El “HADA MADRINA” QUE NOS ACOMPAÑA

Por: María Fernanda Ferrer

12 de Julio de 2018

Por: María Fernanda Ferrer

El pasado mes de junio -exactamente del 17, pero del año 1913- nació en la oriental provincia de Santiago de Cuba, Ruth de la Torriente Brau, una de las hermanas de Pablo, quien durante su larga vida (murió en La Habana el 3 de octubre de 2010 a los noventa y siete años de edad), dedicó parte de su existencia a resguardar y difundir la obra del destacado periodista y revolucionario fallecido en combate, defendiendo los ideales republicanos, en las cercanías de Majadahonda durante la Guerra Civil Española.

Desde la creación del Centro Cultural Pablo de la Torriente Brau que tiene su sede en La Habana colonial -hace más de veinte años- Ruth se convirtió en “nuestra hada madrina”, como la llamamos desde entonces: ella depositó en la institución la totalidad de la papelería de Pablo, fotografías, documentos y periódicos de la época que han nutrido los archivos que están hoy a disposición de investigadores y estudiosos de la compleja y controvertida década de los años 30 del pasado siglo XX.

Ruth fue una entusiasta animadora de investigaciones relacionadas con la vida y obra de Pablo y una presencia sistemática en las diferentes y múltiples acciones culturales auspiciadas por el Centro: era frecuente su asistencia a conciertos A guitarra limpia, a las innumerables inauguraciones de las exposiciones en la Sala Majadahonda o en las aperturas de las diferentes ediciones de los Salones de Arte Digital, que durante doce años auspició y realizó el Centro Pablo.

En el año 2001 le fue conferido a Ruth de la Torriente el Premio Pablo, máximo reconocimiento que entrega la institución, y también fue merecedora de otras distinciones como la Orden Félix Elmuza de la Unión de Periodistas de Cuba (UPEC) y la Placa Conmemorativa por el Aniversario 270 de la Universidad de La Habana.

En febrero de 2006 durante la Feria Internacional del Libro de La Habana, ediciones La Memoria -que está cumpliendo sus primeros e intensos veinte años en el presente 2018- presentó un libro titulado Papeles de familia de la autoría de Zoe de la Torriente Brau, otra de las hermanas de Pablo. Con Ruth conversamos en esa ocasión sobre varios temas y hoy es un gusto evocar sus reflexiones.
“La idea de guardar todo lo relacionado con Pablo fue de mi hermana Zoe porque ella, desde niña, fue muy cercana a él, eran muy unidos. Ya viviendo en La Habana ambos se compenetraban muchísimo y ella, intuitivamente, iba siguiéndole la pista y atesorando todo lo que él publicaba durante la época del machadato. Esos papeles ella los conservó porque sentía una admiración enorme hacia él; se convirtió en un hábito de vida guardar todo lo que se publicaba sobre él.
Cuando conocimos a Víctor supimos de su entusiasmo por estudiar la vida de mi hermano y un día se apareció en la casa porque quería hacer un documental: en ese momento supimos de su verdadero y sólido interés; llegó con un equipo de filmación para realizar el audiovisual de corte testimonial e incluso, mi hermana y yo viajamos hasta Santiago de Cuba para explicar mejor cómo fueron los primeros años de vida de Pablo en esa ciudad. Pasó algo de tiempo y observando la seriedad y profesionalidad de Víctor y María Santucho, la coordinadora- fundadora del Centro Pablo, mi hermana Zoe y yo decidimos poner en sus manos toda la documentación y la recopilación realizada con esmero durante años.
Sé que, aunque tarde, en su Puerto Rico natal se está organizando un homenaje a don Salvador Brau y Ascencio, su abuelo, un hombre que incursionó con acierto en la poesía, en el periodismo, en la investigación, pero sobre todo fue un inmenso pedagogo, un verdadero maestro…
Y gran patriota. En Puerto Rico, hay una escuela que lleva el nombre de mi abuelo y, según me comentaron, le dedicaran una semana de homenaje. También en Cabo Rojo donde está el Museo de los Próceres hay una sala permanente dedicada a José Emeterio Betances –considerado el Padre de la Patria o el Médico de los pobres y otra destinada a Salvador Brau, que por cierto ha estado en peligro de desaparecer en más de una ocasión. Esa sala la he visitado varias veces y da la casualidad que en 1974, estando yo en Cabo Rojo, conocí al escultor y su equipo que realizó y emplazó una estatua erigida a la memoria de mi abuelo.
Ese hecho me sorprendió porque en Puerto Rico lo habían mantenido en el olvido y me irritaba la indiferencia hacia su persona. Verdaderamente fue un hombre que por su honestidad, por su dignidad y por su patriotismo merecía el reconocimiento de todo el pueblo y las autoridades boricuas.
Quiero aclarar que yo no conocí a mi abuelo porque mi madre vino hacia Cuba en el año 1909 con mis tres hermanos mayores: Graciela, Pablo y Zoe. Ellos sí nacieron en Puerto Rico, pero yo vine al mundo en la otra isla, en Cuba, en el año 1913.
¿Cuáles son las anécdotas que le han llegado a través de la familia?, ¿qué rasgos caracterizaron la personalidad de don Salvador?
Fue un hombre extraordinariamente digno y de una honestidad probada y supo educar e inculcarle a sus hijos y sus nietos verdaderos valores. Era, además, un gran estudioso de la obra de José Martí e, incluso en una ocasión, le envió a mi hermano Pablo un libro del Apóstol. En la dedicatoria le decía: ‘tú serás cubano, así que aprende con Martí y sigue sus ideales’. Eso, creo, lo resume todo”.

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