LA SOMBRA DEL GIGANTE

Por: Ambrosio Fornet

13 de Octubre de 2020

Por Ambrosio Fornet

I

Lo malo de la consigna “America first!” es que está dicha como si nuestra América no existiera. El temible payaso que hoy gobierna aquel país no tiene la culpa. Es una idea que él hereda de algunos de sus predecesores y del espacio ideológico europeo anterior al proceso de formación de las naciones latinoamericanas. La idea de nación surge y se consolida con el triunfo de la Revolución francesa; antes, la América que en algún momento empezó a ser llamada Latina era un conjunto de países que formaban parte de entidades sociopolíticas más amplias: los Virreinatos y las Capitanías Generales, sometidas a los dictados de sus respectivas burocracias. Había  también allí tribus indígenas, por cierto, pero que no contaban. Los sectores gobernantes no provenientes de la metrópolis tenían, como máximo objetivo de su actividad cultural, el de parecer europeos, el de no ser confundidos con las clases populares. De ahí que trataran de mantener sus bibliotecas al día…,  sólo para acabar descubriendo que el problema no era de letras, porque “ni el libro europeo, ni el libro yanqui, daban la clave del enigma hispanoamericano”.[1] El verdadero problema radicaba, simplemente, en la incapacidad para pensar con cabeza propia: “Éramos una máscara, con los calzones de Inglaterra, el chaleco parisiense, el chaquetón de Norteamérica y la montera de España (…) Éramos charreteras y togas, en países que venían al mundo con  la alpargata en los pies y la vincha  en la cabeza”…

Sobre eso quería tratar en esta primera parte de la carabina. Sobre eso, y sobre lo que siguió. Porque un buen día, aunque las levitas todavía fueran de Francia, el pensamiento empezó a ser de nuestra América. Con la Independencia ocurrieron cosas insólitas: en “las plazas donde se quemaba a los herejes”, por ejemplo, empezaron a levantarse bibliotecas. Ahora había que prepararse para enfrentar otro tipo de  peligro, un peligro que no venía de adentro, sino del pueblo vecino, aquel “gigante de las siete leguas”, “emprendedor y pujante”, que no conocía por dentro a nuestra América, pero la despreciaba. De ahí que se hiciera necesario cerrar filas, para –llegado el caso– poder oponerle obstáculos infranqueables, barreras tan compactas como las que forma “la plata en las raíces de los Andes”.[2]

El peligro se agudizaría en el invierno de 1889-1890, cuando el gobierno de Washington convocara una Conferencia de la que saldría ese tipo  de  injerencismo conocido como panamericanismo, ahora representado por la  OEA. Sus funciones estuvieron claras desde el principio: encubrir al “nuevo amo disimulado”, al Gigante que la manipulaba.  A esta maniobra tenemos que agradecerle, por cierto –¡quién iba a  decirlo!– la angustiosa redacción de los Versos sencillos. Acongojado, deprimido ante aquel simulacro de confraternidad, Martí necesitaba serenarse y decidió oír consejos y alejarse de sus trajines habituales. “Me echó el médico al monte (…) –dice–. Escribí versos”. Es así, en plan de enfermo disciplinado,  como deja caer las frases en las que subyace el vínculo permanente entre su actividad política y sus pulsadas literarias.[3]

Y acto seguido –sumergiéndose de cabeza en el conflicto que le dio pie, y aludiendo a los presentes en el salón donde se había celebrado la  conferencia de marras–, se pregunta quién podía olvidar el espectáculo de “aquel escudo, el escudo en que el águila de Monterrey y de Chapultepec, el águila de López y de Walker, apretaba en sus garras los pabellones todos de la América”.

El ensayo que venimos glosando y el prólogo de Versos sencillos son textos tan conocidos[4] que seguramente el lector querrá saber a qué viene esta descarga. Viene de la inquietud que me produjo ver que la historia se repite y que la sombra del Gigante sigue proyectándose sobre nosotros con matices distintos, pero con la misma agresividad.

Es un tema que pica y se extiende.

II

Con la invasión lanzada contra Cuba a raíz del triunfo de la Revolución, el gobierno de los Estados Unidos no pretendía apoderarse de un país, sino hacer trizas un sueño. Era el sueño bolivariano de la unidad de Nuestra América, que en la mayoría de los países ya se consideraba una extravagancia, el delirio utópico de escritores y artistas trasnochados que se hallaban dispersos a lo largo del continente. El enemigo sabía que la propia Revolución se había convertido en un imán, una fuerza integradora capaz de recomponer todo el panorama sociocultural de la época. Y los sectores progresistas de la sociedad rescataban el impulso y se redescubrían a sí mismos en el esfuerzo.

¿Suena muy complicado? Pues lo que había ocurrido era que, procedentes de una arraigada tradición ideológica colonial –el eurocentrismo–, los letrados latinoamericanos no habían tardado en darse cuenta de que era la Revolución, precisamente, la que los había liberado de su condición de fantasmas haciéndolos visibles para los europeos. En la década del sesenta, el auge del boom atrajo en Europa la atención de los medios. Los escritores y artistas latinoamericanos hicieron circular la noticia de un extremo al otro del continente. “El Boom nació a raíz de la Revolución cubana. Antes, en Europa no existía América Latina. Era un continente vacío”. (Juan Rulfo, México). “El fenómeno cubano excita la imaginación europea y obliga a los intelectuales europeos y a los medios de difusión a pensar en términos más amplios…” (Noé Jitrik, Argentina). “Antes de 1960 era muy raro oír hablar de “la novela hispanoamericana contemporánea”… Existían novelas uruguayas y ecuatorianas, mexicanas y venezolanas. Las novelas de cada país quedaban confinadas dentro de sus fronteras… (José Donoso, Chile).

En un número de la revista Casa de las Américas que hizo época,[5] los editores se encargaron de subrayar: “Mientras en Washington se preparaba un bloqueo cultural, nosotros preparábamos este número sobre la nueva novela latinoamericana… Mientras en Washington se acrecentaba la política de división, nosotros trabajábamos para  la comunicación”. El ensayista brasileño Antonio Cándido, por su parte –en un simposio celebrado en Italia–,había aportado al tema un dato sorpresivo y desafiante: Cuba empezaba a promover una nueva “modalidad” para los  encuentros de intelectuales y artistas latinoamericanos: ¡celebrarlos en la propia América Latina, sin intermediarios! Serios obstáculos, sin embargo, se divisaban en el horizonte. De un lado, los demagogos y papanatas que no se cansaban de repetir que se sentían confiados y tranquilos, porque “tenían fe en el pueblo”…, sin aludir a sus sectores mayoritarios, que vivían sumidos en la miseria y el desamparo;[6] del otro, el hecho inocultable de que en Hispanoamérica el espacio de los consensos se estaba quebrando. En la década del sesenta, durante el más gris de los quinquenios posteriores al cambio, el “caso Padilla” se mostró falsamente al exterior como representativo de la política cultural de la Revolución, haciendo quebrar así el consenso que había existido hasta entonces entre las partes;  a fines de la década siguiente, el fracaso del socialismo burocrático en Europa y el espectacular desplome de la Unión Soviética pusieron en evidencia, junto con la crisis de un modelo de sociedad, la inconsistencia de un modelo de pensamiento dominado por dogmas y esquemas. Ante la nueva situación, la táctica del Gigante –que de tonto no tiene un pelo– consistió en acercarse a los intelectuales progresistas e invitarlos a agruparse por segmentos (por aquello de zapatero a tus zapatos, lo que parecía ser un consejo muy oportuno). Así podrían  expresarse libremente sobre temas despolitizados o neutrales, ajenos al compromiso que la Revolución venía proponiendo y mostrando en la literatura, el cine, las artes plásticas…

En eso estábamos cuando entramos en el laberinto de las redes electrónicas. Y todo parece indicar que de ahí no se sale.

[1] José Martí: “Nuestra América”. Periódico El Partido Liberal, México, 1891. [En lo que sigue, advertirán los lectores que algunas de mis referencias al ensayo original son glosas y alusiones, no citas textuales.]

[2] El personaje del Gigante de las Siete Leguas sale del cuento sobre Pulgarcito, de Charles Perrault.

[3] Retamar considera que es en ese vínculo –generador de lo que él llama “literatura utilitaria”—, donde se cumple un objetivo básico de la actividad profesional de Martí.

[4] Menos conocidos, aunque con similar orientación, son el discurso “Madre América” y el poema “Al extranjero”, de Flores del destierro, por ejemplo.

[5] El número 26 (Oct.-Nov. 1964), con varios capítulos de novelas inéditas precedidos por un famoso ensayo de su compilador, Ángel Rama, sobre aquel movimiento que, dentro del contexto latinoamericano, podía considerarse “el hecho literario más importante de los 60”. Cf. Luisa Campuzano: La revista Casa de las Américas…Centro Juan Marinello, 2001.)

[6] Cf. Alejo Carpentier: “Literatura y conciencia política”, en su Los pasos recobrados. Ensayos de teoría y crítica literaria. Ediciones Unión, 2007, pp. 365-375.

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