DOS HOMBRES EN PUGNA

Por: Centro Pablo

12 de Febrero de 2018

Nuestro Centro se siente feliz y honrado porque un colaborador suyo, el ensayista y editor Ambrosio Fornet, haya recibido hace unos días el Premio Pablo: “por la agudeza de su pensamiento crítico, que nos ha ayudado a pensar, con cabeza propia, los problemas de nuestro tiempo; por la consecuencia de su práctica intelectual a lo largo de estos años;

por su sostenido e intenso aporte a la cultura revolucionaria de la Isla”. La colaboración de Ambrosio con el Centro es reciente; la amistad que le une a algunos/as de nosotros/as, larga y fecunda en su autenticidad, probada en diversas y, a veces, complejas circunstancias personales y sociales.

Por todo ello tenemos, para nuestra suerte, en las páginas electrónicas de nuestro sitio www.centropablo.cult.cu y de nuestro boletín mensual Memoria, estos carabinazos de Pocho que recuerdan y homenajean, en su guiño cómplice, el título de aquella sección del (primer) Caimán Barbudo.

Bienvenido entonces otra vez –y siempre– el maestro Fornet a este territorio centropabliano.

Víctor Casaus

Por: Ambrosio Fornet

Durante los diez años en que me desempeñé como coeditor de literaturas  extranjeras —en A título personal he rememorado esa etapa— sólo tuve una experiencia realmente desagradable y se la debo al escritor inglés de novelas policiacas Raymond Postgate.  Habíamos decidido publicar en nuestra colección El Dragón su novela Veredicto de doce (Veredict of twelve, 1943, cuya versión cinematográfica, protagonizada por Henry Fonda, se había estrenado aquí con el título de Doce hombres en pugna). Durante una breve estancia en Londres conseguí la dirección del autor y ya de vuelta en Cuba le escribí comunicándole nuestra decisión y asegurándole que velaríamos por la pulcritud de la traducción y le haríamos llegar un ejemplar cuando saliera. Pero… —y la partícula era, es como el signo de toda una época—, pero que, lamentablemente, no estábamos pagando derechos de autor —por lo menos, en divisas— ateniéndonos en esto a la decisión de nuestro gobierno y a la reciente declaración de la Conferencia de Estocolmo sobre las inaplazables exigencias culturales de los países subdesarrollados. Le complacería saber, sin embargo, que su novela sería ávidamente leída en un país que había liquidado el analfabetismo y se disponía, primero, a distribuir gratuitamente en los centros de enseñanza millones de ejemplares de libros de texto y de consulta, y después, a poner en librerías, al alcance de todos los bolsillos, lo mejor de la literatura universal…, incluyendo a Shakespeare y Dickens, naturalmente. Me daba cuenta –esto lo pensé, no lo dije— que había una pizca de injusticia en aquel acto de justicia histórica; al negarle el pago del copyright a un autor vivo, cargábamos sobre él la culpa de una vieja deuda contraída por otros. Pero creí ingenuamente –lo confieso– que el autor iba a encontrar en mis comentarios una justificación aceptable.

Por el contrario, después de un breve intercambio de opiniones me dio a conocer su desacuerdo  en un aerograma fechado en Londres el 23 de noviembre de 1967. “Estimado Señor —decía allí—: Es la misma historia de siempre: al trabajador se le despoja del producto de su trabajo y se pone a un funcionario leguleyo a encubrir el hecho. Usted es un poco menos leguleyo que otros; aquí no se aprobó la sugerencia de la Conferencia de Estocolmo en cuanto a que cualquier país podía declararse ‘en desarrollo’ y robar los libros de cualquier autor. Aquí, gracias a la influencia ejercida por los escritores, debidamente organizados, se impidió al menos que el gobierno británico firmara ese documento. Y eso de que mi poca disposición a confiar en sus traductores le resulte a usted ‘ofensiva’, es toda una muestra de impudicia burocrática. Ustedes son ladrones y usted es insolente; ¿por qué debería yo confiar en vuestra integridad en otros campos? De usted, atentamente, Raymond Postgate”.

Había en aquel tono insultante y barriotero  una resonancia imperial, un ripio de la prepotencia que caracterizó en su momento a la Pérfida Albión, y me dispuse a responderle como se merecía. Pero me contuve. De pronto, sentí pena por aquel pobre hombre que con sus setenta años a cuestas y pese a todo su talento, vivía encerrado en su mundo pesetero de chelines y peniques. Me di cuenta de que ahora no se trataba de doce, sino de dos hombres en pugna, mejor dicho, de dos mundos en pugna: el suyo y el mío. Y me limité a responderle: “Señor Postgate: usted no ha entendido nada”. No me contestó

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