HOY POR HOY/ ÁFRICA EN EL RECUERDO

Por: Laidi Fernandez de Juan

3 de Octubre de 2018

Por: Laidi Fernández de Juan

Al revolver fotos antiguas, descubrí que estoy cumpliendo treinta años de un viaje (una etapa, más que una travesía), que cambió mi vida para siempre. Parece que fue ayer y no hace tres décadas cuando interrumpí el segundo año de residencia en Medicina Interna para irme a un país africano. En honor a la verdad, me daba igual el continente adonde me enviaran. Mi nombre aparecía junto a cientos de colegas dispuestos a colaborar gratuitamente en lo que hiciera falta: Maestros, entrenadores de deportes, técnicos, enfermeras, artistas, médicos, éramos muchísimos. En mi cuadra, dos vecinos ya habían cumplido misión; mi tío Manolo casi pierde la vida en Angola, adonde fue con más de cuarenta años a realizar tareas propias de jóvenes; en mi Hospital, varios de mis profesores impartieron sus magistrales clases en América Latina, en Asia, en África; y mi mejor amigo, tres años mayor, ya casi especialista en Cirugía, regresaba de Nicaragua el mismo año en que partía yo. Se llama Carlos Romero, y sigue siendo mi más fiel hermano. No desdeño en absoluto el esfuerzo de quienes hoy trabajan lejos de Cuba: siempre es una renuncia al confort familiar, pero quienes lo hicimos en momentos románticos, sin más placer que el del sacrificio, integramos una especie de cofradía silenciosa y medio ignorada. A ellos, dedico esta nota.

Me fui en el año 1988, y regresé en 1990, de modo que al partir, dejé un país floreciente que cambió brutalmente justo cuando yo regresaba, pletórica de emociones, de satisfacción, de heridas que jamás pudieron cerrarse. Resulta indescriptible la sed de Cuba que se padece en la lejanía, de lo cual puede inferirse el terrible dolor que me causó encontrar un país diferente. La gran crisis ya mostraba sus garras: volví necesitada de Cuba, y recibí la bofetada de una penumbra que duraría toda una década. Ni los episodios de paludismo a los que sobreviví, ni el inmenso desconcierto de haber estado rodeada de la más absoluta miseria, ni la percepción de la muerte como algo natural en niños, en adolescentes, y en madres de veinte años; ni siquiera constatar hasta dónde puede llegar la ambición depredadora de los colonizadores me fue tan difícil de aceptar como el cambio de la Cuba que había dejado atrás.

Recuerdo la sensación de que algo plomizo y muy duro caía sobre La Habana a mi regreso. La ciudad cuyo recuerdo me sostuvo durante dos años, no podía recibirme con el júbilo que yo necesitaba. Mi familia intentó simular una alegría que solo era parcial.

He escrito más de un libro evocando mi experiencia africana, y aún no agoto la necesidad de exorcizar los recuerdos, las vivencias zambianas. Dos años me convirtieron en la guerrera que soy. De repente, adquirí la madurez, el poder de decisión, y la rebeldía que mis veintisiete años ignoraban. Hice lo que pude, nada extraordinario: colaboré igual que todos mis colegas, no nos destacamos en nada más que en el trabajo arduo, incesante. E igualmente satisfactorio. La alegría que se deriva del hecho de salvar vidas es intransferible. A pesar de los apresurados aprendizajes, de las incomprensiones, de las ridículas ordenanzas a las que fuimos sometidos, el peor momento se convierte en glorioso cuando la memoria limpia la hojarasca de los malos sabores, y va quedando la sonrisa de aquel niño que dejó de sufrir, del enfermo de SIDA que al sentirse atendido me regaló un periódico a falta de mejor regalo, de las madres que se asombraban con nuestros cuidados, de los tuberculosos hasta entonces condenados, de los mendigos a quienes dábamos alimentos, de las enfermeras zambianas que se convirtieron en nuestras hermanas. Los rostros inmóviles en la memoria como daguerrotipos antiguos, las risas, los cariños, la complicidad que se genera en situaciones límites, son más grandes que el más agrio sinsabor. De entonces a la fecha, Cuba cambió, el mundo entero es otro, existen entregas incomprensibles hoy por hoy, pero, como dijo un gran poeta (me apropio de estos versos, con todo el derecho que creo merecer), África está en mí, como la astilla en la herida.

Septiembre, 2018.

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