HOY POR HOY// EL MORO Y RFR

Por: Laidi Fernandez de Juan

13 de Octubre de 2020

Por Laidi Fernández de Juan

Al aproximarse el cumpleaños noventa de Fayad Jamís, más de un colega me ha pedido que participe en los homenajes que, con justicia, se llevarán a cabo para celebrar a quien fuera notabilísimo pintor y poeta. Aunque con mucho gusto he reproducido algunos de los textos que mi padre escribió a quien considerara un buen amigo, y serán publicados en La Jiribilla y en el sitio web de la UNEAC, no me parece ético que yo participe en alguna mesa, en un panel, en un escenario que sea presencial. La razón que me compulsa a declinar tal convocatoria es sencilla. No llegué a tener trato directo con ese gran artista. Lo recuerdo cuando alguna vez visitó a mi padre, pero no tuve la dicha de sostener relación personal con él, lo cual me impide evocarlo a título propio. Sin embargo, debo puntualizar que en mi casa siempre escuché elogios sobre su obra, tanto plástica como poética. Para decirlo pronto y sin rodeos: mi padre  quiso profundamente a Fayad Jamís. Se refería a él diciendo El Moro, o “Fayad”, omitiendo el apellido; contó en varias entrevistas, y a mí misma, que estaban juntos ellos dos cuando el desdichado caso Padilla, a quienes ambos estimaban mucho; he sabido que RFR le ofreció trabajar con él cuando supo de su enfermedad; que mi padre se desplomaba llorando en cuanto salía de visitar a su amigo en el Hospital; que prologó un libro de Fayad, y le dedicó, al menos, un poema. La muerte prematura del Moro, en el año 1988, estremeció a mi padre. Ambos habían nacido en 1930. Pertenecían, por tanto, a la misma generación biológica y literaria, llamada de los cincuenta. Se conocieron en situaciones económicas precarias (Fayad viviendo en un cuarto de la calle Reina, y RFR en San Francisco, La Víbora); se rencontraron en París, y en Cuba trabajaron juntos en varios proyectos.

Hay una anécdota que, siendo casi surrealista, tiene el único mérito de reflejar, no obstante, la relación intensa de amistad entre Fayad y Roberto. Es lo único que puedo contar en primera persona: Una tarde de no sé cuál año de la década del 2000, recibí una llamada en mi casa. Una persona, cuyo nombre tampoco recuerdo, me pedía que le ayudara a descifrar el siguiente enigma: “¿de qué color era la camisa que llevaba puesta Fayad Jamís cuando enterraron su cadáver?”  Me pareció que no había escuchado correctamente, y pedí que me repitieran la pregunta. La persona volvió a decirme lo mismo. “No tengo la menor idea, ni sé qué importancia pueda tener eso”, respondí. “Es que queremos celebrar la fecha de publicación del primer poemario de Jamís, y nos gustaría precisar detalles de su enterramiento”. Volví a decir que no conocía nada al respecto, y entonces me dijeron “Disculpe, pero la pregunta no es para usted, sino para su padre. Por favor, ayúdenos”.

Debo aclarar que a partir de algún instante de mi vida, sin pretenderlo, sin desearlo, sin saber cómo, me fui convirtiendo en algo semejante a la secretaria privada de mis padres. O mejor, en una facilitadora/mediadora entre ellos dos, y el resto del mundo. Salvo para cuestiones oficiales de la Universidad, de la Academia de la Lengua, y, por supuesto, de la Casa de las Américas, colegas y desconocidos acudían a mi disponibilidad para conseguir entrevistas, citas, filmaciones, publicación de textos, envío de mensajes, de saludos, de felicitaciones. Supongo que al saber que ellos estaban constantemente comprometidos en muchos proyectos, me vieran más accesible, más fácil de convencer, y ello explica la variedad de solicitudes que yo atendía, tratando de allanar el camino. En todos los casos, intenté satisfacer lo que me pedían.  Me disculpo con quienes no pude ayudar. No era humanamente posible cumplir con todos los pedidos, a pesar de que mis padres eran dados a la humildad de aceptar entrevistas y encuentros, incluso con desconocidos. Me resultó difícil preguntarle a mi padre lo que me pedía la persona que quería rendirle tributo a Fayad. Tuve que provocar una conversación sobre su gran amigo, de modo que no resultara tan violento llegar al momento de su muerte, y charlar sobre eso. Fue entonces cuando escuché, de su propia voz, el poema “Carta a Fayad Jamís”, escrito entre 1958 y 1962. Asimismo, me sugirió que leyera “Elogio natural del Moro”, prólogo suyo al poemario Cuerpos, de Fayad. Luego de escuchar y de leer ambos textos, no pude hallar ninguna excusa, y le conté a bocajarro la llamada que me habían hecho, y el pedido correspondiente. “No recuerdo nada de eso que me preguntas, ni le veo utilidad ninguna”, me respondió, visiblemente afectado. Me arrepentí en el acto, y le pedí perdón. Le había removido una tristeza que intentaba disimular, y eso mismo respondí cuando me llamaron para saber la respuesta.

En general, y hasta el fin de sus días, la memoria de mi padre, enciclopédica como se sabe, increíblemente precisa, tendía a revelar lo mejor de cada ser humano que había conocido, a perdonar, a revivir las alegrías y a ocultar los sinsabores. La muerte del Moro fue algo que nunca pudo superar. Su viuda, Margarita García Alonso, ha contado que fue Retamar quien me tomó la mano y le despidió en el Cementerio de Colón.

Concluyo con la transcripción de las palabras que mi padre le dedicó en su despedida, el 13 de noviembre de 1988.

ANTE LA TUMBA DE FAYAD JAMÍS

Hace treintaiséis años, cuando él no había cumplido aún los veintidós de edad, la criatura excepcional cuyos restos venimos a dejar en su tierra definitiva se asomó como una llamarada oscura a nuestra poesía, y ocupó en ella un sitio de excepcional importancia que ya no abandonaría. Fue en aquel 1952 en que, por una parte, el número 32 de la revista Orígenes, y por otra la antología Cincuenta años de poesía cubana 1902‑1952, que compilara el poeta Cintio Vitier, se enriquecieron con sendos puñados de versos conmovedoramente auténticos y visionarios, que dieron a conocer al mundo la existencia de una nueva gran voz lírica del idioma. Por si lo anterior fuera poco, alrededor de esa época Fayad se integró al que iba a ser conocido como el grupo Los Once, y ocupó también en nuestra plástica un lugar relevante que mereció siempre. Este insaciable hambriento de belleza la asedió por muchos flancos, desde la adolescencia hasta los últimos instantes de una vida consagrada a la hermosura, al bien, a la justicia, al trabajo, al amor, a la amistad, al sueño, a la verdad.

Puedo decir estas cosas a pleno corazón porque hace mucho dije otras similares, cuando este triste instante que nos reúne parecía, más que remoto, absurdo. Absurda es la desaparición física del Moro —no por esperada menos inesperada—, que deja detenidos libros, cuadros, proyectos a través de los cuales crecía como un árbol múltiple este creador sin reposo. Pero esos libros, aunque truncos, aparecerán, esos cuadros se expondrán, y toda la obra de este extraordinario artista seguirá enriqueciendo a nuevas generaciones que en él encontrarán ejemplo, estímulo, desafío.

Conocí a Fayad Jamís con rostro (y casi edad) de niño, en medio de gran pobreza y de ilusiones mucho más grandes aún. Niño, en lo mejor de sí, no dejó de ser nunca, como le ocurre a los verdaderos artistas, que se resisten a las opacidades de la sofocada adultez. De la pobreza, que tan cruelmente se le aferró, vino a sacarlo una revolución que él abrazó, asumió, encarnó, defendió con todas sus fuerzas. En cuanto a las ilusiones, fueron el perpetuo alimento de aquel niño pobre, del fastuoso hombre que a partir de ayer ya no es él, sino (como se dijo de otro poeta admirable) sus admiradores. Escuchemos este poema suyo, con que termina su libro Sólo el amor:

Con tantos palos que te dio la vida

y aún sigue dándole a la vida sueños,

Eres un loco que jamás se cansa

de abrir ventanas y sembrar luceros.

 

Con tantos palos que te dio la noche,

tanta crueldad, y frío, y tanto miedo,

eres un loco de mirada triste

que sólo sabe amar con todo el pecho,

fabricar papalotes y poemas

y otras patrañas que se lleva el viento.

 

Eres un simple hombre alucinado

entre calles, talleres y recuerdos,

un simple hombre loco de esperanza

que siente cómo nace un mundo nuevo.

 

Con tantos palos que te dio la vida

y aún no te cansas de decir te quiero.

 

 

COMENTARIOS

Leer La Memoria en Covid -19

CONVERSANDO EN TIEMPOS DE …

 

En Preparación

 Exposición «CUARENTENA» y presentación del libro «El Mundo después del Coronavirus»

 

 

Nuevas propuestas