CENTRO CULTURAL PABLO DE LA TORRIENTE BRAU

CUBA: LAS VOCES DEL SUBSUELO.

Por: Ambrosio Fornet

14 de Octubre de 2019

Por Ambrosio Fornet

Confieso que fue el hallazgo casual de un texto casi desconocido de autor casi desconocido –¿Cuba es la patria del “poco más o menos”? Ni protectorado, ni República (1913), de Wifredo Fernández– lo que echó a andar en mi mente el mecanismo de las asociaciones. Pensé en el lapidario diagnóstico de Máximo Gómez sobre nuestra incapacidad para situarnos en el justo medio (los cubanos “o no llegan o se pasan”), y pensé en dos conceptos sobre el decursar histórico, muy semejantes entre sí, que debemos a Martí y a Unamuno, respectivamente: el de subsuelo y el de intrahistoria. (Hay otros –como las metáforas del volcán y del topo— que también aluden a la acción subterránea de factores que sólo se perciben como históricos cuando emergen de pronto a la superficie.)

Es a las ideas de Martí a las que ahora quiero referirme, a propósito de las visitas que poco antes del reinicio de la guerra le hicieron, en Nueva York, dos connotados intelectuales autonomistas, Nicolás Heredia y José de Armas y Cárdenas (Justo de Lara). Ante las pretensiones políticas de su anfitrión, Heredia se había limitado a encogerse de hombros: la atmósfera en Cuba, después de tantos años de paz y prosperidad económica –alegó–,  no era favorable a la reanudación de la guerra. Sin inmutarse, Martí repuso que él no estaba hablando de la atmósfera, sino del subsuelo. Años antes, la reticencia de Justo de Lara ante los planes insurreccionales de los emigrados lo hizo  chocar con la opinión de Martí de que los habaneros vivían, sin darse cuenta, “sobre un volcán”. No puedo evitar una última referencia –que debo esta vez a Vitier–, directamente vinculada a la literatura cubana de la época: toda ella –tanto la poesía como la prosa, desde Casal hasta Meza– respondía a zonas culturales viciadas por la doble moral, en las que se había producido una fractura entre las aspiraciones individuales y las colectivas, mientras que en la obra de Martí, que no giraba en esos espacios, la ética y la estética se fundían en una unidad compacta.

Este rodeo viene a cuento porque leyendo el alegato de Fernández uno llega a la conclusión de que se trata de un gran obituario, de que estamos ante el testimonio del fracaso definitivo no sólo de la República, sino de la propia Nación  cubana. Y todo, por culpa de nuestros legisladores  y hasta del mismísimo Presidente Estrada Palma. Muy lejos nos hallábamos del momento en que Salvador Cisneros Betancourt había calzado su famoso alegato con una versión criolla del “Yankee, go home!” (¿Se puede justificar “la permanencia del americano en nuestro país –terminaba diciendo el Marqués, en aquella deplorable Asamblea del Cerro– como no sea por la razón de la fuerza, escueta y descaradamente”?). En efecto, fueron la prepotencia de unos y el pragmatismo o la poca autoestima de otros, los factores que perpetuaron el derecho a Intervenir de aquellos que habían proclamado cínicamente su derecho a Intervenir. La conocida pelea del león suelto contra el mono amarrado nunca tuvo una muestra más escandalosa.

En 1913 ese volvía a ser, por decirlo así, el código atmosférico, las alarmantes señales que llegaban al país desde la superficie. Pero en el subsuelo ya empezaba a generarse otra dinámica. Es más, ese año aparecieron, en prestigiosas imprentas habaneras, no sólo el folleto del pinareño Fernández, sino también Contra el yanqui, del manzanillero Julio César Gandarilla, que Fernández tuvo ocasión de citar. En  resumen, ¿cuánto tardaron en hacerse visibles las primeras señales del subsuelo? ¿Cuánto hubo que esperar para que se escuchara en toda la Isla el clamor de la Protesta de los Trece? ¿Cuánto tiempo transcurrió hasta la entrada en acción de Martínez Villena, de Mella,  de Guiteras, de la Generación del 30? ¿A qué nivel del subsuelo y por qué red de canales se habían ido acumulando aquellas pulsiones subterráneas?

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