DIMENSIÓN DE EUSEBIO

Por: Centro Pablo

18 de Noviembre de 2019

Querido Eusebio. La primera vez que nos cruzamos no tuve forma de adivinar tu verdadera dimensión. Como sé que recuerdas, fue en la oficina que Aida tuvo en San Ignacio y Empedrado. Aquella mañana entraste un momento, le susurraste algo y después continuaste con tu paso silencioso y tu camisa de todos los cubanos. Fueron tan tenues tu entrada y tu salida que pude haber soñado tu presencia. Pero enseguida aquella entrañable mujer me contó que habías estado expuesto a “las crueles realidades de nuestras vidas”. Tú no lo supiste, pero desde ese instante estuve contigo.

Esto debió ocurrir hace apenas medio siglo. No recuerdo si Aida mencionó que eras el nuevo Historiador de la Ciudad. La verdad es que por entonces hablábamos poco de lo que éramos, siempre estábamos en lo que queríamos ser. En una ciudad donde cada jornada era historia vivísima del mundo, podían ser invisibles un estudioso, una funcionaria genial, un trovador.

Después empecé a distinguirte, siempre fugazmente, más allá de terceras y cuartas filas, como si prefirieras los perfiles bajos, como si huyeras de las luces. “Debe ser un vampiro”, pensé una vez que te vi al amparo de las sombras, desplegando tus artes. Pero llegaron los setentas y apareciste aquel equipo de arquitectos al que aporté, casualmente, unas fotos. Entonces comenzaba a perfilarse lo que venías bordando con paciencia de chino, y tuve un atisbo de tu dimensión. Por eso un día, en Camagüey, cuando develabas la placa de Agramonte, te dije bajito: “Hermano, yo creo que Ud. también va para el bronce”.

Nunca olvido aquella semana en que Alfredo nos hizo coincidir y tu explicabas el día que fundaron Venecia, en una plaza San Marcos que para mi sorpresa se anegaba, cerca de Caffe Florian, con Fina y con Cintio bajo el Puente de los Suspiros, donde hubo aquellas fotos. Luego, en la noche, nos descubríamos merodeando La Fenice, locos y emparentados por el mismo apetito.

Somos tan distintos, querido Eusebio, y a la vez tan iguales, que sobrecoge. Tú estuviste junto a tu madre hasta el fin, y yo vivo con la mía hasta que uno de los dos se vaya. Tú, aún cuando lo amado no siempre te ha correspondido, contra viento y marea has continuado amando. Y lo mejor es que has sabido hacerlo dejando fuera lo banal, maravilla cada vez más extraña.

Hoy, cuando tu obra y tu dimensión se hacen casi inabarcables, te confieso que me veo en ti, querido Hermano; no en tu incomparable estatura, benefactora de la ciudad y del país, sino en el cotidiano afán por extraer del fondo de nosotros lo que nos hace buenos.

Gracias por eso, desde y para siempre.

Silvio Rodríguez Domínguez

LO QUE NOS HACE BUENOS

querida gente /
hermosa entrada la que inaugura silvio con ese texto amable, justo y humanísimo para nuestro hermano eusebio.
todos tenemos una inmensa deuda personal de gratitud con ese soñador incansable, con ese hacedor incesante.
ha tenido la persistente capacidad de descubrir la belleza entre las ruinas. y de batallar por el triunfo de ella contra vientos y mareas, dándonos ejemplo de rigor y sistematicidad, de inteligencia y coraje.
en el centro pablo se le admira y se le quiere por esas razones que se multiplican y crecen. y también, en un acercamiento del lente, por su apoyo decisivo para que existamos aquí, en la calle muralla 63, desde hace más de veinte años.
ahora mismo se continúa avanzando en las reparaciones del inmueble, a cargo de la oficina del historiador de la habana, después que la instancia que prometió, aprobó y debió realizar esos trabajos mantuviera cerrado silencio por respuesta durante más de un año.
Por eso también compartimos, como dice el trovador, «el cotidiano afán por extraer del fondo de nosotros lo que nos hace buenos».

Víctor Casaus

 

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