HOY POR HOY / RÉQUIEM POR UNA REINA

Por: Laidi Fernandez de Juan

23 de Mayo de 2018

Por Laidi Fernández de Juan

Seguramente un día escribiré textos profundos sobre mi madre, pero todavía. Es muy probable que un día reúna anécdotas donde ella sea la indiscutible (divertidísima) protagonista, y lograré el milagro de recordarla sin dolor, pero aun no es tiempo. Esa esperanza me alienta, entre otras razones prácticas, porque es mi madre y solo ella quien me conmina a seguir. Más que pensarla, la siento a mi lado, seguramente como ella jamás imaginó. Su ateísmo visceral siempre fue motivo de chanza entre nosotras, y por eso creo que ahora mismo se burla de mis premoniciones, de mis velas, de mis inciensos, de sus fotos que, a pedido de mi padre, hemos ido colocando en los sitios de la casa que más frecuentamos. Como una manera de que nos acompañe con su mirada, comemos frente a ella, dormimos bajo el halo de su sonrisa, es su imagen quien preside la casa toda porque desde la entrada está ella, en una foto preciosa de hace más de medio siglo. Y, claro está, ahora que no puede burlarse del sincretismo inexplicable de mi fe, coloco velas a los pies de esa fotografía suya en la sala, cada amanecer. Y le enciendo los mejores aromas. Peor sería si supiera que le hablo, le cuento, le pido consejo a eso de las cinco de la madrugada, cuando el resto de la casa está en silencio absoluto. Luego el día arranca, con su rutina, los ruidos, los deberes y con la idea absurda de que la reina se ha ido a otra dimensión. A pesar de que todos intentamos animar al único y apasionado amor de la vida de mi madre, en algún momento sentimos que las actuaciones fallan y nos dejamos abrumar junto al desconsolado padre nuestro. Dije que la siento a mi lado, pero es mucho más que eso. La escucho, la sigo, cumplo sus deseos, que me llegan, -típicamente de ella-, bajo la forma de órdenes. Mi madre me ordena que cuide de mi padre, que lo anime, que siga su ancestral costumbre de mimarlo. Y, sin que medie explicación alguna, me dirijo al señor a quien mi madre amó sin contemplaciones de ninguna clase, y le digo Levántate. Sal de la casa, vete a trabajar, no pasa nada. Duérmete. Come. Vístete. No llores. Termina ese texto que no te deja en paz. No digas que sí a todo. No seas tan ingenuo. Tómate las pastillas. No respondas el teléfono mientras almorzamos. Cámbiate de camisa. Apaga la maldita luz que no me deja dormir. Háblame y no sigas leyendo, que te pasas la vida leyendo lo mismo con lo mismo. Toma el paraguas, que va a llover. No llores, duérmete. No te angusties, ni te deprimas, ni te dejes abatir.

Es mi madre quien habla, aunque sea mi boca la que deja escapar palabras. Te pareces tanto a ella, dice mi pobre padre. Pero soy quien se ha ido. Y regreso, cumpliendo ordenanzas, para gritar al mundo entero que las reinas no mueren. Y me siento impostora. Porque aunque se haya dicho varias veces que los padres se convierten en hijos de sus hijos, (incluso en uno de los mejores poemas que se han escrito en nuestra lengua), mi madre siempre fue mi madre. Regidora, horcón, autoridad, determinante, consuelo y puerto seguro. Quizás por eso andamos ahora tan al pairo. Tan perdidos. Tan esperándola para que nos diga cómo seguir. Entonces entra una mariposa por la puerta de la cocina, y es mi madre. Llega el zunzún que ella esperaba en el jardín y es ella. Truena y el cielo se desmorona y es ella regañándonos. ¿Qué hacen así, holgazanes de mierda? Levántense de una vez, que el mundo no espera. Y eso hacemos, aunque sea a gachas, de rodillas y moqueando. La reina ordena, y hay que cumplir

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