LA IMPORTANCIA DE LLAMARSE PABLO

Por: Leonardo Depestre

2 de Marzo de 2018

Por: Leonardo Depestre Catony

En 1895 ese grande y controvertido personaje que fue Oscar Wilde publicó una comedia titulada en inglés The Importance of Being Earnest. Por esas cosas de la traducción (las mismas que a veces, solo a veces, justifican el adagio traduttore, traditore), se difundió en español con el título La importancia de llamarse Ernesto, no del todo acertada. Sin embargo, mucho más exacto es el título de este trabajo: “La importancia de llamarse Pablo”, a saber, el catalán Pablo Casals, el malagueño Pablo Picasso, el cubano Pablo de la Torriente Brau y el chileno Pablo Neruda, ordenados cronológicamente, que es la manera más justa cuando de personalidades de tanta fuerza se trata.

No solo hubo entre los cuatro una coincidencia de nombres; la hubo, y es lo principal, en sus trayectorias de servicio a las culturas nacionales de sus pueblos y a la cultura internacional.

A Pablo (Pau) Casals, se le considera el más universal e integral de los ejecutantes del violoncelo, instrumento que permanecía un tanto olvidado y al cual hizo Casals aportes significativos en cuanto a técnica, recreando con él las obras de Bach y Beethoven.

Partidario decidido de la República Española, a la caída de esta Casals marchó al destierro, primero en Francia y después en Puerto Rico, por muchos años, pues las autoridades franquistas lo tildaban de poco menos que un proscripto en su patria.

A Cuba llegó por vez primera el 15 de marzo de 1923, fecha por la que contaba 47 años. Dio varios conciertos con la Orquesta Sinfónica de La Habana y en el último de ellos tomó la batuta para dirigir, en lo que constituyó una jornada memorable para la cultura, según la prensa de entonces.

Volvió por La Habana a finales de enero de 1956. Tenía 80 años, aunque conservaba la lucidez y capacidad suficientes para interpretar con maestría envidiable. El rectorado de la Universidad y el estudiantado le rindieron tributo de admiración por su republicanismo y prolongado exilio. Cuéntase que cuando en esa ocasión tocó la melodía catalana Himno del desterrado, asomaron lágrimas en los rostros de varios de los presentes, exiliados como él con larga ausencia de la patria.

En cuanto a Picasso, no es aventurado considerarlo como el más universal de los pintores del siglo XX. Portador de arrolladora capacidad de trabajo, transitó por diversas corrientes pictóricas y en cada una dejó su impronta. Su quehacer marcó una ruptura radical con todas las interpretaciones plásticas habidas hasta entonces de la realidad. Como Picasso era un artista inusual, cultivó además la cerámica, la litografía y la escultura, en especial en hierro forjado y alambre. El Picasso ciudadano, todo un carácter, no quedó al margen de los conflictos. Su cuadro Guernica fue denuncia antifascista y alerta para los pueblos. Es, además, el cuadro del cual más se ha escrito y hablado desde la entrada del siglo XX para acá, con una celebridad solo comparable a la de la Mona Lisa.

Pues bien, Picasso no estuvo nunca en Cuba, aunque él mismo afirmaba tener ascendencia cubana y mestiza. Su abuelo estuvo en Cuba, en la ciudad de Cienfuegos, donde conoció a la que sería su esposa y en consecuencia, la abuela del pintor.

Pero el nexo mayor de Picasso con Cuba estuvo dado por su amistad con Wifredo Lam, pintor de La jungla. Contó este con el apoyo profesional y la ayuda financiera de Picasso en París. Juntos expusieron en la Perls Gallery de Nueva York, en diciembre de 1939, en suceso que significó importante espaldarazo internacional para Lam.

Y llegamos al tercero de los Pablos, el nuestro, que ya es de todos. Nacido en San Juan de Puerto Rico, Pablo de la Torriente Brau, fue un periodista y cronista todoterreno, revolucionario y hombre de acción de valor temerario, finalmente caído en España durante la Guerra Civil.

Pese a nacer en la isla vecina, Pablo daba estas razones acerca de su nacionalidad cubana: “…porque he vivido siempre en Cuba, porque aprendí a leer en La Edad de Oro de Martí y por buena parte de mi ascendencia por la línea de mi padre.”

Narrador de prosa intensa, escribió relatos, testimonios, artículos. En Pablo de la Torriente destacan la agudeza del estilo, el uso del lenguaje, la madurez del pensamiento, la audacia del carácter, la convicción de las decisiones, la solidaridad sin límites.

Me voy a España ahora, a la revolución española, en donde palpitan hoy las angustias del mundo entero de los oprimidos”, escribió desde Nueva York.

Si “el estilo es el hombre”, en Pablo de la Torriente la sentencia cobra su justa dimensión.

El cuarto de los Pablos célebres, Neruda, es nada menos que un Premio Nobel de Literatura, el autor de Veinte poemas de amor y una canción desesperada fue también quien escribió Canto General, de profunda motivación social y política. También hombre comprometido desde los días de la guerra civil española.

El gobierno de Unidad Popular de Salvador Allende permitió al poeta vivir los momentos más felices de su existencia; pero el derrocamiento y muerte del presidente Allende le ocasionó los más tristes, al extremo que seguramente aceleraron su fallecimiento el 23 de septiembre de 1973, doce días después del los sucesos del Palacio de la Moneda.

Neruda se detuvo en Cuba cuando menos en dos ocasiones. La primera en marzo de 1942, por varias semanas, cuando recorrió ciudades y playas, y acrecentó su colección de caracoles; otra, a finales de 1960, en pleno proceso revolucionario, al cual se insertó con entusiasmo.

Si el lector nos ha seguido hasta aquí se habrá percatado de que los cuatro Pablos tienen su propia historia cubana y de que coinciden en su posición política. Esto, sin mencionar que dejaron una obra patrimonio ya de todos los pueblos.

¡Tremendo compromiso histórico tienen ante sí los Pablos de hoy! ¿Será por eso que ya no abunda en Cuba este bello nombre? No, no debe ser para tanto, ni tampoco hay que exagerar.

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