HUNGRIA 1956: HISTORIA DE UNA INSURRECCIÓN

Por: Centro Pablo

19 de Febrero de 2018

Por Manuel Pérez Paredes

1.

La lectura de este pequeño pero motivador libro de Fernando Barral, en la Cuba de hoy, me provoca recuerdos y algunas ideas que quiero compartir con estas líneas.

El más antiguo se remonta a los días del acontecimiento, octubre-noviembre de 1956, cuando tenía 17 años y empezaba a seguir por la prensa y la radio el mundo en que vivía, pero sin todavía tener formación para juzgar seriamente lo que estaba sucediendo.

La insurrección húngara (calificada también de “sucesos”, “sublevación”, “revolución” y “contrarrevolución”) despuntó como el gran acontecimiento político de ese fin de año a escala planetaria en todos los medios masivos de la época. Eclipsó por completo otro hecho que se dio en paralelo: la agresión israelita-anglo francesa al Egipto de Nasser por haber nacionalizado el Canal de Suez. La guerra fría vivía un momento de plenitud, vestía de largo en todo su esplendor.

Alguien me contó, hace tiempo, que en México, en una de las casas donde vivían o se reunían, un grupo de los futuros expedicionarios del Granma -pocas semanas después partirían para acá- el “conflicto húngaro” provocó conversaciones intensas y tensas juzgando los acontecimientos a partir de la información que les llegaba. Y que allí, o en otro momento, cuando alguien le preguntó a Fidel, éste había respondido: “nuestro problema, ahora, es derrocar a la dictadura de Batista”.

Pasó el tiempo, se derrocó a la dictadura y triunfó la Revolución en el sentido más profundo de la palabra. Después de declararse socialista, en mayo de 1961, pocas semanas después de ser derrotados  los invasores de Playa Girón, se dio una reunión en el ámbito artístico cultural en una atmósfera también tensa e intensa. Sucedió en un salón de Casa de las Américas. Para entonces ya yo había alcanzado alguna formación política y cultural y estuve presente, limitándome a escuchar. Se polemizaba sobre la decisión del ICAIC de censurar el documental PM en las pantallas de los cines del país. Alguien, que no recuerdo quién fue, hacía una intervención  en la que discrepaba de la decisión tomada, pero lo que sí no olvido es que en un momento dado, cuando ya terminaba, o camino de hacerlo, tronó una voz desde una de las áreas de los que escuchábamos y gritó: “BUDAPESTISMO”.  Era la respuesta, bien breve,  conclusiva, lapidaria, que daba Mirta Aguirre, importante figura cultural en las filas del Partido Socialista Popular, al que hablaba.

Esa era una de las formas de interpretar “Hungría 1956”, en 1961, al interior de las fuerzas revolucionarias en el mundo. En nuestro caso, una advertencia para evitar que discrepancias irresponsables, o tal vez mala intención, en el campo intelectual, dieran argumentos a la contrarrevolución interna, o al imperialismo norteamericano. Entonces se afirmaba que todo, o parte del todo, había empezado en la capital húngara por “intelectuales que demandaban la libertad de expresión” (¿).

La polémica no pasó de ser uno de los tantos momentos de debates apasionados de aquellos tiempos.  Otros revolucionarios, aquí y en otras partes, con experiencia y cultura histórica y política, sacaron otras lecciones de lo sucedido en Hungría, matizaron la información obtenida, se hicieron preguntas y avanzaron en respuestas no cerradas, tratando de saber más de las interioridades de todo aquello. También conocí a otros compañeros que me daba la impresión que no querían  –o no necesitaban– saber más. Tal vez, en alguno que otro caso, para proteger convicciones que se habían cristalizado. Sí, también hubo contrarrevolución interna dentro de la insurrección, también estuvo la mano del imperialismo, pero no solamente.

Pasaron años, lustros y décadas y nuevos acontecimientos, felices e infelices, enriquecieron mi experiencia sobre el quehacer de los movimientos revolucionarios y la experiencia socialista a escala mundial. La insurrección húngara fue quedando en el recuerdo, más alguno que otro libro sobre el tema que leí en los primeros años de la Revolución.

Vino luego el buen cine húngaro que vimos en los setenta y los ochenta del siglo pasado. Fabri, Zsabo, Jancso, y otros talentosos realizadores nos aportaban un conocimiento de su país,  su pueblo y su historia,  antes, durante y después de la Segunda Guerra Mundial y del 1956, en los años que se vivió el esfuerzo por tratar de construir una sociedad en los marcos del “socialismo real”.

Me fui dando cuenta que todo había sido mucho más complejo que la actividad enemiga, sin negar ésta en lo más mínimo pero tratando al máximo de evitar el autoengaño tranquilizador. Así llegué y llegamos a los años 89-91, Hungría dejó de ser un país socialista, la URSS se desintegró.

El año pasado conmemoramos el centenario de la Revolución de Octubre, acontecimiento decisivo para la historia de la humanidad en el siglo XX, nosotros como parte de ella, con todos sus debes y sus haberes. Pero la Unión Soviética no pudo participar, había fallecido a los 74 años.

2.

Releo el libro, pienso en los que hoy tienen 17 años, pero pueden tener 20, 30 y también más. Han pasado más de seis décadas, el mundo es el mismo pero ya también es otro, y Hungría se las trae de compleja, como nación y como república, con sus particularidades históricas anteriores y posteriores a 1945. ¿Cómo enfrentarán su lectura si alcanzan a leer este libro? ¿Qué les provocará lo que Barral relata? Tiendo al optimismo cauteloso. Creo que el texto, por lo que testimonia, contextualiza y reflexiona al narrar hechos que vivió el autor, más los antecedentes que añade,  aportará a los que tengan auténtica inquietud por conocer, estudiar y desentrañar las experiencias de los proyectos socialistas que intentaron ser y se frustraron. Algo imprescindible para todo los que asumen sinceramente, hoy, como compromiso de vida, trabajar y luchar para que un mundo mejor sea posible.

Las causas de aquellos fracasos exigen ir mucho más allá del rol que jugó la actividad enemiga, sin ignorarla ni subestimarla pero de igual modo sin convertir ésta en un pretexto para no encarar las deformaciones y perversiones que fueron, en última instancia, las que terminaron corroyendo aquellos proyectos socialistas desde sus entrañas.

La Hungría de 1956, a medida que se acercaba su mes de octubre, se fue cargando de una tensión social y política cuyas raíces más inmediatas y profundas se remontan, como mínimo, a 1948. Fernando Barral nos hace el recuento de acontecimientos, procederes y decisiones que se desarrollaron, o se tomaron desde el poder político, en aquellos años. Indispensable información para entender cómo se va gestando progresivamente la atmósfera que propiciará el violento estallido político-social del 23 de ese mes.

De Mao TseTung recuerdo su advertencia: “una sola chispa puede encender una inmensa pradera”, solamente hace falta que esté bien seca y aparezca el  pirómano con el fósforo, o que  alguien se lo facilite. De mi adolescencia recuerdo una expresión popular que definía, con metáfora beisbolera, el peligro latente de una violenta confrontación entre vecinos en pugna y de obligada vida colectiva en un barrio popular: “aquí todo puede empezar con un out mal cantado en segunda”. Lo que suceda después trascenderá la decisión del árbitro.

3.

 Todo “comenzó” el 23 de octubre con una manifestación de escritores a la que se sumaron los estudiantes universitarios de Budapest. Los reclamos  de unos y otros fueron el iceberg de la profunda crisis subterránea que no se vio venir, o no se quiso ver venir, por la dirección del partido y el estado, los que a su vez enfrentaban gravísimas pugnas internas. De miles de manifestantes se pasó a decenas de miles y en pocos días a cientos de miles con las más diversas reivindicaciones y rechazos.

Se creó rápidamente un vacío de poder, de ingobernabilidad del país, al que se sumó la frontera con Austria, el llamado a la insubordinación total de las emisoras occidentales y la aparición de armas que se sacan, o salen, de algunos cuarteles. Ya se puede hablar, entonces, de un levantamiento armado. Una de las tendencias desde el poder del estado-partido anuncia la intención de Hungría de retirarse del Pacto de Varsovia y pedir la intervención de las Naciones Unidas.

En aquel contexto internacional de guerra fría, en uno de sus momentos más extremos de tensión entre los bloques este-oeste, la Unión Soviética decide, ante la gravedad de la situación, intervenir militarmente.  El 4 de noviembre se inicia esa acción bajo el nombre de Operación Torbellino. El jefe de las tropas es el mariscal Iván Kónev, el mismo que dirigió la liberación de Budapest durante la Segunda Guerra Mundial. Los que lean el libro conocerán más en detalle el proceso y conclusión de este trágico y  traumático capítulo de la historia de Hungría y del socialismo que existió en Europa Oriental.

4.

 La situación se fue normalizando paulatinamente pero como es de suponer de forma muy compleja. Restañar las heridas, volver a la normalidad, es algo que Barral sintetiza porque hasta ahí no llegan los propósitos de su testimonio-análisis. Lo cierto es que la vida de Hungría como país socialista continuó treinta y dos años más.

En esas tres décadas es János Kadar el más importante dirigente del país. Imposible para mí evaluarlo, solamente señalar que su quehacer político está indisolublemente vinculado a la lucha de los comunistas húngaros desde 1933, cuando se hizo militante dentro del país, hasta 1945. Participó después en la vida y las reyertas y purgas intestinas dentro del partido, incluyendo encarcelamiento al ser víctima de la corriente más stalinista  dentro de esa organización. Consideró necesaria y apoyó la intervención militar soviética en octubre del 56. Y Kadar falleció en julio de 1989, cuatro meses antes de la caída del Muro de Berlín, cuando ya estaba en retirada, superado por los drásticos cambios que se estaban dando en la situación interna de su país desde 1987.  Hoy leo que se le revaloriza positivamente por un buen por ciento de los húngaros de hoy. Al mismo tiempo el 23 de octubre es día de Fiesta Nacional en Hungría.

5.

Termino este texto convencido de que, pese a las abismales diferencias entre el proceso que llevó a Hungría a intentar construir una sociedad socialista y la Revolución Cubana, no perdemos tiempo, al contrario, conociéndolo en sus interioridades y su contexto histórico. Siempre hay referencias y experiencias en las que podemos reconocer algunas estructuras y  modos de hacer y reaccionar de los cuales no somos totalmente ajenos.  No nos hemos desarrollado en una urna de cristal, independientes totalmente de la  experiencia del socialismo que existió.   

Cierro recordando al Che cuando nos dijo que “hay que endurecerse pero sin perder la ternura”, a Fidel que nos alertó bien temprano que “ni tolerantes, ni implacables”, y que en noviembre del 2005, en la Universidad de La Habana, el lugar donde se hizo revolucionario, nos advirtió de los peligros que acechan a la Revolución dentro de sí misma.

 

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