CENTRO CULTURAL PABLO DE LA TORRIENTE BRAU

Hoy por hoy / SE VACÍA EL NIDO

Por: Laidi Fernandez de Juan

15 de Enero de 2018

 

(Tomado de La Jiribilla )

Por Laidi Fernández de Juan

 

Por Hache y por Be. Por esta vida y por la otra. Por varias causas, entre las cuales no puede faltar el gran flujo migratorio de nuestros jóvenes, muchos años se vacían. Los hijos no solo crecen, sino que van. El hecho afortunado de que se conviertan en hombres y mujeres, a los padres nos produce una mezcla de sentimientos contradictorios, difíciles de definir: orgullo, angustia; satisfacción, miedo. Pero si además, se alejan de veras, todo se multiplica, el remolino de emociones se agiganta.

Muchas teorías intentan explicar el fenómeno natural del nido vacío; algunas de esas tesis son acertadas, otras no tanto. La más disparatada de todas, a mi juicio, es una que dice que la melancolía que caracteriza a las madres durante este período de vaciado, se debe a la concientización de la pérdida de la -hasta entonces visibles- aportes físicos en ellas. O mar, en otras palabras: las mujeres nos ponemos tristes debido a que dejamos de ser hermosas.
Cuando leí esa explicación, en una revista cubana, por cierto, me enfurecí. Parecía escrita por alguien de siglos anteriores. Porque hay demasiados reduccionistas para opinar así, a la ligera, con tantas batallas que se han librado y se libran, ahora mismo, a favor de la mujer, en otras palabras que otorgan reconocimiento de reconocimiento. Es hora de aclarar que el canon de belleza, variable según cada cultura, ha sido intencionalmente sobrevalorado y explotado, de manera que es insultante atribuir, por ejemplo, la disminución del brillo del cabello en las mujeres, a la tristeza que nos embarga cuando los hijos deciden aposentarse lejos de nosotras.
Más bien, en lugar de detenerse en lo físico, se deben analizar las causas del pequeño compromiso que muchos jóvenes sienten hacia sus orígenes, su familia, sus tradiciones. Él fue defensora de la juventud, siempre, y mantuvo a los muchachos en la terrible década de los 90, cuando nuestra pirámide social se puso, la pusieron, dio vueltas, y aún permanece de cabeza . Un joven a quien admiro mucho, dijo que no debía hablarse de la  generación del Período Especial , sino más bien de la  generación especial de un período muy jodido. Efectivamente, las consecuencias de esos momentos, en términos de desarraigo, y de incertidumbres, llegan a nuestros días. Yo misma he de rectificarme: No padecen estos jóvenes actuales de total descompromiso hacia la tierra que los vio nacer: es desprejuicio, es falta de confianza, cuya responsabilidad cae sobre nuestros hombros, como un fardo excesivamente pesado. La lógica indica que, una falta de remuneraciones y puestos laborales acorde con aspiraciones, estudios, sueños y proyectos, se puede encontrar en opciones fuera de nuestras fronteras.
Una de nuestras tragedias consiste, precisamente, en la contradicción entre el alto nivel científico y artístico en las universidades, y luego no poder asegurar másivamente puestos laborales en esa misma línea de rigor, de atractivo, de perpetuidad. También esta circunstancia tiene varias causas, y permanece bloqueado perjudicando todo intento de proyecto.
Estas condiciones sí el motivo de honda angustia entre quienes contemplamos el vaciado de nidos que construimos, y no un manojo de canas, ni la flacidez de las mujeres. Nos martillamos con preguntas cuentos como ¿realmente no pudimos hacer más ?; ¿Fue lo suficientemente apasionado en las discusiones intergeneracionales ?; ¿Somos ejemplos para nuestros hijos, o meras cuidadoras responsables ?; ¿La responsabilidad llega a la inculcación de valores patrióticos ?; ¿Qué hacer para detener la sangría de los jóvenes? ¿Pueden ser transferibles las emociones, las deudas, las esperanzas y la fe?
Esta constante inquisitoria provoca depresiones, desalientos y, claro está, melancolía. Sí, las madres cubanas cuyos hijos son veinteañeros, los sufrimientos de desórdenes afectivos. Pero no tiene que ver con el deterioro de las uñas, ni de los pelos, ni de la decadencia de brillos ni de sensualidades corporales, sino de dolor en el alma. Hablando en plata, es difícil pasarnos el gato por liebre a nosotras, que sigue de este lado de la luna, empecinadas y batalladoras. El colmo sería admitir que la languidez emocional que a ratos nos embarga, se debe a dos arrugas alrededor de los ojos ¡A otra con ese cuento!

 

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