En el 82 aniversario de su caída: EL RESCATE DEL CADÁVER DE PABLO

Por: Leonardo Depestre

17 de Diciembre de 2018

El Centro Pablo, que ha difundido durante más de dos décadas la vida y la obra formidables de Pablo de la Torriente Brau, quiere recordarlo ahora en este nuevo aniversario de su caída en combate en Majadahonda a través de la siguiente nota.

 El testimonio, el diseño gráfico, el documental, las artes plásticas, la canción, la radio, las redes sociales han sido caminos eficaces para dar a conocer –y homenajear– al cronista desde los territorios creativos del Centro que lleva su nombre, con el apoyo incesante de cientos de artistas de diversos lenguajes.

 El texto del escritor español Jorge M. Reverte, tomado de su libro La batalla de Madrid, recrea sintéticamente el rescate del cuerpo de Pablo aquel 19 de diciembre de 1936, y nos ofrece, al mismo tiempo, esta definición justa y precisa de la imagen del héroe: Pablo es, además, un luchador de primera.

 Lo fue y lo es. Más en estos tiempos difíciles a escala planetaria y a escala local. Por eso recordarlo en estas fechas de diciembre es también una manera de incorporar su inteligencia, su talento y su coraje en las batallas de hoy. Y, más aún quizás, en las de mañana.

                                                                                               Víctor Casaus

Los últimos días de Pablo de la Torriente Brau en España, su caída, su entierro, los homenajes póstumos, son temas acerca de los cuales bastante se ha escrito. También se conoce sobre el rescate de su cadáver, aunque quizá por el dramatismo del hecho, o porque no abundan los testimonios, es este un capítulo no tan divulgado.

El rescate por sus compañeros de armas de los heridos y caídos en combate, es una de las más hermosas páginas de solidaridad que pueda imaginarse. Si el caído es un héroe, un combatiente querido y admirado, el compromiso de recuperar su cadáver se convierte en asunto de cumplimiento inexorable. Es, también, una prueba de póstumo reconocimiento. La operación de rescate entraña riesgos casi tan grandes como el combate mismo y hasta cuesta vidas. Pero es ley no escrita, es ley que impone el deber y el compañerismo.

La muerte de Pablo consternó a su batallón. Primero aún sin ser una certeza, después, ya siéndolo, al no aparecer de regreso. Jorge M. Reverte, en su libro La batalla de Madrid, le dedica un capítulo, el titulado “19 de diciembre”. De allí citamos in extenso, concentrándonos en el asunto del rescate del cuerpo.

-Oye, viejo, hay que buscar a Pablo.

Justino Frutos Redondo es jefe de la 2 compañía del 1 batallón móvil de choque que manda el cubano Policarpo Candón. La unidad está desplegada en un frente corto, entre Retamares y Boadilla del Monte, tomada por los moros de Varela el día anterior. El batallón de Candón y Frutos está ya muy fogueado (…) Ese frente se considera ya estabilizado. Las aguas del Lozoya, que son las que bebe Madrid, están a salvo. Por eso, el batallón de choque ha sido trasladado a la zona de Pozuelo, donde la presión de los franquistas es muy fuerte. Intentan aislar a Madrid de la Sierra.

A Frutos le ha llamado su jefe Candón porque no hay noticias del hombre más querido del batallón, el también cubano Pablo de la Torriente Brau, el comisario político que se ha hecho famoso por sus pláticas nocturnas destinadas a los fascistas (…) Pablo es un organizador y un trabajador incansable. Él ha convencido a gentes como el poeta Miguel Hernández de que desgranen sus poemas en el frente para subir la moral de las tropas republicanas. Una forma de guerra curiosa, en la que algunos poetas tienen un papel destacado, usando el fusil y la palabra en la misma jornada (…)

Pablo es, además, un luchador de primera. Un tipo de gran presencia física, con sus 185 centímetros de estatura, y muy valiente. No ha regateado en ningún momento su presencia en la primera línea, su participación en los combates más arriesgados.

De Pablo no se sabe nada desde hace veinticuatro horas. Y Frutos sugiere encabezar una acción peligrosa: con una sección de los nuevos compañeros andaluces que se han incorporado a su compañía, hombres novatos pero muy valientes, se va a infiltrar en las líneas enemigas en su busca.

Lo que averiguan de la desaparición de Pablo es que se le vio a mediodía del día anterior, después de un combate que duraba ya siete u ocho horas, en el caserío de Romanillos. Hubo un gran bombardeo de artillería, y luego  se infiltraron los blindados enemigos, seguidos de la infantería mora. Las tropas del batallón móvil tuvieron que retirarse unos dos kilómetros, y lo hicieron de una forma ordenada, hasta pararles. Pero Pablo no apareció, aunque sí el cadáver de su “ayudante”, un niño de trece años, abandonado, al que Pablo había prohijado y que lo acompañaba en posiciones teóricamente sin riesgo. El niño, que se llamaba Pepito, fue a buscarle sin pedir permiso a nadie y lo pagó con su vida. Su pequeño cuerpo exánime ha pasado en una camilla por delante de los combatientes.

Frutos pide voluntarios entre la sección de andaluces. Todos dicen que van. Hay que traerlo como sea, esté vivo o muerto. El primer objetivo de la descubierta es la casucha donde un testigo le vio por última vez.

A las tres de la madrugada, los hombres comienzan a moverse en fila india y en silencio hacia las líneas enemigas. Es un frente con muchas discontinuidades, por lo que la acción es realizable. Los voluntarios andaluces van con la bayoneta calada y las bombas de mano preparadas. En esas condiciones, si hay combate será cuerpo a cuerpo.

Por la ventana de la casucha asoma el cuerpo de un moro con un fusil. Uno de los hombres se adelanta y logra sorprenderle sin tener que disparar el fusil ni usar una granada. Lo atraviesa con la bayoneta y el centinela muere en silencio. Frutos y sus hombres comienzan a rastrear el terreno. Y Pablo aparece. El cuerpo está aún caliente, ha tardado en morir. Un balazo le atraviesa el pecho. Hay un montoncito de tierra a su lado, donde ha escondido su documentación antes de expirar.

Entre cuatro hombres lo llevan de vuelta a las líneas propias. Su compatriota, el comandante Policarpo Candón, se hace cargo del cuerpo y la documentación.

Pablo de la Torriente es uno de los primeros voluntarios comunistas cubanos en caer en España.

Hasta dónde es exacta –a estas alturas de los tiempos− la narración del rescate del cadáver de Pablo ya no es posible comprobarlo, pero sí acredita cuánto el cubano representó para sus compañeros de armas y cuánto lo quisieron.

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