HOY POR HOY / SUCEDE EN PANDEMIA

Por: Laidi Fernandez de Juan

24 de Septiembre de 2020

Por: Laidi Fernández de Juan

Entre las adaptaciones que debemos asumir en estos tiempos, se cuentan nuevos hábitos, nuevos saludos, y nuevos horarios. Y la inmovilidad que molesta, y la irremediable posposición de trabajos, de eventos, de proyectos que parecían infalibles. Una noche nos acostamos a dormir en un mundo y amanecimos en otro, como bien ha señalado el pensador argentino Juan Carlos Volnovich. Cuesta muchísimo reconocer que nuestro estilo de vida ya no será el de antes, por muy defectuoso que haya sido. Si algo se comporta verdaderamente con carácter democrático es la certidumbre de nuestra fragilidad como especie. Cualquiera de nosotros puede enfermar, puede contagiar, puede morir. Al cabo de tanto tiempo, luego de la primera plaga de peste bubónica, en Atenas, allá por el año 471 AC, hasta este 2020, volvemos a estar en las mismas. Porque de cierta manera, no hemos cambiado tanto como cabría esperarse. Ya no vale preguntarse ¿cómo fue?; ¿qué sucedió?; ¿por qué se expandió esta epidemia hasta alcanzar la macabra categoría de pandemia? Ya estamos todos inmersos en el ojo de este huracán, y no queda otra opción que la de luchar por sobrevivir. Si antes contemplábamos el mundo con azoro, o con admiración, y el mundo nos evaluaba de idéntica forma, ahora esa mirada también ha cambiado. De repente, ya no nos parece tan admirable el avance tecnológico de algunas superpotencias. Tampoco Cuba es observada bajo el prisma de una rígida lupa, como suele suceder, excepto por la incordia de los mismos de siempre. La mayoría de los ciudadanos del mundo reconoce el altruismo de nuestro equipo médico: el nombre Cuba aparece en muchos medios, y se debate la posibilidad de que obtengamos un Premio Nobel. La enfermedad nos equipara, mientras que las políticas de salud nos distinguen. En medio de este incierto momento que ya dura medio año, cada quien procura alimentarse como pueda, y no me refiero solo a la comida per se, sino al consuelo espiritual. Como en un viaje a la semilla, se retoman hábitos de lectura, vuelven a escucharse las mejores melodías de todos los tiempos, se procuran películas, series, documentales; se facilitan visitas virtuales a museos, a bibliotecas, a galerías de arte visual. Como nadie sabe a ciencia cierta qué nos deparará el futuro inmediato, abundan análisis, predicciones, propuestas, y sus correspondientes adalides. En la vida real, hoy por hoy, lo único seguro es protegernos del contagio al virus causante de la COVID 19, según las orientaciones médicas, y también encomendándonos a deidades del más allá, que nunca fallan. El hecho de que exista tan elevado número de contagiados asintomáticos, que a su vez son capaces de contaminar a medio mundo sin darse cuenta, es, quizás lo más angustioso de todo este fenómeno. Preservar la vida, como siempre, es la prioridad. Pero ha de reconocerse que permanecer dentro de un caracol hermético por mucho tiempo, sería un sinvivir. Los centros de aislamiento, que tan efectivos resultaron al inicio de la pandemia, no podrán sostenerse eternamente. Ni desde el punto de vista económico, ni tampoco epidemiológico, al reunir en un mismo espacio a sanos y a enfermos, que aún no lo saben. La responsabilidad individual, el distanciamiento corporal, y la higiene elemental, terminarán por imponerse como únicas herramientas viables en esta pandemia, que definitivamente nos ha cambiado la existencia, y nos seguirá golpeando por un tiempo hasta ahora impredecible.

Septiembre, 2020

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