CENTRO CULTURAL PABLO DE LA TORRIENTE BRAU

La importancia de “hacer memoria” y también justicia

Por: María Fernanda Ferrer

14 de Febrero de 2017

No por casualidad Ediciones La Memoria se llama así: este sello editorial que pertenece al Centro Cultural Pablo de la Torriente Brau, acaba de poner en manos de los lectores dos títulos de gran valía —muy diferentes uno del otro, pero enlazados por un mismo criterio: la urgentísima necesidad de “hacer memoria”.
El pasado lunes 13 en la Casa del Alba Cultural, en el Vedado capitalino y como parte de la presente XXVI edición de la Feria Internacional de Libro de La Habana 2017, fueron presentados los títulos Soy de aquí (memorias de la doctora Adelaida de Juan) y Los días de Manuel Octavio (de Jorge Calderón).
Las palabras de presentación de Soy de aquí estuvieron a cargo del reconocido crítico y curador Nelson Herrera Ysla, quien intentó dibujar con hermosas palabras la vida y la obra —o viceversa— de Adelaida de Juan (La Habana, 1931), profesora, ensayista, crítica de arte y lúcida mujer de la cultura cubana cultivadora de una obra imprescindible para entender determinadas claves de las artes plásticas cubanas.
En las memorias de Adelaida o Soy de aquí —según Herrera Ysla— se nos revela una mujer sumamente curiosa, “sabia, educada, enamorada, maternal, protocolar, recia, doctoral, capaz de cantar las cuarenta y las cincuenta a su interlocutor cuando de artes plásticas conversaba sentada en un sillón o rodeada de imágenes en un estrado docente lleno de estudiantes universitarios o pares académicos”.
Según el especialista al leer las páginas de este libro, “tanto como memoria se tiene la sensación de que, por momentos, adquieren el visado de crónicas pues en alguna página por ahí, creo que a partir de los años 50 del siglo XX, deja ligeramente a un lado su yo, sus avatares personales y aventuras para describir mejor lo que ocurría a su alrededor en La Habana y otras partes del mundo, y convertirse así en la figura intelectual de primer orden para la cultura cubana y latinoamericana que es y seguirá siendo”.
Argumentó Herrera Ysla que ese delicado giro en sus confesiones tiene su origen en la curiosidad: “Adelaida es infinitamente curiosa; gracias a ese don (…) se adentró en las superficies y profundidades del arte, la arquitectura, el diseño gráfico, la fotografía, el humorismo, la literatura, el ballet, la música, el cine, el teatro, la amistad, ciudades y países. De ahí también que en un momento de sus memorias afloren variados nombres de restaurantes, calles, ríos, teatros, cines, plazas, parques, puentes, comidas, bebidas, pues se empeñaba en vivirlo todo, en conocerlo todo para, bien lo sabe Dios, arrojarlo luego en sus clases y conferencias, en sus textos y hasta en sus conversaciones y consejos si alguien lo pide”.
Estas memorias —subraya Nelson Herrera— “se mueven en tranvía a lo largo de La Habana para luego entrar y salir de guaguas y, por último volar en aviones. Son, pues, memorias itinerantes, viajeras, intranquilas, entrando y saliendo de un lugar a otro. Son, paradójicamente, la expresión de una vida en calma dedicada a pasiones tan íntimas como la familia (esposo, hijas, nietos) y públicas como el arte, la cultura y la revolución cubana”.
En Soy de aquí no podía faltar ¡de ningún modo!, el poeta y ensayista Roberto Fernández Retamar, su esposo de siempre: “del compañerismo inicial ambos se movieron suavemente hacia un atildado noviazgo como correspondía entonces y no pararon hasta casarse en una ceremonia familiar ocurrida en el lugar de todas estas memorias, El Vedado. Desde el mismísimo viaje de luna de miel a México —rememora Herrera Ysla— ambos han entrecruzado sus vidas y emociones, sus ideas y sentimientos, su constante formación y aspiraciones con los que se han nutrido el uno y la otra. Recorrieron juntos numerosos países, y compartieron amigos, tertulias, comidas y fotografías hasta que nació la segunda cómplice, Laidi, en 1961, justo en medio del torbellino intelectual que orientó los destinos culturales de la Isla a partir de entonces y los unió aún más luego en los trajines de la Unión de Escritores y Artistas de Cuba (UNEAC) y la Casa de las Américas”, puntualizó el especialista.
El otro título —Los días de Manuel Octavio, de Jorge Calderón— fue presentado por el director de la Cinemateca de Cuba, Luciano Castillo, quien comenzó su palabras afirmando: “basta leer los testimonios reunidos en este libro de numerosos colaboradores del cineasta Manuel Octavio Gómez (1934-1988), así como las opiniones de críticos y escritores, para coincidir con todos en que es el gran olvidado en la historia del nuevo cine cubano”.
Insistió Castillo en que la obra de Manuel Octavio está “marcada desde el inicio por la pluralidad temática, las búsquedas formales y su comprensión dialéctica de la cultura popular. Se formó como director sobre la marcha con la pretensión de expresarse a través del cine sin olvidar su condición de espectáculo. Su filmografía la conforman siete cortos documentales e integró el equipo de diecinueve realizadores de largometrajes.
Recordó el presentador que “Jorge Calderón González, que ha perseverado años tras años en tornar realidad este sueño de ofrecer un homenaje a su amigo a través de Los días de Manuel Octavio Gómez, contribuye a su definitivo redescubrimiento a casi tres décadas de su pérdida”.
A nombre de la institución que dirige —la Cinemateca de Cuba—, Castillo, agradeció “la realización de este libro a quienes amamos a los soñadores del cine cubano de todos los tiempos, a la agudeza de Víctor Casaus al frente del equipo de Ediciones La Memoria en el veinteañero Centro Cultural Pablo de la Torriente Brau, siempre prestos a colaborar en una iniciativa de esta naturaleza, como antes propició los no menos reveladores libros: El Noticiero ICAIC y sus voces (2012) de Mayra Álvarez Díaz, Desde los sueños. Una experiencia audiovisual comunitaria y participativa (2013), de Daniel Diez Castrillo y Oscar Valdés: el sentido del cine (2014), de Ana Busquets Fariñas”.
Entre los muchos valores que atesora Los días de Manuel Octavio— y que convierte al libro en una excelente herramienta para estudiosos del cine cubano— está su filmografía completa, los premios recibidos por el cineasta, y un testimonio gráfico que incluye treinta y cinco imágenes de distintos momentos de su vida.
En la nota de contraportada el autor señala: “En estas páginas (…) voy adentrándome en el análisis de la filmografía del realizador al tiempo que lo sitúo en el contexto histórico que le tocó vivir. De este modo, aspiro a trazar la trayectoria de su profesión y la evolución de su vida personal para demostrar cómo gracias a su talento y perseverancia, Manuel Octavio Gómez llegó a convertirse en el gran cineasta que hoy conocemos”.
Soy de aquí y Los días… son, de muchas maneras, dos diferentes y valiosísimas miradas sobre momentos puntuales de la atmósfera cultural cubana de los últimos sesenta años: tanto la doctora Adelaida de Juan —con estas memorias de su puño y letra— como los testimonios sobre el quehacer del cineasta Manuel Octavio Gómez, nos remiten a la frase del poeta: “el olvido está lleno de memoria”.
Entonces, no solo es impone “hacer memoria” sino, también, justicia.

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