CENTRO CULTURAL PABLO DE LA TORRIENTE BRAU

EL TIEMPO QUE NOS TOCÓ VIVIR O LA HISTORIA DE UN REBELDE CON CAUSA

Por: Laidi Fernandez de Juan

23 de Enero de 2018

ACERCA DE EL TIEMPO QUE NOS TOCÓ VIVIR O LA HISTORIA DE UN REBELDE CON CAUSA

Por: Laidi Fernández de Juan

Salvo para los seguidores del blog digital que mantenía, y para muchos graduados de ingeniería que estudiaron sus textos y recibieron su magisterio, Jorge C. Oliva hubiera permanecido en el anonimato entre nosotros si no fuera por la publicación en Cuba de su primera novela, El tiempo que nos tocó vivir, que el Centro Pablo de la Torriente Brau pone a disposición del gran público. Sin sospechar los avatares rocambolescos que este conmovedor libro testimonial le depararía, Oliva dejó plasmada su trayectoria de perenne iconoclasta —como corresponde a todo soldado eterno—, con una fidelidad a prueba de bombas (literalmente). Nacido en La Habana, en 1936, se incorpora, con dieciséis años, a la lucha antibatistiana desde el mismo instante en que el dictador diera el golpe de Estado en marzo de 1952. A manera de detonante, aquella usurpación del poder accionó el temperamento rebelde que acompañaría a Oliva durante toda su vida. Antes de detenerme en la novela, debo señalar que estamos ante la sentencia atribuida a Oscar Wilde, en cuanto a que “la vida imita al arte mucho más que el arte a la vida”, lo cual se justifica por los hechos, no solo aquellos apasionantes e históricos que el autor narra en esta novela de caballero andante y justiciero, sino el hurto del cual fue víctima, cuando alguien escatimó los derechos sobre su obra, como si nada humano ni divino le resultara fácil o expedito en la tierra.
Así como el joven Jorge Oliva Espinosa (Joaquin Ortega Espasande en la novela, conservando las iniciales del nombre y apellidos del verdadero protagonista) actuaba según sus propias determinaciones iracundas, sin seguir el orden establecido por los dirigentes de la organización clandestina con la cual se identificaba a riesgo de su vida, el más tarde devenido profesor universitario mantuvo semejante irreverencia, de modo que conservó el mismo espíritu de rebeldía gracias al cual recibió el mote de El Loco más de una vez. Tengo la impresión de contemplar la fe de vida de un Adelantado, en términos de alguien que llegó precozmente a todo: sin ser estudiante universitario, se enroló en las actividades de la FEU, y corrió la suerte de aquellos jóvenes gloriosos; sin ser oficial militar, peleó en Girón; sin haber obtenido suficiente instrucción, con veintiocho años, y siendo instructor docente y alumno a la vez, participa en la fundación de la ciudad universitaria que más adelante llamaríamos ISPJAE, en la cual no solo aprende y trabaja, sino que, además, vive en uno de sus albergues; sin ostentar el carné de combatiente, ni el de miembro del Partido Comunista de Cuba, se comportó como el militante de la Revolución que siempre fue. Y, por si no bastara, llegado el momento de la corruptela, de la apropiación indebida y de la usurpación de méritos, declinó las oportunidades que le ofrecieran algunos antiguos colegas, para mantenerse al margen de todo acto inescrupuloso.
El tiempo que nos tocó vivir, dicho en plural —como bien apunta Torres-Cuevas en el prólogo—, es la novela de un revolucionario incómodo, como debe ser un leal combatiente, y aunque redactada a saltos de fechas, de días de la semana, de meses, y de épocas dispares, mantiene la frescura de quien no aspira a ser un literato en el estrecho sentido del concepto. No es solo la historia de una vida que ya pasó, sino el ejemplo de un tiempo que debiera marcar pautas éticas y morales. En la novela, Oliva menciona nombres de personajes míticos en la lucha revolucionaria, mártires inolvidables, eternamente perpetuados en la juventud ofrendada, que para él eran sus compañeros entrañables, como José Antonio Echeverría, Sergio González, El Curita, y Gerardo Abreu Fontán. La noche de las cien bombas de La Habana, ajusticiamientos a esbirros, fugas carcelarias y otras hazañas de increíble coraje, son descritas con la naturalidad de quien minimiza el sacrificio, al considerarlo un deber. Precisamente la falta de ambición, la intencional modestia y el nulo afán de reconocimiento constituyen los tres pilares más admirables de la narración, si apartamos el aporte historiográfico que, sin dudas, contribuye al valor referencial de la novela. Al final del camino, bien vistas las cosas, ni Oliva obtuvo la rutilante recompensa que merecía todo su esfuerzo —porque jamás movió un dedo para ser identificado como luchador—, ni pudieron arrebatarle la autoría del tiempo que escogió para sacrificarse, y más adelante contarlo, a pesar de que durante dos años la novela recorrió medio mundo sin su autorizo ni compensación. Tenía razón Oscar Wilde: “la vida imita al arte mucho más que el arte a la vida”. Ante nosotros, tenemos prueba de ello, y aunque lamentablemente Oliva no se encuentre ya de este lado de la luna, empecinado como era, debe estar satisfecho al contemplar que los cubanos, su público por antonomasia, tenemos en nuestras manos el invaluable testimonio de su vida luminosa y pobre, refulgente y humilde. Ejemplarizante, en fin, como suelen ser las vidas de los rebeldes con causa.

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