CENTRO CULTURAL PABLO DE LA TORRIENTE BRAU

LA HUELGA DE MARZO DE 1935 EN EL DESTINO DE PABLO

Por: Leonardo Depestre

12 de Marzo de 2019

Por: Leonardo Depestre Catony

El 12 de agosto de 1933 el presidente Gerardo Machado huyó de Cuba, derrocado por un movimiento popular. Desde esa fecha hasta el mes de marzo de 1935 vivió el país los avatares de una revolución,  un golpe de estado, una contrarrevolución de los sectores militar y conservador, escenas de persecución, asesinato, atentados, huelgas, manifestaciones y protestas estudiantiles y obreras. En tan breve lapso transitaron por la presidencia del país varios mandatarios, algunos solo por pocas horas o días.

Cuando intentamos seguir el curso de este segmento intenso de la historia de Cuba, de esperanzas y frustraciones, de personajes y personajillos, de sucesos cotidianos relevantes, uno tras otro, nos parece estar en presencia de una película de acción.

A la caída de Machado ocupó la presidencia Carlos Manuel de Céspedes y Quesada, derrocado por el movimiento militar del 4 de septiembre. Asumió entonces una Comisión Ejecutiva o Pentarquía, así denominada por el número de sus miembros. La pentarquía no fue reconocida por el gobierno norteamericano, además estuvo asediada por disensiones internas y por la crisis política y económica que vivía el país. Esta Comisión Ejecutiva no consiguió sobrevivir en el poder y una vez disuelta fue designado presidente provisional Ramón Grau San Martín. Durante su breve mandato, conocido por el gobierno de los 100 días, el presidente se acompañó de Antonio Guiteras, en el cargo de secretario de Gobernación y de la Guerra. Fueron importantes las leyes de carácter nacionalista, antimperialista y popular que dictó y le ganaron un gran apoyo de la población, si bien estas mismas medidas determinaron su caída cuando Batista, al frente de la reacción, utilizó su poder para forzar el cambio de régimen. La represión desatada es tan feroz como la de los tiempos de Machado. Represión contra los opositores políticos, los estudiantes, los obreros, la población en general.                                                                                                                                                            Todo lo anterior lo vive y sufre Pablo, llegado en agosto de 1933 del exilio neoyorquino. Solo que Pablo no es un espectador pasivo sino un testigo activo, participante, involucrado en particular en una de las acciones en que ha cifrado grandes esperanzas para Cuba: la huelga de marzo de 1935, que muy brevemente intentaremos resumir.

El 3 de marzo comienza la huelga del transporte y tres días después el comité de huelga universitario llama a la huelga general para derrocar el régimen de Batista-Caffery-Mendieta (el primero es jefe del Ejército, el segundo es el embajador norteamericano y el tercero es, nominalmente, el presidente de la república).

Durante más de 48 horas, el transporte urbano y por carretera, las fábricas, el comercio, e incluso las dependencias del Estado en todo el país se paralizaron. El inicio es alentador y la capital semeja una ciudad muerta.

La situación comienza a revertirse cuando el gobierno recupera el control de las estaciones de radio, a través de las cuales trasmite amenazas contra los huelguistas, que serán cesanteados y fichados como opositores, en tanto los soldados y los obreros, forzados a hacerlo, ponen en circulación los tranvías y autobuses de la ciudad, síntoma de que la huelga no puede ya mantener su liderazgo.

El día 7 la policía ocupa la Universidad, el 8 la policía y el ejército acentúan la represión popular. Batista nombra a José Eleuterio Pedraza, su antiguo compañero de la jornada del 4 de septiembre, como gobernador militar de La Habana. Los bandos militares de Pedraza prohíben el tránsito de vehículos, peatones y las reuniones de más de dos personas. A las nueve de la noche no hay un alma en la calle.

Prevalece el estado de guerra y aparecen numerosos cadáveres de revolucionarios, en tanto los presos se cuantifican por centenares. La falta de unidad y de coordinación entre las fuerzas directrices del movimiento revolucionario completan el cuadro de la derrota. Los líderes obreros quedan desarticulados, y el desaliento y el terror se adueñan del espíritu. Sin armas y sin fuerzas que respalden el paro, ya el 13 de marzo la huelga se considera fracasada y las persecuciones a dirigentes y opositores políticos se desatan.

Muy sucintamente, Pablo analiza los hechos en carta a Ramiro Valdés Daussá:

La huelga no fue un error, sino una necesidad; de lo contrario no hubiera sido posible movilizarla a lo largo de todo un mes que cubrió su ciclo, desde el movimiento de los niños de las escuelas hasta las demandas obreras. Tú no estuviste en La Habana en aquellos días inolvidables. Nadie te los podría pintar. Fueron imponentes. ¡Y nada se hizo! Ni siquiera se replicó al terror. Se dejó asesinar cobardemente a los hombres. Nadie tenía nada preparado. Todos, auténticos, guiteristas, abecedarios, fueron unos canallas o unos imbéciles. Y no admito términos medios. […] Obreros, estudiantes, empleados y maestros dieron de sí todo lo que tenían. Ellos, los fundamentos del pueblo, realizaron su esfuerzo; pero faltaba el elemento combativo […] De toda la gente, la de Guiteras fue la que mejor quedó, porque se sabía su actitud contraria a la huelga; y los que están bien enterados de su actuación me han asegurado que hizo esfuerzos enormes por obtener lo necesario para alzarse.

El fracaso de la huelga general de marzo de 1935 determina para Pablo el camino del segundo destierro, que para él trajo consecuencias en ese momento imprevisibles, aunque la más importante haya sido que nunca regresó a Cuba.

La dureza material de aquel exilio, en el que tiene junto a sí a su esposa Teté, revela las dotes de Pablo al frente de la Organización Revolucionaria Cubana Antimperialista (ORCA), la edición del periódico Frente Único, la fundación del Club “José Martí”, su incesante laboreo revolucionario, espíritu unitario y optimismo aún en las más difíciles condiciones. Escribe para publicaciones políticas de izquierda y comunistas.

Señalamos con anterioridad que la huelga de marzo de 1935 marca a Pablo nuevos derroteros, aunque francamente no creemos que cambiara su destino. En cualquier parte o, si lo prefiere, desde cualquier parte, Pablo hubiera seguido el destino por él mismo trazado, el que lo conduciría a participar en la Guerra Civil Española, primero como corresponsal de guerra, y sin dejar de serlo, también como comisario político y combatiente.

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