HOY POR HOY/ ESE MISTERIO

Por: Laidi Fernandez de Juan

27 de Agosto de 2019

Por: Laidi Fernández de Juan

La vida, ya se sabe, suele ser misteriosa. La muerte también. Al menos, el encuentro con detalles hasta entonces ignorados, preguntas que nunca se hicieron o cuyas respuestas quedaron para un después que jamás llegó: todo lo que rodea a la muerte implica profundos misterios. Hoy por hoy, me dedico a ordenar la biblioteca de mis padres, sus archivos de fotografías, las cartas, montañas de papeles inconclusos que ambos dejaron, en fin: me entrego a la hermosísima y, sobre todo, misteriosa tarea de hurgar en el pasado de quienes me regalaron todo. Tanto, que ahora mismo me siento turbada ante estas aquellas cosas no tan pequeñas, que ellos, mis padres, fueron atesorando a lo largo de muchas décadas. Duele y provoca placer al mismo tiempo. Irlos redescubriendo a través de sus firmas  adolescentes, -que con el tiempo se fueron difuminando hasta llegar a ser diminutos garabatos apenas reconocibles-, leer frases que se dedicaban llenas de amor, y de humor, de perdones y de tics que a veces escapan a mi entendimiento: todo resulta fabuloso. Demoro cada revisión a propósito. Encuentro excusas para prolongar el ordenamiento de un librero, para no adentrarme en el próximo cuarto, ni en el siguiente pasillo, ni en el de más allá. No quiero terminar nunca, como nunca quise empezar esta especie de navegación literaria a través del mar-vida de mis padres. Nuestros amigos opinan (es inevitable), y mientras unos creen que me hace daño esta actividad febril que realizo y que debo terminar cuanto antes, otros aconsejan que descanse lejos de aquí, que me aleje mucho, sin hacer nada, para recuperar fuerzas. Obedezco a ambos bandos: desgajo una montaña de libros/fotos/adornitos/dibujos/revistas/anotaciones, y luego paso un dia en la playa, tendida a merced del sol. Ya energizada de salitre, de caracoles, de esa limpieza que solo el salitre real provoca, regreso a otro universo de recuerdos, y vuelvo a sentir que los dueños verdaderos observan cada uno de mis actos: levanto un libro y alguno de los dos sonríe, o eso me parece. Incluso percibo de alguna manera, obviamente irracional, el destino de este papel, de esta carta, de esta colección de enciclopedias que ya nadie consultará. He conseguido cajas de diverso tamaño, y allí va a parar todo aquello de lo que debo desprenderme. No tengo dudas, sé adónde dirigir las donaciones, porque todo fue previamente conversado entre nosotros tres. Voy cumpliendo los deseos (el detalle de las cenizas de sus cuerpos fue también parte de una conversación normal entre nosotros), a pesar de mi detenimiento. Soy lenta, lo reconozco. No me satisface del todo desprenderme de ciertas cosas. Pero no soy quién para contradecir, de modo que me voy despidiendo con la parsimonia de quien no tiene nada más que hacer en la vida que decirle adiós a la muerte. Y, de cierta forma, disimular,  porque no es del todo posible que los auténticos dueños de tanto tesoro me hayan dejado sola. Precisamente Vallejo me mira a cada rato: en una foto, en un libro, en una cita está él, uno de los ídolos de mis padres. No me asusta tropezármelo; los mayores ahorita vendrán. O eso parece.

Agosto, 2019.

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