DONDE SÍ, SI…

Por: Tony Apezteguia

19 de Junio de 2018

Por Rey Montalvo 

(Tomado de Granma)

Aunque no acostumbro a solicitar espacio para mis canciones, el compromiso con algunos amigos me llevó a un nuevo centro cultural. Con mi sudor de caminante y unos cuantos papeles que resumían mi carrera artística como trovador, le expliqué al primer funcionario que me atendió, mis dificultades para auto-promoverme, quizá porque soy intolerante a esos que llevan su currículo impreso en el pulóver.

Él reaccionó con extrañeza, «hay que saber venderse –dijo–, aprovechar las oportunidades, ser capaz de todo para hacerse de un nombre». Las últimas palabras me estremecieron. Continuó hablando sobre la fama y los caminos a ella. Cuando hizo silencio, sin invitarme nunca a tomar asiento, esperó mi gratitud por los consejos y yo apenas pude sostenerle la mirada por la vergüenza ajena.

Un nuevo empleado me recibió en un salón junto a otros artistas y productores, y sin atender los papeles que dejé en sus manos, le indicó a una asistente meneando la cabeza que se ocupara de mí.

«El Centro tiene pocos meses de fundado –dijo ella–, todavía no ha formado su público y hemos perdido mucho dinero con algunos artistas. Para programarse aquí hay que ser rentable».

Me ejemplificó con nombres, por ética no los repito, algunos buenos artistas que perdieron su espacio por la escasez de público y otros, no tan notables, que llenando la barra de «compradores de cerveza» garantizaron su permanencia y sistematicidad.

«Antes teníamos el día del jazz  –me contó en tono de resignación–,  pero tuvimos que quitarlo porque no era beneficioso. Los artistas tienen que poner de su parte, hacerse buena promoción, llenar el espacio de familiares y amigos para nosotros no tener pérdidas».

«¿Cuánto cuesta la entrada?» –pregunté. «50 pesos», me dijo, y pensé en las familias y amigos profesionales que no pueden darse el lujo de gastar ese dinero (sin contar el consumo interno), para demostrar la «rentabilidad» de su allegado. Asumo que es más importante discutir sobre la calidad o no de un artista, aunque el bar esté abarrotado o vacío.

No hay que confundirse, estos hechos puntuales no reclaman respuesta ni solución privativa, por eso se prescinde de especificar el nombre del centro. El contexto cubano no admite remiendos, sino un accionar sistémico sobre los métodos.

Parece que todo ocurre a la vez, mientras un amigo me aconseja no publicar esta historia y yo me niego a callarla, a una trovadora le suspenden su concierto porque un gerente no está feliz con la recaudación en la puerta; alguien me lee y entiende que no hay diferencia entre vender el arte y hacerlo vendible.

La lógica que subyace a estas experiencias y nace impregnada en algunos espacios de este tipo en el país, es la que establece un criterio empresarial en detrimento del cultural, de espaldas a la concepción artística del proyecto revolucionario. Obtener mayores ingresos no debe ser el fin, sino el medio para que al jazz no le falte su día, por ejemplo; así lo prueban otras experiencias en Cuba donde la autenticidad es la premisa.

Para resignificar las cadenas de valor de la cultura hay que influir en las prácticas institucionales cuando se divorcian de la intencionalidad política, por desconocimiento, malinterpretaciones o rutina de multiplicar estándares simples.

Vivimos en un tiempo que nos reclama trascender lo posible y lo evidente. El sentido común no es siempre certero; hay que optar por no seguir ciertos consejos, no rendirse ante lo obvio ni el silencio y no dejar de pretender cambiar el mundo.

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