EL ESPACIO DE LO INSÓLITO

Por: ambrosio fornet

8 de Octubre de 2018

Por: Ambrosio Fornet

Nunca imaginé que para llegar a Bayamo, desde Holguín, alguien tuviera que atravesar una inmensa ciénaga poblada de cocodrilos. Y sin embargo, fue lo que le ocurrió a cierto aristócrata  francés –de origen antillano, por cierto– en un viaje que hizo a Cuba en 1841. Lo cuenta él mismo, bajo el epígrafe  de “Una noche en la ciénaga  de Bayamo”, en un  libro que publicó en Francia tres años después. Salió con su guía de Las Tunas, “uno de los partidos de la jurisdicción de Bayamo”, se desvió rumbo a Holguín, deseoso de ver con sus propios ojos las “arenas auríferas” que había en los ríos de la zona (por lo visto, el brillo del oro se mantenía intacto entre los europeos, tres siglos y medio después) y, pasando por Cacocum  llegó hasta las inmediaciones de Cauto Embarcadero. Doce horas después de haber salido de Holguín y estando todavía “a quince leguas de Bayamo”, el guía propone no volver al camino real sino “atravesar la ciénaga vadeando” para salir a una hacienda cercana a la ciudad. Pero los coge la noche y se pierden.  Y de pronto escuchan,  en medio del silencio reinante,  un ruido espantoso. “Era como si mil bueyes furiosos hubieran bramado a la vez”. El aterrorizado viajero pregunta, en un grito: “¿Qué es eso?”.  Y el guía responde,  secamente: “Los cocodrilos”. Estaban rodeados. (Lo que viene después lo hallará el curioso lector en La isla de Cuba, de J. B. Rosemond de Beauvallon, publicado en 2002 por  la Editorial Oriente).

Ahora que estamos celebrando el sesquicentenario del  inicio de nuestras guerras de independencia sólo necesitaba una imagen como esa para confirmar mi sospecha de que Bayamo y su territorio podrían ser considerados, en nuestra historia, como el punto de partida de una nueva versión de lo  maravilloso, el espacio privilegiado de lo real-insólito. La sospecha adquiere consistencia  cuando se sabe que en 1865 –veinticuatro años después que el aristócrata francés—llegó a Cuba un reservista dominicano, oficial del ejército español recién derrotado en su país, llamado Máximo Gómez. ¿Y adónde fue a dar el tal Gómez, acompañado por su madre y sus dos hermanas? A un caserío del municipio de Bayamo, llamado El Dátil, donde se dedicó sobre todo al comercio de madera como agente de una compañía radicada en Manzanillo.  Apenas tres años después, miembro de la  recién creada caballería del Ejército Libertador –a la que se había incorporado con la anuencia de Céspedes–, el sargento Gómez dirigió  en Pino de Baire la primera carga al machete de nuestras  guerras de independencia. “Por tan humilde puerta –escribió Fernando Portuondo—se echó  el gran guerrero al camino de la inmortalidad.”   A partir de ahí, Gómez experimentaría un proceso de transformación personal  que acabaría convirtiéndolo en otro hombre: un líder independentista  respetado por todos y, de hecho, en el más grande de los cubanos nacidos en Santo Domingo.

Fue pensando en él y en algunos de sus notables compatriotas –Modesto Díaz, Luis  Marcano…–que alguna vez llamé “la conexión quisqueyana” al papel  desempeñado por ellos en  los inicios de esa etapa. En algún momento hice otra lista de notables:  la de los bayameses cuyas  actividades culturales habían tenido una  proyección continental (Manuel del Socorro Rodríguez, por ejemplo, fundador del periodismo en Colombia;  José Joaquín Palma, autor de la letra del himno nacional  de Guatemala); o bien, una proyección realmente nacional en una época –mediados del siglo diecinueve– en la que aún no era posible hablar aquí de un  mercado con ese alcance (José  Fornaris, autor de Cantos del siboney, primer best-seller cubano…)

Añado ahora un nombre a las listas: el del pintor dominicano Luis Desangles, autor del mural que tiene como motivo la jura y bendición de la bandera llevadas a cabo en el atrio de la iglesia de Bayamo, en 1868.  Con todo derecho, Desangles puede  sumarse a la conexión quisqueyana  y a la vez insertarse en el ámbito de lo insólito: su obra convirtió la iglesia  católica de Bayamo en la única del mundo cuyo altar mayor está coronado por un mural patriótico. La historiadora bayamesa Onoria Céspedes Argote asegura que fue pintado en 1919 –a instancias de Ambrosio Guerra,  arzobispo de Santiago de Cuba—como parte del proceso de restauración de la iglesia y en conmemoración del centenario del nacimiento de Céspedes. ¿Quién nos lo iba a decir? No hay duda de que semejante iniciativa, viniendo de quien viene,  se inscribe  en el espacio de lo insólito también.

 

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