CENTRO CULTURAL PABLO DE LA TORRIENTE BRAU

CRÓNICAS DEL DÍA A DÍA / LA VEZ QUE FIDEL LE SALVÓ LA VIDA A MI AMIGO RAÚL RODRÍGUEZ

Por: Víctor Casaus

27 de Noviembre de 2017

Son las dos de la mañana, ya del día 26 y acabo de transcribir lo que Raúl Rodríguez me contó en su casa anoche, después de grabarme en su televisor uno de los programas dedicados a Fidel que se transmitieron ayer. Por eso esta crónica del día a día que sigue es tan suya como del que ahora teclea esta nota introductoria. 

No es la primera vez que Raúl me cuenta algo que después pasa a ser escrito de alguna manera. Así sucedió con aquella anécdota santaclareña de la que salió el poema “El pan despierto”. En el año 59, me contó, el Che se alojaba en la casa de sus suegros cuando llegaba a Santa Clara para alguna de sus funciones de trabajo, y cada mañana, temprano, salía a caminar “ante el asombro el estupor / o ya simplemente la costumbre

de los hombres encargados de cuidarlo / y descendía a pie por aquella vieja calle /

para regresar al poco rato / desgajando pedazos de un pan que humeaba / entre los silbidos de su asma tempranera / y los ruidos de la mañana que también a esa hora / comenzaba a despertarse”. 

Aquí les dejo entonces lo que Raúl me contó hace pocas horas y que compartiré ahora –ya fuera de la efeméride estricta– en las redes sociales y en los sitios del Centro Pablo. Pero la fecha y la hora es lo de menos. Lo que vale es lo vivido, lo escuchado y lo contado. Aquí va.

Estábamos en Ecuador visitando pueblitos pequeños. Ibamos con un carro de una empresa independiente de video. Ibamos Niurka Pérez y yo, ella iba a hacer varios documentales, yo iba de fotógrafo con ella. De pronto llegamos a un lugar, era una comunidad indígena donde llevaban una semana celebrando una boda y todo el mundo estaba borracho.

Cuando entré con Niurka me asusté porque los habitantes de allí, al llevar una semana bebiendo, estaban como enloquecidos: se tiraban huevos, plastas de fango… y nos miraban con cierta agresividad. Le dije a Niurka: por favor mantente conmigo aquí porque no me gusta cómo está esto.

El guía que iba con nosotros se mete en el carro y se cierra, en vez de decirnos: vamos a irnos con el disimulo y demás; no, el tipo se esconde, se mete en el carro y se esconde. Y hay un momento… bueno, Niurka era una mujer muy atractiva. De esto hace años y ella estaba en su momento más bonito. De pronto nos empiezan a rodear. Las mujeres se retiran, me doy cuenta de que las mujeres se retiran y los habitantes del lugar se empiezan a acercar a nosotros, pero con caras agresivas, no con caras de: vamos compartir. Estaban completamente irracionales, producto de la bebida.

Le dije a Niurka: pégate al lado mío porque yo no sé qué va a pasar aquí. Se venían acercando y acercando. Venían por este lado, por el otro. Cuando estaban aproximadamente a cinco metros… yo no podía hacer nada, no tenía posibilidades de moverme: era la aldea completa. Y grito: Fidel Castro, coño! Fidel Castro, cojones!

Se paró todo el mundo. Se detuvieron. Con esos dos gritos que metí: dije cojones! y Fidel Castro, coño!, pero gritado, y se pararon, se detuvieron. Entonces le dije a Niurka: vámonos. Nos fuimos caminando lentamente. Ellos no se movieron más, no dieron un paso más. Niurka y yo nos fuimos caminando para el carro, el tipo abrió la puerta, entramos y nos fuimos.

Te digo que esa fue una experiencias que te da la medida de quién era Fidel a nivel mundial, a nivel latinoamericano: el respeto. Se acabó la borrachera. Yo vi la cara del que estaba más cerca de mí: cuando di los dos gritos, el tipo hizo así, ban, y se detuvo. Primero, el tipo no sabía que éramos cubanos, seguramente, pero cuando le dije “Fidel Castro” el tipo se paró, se quedó paralizado, como que había que respetarnos a nosotros. Esa fue la lectura de aquel momento.

Yo vi a Fidel varias veces después, y estuve muy cerca de él, y siempre había querido decírselo, pero me daba pena. Y casi nunca eran coyunturas propicias para contarle. En el Centro Pablo, en octubre del 2001, estuvimos cerca, porque yo estaba hablando con el pintor, con Julio Girona, ahí tranquilo, y él vino caminando, y yo me iba a ir porque me daba pena, ¿no?, a lo mejor él tenía que hablar algo con Girona, y me iba a ir pero él me dijo: No, no te vayas, quédate ahí. Yo me quedé sentado, y se puso a hablar con Girona allí. Fue uno de los momentos en que pude decirle aquello, pero me pareció inoportuna la anécdota.

Ahora, con esto te lo digo todo: a mi me impresionó tremendamente porque yo vi mi vida en peligro aquella vez. La vida mía y  la de Niurka estaban en peligro. Si el ecuatoriano que iba a con nosotros les hubiera dicho algo, pero no, el tipo huyó, se encerró, puso el seguro del carro. Tenía miedo. Una comunidad completa tomando bebida una semana… Pero el nombre de Fidel los paró: los paró a todos, no dijeron una palabra. Todo el bullicio, toda la jodedera que tenían formada tirándose fango, todo se paró. Se quedaron inmóviles. Y nosotros nos fuimos tranquilamente.

Víctor Casaus / Raúl Rodríguez

COMENTARIOS

Novedades Ediciones La Memoria

Elpidio4
Elpidio3
Elpidio2
Elpidio1
pág-2
Elpidio-Valdés-sus-inicios