CENTRO CULTURAL PABLO DE LA TORRIENTE BRAU

HOY POR HOY

Por: Laidi Fernandez de Juan

15 de Noviembre de 2017

EL STRESS CUBANO

Desde los años treinta del siglo pasado se estudia el estrés, vocablo al parecer derivado del latín tringere (apretar), a través de su derivado en inglés stress, significado de fatiga de material. Fue un austríaco, Hugo Selye, quien observó que todos los enfermos a quien estudiaba, independientemente de la enfermedad que padecieran, presentaban síntomas comunes: fatiga, pérdida del apetito, y astenia, entre otras posibles sintomatologías. Por ello, Selye llamó a este conjunto de síntomas El síndrome de estar enfermo. Según se cuenta, en 1950, publicó la que sería su investigación más famosa: Estrés. Un estudio sobre la ansiedad. Otros investigadores consideran que el término estrés proviene de la física, y hace referencia a la presión que ejerce un cuerpo sobre otro, siendo aquel que más presión recibe el que puede destrozarse, y fue adoptado por la psicología, pasando a denominar el conjunto de síntomas psicofisiológicos antes mencionado, y que también se conoce como Síndrome general de adaptación.

Sea como fuere, lo cierto es que en todo el planeta se sufre de desgaste emocional, en unos países mucho más que en otros, y por causas bien distintas. No es lo mismo vivir con la presión de que a un hijo lo secuestrarán, o le sacarán un riñón, o recibirá una muerte atroz, que tener que cocinar sin aceite, por ejemplo. Ni es comparable el horror de la guerra con el fastidio que provoca un apagón, ni mucho menos sufrir un bombardeo, que no disponer de un analgésico. La extrema violencia que padecen muchos pueblos, no solo es indignante y peligrosísima, sino altamente estresante. En países muy desarrollados, los índices de suicidio son elevados, y la tasa de natalidad disminuye peligrosamente, a la par que aumenta la edad en que las parejas deciden tener hijos.

En medio de tales incongruencias y de espanto, los factores estresantes en Cuba pueden parecer nimios, no obstante lo cual, padecemos nuestras particulares carencias, con el correspondiente estrés. Muchos amigos que nos visitan se asombran de casi todo: de nuestra capacidad de reírnos, de la forma en que afrontamos la incomunicación con el exterior, del hecho -para ellos insólito- de no tener acceso a la tecnología para manejar cuentas bancarias, para la compra de boletos de viaje o actualización de eventos, para reservas de todo tipo y, en fin, se asombran de que vivamos como en una era prehistórica en cuanto a los avances técnicos. Confieso que me atrae el llamado Síndrome de adaptación, sea general o individual, y ahí quería llegar con este comentario: poco a poco hemos ido aceptando como normales, sucesos que a otros, les dispararían el chip de la locura. Es el caso de los apagones a cualquier hora y sin previo aviso, de los baches de las calles, del descuido de la vegetación citadina, del antojadizo horario de las tiendas, de la escualidez de las farmacias, de la poderosa burocracia, de la espantosa invasión de pésima música, y de las noticias a medias, o incluso las no-noticias, entre otros muchos.

Nuestras prioridades son otras: apremiantes, inmediatas, muy pedestres. Alimentar a la familia, bañarnos todos los días, no pasar frio ni calor excesivo, calzarnos, y desplazar nuestros cuerpos de un sitio a otro sin que en ello se nos agote el ya esmirriado salario. No es mucho lo que pedimos, la verdad sea dicha, pero lo hacemos bajo presión, contra viento y marea, empecinadamente seguros de que merecemos paz,  y una vida armoniosa. El estrés cubano existe, y no debe ser ignorado. Un amigo a quien mucho aprecio, me comentaba ayer la clase de trabajo que pasa para trabajar. No es un galimatías, es una verdad como un templo. Hoy por hoy, dan ganas de decir: No aprieten, compadres, déjenme un cachito pa vivir, lo que en latín sería No me tringeres tanto.

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