DESCONCIERTO

Por: Ambrosio Fornet

17 de Junio de 2019

Por Ambrosio Fornet

Siempre creí que Aureliano Buendía había sido el único niño del Nuevo Mundo que podía jactarse de haber sido llevado por sus padres a conocer el hielo, pero ahora descubro que probablemente no lo era. Leyendo los pintorescos apuntes de José María de la Torre en Lo que fuimos y lo que somos o La Habana antigua y moderna (1857) me entero de que el hielo se introdujo en La Habana medio siglo antes, exactamente en 1806 –por cierto, contra el criterio de los médicos locales, que lo consideraban perjudicial para la salud–, y que algunas personas, al probar las bebidas heladas, las soplaban como si estuvieran calientes, mientras que otras, alarmadas, salían corriendo…

Mi desconcierto tiene que ver con otras cosas congeladas, sí, pero congeladas en la memoria colectiva o en las enciclopedias. Me refiero a los hábitos lingüísticos. Coincido con mis colegas académicos en su preocupación por los usos indebidos del lenguaje en los espacios públicos, pero también con el filólogo Angel Rosenblat cuando afirma que las formas expresivas de ciertos sectores de la población –por ejemplo, el habla campesina, el habla popular, el habla familiar…– “tienen su dignidad en sí mismas, su propia razón de ser”. Creo que sería un disparate ponerse a cazar en ellas “barbarismos, solecismos, idiotismos, galicismos, anglicismos y otros ismos malignos”, como dice burlonamente el autor. Pero insisto en que no se trata de eso. Nací en una zona donde se mantenían invariables ciertas tradiciones, lo autóctono se imponía sobre lo importado, se le decía cutara a la chancleta rústica y se consumía fielmente el casabe de Jiguaní. Entonces, ¿por qué decidimos llamarle zapote a la fruta que en Vueltabajo –y de hecho en La Española y las demás Antillas, desde que Las Casas y los Cronistas de Indias la describieron como una de las maravillas del Nuevo Mundo– se denomina mamey? Esta última es voz de origen arawaco, de clara estirpe taína, mientras que zapote nos llegó de México, es un término importado, aunque también producto del nomadismo que caracteriza las culturas caribeñas. ¿Cuándo y por qué se estableció la insólita costumbre de sustituir una voz por otra, lo que no ocurrió en el occidente de la Isla? Además, los contados núcleos de migrantes mexicanos que se establecieron en Oriente a fines del siglo diecinueve y principios del veinte eran yucatecos, de lengua maya, mientras que el origen lingüístico de zapote, según el diccionario, es el náhuatl. ¿O sería que ya entonces la cultura azteca había alcanzado algún nivel de influencia en Yucatán? Es cierto que para nosotros –los orientales de quienes vengo hablando—no se trataba de la misma fruta (el zapote tiende a ser más redondo y de masa mucho más roja que el mamey, que suele ser anaranjado)–, pero saberlo no hace más que devolvernos al punto de partida: ¿por qué se impuso el zapote importado sobre el criollo mamey? ¿Y por qué sólo logró arraigar en el vocabulario de un extremo y no de toda la Isla?

Me temo que, ante tanta insistencia, los lectores puedan acusarme de obsesivo. ¿No estaremos ante un caso semejante al de nuestros dramáticos perros mudos, de los que nos hablaban en la escuela siendo niños? Fueron perros que dieron mucho de qué hablar, pero a los que nadie oyó ladrar nunca. Por la mambíbula encontrada en unas excavaciones, cerca de Morón –se afirma en un artículo reproducido en la décima entrega del anuario Gabinete de Arqueología— parece que el supuesto perro  perteneció a la familia de los osos, y más exactamente “al oso lavandero de Linneo”, lo que nos sirve para saber que se refiere al llamado “Racoon por los angloamericanos, Raton por los franceses, Mapache por los mexicanos y al mal llamado Perro mudo por los primeros descubridores, que los hallaron con tanta abundancia en la Isla de Cuba y que los indios criaban en sus casas”. O sea, que no cesamos de movernos entre equívocos y enigmas.

Así que… ¿volvemos al mamey y al zapote, o los dejamos aquí?

COMENTARIOS

EVENTOS

 

 

CONCIERTO A GUITARRA LIMPIA «DEBO DESAPARECER» CON CARLO FIDEL TABOADA

EXPOSICIÓN DE CARTELES 20 AÑOS A GUITARRA LIMPIA

 

 

 

 

Nuevas propuestas