EN LA JORNADA DE LA CULTURA CUBANA: SILVIO Y SUS HERMANOS DE OFICIO

Por: Estrella Diaz

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Por Estrella Díaz

Hoy nuestra sección Revolviendo… en el Centro, la dedicaremos a la Jornada de la Cultura Cubana que del 10 al 20 de octubre se celebra en toda la Isla y qué mejor pretexto para recordar lo que aconteció en el patio de las yagrumas del Centro Pablo durante los conciertos Te doy una canción, efectuados el sábado 25 y el domingo 26 de diciembre de 2006, cuando -con ambos recitales- celebrábamos el sesenta cumpleaños del trovador Silvio Rodríguez.

Recuerdo que segundos después de que Silvio abandonara el escenario, lo abordé, y le hice una pregunta y esta fue su respuesta categórica: “¿Que qué pensaba y sentía mientras escuchaba cuarenta de mis canciones cantadas por igual número de trovadores? Pues gratitud, y me gustaría que todo el mundo pasara por una experiencia así: es conmovedor que la gente se aprenda tus canciones y que las quieran cantar; me parece una cosa muy linda y una recompensa enorme y lo que les deseo es, como dice un amigo: ¡lo que me desean, tengan!”.

Sin duda alguna ambos conciertos se convirtieron en uno de los homenajes más cercanos, profundos, amorosos y sobre todo sinceros, que se le tributan a un hombre que aunque rehúsa luces, lentejuelas, perlas y multitudes, su sola presencia se convierte, si no en huracán, al menos en rabo de nube…

Los conciertos fueron, además, una lección de respeto visto desde dos grandes vertientes: los propios músicos y el público. Los más de cuarenta trovadores que participaron en ambos recitales sabían que estaban allí para homenajear a Silvio y a eso se limitaron y ¡crecieron!… Atrás, muy atrás, quedó cualquier vestigio de vanidad personal: todo el que se subió al escenario supo transmitir una profunda admiración hacia uno de los fundadores de la Nueva Trova cubana.

También el público -numerosísimo como era de esperar- que acudió al patio de Muralla 63 a disfrutar de la poética de Silvio supo tomar distancia de la voz que hacía suya una canción. Felicitaciones para ese público, integrado por varias generaciones, que no se dejó seducir por la tentación de desbalancear el espectáculo con gritos y aplausos desmedidos. Todo lo contrario: la contención mostrada le dio a ambos conciertos un empaque definitivo.

Cuando el concierto del sábado 25 llegaba al final, Silvio subió al escenario y cantó “El colibrí” canción anónima que, confesó, le enseñó su madre y “de ahí salieron todas las demás”, enfatizó entre aplausos que ponían punto final a una noche en que la trova escribió, sin duda alguna, una hermosa página.

De este primer concierto hay un aspecto importantísimo a destacar, y es que los trovadores más jóvenes escogieron los temas más antiguos de Silvio, es decir, aquellos que fueron compuestos a mediados de los sesenta. Quizás, porque de aquellos tiempos datan textos cáusticos, crípticos, concentrados y en los cuales las insatisfacciones eran, casi siempre, motivos de inspiración. No estoy hablando de calidades: esa está probada con el paso de los años.

El concierto del domingo 26, en el que coincidieron hasta cuatro generaciones de trovadores y al que asistió el entonces Ministro cubano de Cultura, Abel Prieto, también estuvo lleno de sorpresas. Una de ellas fue el mensaje que trajo desde Brasil, Marília Guimaraes, una entrañable amiga de Silvio, quien con nerviosa palabra deseó larga vida al trovador. También Martín Martínez, de Trovacub, fraterna y querida institución que promueve la trova cubana desde México, felicitó a Silvio, a quien calificó de “persona que ha tenido a través de su música la capacidad de tocarnos el corazón”.

Silvio había cantado el día anterior, pero no había hablado y fue invitado a ello:

Había varios planes para celebrar este cumpleaños. Como se trata de una fecha -como se suele decir- cerrada, se crearon algunas expectativas. De esas varias opciones que había, preferí el ofrecimiento de Víctor, de María y del Centro Pablo, por una cuestión de afinidades, de historia común y de amistad. Esta es una de esas ocasiones en las que no puede haber desvío de recursos que le pongan peros a la amistad; en las que no hay razón alguna para malas calificaciones: los viejos amigos se reúnen para celebrarse, para aplaudir la resistencia ante el paso de los años, para glorificar la suerte de poderlo contar y de poder contar los unos con los otros. Por eso, gracias Víctor, gracias María, gracias Centro.

Hace cuarenta años, quizás, yo andaba por los rincones de una fiesta como esta, moviéndome a la sombra de la celebración de algún señor mayor, tratando de fijar la melodía que se me acababa de ocurrir o registrando mis bolsillos, en busca de un par de horas de intimidad con el ser maravilloso que acababa de conocer. En medio de bullicios ajenos vivía mi exiguo drama de juventud, el cual consistía en cuanto es materia de canciones, o sea, todo menos aplausos y homenajes. Por eso aclamo las anónimas celebraciones primigenias, cuando aún no se sabe que el dolor que parece arrasarnos será una siembra nutritiva. Gracias, pues, a los que ahora pasan por esos momentos cruciales; gracias a los que les importan poco mis palabras; gracias a los que ni siquiera prestan atención.

Y gracias muy especiales a las trovadoras y los trovadores que han dedicado tiempo y esmero en aprenderse y versionar mis canciones. Si una vez dije que para un autor no había nada más gratificante que escucharse en las voces del pueblo, ustedes me han hecho saber que esa felicidad se complementa al sentirnos queridos por nuestros hermanos de oficio. Gracias a todos y ojalá les suceda todo lo bueno que me ha pasado a mí.

Luego de estas palabras de Silvio Rodríguez, comenzó con Te doy una canción e inmediatamente después, los cuarenta trovadores se juntaron en el escenario y entonaron Vamos a andar, antológico tema de Silvio.

La emoción se hizo verso, la emoción se hizo canción; por un momento sentí que algo bueno se amalgamaba. ¡Nunca antes vibró así ese patio!, ¡nunca antes se mezclaron público y músicos con tal intensidad bajo esas yagrumas!

De repente tomé conciencia de que en apenas cuatro horas -dos aproximadamente para cada concierto- habíamos hecho un intenso recorrido por la historia cubana de los últimos cuarenta años: amor, dolor, ternura, rabia, congoja, nostalgias, añoranzas, batallas (ganadas y perdidas), felicidad (ampliada y disminuida, según cada caso), desesperación, futuro, anhelos… todo lo humano y lo divino resumido en una obra, en un quehacer, en un nombre, en un hombre: Silvio.

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