HOY POR HOY/ EVOCANDO A UN AMADO DESCONOCIDO

Por: Laidi Fernandez de Juan

15 de Marzo de 2018

 

Por: Laidi Fernández de Juan

No llevo casi ninguna cuenta relacionada con él. No sé el año en que nació, ni cuántas mujeres tuvo en su vida. Solo tengo claro que murió un primero de mayo, porque era muy difícil localizar a su hermano, uno más en la tribuna que ese día presenciaba la marcha de los trabajadores en la Plaza. Recuerdo que le cerré los ojos, lo abracé como hice toda la vida, y de inmediato, como siempre, pensé en el dolor extremo que le iba a causar la noticia a su hermano mayor. Mi compañero también estaba en la Plaza, de modo que estábamos solos con él mi hermana, un amigo de él cuyo nombre he olvidado, la madre de su hija, y yo. Su muerte, prevista, no fue llorada por mí. Aunque traté de aliviarle sus dolores de espanto y creo que murió sin ellos, embriagado de analgésicos como yo lo tenía, sé que sufría como un condenado. No por él, sino porque su única hija, distante en otro país, estaba enferma también. Mientras llenaba los papeles legales de su defunción, además de pensar en mi padre y en el hondo abismo en que caería cuando yo le diera la noticia de la muerte de su -más que hermano, su cómplice-, pensé en mi prima. Enferma y fuera de Cuba, sabría por mí que su padre acababa de morir. Todo recaía sobre mis hombros. Alistarme en la medida de lo posible para transmitir la noticia, no daba espacio para llorar mi propio dolor. Cuando vinieron de la funeraria a recoger su cuerpo, todavía mi padre no conocía la noticia, y sucedieron dos cosas. Primero, tomé la decisión de permitir que se lo llevaran sin que su hermano lo viera por última vez. Lo otro fue el descubrimiento de algo tan banal y a la vez tan típico de mi tío, que reaccioné entre triste y divertida: Los de la funeraria pidieron que le pusiéramos calcetines al cadáver, y no encontramos ningún par a la vista. Le pregunté a la madre de mi prima, quien se limitó a alzar los hombros entre sollozos. Entonces me percaté de que jamás había visto a mi tío con medias. Era un hippie divino, que andaba con jeans, chaleco de fotógrafo con los bolsillos repletos de cosas inimaginables (cubiertos, un salero, dos pipas, el periódico del día, un sobrecito con pimienta negra), y su calzado se limitaba a sandalias de cuero.

Por un instante, todo se paralizó, como si estuviéramos en una escena de teatro. El centro de la habitación de la casa lo ocupaba el cuerpo de mi tío, flanqueado por su ex mujer y por mi hermana. Los camilleros de la funeraria esperaban respuesta en un extremo del cuarto opuesto adonde yo llenaba los formularios de rigor. El amigo de mi tío, que en ese momento regresaba del baño, se quedó mirándome, como si yo tuviera respuesta. “No tiene calcetines” atiné a decir y “¿Qué hacemos?”, añadí. El amigo, en un gesto que nunca olvidaré, se sentó en el piso, se sacó sus medias y se las puso en los pies al cadáver. Además, se fue junto a los de la funeraria en el mismo carro, dejándonos solas a las mujeres. Yo decidí que era hora de marcharme, y me dirigí a mi casa, donde ya mi compañero, al corriente de la noticia, me esperaba, para ayudarme a apaciguar a mi padre, quien, efectivamente, se derrumbó.

Todo esto carecería de importancia para el público, más allá de la conmiseración que despierta en la gente buena la evocación a un familiar que ya no está. Sin embargo, pocos saben que gracias a ese hippie, en mi casa se escucharon por primera vez las canciones-poemas de lo que sería la Nueva Trova. Hoy parece una tontería decirlo debido a la dimensión meteórica y justa que alcanzó dicha revolución musical, pero mi padre no deja de contarnos el día exacto en que su hermano del alma le dijo “Tienes que escuchar esta grabación que te traigo. Es de un muchachito flaco que parece una vara de tumbar gatos, pero que escribe y canta como los dioses”.

Luego de ese día particular de los años sesenta pasaron miles de cosas, centenares de sucesos buenos y malos, entre los que cabe señalar la muerte de mis abuelos, la participación de mi tío en la guerra de Angola a pesar de que ya tenía más de cuarenta eneros en sus costillas, y pasó su vida, azarosa y complicada con glorias y destituciones, con medallas y regaños, con diplomas y castigos, que fue, sin embargo, muy generosa, quizás en exceso, porque todo en él era así de desmedido, como suele ser la existencia de aquellos seres privilegiados que no conocen el significado del miedo. Ni de la cordura. Ni de lo convencional, ni de lo que se asume correctamente. Mi tío era tan original que no solo a mí, sino también a mis hijos, nos pareció siempre un tipo con quien se podía jugar eternamente. Enseñó a mis hijos los secretos del ajedrez cuando apenas sabían leer, y a mí me llevó de muy jovencita a conocer uno de los sitios donde trabajó, en un campo profundo e inhóspito en esos momentos, que él llamaba Cayajabo y hoy se conoce como Las Terrazas. Allí me mostró la fruta del pan, me encaramó en un caballo, me lanzó al río, me mostró como se cortan los bejucos, y con él fumé mis primeros cigarros.

No sé cuánto tiempo llevo sin verlo, ni qué edad tenía cuando estampé su nombre en el certificado de defunción, ni cuántos años hubiera cumplido en este 2018. Por razones obvias y que tienen que ver con la piedad, no voy a permitir que mi padre lea esta evocación, ni diré el apodo por el que se le conocía.

No tengo clara la razón exacta de este texto. Creo, eso sí, que cada vez que escucho a Silvio Rodríguez no viene a mi mente esa gran mujer llamada Haydeé (en cuya casa vi por primera vez a Silvio, un fin de año), ni tampoco acude a mí la visión del trovador en la televisión –antes de que ya no estuviera más en esos predios-, sino mi tío. Con su risa de niño grande, con aquella mirada tan pícara y tan suya y tan de él, acude a mi mente mi amado tío siempre que escucho un disco de Silvio. En otras palabras: recordarlo es algo tan frecuente, que me resulta imposible contar los días en que lo pienso, los rabos de esa nube que se lo llevó, las flores del jardín donde seguramente descansa ese rebelde con causa que era hermano de mi padre. El que no tenía calcetines ni creía en protocolo, el que usaba un chaleco como si fuera Cartier- Bresson, y hablaba de Silvio como de un ángel en la tierra. Hoy por hoy, y para siempre, vivo recordándolo.

Marzo, 2018

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