo el mundo incluyendo países como Canadá, México, Estados Unidos, Cuba, Costa Rica, Colombia, Venezuela, Brasil, Perú, Ecuador, Chile, Argentina, Noruega, Escocia, Inglaterra, Alemania, Holanda, España, Austria, Suiza, Italia, Hawái, Emiratos Árabes y Egipto. El mismo tuvo ya 6 ediciones (acabamos de terminar la 6ta) bajo los temas de REFUGIO, NIDO, FRONTERA y FUTURO.  Durante su desarrollo nos encontramos con sorpresas muy interesantes: muchos de estos artistas querían hacer residencias con nosotros, pero no podían desplazarse físicamente por distintas razones (hijos pequeños, enfermedades familiares y personales, trabajos académicos, etc) y recibieron con beneplácito la idea de poder participar sin tener que viajar; otros encontraron en esta propuesta un espacio de contención y producción tanto para las inseguridades y/o traumas generados por el aislamiento y para adquirir herramientas que les permitieran seguir produciendo en esta “nueva normalidad” como para la necesidad de tener el feedback de otros sobre su propuestas.

Otra satisfacción que nos dio este programa de residencias remotas fue ayudar a los artistas en distintas facetas tanto técnicas, artísticas y conceptuales como personales. Así, una artista con capacidades especiales -que nunca hubiera realizado una residencia personalmente porque casi no podía salir de su casa- se animó a trabajar virtualmente, otra artista transgénero se presentó públicamente por primera vez en este contexto, muchos que solo habían realizado sus obras en técnicas tradicionales empezaron a utilizar herramientas como WhatsApp, Email, redes sociales y páginas web de manera totalmente original para realizar nuevos proyectos. Todo esto fue porque ese grupo virtual que supimos armar con la ayuda de estas tecnologías le proporcionó un espacio de creación y de contención que quizás no tenían en el mundo físico.

Usted ha realizado diversas investigaciones y estudios sobre la llamada “frontera digital en América Latina”, ¿cuál es la tesis esencial de esos análisis teóricos?

 La “frontera digital” (digital divide) es el espacio que separa a aquellos que poseen acceso regular y efectivo a tecnologías digitales – “los conectados” y aquellos que no lo tienen – “los desconectados” (Larry Irving, 1990). Esta frontera entre los “que están” y “no están” conectados resulta de diferencias sociales y económicas profundas que terminan afectando el acceso a la información y a las tecnologías digitales. Es un proceso que tiene una gran relación con el desarrollo, la inclusión social y la igualdad de oportunidades, pero también con políticas internacionales e incluso decisiones personales. El término incluye dos problemáticas distintas: a) – Desigualdades de conexión y acceso a las tecnología y b)- Desigualdades de intereses y destrezas informacionales, estás últimas muchas veces relacionadas con la falta de educación.

Hoy, más que nunca, el estar de un lado u de otro de la “frontera digital” significa tener acceso o estar aislado doblemente dentro del aislamiento. Y esto es porque la pandemia ha acelerado la llegada de la revolución digital a nuestras sociedades de un modo que no habríamos imaginado hace un año. Los avances que se preveía realizar en varios años se han hecho realidad en apenas unas semanas. En el año 2020, más de 300 millones de personas comenzaron a usar internet, sumándose así a los más de 4.000 millones de internautas que había el año anterior. La digitalización ha llegado para quedarse y está cambiando el modo en que trabajamos, consumimos, nos informamos y nos conectamos con nuestros seres queridos.

En América Latina se estima que el 70% de la población tiene acceso a Internet. En Argentina, en el cuarto trimestre de 2020 (INDEC,2021), se registró que el 63,8% de los hogares urbanos tiene acceso a computadora y el 90%, a internet. Además, los datos muestran que, en la Argentina, 88 de cada 100 personas emplean teléfono celular y 85 de cada 100 utilizan internet.  Aún con estos altos porcentajes con respecto a otros países de Latinoamérica, la distribución de Internet presenta bolsones, sobre todo en zonas rurales o en los cinturones carenciados de las grandes ciudades, con mayores índices de pobreza, analfabetismo digital y falta de conexión. Por otro lado, la pandemia nos enfrenta a otros factores asociados a la frontera digital. Hoy por hoy, con alumnos tomando clases en sus casas mientras ambos padres trabajan también en la misma casa, el poder conectarse y realizar las tareas educativas y laborales simultáneamente no depende tan solo del tener internet o de un ancho de banda aceptable, sino de la posibilidad de tener una computadora para cada uno y un espacio propio para aislarse y concentrarse, lo que no sucede en la gran mayoría de los casos.

Jouissance, fue el título de su exposición vista en La Habana durante el mencionado Salón de Arte Digital. Ha pasado el tiempo y el feminismo ha alcanzado altos peldaños y niveles, ¿sigue teniendo su obra una mirada hacia el imaginario femenino?, ¿puede decirse que su obra es de marcado carácter feminista?

 Si, siempre lo ha tenido. Esta preocupación empezó a plantearse en mi obra hace 30 años, conjuntamente con el uso de los medios digitales. La misma transitó por varias etapas revisando los mandatos, los derechos y la violencia contra la mujer, así como también últimamente, el papel que toca a las mujeres en los procesos de migración, las que a veces sufren una triple discriminación por inmigrantes, por pobres y por mujeres cuando su importancia es vital en la reconstrucción de la familia en esos nuevos contextos. También en este marco, he revisado el rol de la Iglesia Católica tanto en la conquista de América como en los mandatos impuestos a las mujeres, así como las heridas dejadas por el terrorismo de estado en mi país.

Puede decirse que fue una de las pioneras del arte digital, ¿sigue cultivando la manifestación?, ¿sigue haciendo sus impactantes litografías?

 Como es sabido, empecé a trabajar con medios digitales en los principios de los años 90.  Si bien había habido incursión de artistas en nuevas tecnologías desde fines de los 60 (pensemos en el artista y compositor coreano Nan June Paik o el CAyC en Argentina, por ejemplo) fue recién en los 90 que las computadoras empezaron a ser bienes “más o menos” accesibles en los que se habían desarrollado programas “más o menos” amigables, por lo que no hacia falta ser un ingeniero en informática para usarlas, aunque sí requerían de un cierto alfabetismo digital. Los artistas empezamos a interesarnos en ellas. Era un momento en que estaba todo por hacer y las herramientas digitales eran un desafío tanto en su uso, en los equipamientos disponibles para hacerlas, así como en su aceptación por parte del establishment del universo del arte.

Durante 30 años me convertí en adalid de estos medios, en mi caso utilizándolos en relación al arte impreso y dentro de las prácticas gráficas de campo expandido, trabajando en impresiones bidimensionales. También hice gran cantidad de experiencias con material impreso digitalmente, pensado inicialmente para publicidad sobre carteles o autobuses. La posibilidad de imprimir en escalas monumentales (algo que le había estado vedado al grabado tradicional, con su nacimiento como ilustración de libros) me llevó a intervenir muchos edificios en relación a bienales internacionales, entre ellos algunos paradigmáticos como la Municipalidad Antigua de la ciudad de Praga. La culminación de este proceso vino en el año 2006 cuando la Calcografía Nacional de Madrid/Academia Real de Artes de San Fernando en España me seleccionó para el BBVV-Programa Arte Gráfico Contemporáneo. El programa consistía en la compra de una matriz al artista, la cual era editada en sus talleres. Como sabemos la calcografía es la guardiana de la obra gráfica (y matrices) de Goya y Picasso, entre otros, y tienen unos talleres de grabado tradicional con excelentes técnicos. Coincidió que en ese momento la institución estaba dirigida por el maravilloso Javier Blas, un curador inteligente quien había incorporado el equipamiento digital y estaba queriendo ampliar esos límites tan estrechos que el arte le había impuesto al grabado. Yo moría por tener una obra impresa tradicionalmente allí, pero pensé que, si la Calcografía de Madrid reconocía un archivo digital como una matriz y lo editaba, estaríamos haciendo historia y que en ese acto se legitimaria todo por lo que yo había venido luchando desde los 90, ¡y eso hice!

Para el 2010 ya había transitado un proceso parecido al que pasaron casi todos mis colegas que se sumergieron en las nuevas tecnologías. Queríamos volver a la cualidad táctil, al erotismo del papel impreso a mano. En ese momento se empezó acuñar un término, el de “gráfica post-digital” (que tampoco me parece el mejor para lo que pasó). Esta palabra se refería a la posibilidad de realizar las matrices ni digitales ni manuales sino con herramientas que se alimentaban mediante archivos digitales (corte CNC, corte láser, impresoras 3D) y a partir de ellas imprimir a mano. En el 2018 fui invitada durante un semestre a ocupar la Theodore Randall Chair en el Departamento de Medios Expandidos en Alfred University, Estado de Nueva York, en Estados Unidos. Este es un centro de alta tecnología en el que tuve oportunidad de tener acceso a todo este equipamiento y producir varias obras “post-digitales”. Hoy, realizo mi obra con todos los medios a mi alcance y uso indistintamente todas las tecnologías.

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