LETRAS AFINES: ACERCAMIENTO A LA OBRA DE LUISA VALENZUELA

Por: Laidi Fernandez de Juan

3 de Abril de 2018

Por: Laidi Fernández de Juan

Uno de los rasgos que caracteriza a la escritora Luisa Valenzuela, reconocida unánimemente por la crítica como una de las voces más destacadas de la literatura latinoamericana contemporánea, es, sin dudas, su incesante producción literaria. Es muy prolífica Luisa, que no prolija. No es redundancia sino abundancia, en su mejor sentido, la cualidad que la destaca, entre otras. Solo para puntualizar de quién hablo a nuestro público, diremos de ella que esta escritora, periodista durante largos años, trashumante y viajera, nació en Buenos Aires, Argentina, donde reside en la actualidad.

Es autora de las novelas Hay que sonreír, El gato eficaz, Como en la guerra, Cola de lagartija, Realidad nacional desde la cama, Novela negra con argentinos, La Travesía, El Mañana, Cuidado con el tigre y La máscara sarda, el profundo secreto de Perón. Sus volúmenes de cuentos hasta 1999 fueron reunidos en Cuentos completos y uno más (Editorial Alfaguara). Han aparecido desde entonces  Tres por cinco y Generosos inconvenientes y cuatro volúmenes de microrrelatos. Es Doctora Honoris Causa de la Universidad de Knox, Illinois; Miembro Honorario de la American Academy of Arts and Sciences; Ciudadana Ilustre de la Ciudad de Buenos Aires.

Como resulta imposible reseñar toda su obra narrativa, me limitaré a comentar algunos de sus textos más representativos. El cuento Una familia para Clotilde”, perteneciente al libro Los heréticos, escrito en 1967 y reunido en El placer rebelde (Fondo de Cultura Económica, 2007), se introduce en el mundo de la tradicionalidad femenina saltando barreras reales o imaginarias, hasta lograr la construcción de un código nuevo. O de uno viejo, pero ahora puesto en función de un objetivo puramente femenino. Dos mujeres, Estela y Clotilde, violan cuanto obstáculo existe en términos de moralidad, para alcanzar en el caso de la primera, el puro placer sexual, y en el de la otra, la estabilidad de su hogar, amenazado por un derrumbe inminente. Clotilde, la puta (según la catalogan quienes se alternan entre sus piernas), domina la situación tan perfectamente como creen hacerlo los habituales portadores del placer: El verdadero hombre allí era ella, que los manejaba a los dos como quería y los exacerbaba el uno contra el otro, o el uno a favor del otro según la inspiración del momento. Que ella era el verdadero hombre allí lo sabía muy bien.

La novela Realidad nacional desde la cama, de 1990, de la misma época en que la autora diera a conocer su Novela negra con argentinos, mereció el siguiente comentario de Julio Cortázar: Leerla es tocar de lleno en nuestra realidad, allí donde el plural sobrepasa las limitaciones del pasado; leerla es participar en una búsqueda de identidad latinoamericana que contiene por adelantado su enriquecimiento. Los libros de Luisa Valenzuela son nuestro presente pero contienen también mucho de nuestro futuro.

La trama se desarrolla en un club de campo llamado Las Ranas, ocupado por un comando de militares del que nunca llega a saberse a las órdenes de quién hace ejercicios de entrenamiento, con cuáles objetivos ni con qué pretexto justifican su presencia, dada la implantación de la democracia en Argentina desde varios años atrás, alejada, al menos en apariencia, del feroz militarismo padecido. La atmósfera, francamente de tensión y de misterio, o de terror más bien, recuerda al ambiente de otra novela, contenida y espléndida que recreara poco tiempo antes otro autor del cono sur, el uruguayo Mario Delgado Aparaín en La balada de Jhonny Sosa. En un momento de Realidad…, el oficial que dirige las actividades de entrenamiento le espeta a su edecán: Los militares no dudamos, actuamos. La duda es una jactancia de los intelectuales. O de las intelectualas como ésa que está ahí en la cama haciéndose la desentendida. Pero nosotros sabemos que nos observa y nos admira ¿no, preciosa? Nos admira y se unirá a nosotros cuando llegue el momento. Ella sabe de qué bando están los triunfadores.

La trashumancia de Luisa Valenzuela ha contribuido de forma notable a su condición de cronista de distintas etapas históricas de su país. Vista desde la perspectiva de alguien que se aleja y regresa, y vuelve a ausentarse para después retornar, la realidad de su país puede analizarse, descubrirse, intuirse -según el caso- a través de sus libros. El hecho de no permanecer por más de una década en un mismo lugar, no solo adiestra a esta escritora en otras culturas de las cuales se nutre, sino que la capacita para ser dueña de una visión particular de sucesos de naturaleza histórica, a salto de años. Cada ida suya, cada regreso, cada transformación que encuentra y deja, para bien y para mal, son asumidas como resultado de una estrategia en zigzag, y gracias a esta no permanencia física conjugada con su perenne capacidad creativa, resultan siempre frescas las peripecias de sus protagonistas, las descripciones de sus geografías, de sus contextos y en general de toda su obra. Uno de sus más intensos libros de cuentos, a mi juicio, Aquí pasan cosas raras, escrito a raíz de uno de sus regresos a Argentina, en 1975, muestra la magnitud del desasosiego que se respiraba en el país que encontró. Volví, -nos cuenta-, en aquel 75 aciago, y supe de inmediato que el Buenos Aires del momento nada tenía que ver con el que yo había dejado casi tres años antes. De golpe se había roto la legendaria calma de nuestra ciudad. La surcaban las oscuras fuerzas de la violencia. El libro fue publicado a comienzos de la dictadura militar, anunciado como el primer libro de la época de López Rega, el siniestro individuo conocido como El Brujo, artífice de la Triple A (Alianza Anticomunista Argentina), grupo paramilitar creado en 1973, apoyado por sectores de extrema derecha del ejército y de la policía. De otro de sus libros, Como en la guerra, al cual hubo de modificar para lograr su edición, la autora cuenta: me pareció insustituible el título, aun sabiendo que muchas publicaciones habían caído tan solo por su título-si hasta se decía que habían sido prohibidos libros sobre cubismo porque los militares sospechaban que se referían a Cuba-.

La novela El Mañana, de 2010, sube la parada en cuanto al universo poblado por damas siempre en constante acecho por parte del otro planeta, el masculino. Ahora mejor dibujadas que en libros anteriores -en tanto profesionalmente activas-, dieciocho mujeres, específicamente narradoras, deciden encontrarse a bordo de un barco llamado El Mañana, que surca las aguas de un rio. Sin que lleguemos a conocer pormenores de dicho evento literario (el encuentro pretende tener visos de congreso, de cónclave), un comando de hombres vestidos de negro asalta al navío, secuestra a las escritoras, y las confina a arresto domiciliario. Peor aún: el grupo de asalto condena las mujeres al ninguneo, las desaparece del mundo público borrando sus fichas electrónicas, sus publicaciones, sus trabajos, y queda prohibido que se comuniquen entre ellas y con el exterior. Hay que tener en consideración que para un escritor, no existe peor castigo que el silencio, y es justamente esa mordaza la que usan los verdugos, multiplicando asi la crueldad, ya que se trata de mujeres que han logrado salir del ostracismo ancestral. Curiosamente, la novela ha sido considerada como del género suspenso con aventuras. Y lo es, sin dudas, pero su autora marca bien los límites del territorio de ficción, siendo inevitable su enmarcación ideológica, como si no le fueran posibles ni el olvido que tanto ha sido reclamado, ni el perdón que podría derivarse de dicha obnubilación de la memoria. A partir de la implantación de dicho castigo, una de las narradoras, Elisa Algañaraz, protagoniza una historia de amor gracias a la llegada a su celda de castigo (que es su propio apartamento) de un traductor israelí, Omer Katvani, quien a su vez cumple instrucciones de un hacker, enmaridado con una muchacha encantadora y ciega. Abundan en la novela las alusiones a la historia lejana de un país tan rico como Argentina, puntualmente encarnada en la figura de una legendaria batalladora, la esposa de Manuel Ascencio Padilla, Juana Azurduy. Elisa, la protagonista, se mimetiza con la guerrillera, cuya vida ha estudiado para un futuro libro que por decisión suya no acaba de germinar (Basta ya de novelas históricas. Como si fuera lo único que podemos escribir las mujeres, no podemos hacer otra cosa más que resucitar heroínas, […] para sentir que pasado y presente son explicables y hasta razonables). En las más de trescientas setenta páginas de El Mañana, una interrogante reiterativa funciona como detonante para las acciones: ¿Por qué? , lo que puede traducirse no solo como motivo para el secuestro, sino para muchísimo más. El contrapunteo entre lo dicho y lo callado (siempre en boca de mujeres), constituye el nudo principal que, incumpliendo las reglas de una obra policíaca, no encuentra solución que explique el motivo del secuestro, del castigo al cual son sometidas las mujeres que navegaban en aquel barco tan peculiar. No solo porque como dice la famosa canción, la respuesta está en el viento, sino, sobre todo, porque somos nosotros (as) quienes debemos encontrar la explicación lógica al misterio: Si no existiera el silencio no habría posibilidad de palabra alguna. El silencio le dibuja a la palabra su contorno y viceversa. No fue lo que se dijo sino en lo silenciado que estribó el peligro. El dibujo exacto y ominoso de un vacío que se fue delineando en El Mañana con el correr de las palabras. A la pregunta de ¿qué habrán dicho estas mujeres para desencadenar semejante represión? , no queda más opción que acatar la sabia reflexión que ofrece uno de los personajes más atractivos de la novela, El Viejo de los Siglos. Con sus palabras, cierro este primer acercamiento a la monumental obra de una de nuestras más lúcidas y valientes narradoras, de la cual queda muchísimo por explorar: Lo dicho está siempre en relación directa con lo no dicho. Como un faro: destello y silencio. Gracias a narradoras como Luisa Valenzuela, nuestros demonios salen a la luz, y allí se exponen, para que de una vez por todas, sea menor el acallamiento, y mayor nuestra expresividad, conscientes de las reprimendas que se nos vienen encima: las escritoras (sentencia Elisa), abandonamos el sitio de la no-voz al que se nos había relegado, y si ahora estamos pagando las consecuencias, bienvenidas.

Abril, 2018.

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