CENTRO CULTURAL PABLO DE LA TORRIENTE BRAU

De regreso al Danubio

Por: Centro Pablo

9 de Enero de 2018

 

De regreso al Danubio

Por Aurelio Alonso

 

Me encontré la primera vez con Fernando Barral en 1964. Había venido a colaborar como psiquiatra con la Revolución Cubana invitado por el Che, que le había conocido y evidentemente valoraba su talento. Fue fundador de los servicios médicos del Ministerio del Interior y organizó y dirigió una clínica siquiátrica de ese organismo por muchos años. Él se interesaba en profundizar los estudios marxistas, como Fernando Martínez —que prologó este libro— y los que entonces enseñábamos junto a él en la Universidad de La Habana. En Cuba trabajó, echó raíces y sembró afectos, preservando el caudal valiosísimo de memorias de una juventud intensamente vivida que le obligó a (y le permitió) madurar su convicción socialista en condiciones excepcionalmente complejas.

En este, su segundo libro, Barral nos ofrece un esclarecedor testimonio de sus vivencias de la que, con rigor, califica de insurrección” húngara de 1956, que los cubanos de mi generación conocimos primero como la represión brutal de Moscú hacia un pueblo vecino que se rebelaba contra su hegemonía comunista. Con posterioridad se nos enseñó que, por el contrario, se había tratado de una operación inevitable frente a la sublevación contrarrevolucionaria de reductos de la reacción local, orquestada con apoyo imperialista.

El hecho es que, unos meses antes ese mismo año, en el XX Congreso del PCUS, Nikita Jruschov había presentado aquel “Informe secreto” que de todos modos recorrió el mundo, con la crítica a los aspectos más oscuros de la conducción política de José Stalin, hasta ese momento inmaculado patriarca y guía del comunismo mundial. Esta crítica sacudió todo el circuito de influencia soviética en torno a un “deshielo” que no podría evitar repercusiones de muy diverso género y alcance, en muchas latitudes. Las deseadas y sobre todo las inimaginables.

La historia de lo ocurrido en Hungría a finales de ese año propiciaba la lectura parcial, manipulada desde la propaganda anticomunista, debido también a la distorsión justificativa que pretendía darle Moscú. Sin embargo, la verdad no podía develarse desde ninguna de las posiciones extremas: como siempre, había que descubrirla en su complejidad y a través de las contradicciones de la realidad vivida. La gravedad del significado que tenían para el Sistema del Este las insurrecciones en los países de su periferia —no era esta la primera— aumentaba ahora por el hecho de que la superación del estalinismo se necesitaba exitosa después de lo reconocido en el XX Congreso del PCUS. De un lado, la periferia de la URSS tenía motivos para reclamar cambios que propiciaran una relación más flexible, o según se viera para una salida del Sistema. Por el otro, el Kremlin no estaba en disposición de admitir que se repitiera siquiera algo parecido al rechazo de Tito en 1948 a seguir sus reglas del juego en Yugoslavia. Y en Hungría volvió a actuar, en consecuencia, aplicando de nuevo los métodos propios del estalinismo, que el “deshielo” dejó intactos.

Si Federico Engels había criticado en sus tiempos a la izquierda hegeliana con la certera metáfora de que “con el agua habían tirado a la criatura” (refiriéndose a la dialéctica misma), pienso que podría decirse, de los sucesores de Stalin, que creyeron encontrar la solución al estalinismo en deshacerse de la criatura, preservando el agua, con toda su turbulencia. Porque la crítica de aquel histórico congreso partidario se limitó al “culto a la personalidad” del criticado, pero dejó intactas las deformaciones institucionales y relacionales que generó. Las cuales se mantuvieron como lastre funesto del “socialismo real”.

Fernando Barral vivió esos años en Hungría, allí se hizo médico y ejerció, graduado ya, como psiquiatra, lo cual le da a su relato un significativo valor testimonial. Pero también ha estudiado los hechos, las secuencias históricas, la participación de los sectores de la sociedad húngara, el protagonismo de los dirigentes, los vaivenes partidarios, el recurso soviético al poder frente a sus aliados vecinos. Ha manejado además una apreciable bibliografía. En la resultante de su estudio opta por diferenciar una parte testimonial y concluir con un resumen analítico que podría ser incluso asumido como hipótesis de mucho valor para profundizar en ese tramo de la historia, tan necesitado de debate, como otros. Aporta además una colección de fotos muy ilustrativa. Nos dejará tal vez más preguntas que respuestas. Puede que sea esta una de sus mayores virtudes. De hecho, tengo la certeza de que no pocos estudiosos cubanos se verán motivados por la lectura de este libro.

La parte del resumen distingue cuatro “cambios cualitativos” en el proceso. Llamo la atención de que, al denominarles así, acude a un término que le permite destacar rupturas con la continuidad, sin comprometerse a definiciones demasiado cerradas.

Cuando Barral llega a Hungría en 1951 el poder se concentraba en manos de Matias Rakosi, reputado por su impronta autoritaria que le hizo acreedor del apodo de “el pequeño Stalin”. Tampoco debemos olvidar el marcado colaboracionismo húngaro con la ocupación nazi, en una nación que fue parte de uno de los imperios que hizo eclosión en la Primera Guerra Mundial. A diferencia de la historia de la ocupación alemana en Polonia o en Bohemia-Moravia. Los países que la URSS creyó poder homogeneizar después de 1945 en un molde de “democracias populares” son muy diferentes entre sí. A pesar de ello, todos padecieron un “proceso de sovietización forzada de la vida económica, política y social”, para decirlo con las palabras del autor.

A la muerte de Stalin en 1953, sus sucesores, Malenkov y Jruschov, sabían que no era posible mantener a Rakosi en Budapest concentrando el poder, y propiciaron una partición —como habían hecho en Moscú— sustituyéndolo en la jefatura del Estado por Imre Nagy. Barral aprecia, con Nagy, el comienzo de un alivio de tensiones aceptadas, tanto en el país, como en el Sistema del Este. Pero en un clima contencioso en que Rakosi llega a poner en crisis a Nagy en el Pleno del Partido del Trabajo de Hungría (PTH) de diciembre de 1954, acusándolo de contrarrevolucionario. En este primer “cambio cualitativo” se genera una suerte de vacío de poder, con Nagy en un gobierno ficticio hasta que Rakosi es sustituido de la cúpula del PTH, bajo la influencia del XX Congreso, en julio de 1956. La sustitución no puede ya contener la presión del descontento legítimo de trabajadores y estudiantes, por una parte, y por otra la proliferación de las fuerzas opuestas al socialismo  que, con distintos matices, llegaron a sumar unas 250 organizaciones, muchas de las cuales “recibieron de Occidente instrucciones, ayuda financiera, apoyo logístico y material”.

La Iglesia Católica, reservorio de nostalgias imperiales, cuya figura histórica, el cardenal Joseph Mindzenti, había sido condenado a cadena perpetua en 1948, deviene, casi en bloque, un actor destacado a favor de la restauración del viejo régimen.

En el segundo “cambio cualitativo” subraya nuestro autor la toma de fábricas por los trabajadores, con la creación de consejos obreros, que se agrupan creando consejos municipales; se pone fin a las huelgas y las protestas violentas se mitigan con la retirada de las tropas a sus cuarteles. Nagy se identifica con los Consejos, los cuales que son legalizados, inspirados en el espíritu de la frustrada república de Bela Kun en 1919. El círculo Petöfi, formado por la intelectualidad reformista, que contaba con marxistas de la talla de György Lukács, trató de dar un aliento y un perfil positivo al movimiento reformador.

Lukács, a quien seguramente recuerde más el lector por su monumental obra en el campo de la estética, había sido ministro de Educación en 1919, pero su obra decisiva, Historia y conciencia de clases (1924), que pudo ser un puntal en el debate teórico mundial socialista después de la muerte de Lenin, fue censurada, por el contrario, desde la ortodoxia que se implanta en la capital del socialismo. Condenado al ostracismo, Lukács se vio obligado entonces a autocriticarse y renunciar a ella para poder subsistir. En 1956 quedaría, al final, condenado otra vez a un trance similar.

El 23 de octubre la manifestación de los estudiantes de la Universidad Politécnica de Budapest se convirtió en el curso del día en una avalancha de más de doscientas mil personas con el reclamo de “Abajo Gerö” y “Nagy al poder”. Pero, como describe sin ambigüedades Barral, ya “ni el discurso moderado de Nagy ni el condenatorio de Gerö”, opuesto a Nagy desde el PTH como antes lo estuvo Rakosi, fueron bien recibidos, y “lo que había comenzado como una manifestación pacífica se salió de cauce y se convirtió en una franca rebelión”.

Intento solamente expresar aquí lo que me inspira a sostener lo indispensable de tomar en cuenta lo compleja y contradictoria que es la realidad si nos disponemos a conocerla a fondo.

Decide entonces Moscú lanzar la operación Torbellino con los tanques de guerra que entran el 4 de noviembre en Budapest al mando del general Ivan Konev, el mismo que había dirigido las tropas libertadoras soviéticas en 1945. La ocupación militar sería el tercer “cambio cualitativo” según el resumen de Barral.

El cuarto sería, después de casi un mes de ocupación militar directa, la vuelta a una normalidad predeterminada. Bajo la sombrilla del ocupante se disuelve el PTH, como si bastara el cambio de siglas para borrar huellas, y se constituye el Partido Obrero del Socialismo en Hungría (POSH), con Janos Kadar, de nuevo con el poder unificado. No me queda muy claro si Kadar fracasó o si prefirió no negociar con sublevados. El POSH acordó desde entonces proscribir el término de rebeldía y oficializar el de contrarrevolución para referirse a los sucesos de 1956.

Admito que dejo muchos vacíos, y seguramente inexactitudes, pero no es mi misión el relato, privilegio intransferible del autor, sino motivar a la lectura de la obra. Y termino estas líneas destacando la importancia de su publicación en las palabras de Fernando Martínez —que mucho apreciaba a su tocayo— en su prólogo, cuando afirma: “Es indispensable rescatar la memoria de todas las experiencias e ideas anticapitalistas y socialistas”, y resalta la necesidad de “abolir la dominación espuria, las mezquindades y las mentiras en nuestro campo, porque el socialismo que necesitamos no puede ser primitivo ni pequeño”.

 

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