LAS ENSEÑANZAS DEL MAISHTRO BERTOLDO

Por: Leonardo Depestre

11 de Mayo de 2018

En esta nueva entrega de poemas del maishtro Bertoldo Brecht aflora una filosofía de la vida reveladora de agobiante pesimismo, lo cual se explica por la época en que los escribe –década del 20 hasta el año 1933–, que se corresponde con la etapa de la posguerra e irrupción y auge del nazismo en la figura terrible de Adolfo Hitler. Después de todo, cuanto Brecht ve no es sino lo que está ocurriendo ya o está a punto de ocurrir.

Balada de los aventureros

1

Enfermo de sol y totalmente roído por la lluvia,

laurel robado en el hirsuto cabello,

ha olvidado toda su juventud, menos sus sueños,

ha olvidado el techo, nunca el cielo que había encima.

2

Oh ustedes, expulsados del cielo y del infierno,

ustedes, asesinos, a quienes tocó tanta desgracia,

¿por qué no permanecieron en el seno de sus madres

donde había silencio y se dormía y se estaba simplemente?

3

Sin embargo, él, todavía en mares de ajenjo

cuando ya su madre lo ha olvidado –

sonriendo irónicamente y maldiciendo y a veces no sin lágrimas, busca

siempre la tierra donde mejor se viva.

4

Paseando a través de infiernos y azotado a través de paraísos,

con el rostro tranquilo e irónico,

sueña en ocasiones con una pequeña pradera

con un cielo azul encima y nada más fuera de eso.

De la muchacha ahogada

1

Cuando ya estaba ahogada y se hundía

desde los arroyos a los ríos más grandes,

el ópalo del cielo brilló maravilloso,

como si tuviera que tranquilizar al cadáver.

2

Líquenes y algas la envolvieron

de modo que lentamente se hizo más pesada.

Los fríos peces nadaron alrededor de sus piernas,

plantas y animales hacían más difícil su último viaje.

3

Al atardecer el cielo era oscuro como el humo,

más tarde las estrellas trajeron cierta luz.

Pero al amanecer estaba claro,

para que aún hubiese mañana y noches para ella.

4

Mientras su pálido cuerpo se descomponía en el agua,

sucedió que poco a poco la fue Dios olvidando:

primero su rostro, después sus manos, su pelo finalmente.

Entonces fue solo carroña en los ríos podridos.

Borra las huellas

Sepárate de tus camaradas en la estación.

Ve por la mañana a la ciudad con la chaqueta abotonada.

Búscate un alojamiento y cuando tu camarada toque:

no abras, oh, no abras la puerta.

Al contrario,

¡borra las huellas!

Cuando encuentres a tus padres en la ciudad de Hamburgo

o en algún otro lugar,

pásales por el lado como un extraño, dobla la esquina,

no los reconozcas.

Cálate el sombrero que te regalaron.

No muestres, oh, no muestres tu rostro.

Al contrario,

¡borra las huellas!

¡Come la carne que tengas! ¡No ahorres!

Entra en cualquier casa cuando llueva y siéntate en

cualquier silla que allí haya.

¡Pero no permanezcas sentado! ¡Y no olvides tu sombrero!

Te digo:

¡borra las huellas!

Lo que digas, no lo digas dos veces.

Si encuentras en otro tu pensamiento: desmiéntelo.

Quien no haya dado su firma, quien no haya dejado alguna foto,

quien no haya estado presente, quien nada haya dicho,

¡cómo podrá ser apresado!

¡Borra las huellas!

Si piensas morir, preocúpate

de que no quede tumba que indique dónde yaces

con un claro epitafio que te señale

y la fecha de tu muerte que te delate.

Una vez más:

¡borra las huellas!

(Eso me enseñaron.)

Prensa

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